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‘La guerra de los mundos’: Invasores e invadidos

‘La guerra de los mundos’: Invasores e invadidos

La guerra de los mundos es una de las novelas de ciencia ficción más conocidas, comentadas y analizadas de la Historia. Trata sobre una invasión marciana sobre la Tierra, y fue publicada en 1897, en plena época del imperio británico, por lo que los temas de conquista y sometimiento de otros están bastante claros y ni siquiera se les puede llamar “subyacentes”. De hecho, el autor, Herbert George Wells, explicó claramente que la idea le vino durante una conversación con su hermano Frank sobre la ocupación británica de Tasmania. ¿Qué pasaría si fuéramos nosotros los invadidos y conquistados por alguien venido de un lugar remoto?

Para cuando H.G. Wells publicó esta novela, él ya era bien conocido por otras obras de ciencia ficción como La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau y El hombre invisible, así que The War of the Worlds se calificó inicialmente como “romance científico”. Es una de las obras más adaptadas desde su publicación, y cada pocos años vuelve a las pantallas, reflejando las nuevas preocupaciones de cada momento en que se hace. Solo en 2019 se han hecho dos miniseries, una francoamericana coproducida por Fox y Studio Canal, protagonizada por Gabriel Byrne y ambientada en la actualidad, y otra, de la que nos ocupamos aquí, que es, contra todo pronóstico, la primera adaptación televisiva británica, hecha por la BBC en tres episodios (o dos extralargos en su emisión en Nueva Zelanda), y ambientada, al igual que la novela, en el paso del siglo XIX al XX (aunque, en concreto, ocho años más tarde que el libro, por alguna razón, supongo que para que no se la pueda llamar ya estrictamente “victoriana” sino “eduardiana”). Y a quien le suene aquello de que Orson Welles la convirtió en programa de radio en los años 30, haciendo que cundiera el pánico en Estados Unidos, que sepa que en realidad se calcula que menos de cincuenta personas en todo el país salieron despavoridas de sus casas pensando que de verdad venían los marcianos.

[Aviso de destripes con pata de trípode en todo el texto]

La novela original, aparte de su idea básica, está un tanto vacía en varios aspectos, con lo cual resulta fácil para los diversos adaptadores el tratar varios de sus huecos o bidimensionalidades como una especie de lienzo en blanco sobre el que pintar sus propias visiones o preocupaciones. Para empezar, el narrador y protagonista ni siquiera tiene nombre ni descripción, aparte de que trabaja como escritor de temas filosóficos. De hecho, ninguno de los personajes de la historia lo tiene, excepto secundarios como un astrónomo apellidado Ogilvy, el periodista Henderson (ambos caen nada más llegar los invasores) y la familia Elphinstone (marido, mujer y cuñada), que huyen junto al narrador durante un trecho. Sí sabemos, sin embargo, que el protagonista tiene mujer y hermano (estudiante de medicina), de los que ha quedado aislado cuando los marcianos aterrizan y empiezan a destruir su pueblo, Woking, a base de “rayos calóricos” a bordo de los cilindros en los que han llegado o de unos gigantescos engendros mecánicos de tres patas que construyen a continuación. Cuando esto ocurre, la población del sur de Inglaterra se repliega hacia Londres y las costas, en busca o bien de refugio o bien de convertirse en refugiados, en una especie de Dunkerque a la inversa. Curiosamente, todo el detalle que le falta a los personajes se halla en los lugares: cada pueblo, río o carretera por el que pasa el narrador aparece mencionado con detalle digno de un escritor de rutas de viaje: Leatherhead, Byfleet, Shepperton, Weybridge, Walton, Barnet, Chelmsford, Tillingham… Esto se debe al deseo expreso del autor de epatar a sus primeros amigos y lectores “destrozando” literariamente los lugares que conocen, reservando incluso para Richmond y Kingston una masacre especialmente grimosa.

En la miniserie dirigida por Craig Viveiros y escrita por Peter Harness todos los personajes aparecen más definidos y con conflictos extra en sus vidas para aumentar el dramatismo. El narrador es un periodista llamado George (trasunto del propio autor de la novela), y su esposa, desaparecida durante todo el libro, es aquí una pelirroja moderna, estudiosa, remangada y feminista sin necesidad de decirlo, que rechaza vivir de la herencia paterna. Se llama Amy, que es el nombre de la segunda esposa de Wells (y antigua estudiante suya), con la que se casó tras divorciarse de su primera esposa, Isabel, prima carnal de él. Efectivamente, la idea es poner al mismo Wells dentro de su propia historia, y usar las circunstancias de su vida personal durante el tiempo en el que escribió esta obra para realzarla dramática y temáticamente. Los otros Wells rechazan la idea de que George deje a Isabel, y le dan una fatiguita bastante grande al respecto de que vivan en pecado, que queda puesta en perspectiva cuando aparecen los marcianos y las prioridades cambian. Ogilvy, encarnado por Robert Carlyle, tiene una conversación con Amy en la que ella le dice que han quedado convertidos en parias, y él responde que también eso le ocurre a él, aunque luego no explica por qué, más allá de ser un soltero maduro y vestirse bien. Seguramente no sea por ser científico (más bien al revés, la Inglaterra del tiempo era el epítome del orgullo con que los tiempos hoy en día adelantan que son una barbaridad), sino por ser, probablemente, gay, y tampoco sin necesidad de decirlo.

El hermano de George también aparece más perfilado, tanto que resulta trabajar, miren por dónde, en un ministerio del gobierno de Su Majestad, y de su mano la serie cobra una dimensión política también que no aparecía tanto en el libro. En el parlamento se declama, sin ironía ninguna, que noventa y nueve de cada cien hombres del planeta elegirían ser ingleses si se les diera a escoger, que ya va siendo hora de una buena guerra, que la última digna de tal nombre fue la de Napoleón, y que lo inglés, y no lo sevillano, es lo mejor del mundo mundial. También se apropian sin empacho de aquello de que el sol no se pone en nuestros etcéteras. Cuando cosas raras empiezan a pasar, de quien primero se sospecha es, qué raro, de los rusos (metidos de aquella en Guerra contra Japón, y quizá razón última de que la trama se haya movido hasta 1905, aunque sería un tanto extraño que se hiciera todo este cambio debido a poder colar una única pista falsa en la historia).

En el libro los marcianos aparecen descritos como una especie de osos grandes, de piel aceitosa, marrón o gris, con tentáculos y ojos oscuros, sin labios y en general monstruosos de apariencia. Al principio les cuesta adaptarse a la atmósfera y condiciones de la Tierra, pero su tecnología pronto les permite reponerse, atacar, destruir, conquistar y tomar todo lo que desean. En la miniserie apenas se los distingue dentro de sus naves de llegada, esféricas en vez de cilíndricas y que, girando frenéticamente, hacen arder los cuerpos de los seres vivos que encuentran en vez de dispararles heat-rays. Después de su aparición, sin embargo, son ellos los que quedan relegados a permanecer sin desarrollo personalizado y solo aparecen como genérica amenaza bestial contra los protagonistas, con pasajes incluso de película de terror en una buena parte de algún episodio. Y si alguien se inclina en esa dirección, incluso se puede hacer alguna lectura brexitera del asunto.

En la novela una de las grandes sorpresas, yendo en contra de las expectativas del lector, es que en la segunda parte los marcianos han vencido y los humanos están reducidos meramente a intentar sobrevivir como pueden mientras evitan ser capturados y arrojados a una especie de cesta metálica, cual uvas vendimiadas. Porque a lo que parece que han venido estos extraterrestres es a absorber el agua, plantar una especie de hierbajo rojo que lo invade todo y usar a los humanos como alimento. Esto también ocurre en la serie, pero con una gran vuelta de tuerca: tras separarse por culpa del perro y volver a reunirse dramáticamente en una playa, George muere, traumatizado mentalmente por la experiencia, y es Amy, embarazada además, quien sobrevive, da a luz a uno de los últimos niños que nacerán desde la invasión y muestra grandes dotes de eso que ahora se llama resiliencia para huir de supersticiones baratas, mantener vivos a su retoño y a sí misma y empezar a trabajar con el doctor Ogilvy, aquí científico todoterreno que ha sobrevivido, para lograr conseguir que haya, literalmente, unos brotes verdes que den esperanza a la humanidad en medio de un planeta teñido de rojo por todas partes. Esto arregla un poco el final un tanto deus ex machina de la novela, donde los marcianos también acaban barridos por un patógeno terrestre contra el que no tienen defensa, de forma que la raza humana queda salvada por “las cosas más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre esta Tierra”. Si esto suena a topicazo de película de marcianitos, desde V hasta Independence Day, que se sepa que es de aquí de donde vino, así que Wells tenía coartada, por mucho que históricamente sí haya ocurrido que unos virus u otros diezmaron poblaciones enteras, tanto de invasores como de invadidos.

En general, la miniserie ha sido recibida con más críticas que elogios, citando que más bien parece una mezcla entre Downton Abbey, Doctor Who y The Walking Dead, y no siempre de sus mejores partes, pero el guion es ingenioso en lo que intenta hacer, aunque no siempre brillante en sus diálogos, y tiene plenitud de cosas para analizar y discutir. Por ejemplo, está el detalle de los cómics que lee el hijo de George y Amy, en los que se oculta que los marcianos murieron por culpa de unos simples virus, presentando en vez de eso una heroica leyenda nacional en la que fueron los cañones del arsenal de Woolwich (donde ya se había fundado el Arsenal, el equipo de fútbol londinense) los que habían vencido al invasor. Está también ese ministro que en medio de la paliza marciana aún sueña con arrebatar a los invasores sus máquinas y llevar el imperio británico al espacio. Y además está el hecho de que en el futuro apocalíptico las creencias religiosas volverán a florecer en medio de la rojiza oscuridad, con explicaciones peregrinas para el hecho de que los cementerios sean el único lugar donde no llega la hierba roja. Luego llega la ciencia y te dice que eso es porque hay ya otras plantas creciendo allí, usando los nutrientes de los cadáveres, y te estropea la mística. En suma, que la miniserie, a modo de lectura final, apunta a que el futuro será científico, decidido en sus convicciones y femenino, o no será, enfocado en las cosas que crean vida, no en las que la destruyen. Y sobre todo, que los marcianos que están jodiendo el mundo ahora mismo no vinieron de Marte: quizá los marcianos del hierbajo rojo somos nosotros, y un día esa humilde cosa puesta por Dios en la Tierra será, efectivamente, la que salve al planeta de la plaga que ya tiene encima desde hace tiempo.

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