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La forja de la personalidad

La forja de la personalidad

Aunque sigo con especial atención las nuevas voces literarias, no conocía el par de novelas que Sergio del Molino (1979) publicó hace ya varios años, Lo que a nadie le importa y No habrá más enemigo. Sabía que habían recibido una positiva acogida, pero se me escaparon entre otros títulos de la superproducción editorial que inunda nuestro mercado. Fueron otros ecos, insistentes y unánimes, los de La España vacía, los que me llevaron a aproximarme a una obra suya. Y mereció la pena. Este ensayo que vuelve a desnoventayochizar Castilla y a sembrar justificadas alarmas sobre la reciente desertización de nuestros pueblos es un libro de mérito. Conjuga en dosis equilibradas testimonio, sociología, crítica y subjetivismo. La denuncia cohabita con lo emocional. La crónica de la catástrofe se apoya en reflexiones penetrantes y todo ello fluye con naturalidad y destreza narrativa. No acaba, además, La España vacía, en ejercicio de melancolía sino que pone al autor en la órbita de aquellos escritores a quienes una buena brújula les orienta en la dirección de los asuntos que importan. De hecho, y aunque no sea ficción, coincide con la idea que algunos estudiosos tienen de que hoy, en la sociedad urbanita, lo novelesco y narrativo ha de fijarse en lo rural. Este sería, al entender de esos ensayistas, el verdadero escenario desde el que interpretar de forma crítica la problemática realidad actual del mundo avanzado.

"La mirada de los peces me reafirma en la percepción de estar ante un escritor valioso."

La mirada de los peces me reafirma en la percepción de estar ante un escritor valioso. A pesar de que el libro rinda tributo a la cansina moda de la autoficción, esas narraciones que se construyen con la presencia no enmascarada del autor en la obra, que hoy tanto éxito alcanzan y que, a mi parecer, y frente a los muchos jaleadores de su novedad, suponen una flojera creativa de nuestra prosa reciente. Diría incluso que más que una novela, como asegura la cubierta del libro, es una obra hecha bajo el impulso bastante distinto del ensayo.

Las varias tramas anecdótica de La mirada de los peces que se machihembran, eso sí, con la pericia de un buen carpintero, remiten a una inspiración reflexiva y analítica —nada novelesca, y disculpas por la insistencia— a partir de un atento ejercicio de observación. La primera y más leve y menos significativa es una reflexión sobre el propio ejercicio de la escritura. Cae Del Molino por inadvertencia (o por un punto de presunción del escritor que se siente triunfador, algo que no está bien a su todavía juvenil edad) en explicaciones vacías o comentarios pegadizos. No entiendo qué quiere decir al decir que “la literatura casi nunca consiste en hacer literatura”. Y resulta un muy discutible relleno asegurar que las antologías de textos periodísticos son ilegibles “porque los artículos se escriben para un día y un lugar, y casi ninguno huele bien en las páginas estancadas de un libro”, aunque el comentario venga a cuento de una compilación de columnas de Antonio Aramayona, punto de partida, como ahora mismo diré, del libro. Con todo, se justifica esta línea porque tiene su comedido interés y, además, conecta con otra más notable, el conocido motivo de la vocación y la formación del escritor. En cierto modo, La mirada de los peces pertenece al clásico subgénero de la novela de artista donde éste explaya las ilusiones y meandros del trabajo creativo.

"Sergio del Molino da menudas noticias autobiográficas: sus tiempos de escolar, sus andanzas de joven desnortado por los barrios modestos zaragozanos de San José, Las Fuentes o Torrero, el fallecimiento de un hijo."

Ambas líneas amparan el núcleo fuerte anecdótico y temático del libro: un relato de formación, del propio autor, desarrollado al hilo de la dura, casi insólita, trayectoria vital del mencionado profesor de filosofía Antonio Aramayona. Bastantes lectores de La mirada de los peces, supongo, recordarán la impactante desaparición del activista social zaragozano hace poco más de un año por la repercusión mediática que alcanzó. El mismo Aramayona, y el dato lo recoge Del Molino, se despidió de la vida con un sorprendente aviso en su blog: “Cuando estés leyendo estas líneas, ya habré muerto“. Lo hacía por propia voluntad, sin padecer una enfermedad grave o terminal. Todavía hoy se puede encontrar en la Red aquella desafiante explicación. “He decidido —continúa— finalizar mi vida, ejercer mi derecho inalienable a disponer libre y responsablemente de mi propia vida. // Te preguntarás por qué, a qué viene esta decisión tan inusitada. De hecho, no soy un enfermo terminal, no me han detectado una enfermedad grave e incurable. Tampoco estoy deprimido. Simplemente, ha llegado mi momento de morir. Es el momento justo de morir. Ni demasiado pronto. Ni demasiado tarde. Es el momento justo de quedar abrazado a mi muerte libre, a esa muerte —como dice Nietzsche— que viene a mí porque yo quiero”.

Sergio del Molino fue alumno en la enseñanza media de este polémico personaje. Recupera la memoria de su pedagogía provocativa. Evoca los estímulos entusiasmantes que trasmitía a sus alumnos, y gestos de generosidad. Con detalle precisa su estado físico: “con una discapacidad del 65 por ciento, una pierna varias veces amputada, en silla de ruedas con motor, varios infartos, un ictus, una angina de pecho permanente, principio de Parkinson y dolores crónicos en el muñón necrosado”. Describe su trayectoria que desembocó en la agitación política dentro del entorno de los movimientos colectivos del 15M y de la formación política Podemos. Los abundantes datos que Del Molino reúne sobre su también amigo se trenzan mediante una ágil alternancia de momentos de dicha relación dilatados a lo largo de dos décadas, desde 1995. Y ahí encontramos el sostén del otro y capital hilo del libro, el mencionado relato de formación.

"Sergio del Molino lleva a cabo una atractiva exposición del ejercicio de voluntad y pensamiento que exige llegar al ser adulto pleno."

Sergio del Molino da menudas noticias autobiográficas: sus tiempos de escolar, sus andanzas de joven desnortado por los barrios modestos zaragozanos de San José, Las Fuentes o Torrero, el fallecimiento de un hijo. Lo privado lo complementa con informaciones de época sobre modos de vida juveniles o movimientos colectivos que proporcionan a la obra un valor sociológico no desdeñable; algo así como una estampa generacional provinciana. Pero todo ello tiene la vista puesta en el curso de la relación de Del Molino con su maestro que pasa de la admiración hacia el fascinante profesor al temor de haber sublimado su recuerdo y al descubrimiento de recovecos de orgullo, vanidad y hasta impostura.

De este modo, Aramayona se convierte en el problemático guía vital del autor. De él sacará lecciones nada simples pues el modelo es muy complejo. En el discurso de Sergio del Molino planea el aguijón de la culpa por no haber sabido mostrar una mayor proximidad pero también la convicción de los onerosos tributos que exigía el personaje. El relato muestra el dilema moral que el autor parece no haber resuelto del todo todavía. Este sería el leitmotiv de una narración que se interna en un territorio que la literatura explora poco a pesar de su importancia, la edad decisiva de la adolescencia y primera madurez. El autor describe la rebeldía e inseguridad de un muchacho de barrio pobre sin más horizonte que la música folk y el alcohol y de una ciudad castrante de donde quiere escapar. Pariente cercano del Holden Caulfield de Salinger, quiere huir del medio del que reniega. Sergio del Molino lleva a cabo una atractiva exposición del ejercicio de voluntad y pensamiento que exige llegar al ser adulto pleno. Sin embargo, se me queda corta, blanda. La ruptura con el pasado y con el maestro y sus lecciones resulta tibia, contemporizadora, quizás ambigua; al relato de la forja de la personalidad le falta la intensidad esperable de las grandes decisiones vitales.

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Autor: Sergio del Molino. Título: La mirada de los peces. Editorial: Literatura Random House. Venta: Amazon, Fnac

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