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El niño que robó el caballo de Atila

El niño que robó el caballo de Atila

Leo El niño que robó el caballo de Atila y pienso en Claus y Lucas, de Agota Kristof. Pienso en Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Pienso en Plop, de Rafael Pinedo. Un lector es una máquina de asociaciones. Por embebido que esté en una historia, no puede dejar de pensar en otras. Al contrario de lo que demandaba el ideal orteguiano, una novela no es un recinto hermético, aislado de la realidad. Al revés: una novela es un nudo en una red, que conecta con otros nudos, que conectan con otras redes (de lo escrito o de lo vivido). Así que sí, pienso en los durísimos gemelos de Kristof, en el contacto con la tierra, con el barro y con la supervivencia más precaria de Pinedo, en la espera de quien de no parece saber muy bien para qué lo hace, de Beckett. Da igual que Iván Repila haya pensado o no en esas obras. Cada uno tiene sus referencias y, aunque sean distintas, están conectadas.

De cualquier forma, esta novela tiene la intensidad y la crudeza de las obras citadas. Dos niños encerrados en un pozo por razones que desconocemos. Uno, el Grande, tiene un plan. Otro, el Pequeño, ni siquiera intuye que pueda existir un plan. Son dos formas diferentes de estar en el fondo del pozo. Al Pequeño lo acechan la desesperación y el delirio, porque vive su vida precaria y sin sentido, su vida dolorosa, sin poder imaginar redención alguna. Es un asceta —por obligación— que no cree, salvo en esos momentos en los que tiene fe en su hermano, en el cariño de su hermano.

"La novela está llena de imágenes extrañas, de combinaciones de palabras que nunca funcionarían fuera del pozo, sintagmas hermosos y áridos a la vez, tan alucinatorios como precisos."

Grande se mantiene en pie con más entereza, y no sólo porque en el racionamiento que impone en el encierro él se lleve la mayor parte del mísero festín de insectos, raíces, hojas. Él se mantiene en pie porque odia y, aunque le cueste expresarlo, porque quiere a su hermano. “Quizá sí te quiero”, es la máxima ternura que puede transmitir con palabras. Aunque alimenta al hermano pequeño, lo anima, lo cuida cuando enferma, lo abraza cuando tiene frío, lo porta en sus brazos cuando tiene miedo. Pero quizá el amor fraterno no bastaría si no fuese por el odio. Sus planes de venganza requieren la colaboración del hermano. Una venganza imprescindible, porque sin ella no queda más que sucumbir en el pozo. La venganza como bálsamo que alivia las heridas, como disciplina para sobrevivir en esa situación claustrofóbica, como credo para no desesperar nunca.

Aunque parece imposible no desesperar y desmoronarse para quien pasa semanas en el fondo de un pozo. Es lógico que ahí, fuera del mundo y de la comunicación con él, el lenguaje se deteriore y descomponga, olvide sus reglas y estructuras. Así le sucede al pequeño, que, tras un ataque de fiebre empieza a hablar en un idioma que sólo él entiende. Y también es lógico que el lenguaje para narrar la experiencia del pozo se aleje del naturalismo, que sólo serviría para expresar las roturas de huesos, las llagas, los dientes podridos, los vómitos y las diarreas. Pero no podría comunicar las sensaciones, las fantasías que se forman en la cabeza de los dos prisioneros, su angustia, su visión de un mundo angosto que sin embargo saben infinito allí fuera. Así que la novela está llena de imágenes extrañas, de combinaciones de palabras que nunca funcionarían fuera del pozo, sintagmas hermosos y áridos a la vez, tan alucinatorios como precisos.

"La experiencia de leer esta novela es tan intensa escena a escena que, por ahora, prefiero no interpretarla. Las interpretaciones nos ayudan a vivir pero tienden a ahogar la experiencia estética."

Un lector es una máquina de hacer asociaciones y es una máquina de encontrar sentidos. La tentación es grande: adjudicar un significado al pozo, convertirlo en metáfora, releer mentalmente para hilvanar situaciones e imágenes, aprovechar las últimas páginas, que parecen convertir en trama la sucesión de escenas previas, para dar un significado a la lectura. No sé si el autor tenía la intención de transmitir una idea, de darnos una clave para entender de una determinada manera la historia de los dos hermanos y su encierro. Aunque así fuese, decir a un lector potencial cómo interpretar una novela es la mejor forma de arruinar su lectura, más desconsiderada que contarle el final. Además, la experiencia de leer esta novela es tan intensa escena a escena que, por ahora, prefiero no interpretarla. Las interpretaciones nos ayudan a vivir pero tienden a ahogar la experiencia estética. Aunque el pozo no signifique nada, aunque el mundo no tenga sentido, aunque sea imposible resolver algunas de las paradojas que plantea la novela —por ejemplo: “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable”—, merece la pena entrar en ese hondo agujero que abre para nosotros, sentir el confinamiento, mirar, como los dos hermanos, las nubes pasando por la abertura, compartir el desaliento y la rabia con ellos. “¿Esto es el mundo real?”, pregunta el Pequeño. El Grande no responde. Yo tampoco sabría, ni querría, responder. Me basta con haber tenido la experiencia de pasar varias horas en ese mundo imaginado, tan devastador como sugerente.

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Autor: Iván Repila. TítuloEl niño que robó el caballo de Atila. Editorial: Seix Barral. VentaAmazonFnac y Casa del libro

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