Huyendo del fúmbol, este verano he tenido la singular ocasión de viajar hasta el invierno. Por primera vez en mi vida me he desplazado por el tiempo en vez de por el espacio, y la experiencia ha sido, en consecuencia, pionera. O lo ha sido, al menos, para mí. El feliz sucedido ha tenido lugar a bordo del yate de mi buen amigo Higgins, Hillary James Higgins, almirante de la flota de HM, buen conocedor del Atlántico Sur. Su barco, el HMS Captain Colquhoun, es un bote de proporciones considerables que, vía Canarias, nos llevó primero al archipiélago caboverdiano y después, todo al oeste, a ese desconsolado peñasco que es el islote de Santa Helena. Una roca fantasmagórica de apenas veinte kilómetros de largo en mitad del Atlántico y donde hace doscientos años agonizó, dueño de su soledad, el gran Bonaparte: L’Empereur. Sin otros bienes que la ropa que llevaba puesta, el antiguo terror de Europa acostumbraba a meditar en silencio sentado en una modesta sillita de enea que nos mostraron los isleños; por lo visto, su fiel Jean Christophe la sacaba puntual cada tarde a la terraza y, mientras el sol caía sobre el horizonte camino de América, Napoleón recordaba con los ojos entornados.
Cerca ya de Puerto Madryn captó nuestra atención una concentración de ballena franca austral que se desplazaba bajo la acostumbrada escolta de aves gritonas. Sobrevolaban éstas el majestuoso navegar a flor de agua de la manada, unos veinte o veinticinco ejemplares adultos —algunos enormes, de más de quince metros de eslora—, arracimados en torno a un buen montón de crías en cifra difícil de establecer. Bien protegidas por los ejemplares adultos, ubicábanse los ballenatos en la parte más inaccesible del grupo, la parte interior, inaccesible incluso para la vista, circunstancia que hacía francamente difícil contarlos con precisión, aunque bien puedo asegurar sin temor a equivocarme que habría decenas, igual cincuenta o cien, todos diminutos y distintos entre sí. Un espectáculo deslumbrante que la Naturaleza ofrecía completamente gratis a nuestros ojos incrédulos. Tras observar las evoluciones de los cetáceos dedujo Higgins que se dirigían sin ninguna clase de duda al refugio-santuario que el parque nacional de Los Alerces brinda a las numerosas especies, de la tierra y del mar, que de ordinario pululan por aquellos andurriales. Focas, vacas y pingüinos, mayormente, además de cetáceos innúmeros. Dispusimos, pues, el HMS Captain Colquhoun en la estela de la manada sin contar con que se estaba haciendo de noche, pero de noche de verdad, y que, en la oscuridad, tanto si queríamos como si no, perderíamos inevitablemente el rastro. Dejó Higgins caer una maldición y mi cerebro se iluminó de pronto igual que si hubiera tenido una revelación mariana, o poco menos. Nos encontrábamos en pleno invierno austral, la época de apareamiento que asigna la Madre Naturaleza a la ballena franca, según la Wikipedia; conmovido, sugerí que la manada que llevábamos delante, a una cincuentena de metros de nuestra proa, quizá se dirigiese a un encuentro ritual de tribus o manadas de ballenas de varia procedencia, con vistas a participar en cierto tipo de actividades de carácter a todas luces reproductor. Hubo un momento de duda cuando Higgins, hombre en extremo fundamentalista, expresó sus reparos a ejercer de voyeur, aunque sólo fuese de animalitos, pero le indiqué que lo haríamos sin refocilarnos en nuestra lubricidad: con honesta intención científica, limpia, por tanto, de cualquier clase de bellaquería. “La Ciencia nunca es moral y, por tanto, jamás inmoral. Otra cosa fuera revestir nuestros actos con un manto hipócrita, sea de Ciencia, sea de cualquier otra forma de Religión, y engañar así nuestra conciencia… as usual. O como tantas veces, al menos. Pero no es el caso ahora: no el mío, desde luego —argüí—, y tengo la certeza de que el suyo, querido Higgins, tampoco”. Se atusó el mostacho el viejo lobo de mar, derramó abundantes lágrimas y, asintiendo de manera un tanto untuosa, a mi parecer, puso la nave en marcha.
De este modo desembocamos en esa misteriosa región del océano donde copulan las ballenas. Lo hacen al son de un canto armonioso, envolvente y dulce. Incrédulos, gozamos el privilegio de asistir al tormentoso misterio de su apareamiento y sólo entonces tuve la certeza de que nada es más real que los sueños, y la de que es así hasta el extremo de confundirlos para perdernos al final y morir a la postre enfangados en ellos, convencidos de que, de algún modo, participan de La Realidad. Y no. No son reales, no de la manera que lo son el Sol, don Quijote y la Gravitación Universal. Al contrario, el Dinero, el Sexo, el Amor, la Patria, la Verdad, Dios, el Rey, la Bolsa, las zapatillas Nike (y las que no son Nike), el Festival de Cannes, el de Benidorm y el de Eurovisión, los Toros de San Fermín, los de San Isidro y los de San Sebastián de los Reyes, así como el Campeonato Mundial de Fúmbol, todos participan de la naturaleza del humo. Las personas, sin embargo, nos pasamos la vida persiguiéndolos como si tuvieran alguna clase de consistencia. Yo lo he hecho toda mi vida y lo único que me queda es agua entre los dedos. Nada es cierto, salvo los cien centímetros que mide un metro. Bueno, y la soledad inacabable de las estirpes condenadas a cien años de abandono y fantasía. Todo lo demás, quimera, mito y cuento chino, Bowman. Convéncete.
Ayer, por fin, desembarcamos en Southampton.


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