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‘El último mohicano’: Blanqueando la tierra roja

‘El último mohicano’: Blanqueando la tierra roja

Cuando alguien a quien conozco vio esta película por primera vez y le pregunté que qué le había parecido, me dijo: “Muy cansada. Se pasan todo el tiempo corriendo de acá para allá”. Y la verdad es que algo de eso hay en esta adaptación de 1992 de una novela de 1826 ambientada en 1757. La acción ocurre en la parte boscosa de la colonia británica de Nueva York, durante unas pocas semanas durante la Guerra de los Siete Años (también llamada Guerra Franco-India), cuando Gran Bretaña y Francia luchaban por controlar la costa este de Norteamérica, usando aliados indios (ahora llamados “nativoamericanos”) como peones en la partida. Las hijas del coronel británico Munro se ven envueltas en un par de intentos de secuestro por parte de un grupo de hurones, liderados por el guerrero Magua, cuyo odio por los blancos británicos es tan grande que para poder vengarse se ha hecho aliado de los blancos franceses. Por el medio se entremeten un trío formado por los mohicanos Chingachgook y Uncas, padre e hijo, y el cazador blanco Hawkeye (Ojo de Halcón), cuya familia fue asesinada en la dura frontera de los pioneros cuando él tenía uno o dos años de edad, y que desde entonces fue criado a la manera india por Chingachgook, por lo cual tiene un pie en cada mundo, por así decirlo. En verano de ese año, los franceses intentan atacar un fuerte británico, y la combinación de las dos grandes potencias occidentales, junto a las rencillas internas entre indios, además de la presencia de milicias locales, más la carga romántico-erótica inyectada por la presencia de las hermanas Munro, acaban componiendo un cóctel explosivo que resulta en una película de acción histórico-trágico-romántica con una fotografía y una música espectaculares… y unos cambios respecto a la obra original que al principio parecen bienintencionados pero que son muestra palpable de un cierto “blanqueamiento” de la Historia.

[Aviso de destripes en todo el texto]

James Fenimore Cooper nació cuando su país, los Estados Unidos de América, aún solo tenía 13 años de edad, y el pueblo donde vivió, Cooperstown, fundado y nombrado por su propio padre, William, llevaba solamente cuatro años de existencia. De familia pudiente, educado en Yale desde los 13 años, expulsado de allí a los 16, se enroló en la marina mercante a los 17, y con ella y luego con la Royal Navy navegó por casi todo el mundo, incluyendo una para él memorable parada en el Mediterráneo español, sobre todo por la parte de Águilas y el Cabo de Gata. A los treinta y pocos se casó con una chica de rica familia, colgó el uniforme y se puso a escribir. Fue representante de las primeras generaciones que nacieron pura y oficialmente estadounidenses, lo proclamaron con orgullo, conocieron en persona a varios de los grandes héroes de la independencia y escribieron obras sobre el presente y el pasado reciente de su nación. Entre ellas está la pentalogía Leatherstocking Tales, cuya segunda entrega es El último mohicano, protagonizada por Natty Bumppo, alias Ojo de Halcón, alias Carabina Larga, alias Medias de Cuero, y varios otros apodos. El libro se manda leer a menudo en muchos cursos de literatura en Estados Unidos aún hoy en día, aunque a un lector moderno le puede parecer un tanto lento y prolijo en sus descripciones. Mark Twain llegó a publicar un ensayo entero, llamado Fenimore Cooper’s Literary Offenses, poniéndolo básicamente a parir, pero por otra parte, Balzac, Hugo, Thoreau y DH Lawrence eran grandes admiradores.

La novela tiene como incidente histórico real el asedio del general francés Montcalm sobre el fuerte William Henry, en la provincia de Nueva York, defendido por el teniente coronel George Monro. El motor de la historia es el odio personal del hurón Magua contra Munro (así escriben el apellido en la novela), a quien culpa de haberlo convertido en alcohólico debido al whisky, por lo que fue azotado y expulsado de su tribu. Al saber de la próxima presencia de sus hijas, Cora y Alice, Magua decide usarlas para vengarse, primero queriendo a Cora como esposa y después amenazando con la muerte a todos los secuestrados en caso de negativa. Después de varias persecuciones, capturas, escapadas, batallas y hasta consejos tribales, una de las hijas muere, Magua muere, y uno de los mohicanos muere también, dejando al otro (el padre, Chingachgook, en vez del hijo, Uncas) como último mohicano, tras el que su tribu desaparecerá.

Este cogollo central se mantiene en la película de la que hablamos hoy, aunque hay varios otros cambios de bastante importancia. El director, Michael Mann, forma parte de un grupo de famosos realizadores como Ridley Scott, Alan Parker o Adrian Lyne, que comenzaron su carrera en el mundo de la publicidad, experiencia que moldeó su lenguaje cinematográfico más adelante. De hecho, lo que le lanzó al estrellato fue un conocido producto para televisión, la serie Corrupción en Miami (Miami Vice), cuya pulida y estilizada imagen y cuidada banda sonora eran muy a menudo un atractivo superior al de las historias que contaba. Aquí esto se ve representado por la melena de Daniel Day-Lewis, la belleza de las montañas de Carolina del Norte, donde se rodó la película, la intensidad de la mirada de Madeleine Stowe como una corajuda Cora, los planos perfectamente milimetrados para cada toma, algunos ellos dignos de composición pictórica, y una música de influencia folk-celta que fue una de las principales causantes del auge en el mercado de bandas sonoras en la primera mitad de los 90.

En la novela hay un personaje entero, David Gamut, una especie de excéntrico profesor de música, que camina por una fina línea entre el alivio cómico y lo ridículo, y que en el film desaparece por completo. En la película se dice explícitamente que Ojo de Halcón es hijo adoptivo de Chingachgook, y por lo tanto hermano de crianza de Uncas, y la edad de los actores así lo refleja, pero en la novela Ojo de Halcón parece ser bastante mayor que Uncas, más un tío suyo que un hermanastro. Otra de las grandes diferencias entre libro y película es que la segunda convierte a Ojo de Halcón y al comandante Duncan Heyward (Steven Waddington) en rivales en lugar de respetuosos aliados. Heyward intenta cortejar a Cora desde su llegada a América, pero esta lo rechaza cortésmente, y cuando ella conoce a Ojo de Halcón saltan chispas entre ambos. Cora es en la película una mujer decidida y despierta, con una gran sensibilidad, que aprende rápido y se adapta velozmente a su peligrosa nueva situación en la vida. Al principio llega con sus civilizadas nociones europeas de mantener el apropiado decoro, como cuando abronca a Ojo de Halcón por no enterrar a los colonos muertos, pero en seguida aprende que hay una poderosa razón para eso, y es el no dejar rastro de su paso por allí a Magua y sus hombres. También se da cuenta rápidamente de la angustiosa situación de los colonos británicos, a quienes el ejército ha prometido liberar de su milicia si los franceses atacan a sus familias, y cuando su propio padre, el coronel Munro (Maurice Roëves), no cumple su palabra, se lleva otra bronca de ella. Heyward, intentando hacer la pelota, apoya a Munro, y la correcta cortesía de Cora se rompe definitivamente, pasando a estar del lado de la justicia social y de la gente que se labra su propia vida en ese agreste entorno natural que tanto la ha asombrado al llegar. Su decisión ya no solo es entre el apuesto militar de carrera y el pionero, sino entre las imposiciones sociales y militares de un rígido imperio contra la vida libre, sensible y en contacto con la naturaleza. De hecho, en el libro, en quien Hayward se fija es en Alice, la hermana menor, tímida, y callada, que en la película siente por Uncas el mismo atractivo que Cora por Ojo de Halcón.

En el libro, Heyward y Munro sobreviven, pero en la película mueren los dos, el segundo a manos de Magua, que además cumple su amenaza de sacarle el corazón, aunque no con la parte de matar a sus hijas delante de sus ojos, “para que así sepa que su semilla se perderá para siempre”. Es curioso este paralelismo: siendo una historia sobre “el último de los mohicanos”, Magua también quiere convertirla en “el último de los Munro”. Si el tiempo del piel roja en América está pasando, al menos que uno de sus causantes lo pague. Por su parte, Heyward encuentra una oportunidad para morir como un héroe, sacrificándose como rehén en la hoguera para que Cora y Ojo de Halcón sean liberados por los hurones. En cuanto a las hijas, en el libro muere Cora y en la película Alice, que se suicida tras ver a Magua matar a Uncas, y quien venga la muerte de Uncas es Ojo de Halcón, de un tiro con su famosa carabina, no Chingachgook en duelo singular.

Sin embargo, un detalle importante respecto a Cora es que en el libro es cuarterona. En efecto, su madre era la primera esposa del escocés Munro, una mulata de las Indias Occidentales, “descendiente, remotamente”, de esclavos. Aparte de mantener su cabello oscuro, en contraste con el rubio de Alice, hija de la segunda esposa del coronel, esto no se menciona en absoluto en la película. Munro, además, está lejos de ser el tirano sin alma que abandona a los colonos a su suerte (esta parte es un pastiche añadido en la película, deseosa de pegar un patada pre-‘Braveheart’ en el culo a esos estirados ingleses), y en la novela llega a expresar la esperanza de “que no esté muy distante un tiempo en el que podamos reunirnos alrededor del trono divino sin distinción de sexo, rango o color”. Se lo juro. Esto dice un militar en una novela del primer cuarto del XIX. No obstante, tantas ganas tiene a veces la película de darle cañita a los ingleses que uno de sus generales se cachondea de los franceses porque “no son de naturaleza combativa: son unos seres que prefieren comer y hacer el amor antes que luchar”. Aquí la traducción, por cierto, se queda corta: el original dice que los franceses “prefieren comer y hacer el amor con la cara” (o sea, lo que viene siendo “un francés” de toda la vida).

Sin embargo, antes de que alabemos a Cooper por ser alguien adelantado a su tiempo, hay que decir también que en el libro trata a los blancos como superiores a los indios, y a estos, mohicanos aparte, como la típica caricatura de salvajes sedientos de sangre, literalmente en el caso del ataque al fuerte, “bebiéndose libremente, exultantemente, infernalmente la marea carmesí”. También machacan la cabeza de un niño contra una roca y devoran un ciervo crudo, sin cocinarlo ni nada. Uncas es la gran excepción a todo esto, pero eso parece que viene debido a su contacto con Ojo de Halcón y otros blancos: “Sus ojos habían perdido su fiereza y brillaban con una simpatía que lo elevaba muy por encima de la inteligencia, y lo aventajaba probablemente siglos por delante de las prácticas de su nación”. Y aun así, la trama de la novela ni siquiera permite a Uncas tener una relación con Cora, porque si hay algún hombre en el libro a quien Cora le presta una atención que podría entenderse como interés por algo más, no es al blanco (aunque de costumbres indias) Ojo de Halcón, sino a Uncas. Pero no, ambos han de morir, de manera que el lector blanco no se escandalice por esta posible relación entre los dos. La película no lo arregla tampoco, ya que Uncas y Alice también mueren, y los que quedan vivos y emparejados, Cora y Ojo de Halcón son ambos blancos (recordemos que la parte negra de Cora no se menciona).

Por lo tanto, con ellos acabamos teniendo una relación no muy diferente de la que tuvieron el teniente John Dunbar y En Pie Con El Puño En Alto en Bailando con lobos, que se estrenó en cines dos años antes que esta película: lo que importa es el hombre blanco, y los personajes de alrededor están para servir a su historia. Así se ve aquí también por el hecho de que los dos mohicanos apenas hablan y simplemente siguen las decisiones de Ojo de Halcón, cuando en el libro en Chingachgook el más respetado, de acuerdo con su posición.

Lógicamente, el libro tiene más espacio para desarrollar a los personajes, y uno de los detalles más reseñables seguramente es el pastiche de creencias que se ha hecho Ojo de Halcón. Para él, el Dios cristiano y el Gran Espíritu de los indios son el mismo ser, y por lo tanto, el Cielo de unos y el Más Allá de los otros son el mismo lugar, donde él podrá reunirse con sus queridos mohicanos tras la muerte. Esto, obviamente, escandaliza a los otros personajes blancos, pero resulta conmovedor imaginar a Ojo de Halcón, en medio de largas noches y cacerías de ciervos, luchar en su mente con estos conceptos, acabando por hacerse una composición donde pueda evitar una terrorífica vida eterna sin la compañía de sus seres queridos. Durante la saga de novelas, Ojo de Halcón es la quintaesencia del pionero de frontera, individualista, maduro, buen camarada, astuto, eficiente y justo pero sin grandes ideales, pero este detalle es quizá de los más encantadores en su personalidad. Por otra parte, no es ningún romántico, y hasta defiende la costumbre local de arrancar cabelleras como algo “natural” y que “supongo que no se les debe denegar”.

Para 1992 al menos el cine de Hollywood ya había abandonado la costumbre de que fueran actores blancos quienes se pintaran las caras para hacer de indios, y aquí los tres personajes nativoamericanos principales están interpretados por actores de esa ascendencia (Wes Studi, que también hizo de Gerónimo en otra biopic, Russell Means y Eric Schweig), pero no es una pelícual sobre la reivindicación del modo de vida indio. Está la escena en la que Chingachgook casi pide perdón al ciervo que acaban de cazar, honrándolo con sus palabras, pero en seguida la acción pasa al papel de los blancos en la historia, en la que los indios son secundarios en su propia casa. De hecho, el toque más significativo puede ser ese momento en en que Magua expresa sus ambiciones futuras: dedicarse al comercio de pieles con los blancos… y hacerse rico. No hace falta matarlos, pues. Solo hay que convertirlos al capitalismo.