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De la esperanza disponible y el tango de los sueños

De la esperanza disponible y el tango de los sueños

Ya sé que es una idiotez. Pero las idioteces también forman parte de nuestras vidas. La idiotez, por lo evidente: he escrito mucho, sobre todo novelas, pero escribir es sólo una parte más —y no la más importante— de otro oficio, éste sí, radicalmente imprescindible: el de lector. Leo mis novelas en vez de escribirlas. Y lo contrario: leo novelas ajenas y todo el tiempo que dura esa lectura me voy preguntando, indignado, por qué leches no se me había ocurrido a mí escribir esa historia y, sobre todo, de una manera tan violentamente hermosa como la escribe Almudena Grandes en su última novela: Los pacientes del doctor García.

Seguramente es otra idiotez, pero he dicho muchas veces que detesto las novelas gordas. Una vez lo contaba en público, como un elogio del minimalismo profundo, Arturo Pérez Reverte: las novelas de los demás son cada vez más gordas y las mías (se refería a mis novelas) son cada vez más flacas. Otra vez, cuando Manuel Rivas publicó las tantísimas páginas de Los libros arden mal, y conociendo mi aversión por los michelines literarios, me hizo una sugerencia: no te preocupes, “espónjalas”. Es verdad que muchas de esas novelas hay no sólo que esponjarlas sino destinarlas, sin miramientos de ninguna clase ni el más mínimo sentimiento de culpa, al cajón de los despropósitos inútiles. Ni agua para esas novelas.

La literatura al peso que se compra en los supermercados. Comprar tantos libros como quepan en el mueble con la foto de boda y de los nietos, con las cuberterías y los vasos chatos para el whisky. La literatura por metros. ¿Todos somos Tolstoi o Charles Dickens? ¡Venga ya! ¿Es que no existen El dinosaurio, de Augusto Monterroso, o Los adioses, esa obra monumental de ingeniería narrativa en la que Juan Carlos Onetti nos dice que cien páginas pueden encerrar no sólo lo mejor de las ficciones sino también la lección más clara y eficaz de teoría literaria?

"La verosimilitud es lo que la imaginación añade a la historia para que las novelas —como escribía Jorge Semprún— resulten al final más verdaderas que la vida misma."

Pues eso, que después de este prólogo sobre las idioteces literarias que me aquejan, digo que acabo de leer las setecientas sesenta y tres páginas que llenan Los pacientes del doctor García y no me duele un solo músculo ocular, ni siento las piernas como el palo inclemente del capitán Ahab en la cubierta del Pequod, ni tuve que comprarme un atril para que el libro no llenara de hormigas mis brazos en las noches largas de lectura inaplazable.

Los episodios de una guerra interminable. Es la obra que se ha propuesto llevar a cabo —y en ello está con una fortaleza envidiable— Almudena Grandes desde aquella primera Inés y la alegría, aunque ya en El corazón helado daba muestras más que elocuentes de ese interés tan literario como moral (¿qué literatura no lo es?) por un pasado que en España forma parte de un tiempo extrañamente ruinoso, cuando no claramente inexistente. Miren lo de Caballero Bonald: “Y allí quedó la historia/mereciendo ser sólo/reliquia degradada, pasto/de soldadescas, botín de clerecías”. Pues más o menos eso cuando hablo del pasado. La historia —como la misma autora explica al final del libro— es el relato de la “verdad” mientras que en la ficción ha de sobresalir por encima de cualquier otra cualidad la de la “verosimilitud”. En esta novela la verdad es la red que en la España franquista de cuando acaba la Segunda Guerra Mundial se organiza para recibir altos protagonistas del nazismo y distribuirlos por el mundo, principalmente en Argentina. La verosimilitud es lo que la imaginación añade a la historia para que las novelas —como escribía Jorge Semprún— resulten al final más verdaderas que la vida misma. Para conseguir lo primero, Almudena Grandes se sumerge en los archivos, alguno de ellos fruto de ese azar que a veces nos salva la vida y en este caso una novela excelente. Y ahí descubre la figura de Clara Stauffer, el personaje real que comandaba la compleja organización de los exilios dorados del nazismo en Argentina. Que nos creamos lo que se inventa lo consigue de la única manera que quien escribe puede conseguirlo: escribiendo bien. Ya sé que eso de escribir bien es otra de mis idioteces. Pero qué quieren que les diga. Estamos llegando a un punto en este país en que escribir bien es un radical acto de subversión.

Por eso, precisamente, no hace falta esponjar las tantas páginas de Los pacientes del doctor García, como tampoco esponjé las de Manuel Rivas cuando aquella antigua, generosa y humilde sugerencia. Te ata a sus páginas una escritura partida en muchos compartimentos nada estancos. Si tuviera que definirla en una idea sería ésta: es una novela de caminos cruzados. Y una pregunta obvia sobre eso mismo: ¿qué gran novela no es un cruce de caminos?, y no sólo para los personajes que la habitan sino, y sobre todo, para quien la escribe. Y para quien la lee. Una novela de espías, a ratos. Pero eso: sólo a ratos. Lo demás es un cruce de historias, de personajes que cambian de identidad pero siguen con el alma donde siempre: más o menos en bancarrota pero donde siempre.

"Qué imagen la del trío musical del Café de los Angelitos, cuando la voz que narra ese capítulo se refiere a la calidad de aquellos tres artistas casi póstumos."

El alma: eso tan de las novelas de Almudena Grandes. En alguna ocasión —no recuerdo dónde— lo escribí: hacemos nuestro todo lo que nos conmueve. A eso me refiero cuando hablo del alma en las novelas que me dejan como un trapo después de meterme en vena lo que cuentan. El alma, eso que mueve a los personajes a hacer lo que hacen, a buscar el olvido de un amor antiguo en los brazos de otro amor que, como en el Café de los Angelitos, con los tangos de Aníbal Troilo y Libertad Lamarque, se hará realidad para Manuel Arroyo —después de tanta peripecia de compromiso político con la herencia republicana española— cuando descubra entre el humo del tugurio a la mujer con pinta de cabaretera que toca el violoncelo y se llama Simona Gaitán. El compromiso político. La búsqueda de esa verdad que sólo existe en nosotros mismos. Las traiciones, eso también y tan propio de lo humano. Por qué no la venganza, el degüello helado a que nos somete el tiempo de la devastación. Y los sueños que siempre andan mezclados con una realidad que por muy dura que sea nunca habrá de conseguir borrarlos de sus vidas. Aquello de Blanchot: “contamos nuestros sueños por una necesidad oscura: para hacerlos más reales”. Y en esa lucha persistente entre la realidad y lo que imaginamos como un destino incierto que siempre sucede a la intemperie transcurre una historia que te deja los dientes en un castañeteo de frío y calentura, de rabia mezclada con la rara paradoja de una calma casi inexplicable, de verdades como carros e imposturas a destajo. Qué imagen la del trío musical del Café de los Angelitos, cuando la voz que narra ese capítulo se refiere a “la calidad de aquellos tres artistas casi póstumos”. Sí, también esa imagen ocupa lo que sobrevuela todo el tiempo la lectura de esta novela que tardará mucho en dejar tranquilos no los músculos del ojo sino los de la conciencia. Y en esa nube de humo tanguista y tabaquero, el final de esta novela que no se acaba en la última página sino que se abre a nuevas lecturas para seguir gozando de una historia que —como decía Rilke de sus ángeles— discurre indefectiblemente entre la belleza y el horror. El regreso al punto de partida de los protagonistas. Ya no son lo que eran al partir. Mantienen por dentro lo que los empujó años atrás a hacer lo que hicieron, a ese compromiso con una República que en su final los llevaría a buscar por medio mundo —para intentar erradicarlo— ese Mal del nazismo que poco a poco se fue extendiendo a otras conciencias, a otros lugares —próximos o lejanos— que acabarían convertidos en paraísos nada perdidos del oprobio, en esos monstruos que con distintas caras y gestos lo mismo de inquietantes se pondrían al frente de unas democracias alimentadas por las raíces podridas de la infamia. Ahí, con un sentido casi trágico de la existencia, con esa melancolía que desprecia la nostalgia y se erige en acta notarial de un pasado cuyos personajes protagonistas sienten tan lejos porque las traiciones se han convertido en la seña de identidad de los nuevos tiempos: ahí se van decantando los últimos abismos del relato. El reencuentro después de tantos años de Manuel Arroyo y Guillermo García Medina —ese doctor García del título: y en lo de los pacientes entramos todos los demás—, las palabras que explican el recuerdo, el grumo con manchas negras en que se ha convertido su memoria. Lo que escribe Walter Benjamin cuando habla de Franz Kafka: “hay un sinfín de esperanza disponible, sólo que no para nosotros”.

"Leer Los pacientes del doctor García ha supuesto para mi lectura no tanto una indagación en el pasado sino sentir en la conciencia el picoteo cabezón de un bicho extraño que no hay conjuro capaz de apartar de esa conciencia."

Las derrotas no tienen relato porque el relato lo dicta con pelos y señales la victoria. El silencio y el olvido son una mala solución para destripar un pasado que, con toda su complejidad, hemos de poner sobre el tapete del debate sin las cartas marcadas, como si fuéramos tahúres en las timbas amañadas de los westerns. La serie de novelas que viene escribiendo Almudena Grandes, en su inmensa magnitud de la mejor tradición narrativa del siglo diecinueve, nos acerca la imperiosa necesidad de recordar, de no hacer tabla rasa entre lo que pasó y lo que nos pasa, de sentarnos a la mesa donde se juega la partida de la historia sin las cartas marcadas por otros intereses que no sean los de la verdad y la verosimilitud nada tramposa de las ficciones.

Leer es lo mismo que escribir. Lo afirma aquello de la idiotez con que empezaban estas líneas. Por eso, este texto es la crónica personal de un lector que a ratos escribe. La crítica literaria es otra cosa. Cada cual que se defienda en su oficio como pueda o le permitan y exijan las leyes del mercado. Leer Los pacientes del doctor García ha supuesto para mi lectura no tanto una indagación en el pasado —en este caso un pasado “clandestino”, como dice la autora— sino sentir en la conciencia el picoteo cabezón de un bicho extraño que no hay conjuro capaz de apartar de esa conciencia. Ni de ningún otro sitio más o menos cercano. No sé si a ustedes les sucederá o les habrá sucedido lo mismo cuando lean o hayan leído esta magnífica novela. Y una sugerencia para quienes aún no la han leído: no esponjen sus páginas. Correrían el riesgo de perderse a todas horas no sólo por las peripecias de sus personajes sino lo que es peor: por dentro de ustedes mismos. Es sólo una sugerencia, claro. Sólo eso. Sólo.

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Autora: Almudena Grandes. Título: Los pacientes del doctor García. Editorial: Tusquets. VentaAmazonFnac y Casa del libro