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La Herida, de Jorge Fernández Díaz

La herida, de Jorge Fernández Díaz, es un thriller político y una novela policial cruzada por cuatro misteriosas historias de amor. Una historia que empieza en el Vaticano, deriva en la Patagonia y retrata el lado oscuro del poder real. A continuación te ofrecemos las primeras páginas del libro.

Dos mujeres

La monja se mira directamente a los ojos, que ni siquiera parpadean, y se sostiene un rato la mirada en el espejo. Tiene ojos castaños y una tez extrañamente curtida. Los hábitos negros y la toca sagrada no hacen juego con ese bronceado atlético. Estamos más preparados para que las discípulas de Jesús muestren facciones pálidas tirando a rosadas, y no esta escandalosa tonalidad vital que implica muchas horas de intemperie. El sol le ha abierto a la monja pequeños surcos en la frente, en el entrecejo y alrededor de esa boca que no conoce el rouge, y se nota en su expresión una especie de cansancio moral, una tristeza profunda y prehistórica. Nada de todo eso logra menguar, sin embargo, su belleza límpida. Pero la contradicción entre uniforme monacal y bronceado caribeño sufre un vuelco con un pequeño y rápido movimiento que la hermana ejecuta sin afectación. Libre por fin del velo sacude su melena corta, que también resulta castaña aunque levemente encanecida, y deja la sensación de que se trata de una mujer que ya pasó los cuarenta y que además conserva cierto encanto. A continuación, las maniobras se vuelven más aceleradas y decididas. Se desprende tres botones de atrás y se quita por la cabeza parte de su atuendo; enseguida se deshace también de los interiores blancos y las medias. Dobla la ropa con precisión y amoroso cuidado, y la une a dos zapatitos negros. Deja el montón en un costado y vuelve a enfrentarse con el espejo. Ahora la monja está completamente desnuda, y se ven las marcas del sol en los brazos, los muslos y las pantorrillas. El resto del cuerpo es casi níveo, solo manchado por algunos lunares, los pezones oscuros y el vello púbico. Es delgada y tiene piernas estilizadas y musculosas. Las piernas de una corredora habitual. Ella ni siquiera parece estar evaluándose; solo sigue contemplando su reflejo con esa rara mezcla de indiferencia y melancolía. Finalmente, aparta la vista y recoge la ropa. Sale con ella del baño, cruza desnuda la sala y baja los escalones de madera; en el sótano abre la caldera rugiente y arroja su antigua vida al fuego.

"Retrocede hasta la sala, se sirve una copa de vino y enciende un porro. Chequea distraídamente los mensajes en el móvil y pone un disco a todo volumen de Led Zeppelin."

Después de merodear el caballete, observar la obra inconclusa desde distintos ángulos y juguetear en vano con los pinceles, la maestra suelta el trapo y sale a la galería. A veces la energía no se presenta y entonces insistir se vuelve algo peligroso: te puede conducir a la mediocridad o a un error insalvable. Lo mejor es dejar pasar el mal momento. El sol ejecuta sus aproximaciones finales sobre el horizonte, detrás de los sembradíos y los álamos. No hace ni frío ni calor en el valle, y solo se escucha el canto intermitente de los chingolos y los benteveos. La maestra se pone una mano sobre las cejas a modo de visera y contempla el alambrado y la huella del camino. Lleva una camisola floja y manchada; unos pantaloncitos de tela de jean, desflecados y desteñidos, y el pelo negrísimo escondido en un pañuelo bohemio que alguna vez fue azul. A pesar de su aspecto informal, salta a la vista que es una notable morocha argentina y que cuenta con esa clase de apostura innata que, llegado el caso, hace de la hembra más insignifi- cante también la más magnética y la más sensual. Fuera de su rutinario papel de maestra de escuela municipal, que cumple con desgana hasta el mediodía, la morocha se considera el resto del día una artista libre y gozadora, amiga de cruzar los límites y de experimentar nuevas sensaciones. De hecho es consciente ahora mismo de que ese carácter temperamental y a veces temerario la suele meter en desfiladeros calientes, y que posiblemente algo especial sucedió esta tarde. Sí, una estupidez, un cruce de palabras. Nada de importancia. Pero están sonando desde hace horas su alarma íntima y el eco de sus vagos remordimientos, y seguramente a esa fugaz angustia se debe su bloqueo. Rechista al reconocer ese caprichoso sentimiento y se encoge de hombros. Luego retrocede hasta la sala, se sirve una copa de vino y enciende un porro. Chequea distraídamente los mensajes en el móvil y pone un disco a todo volumen de Led Zeppelin. Se queda unos minutos arrobada con Escalera al cielo y hasta canta el estribillo sobre la voz de Robert Plant. Más adelante, el ambiente cambia porque Whole lotta love la colma de ruido y de energía, y ella aprieta el botón de repetición automática mientras comienza a llenar la bañera. Sobre los gritos orgásmicos del cantante la maestra superpone una y otra vez sus propios alaridos, y antes de quitarse la camisola se sirve una segunda copa. Está casi desnuda, semiborracha y alegremente confundida cuando percibe algo anormal. La música atruena y forma una especie de burbuja eufó- rica, pero aun así su sexto sentido la acuchilla. Con las tetas al aire, la copa vacía y rodeada de vapor, da unos pasos fuera del cuarto de baño y de pronto detecta una sombra. Tiene a esa altura los reflejos demasiado abotagados como para pegar un respingo, y por eso avanza como sonámbula en vez de retraerse con precaución. La sombra gira sobre su propia cintura, como si fuera un jugador de golf a punto de lanzar un golpe, y saca un brazo de vuelo curvo. La maestra recibe el puñetazo en la sien y le estalla la conciencia: su cerebro se mueve violentamente como un flan dentro del cráneo y cae fulminada justo cuando Plant frasea: «Necesitas sosegarte, nena, no bromeo, voy a mandarte de vuelta a la escuela. Muy en el fondo, cariño, lo necesitas. Te voy a dar mi amor».

 

Martillo y bisturí

Una cita nocturna en el Castel dell’Ovo, cerrado al público pero abierto a los deseos de la Camorra, puede convencerte de acudir armado hasta los dientes. Aunque uno sabe por experiencia que en este negocio no se gana confianza llevando la Glock bajo el poncho, y a fin de cuentas, esta vez el juego consiste en tributar calma y mostrarse diplomático y cordial. Estamos en Nápoles para eso, y no para empezar a repartir disparos. Supuestamente somos dos gerentes argentinos del mayor holding transportador de cocaína del Cono Sur, y venimos a ofrecer nuestros servicios comerciales. Nos respaldan un empresario pesquero de Mar del Plata, que ya hizo traslados para nosotros y para la Camorra, y un capo que está detenido en Aranjuez, y que aceptó enviar una discreta pero decisiva recomendación a cambio de mejorar su situación judicial en España. El operativo fue organizado por la Unidad Antimafia, y no puedo creerme que todo esto sea fruto del oportunismo, como nos quieren hacer creer: «Es providencial que se encuentren aquí», explican los colegas al contarnos en detalle el asunto. Mentira. Fuimos traídos a Italia para esta ratonera, y tal vez para algunas cositas más, y no para hacer intercambio de información en los coloquios del oficio, ni para pasear como mamotretos por los foros imperiales.

"Nada suena demasiado heroico, aunque en realidad lo fue, y su interés social parece más morboso que legítimo."

Abro las cortinas y diviso el puente, el castillo iluminado y el puerto de yates y veleros. Y al girar a mi derecha, palpo la negrura azulada del Mediterráneo y observo las luces del golfo. Faltan todavía tres o cuatro horas para el amanecer, y me llevo un cigarrillo a la boca. Antes de encenderlo, contemplo a la hembra que duerme desnuda boca abajo en la cama kingsize. No recuerdo bien su nombre, en principio porque no importa y en segundo lugar porque es impronunciable. Una negra de Costa de Marfil, con una hermana simpática que chapurrea el español: dos chicas agraciadas, casi idénticas, que se ganan la vida alternando con jugadores del Calcio y con clientes de los hoteles lujosos de la bahía, y que hacen las veces de guías turísticas por las calles de esta ciudad ruidosa. Enciendo finalmente el cigarrillo y vuelvo la cabeza hacia el mar. Hace más de treinta años que no utilizo mi verdadero apellido (ya casi ni me suena), y que en el ambiente de Inteligencia todos me llaman Remil. En honor a que sigo siendo, claro está, un absoluto hijo de remil putas. Los funcionarios de la Unidad Antimafia se regocijan al enterarse de que durante décadas nuestra pequeña agencia se financió arreglando los problemas personales de los polí- ticos y los jueces: infidelidades, seguimientos, escuchas, extorsiones, hostigamientos, custodias, coimas. Y me piden que cuente, durante las sobremesas romanas, mi experiencia en Malvinas, algo que se limitó a la batalla de Monte Longdon y a la poco glamurosa rendición de Puerto Argentino. Nada suena demasiado heroico, aunque en realidad lo fue, y su interés social parece más morboso que legítimo. Cálgaris no confraterniza nunca con esos agentes, sino con sus jerarcas, por lo general en restaurantes de vía Veneto. Mis camaradas sienten por mi jefe y mentor un respeto distinto: el viejo llegó a Roma con varias condecoraciones secretas y con la reputación de haber logrado la captura de Belisario Ruiz Moreno y la desarticulación de su compleja banda de traficantes y brokers. Se ríen de los propósitos menores e ilegales de la Casita, que el coronel también dirige, pero se sacan el sombrero frente a la Operación Dama Blanca, que ya lleva más de doscientos arrestos en cinco países y que es la gran novedad de la temporada dentro de ese particular gueto de espías ambiciosos y policías de élite. El caso llama mucho la atención, porque muestra una metodología nueva de infiltración que solo es posible en naciones fraudulentas y subdesarrolladas: una agencia estatal le ofrece a un pez gordo protección y operatividad, lo convence con una entrega y una fidelidad absolutas, y finalmente lo traiciona y lo destruye desde adentro, como un caballo de Troya. Cálgaris tiene la precaución de no revelar que yo estuve infiltrado sin saberlo, para no rebajarme ante los compañeros de peripecias; tampoco que en el largo proceso tuve relaciones íntimas, imprudentes y desdichadas con la mujer que comandaba esa multinacional. Estoy seguro, sin embargo, de que los gringos hicieron circular esa doble información humillante, aunque nadie me hace ninguna pregunta sobre Nuria. Tampoco es cuestión de andar tocándole los bigotes al tigre.

"El taxista esperó ese día crucial, que nunca llegó, y cuando los militares le declararon la guerra a Gran Bretaña ya era un noble anciano, inflamado por el patriotismo de la hora."

Al final de aquella misión accidentada, de regreso a Buenos Aires y cuando Belisario y su amante ya estaban a tiro de la extradición, Cálgaris tuvo a bien reabrir la Casita sin llamar la atención, pero sintió fuertes presiones corporativas para que me sacara de circulación. Al menos, mientras se limpiaban los expedientes y se untaba a los fiscales. La Secretaría exigió una suspensión sin goce de sueldo, y el coronel me convirtió en un «durmiente». La noche en que me comunicó la mala nueva, tuvo la delicadeza de invitarme a cenar un bacalao criollo, y de narrarme la historia de un taxista que había sido reclutado en los años cincuenta. Se trataba de un vigilante retirado y bastante ingenuo: aparentemente un mayor del Ejército lo convenció de que sus informes serían recompensados. El tipo escuchaba conversaciones al paso y anotaba todo lo que decían sus pasajeros. Una vez por mes redactaba un informe completo y lo enviaba por carta a una dirección postal. Era metódico y entusiasta, y estuvo años cumpliendo ese encargo sin esperar aliento ni acuse de recibo y, por supuesto, sin recibir ninguna retribución monetaria. Intuía que el mundo de los espías estaba desprovisto de palabras y de generosidad, y que sus aportes podían servir para defender a la república de sus múltiples enemigos. Nunca flaqueó, ni dudó de la importancia de sus datos, y una vez leyó en una revista popular que solían poner a «dormir» a los agentes informales para «despertarlos» muchos años después y embarcarlos en alguna empresa riesgosa. El taxista esperó ese día crucial, que nunca llegó, y cuando los militares le declararon la guerra a Gran Bretaña ya era un noble anciano, inflamado por el patriotismo de la hora. No aguantó más y decidió presentarse en el Comando en Jefe. Un amigo de Cálgaris oyó su relato y su oferta. El mayor que lo reclutó estaba muerto y enterrado desde hacía al menos quince años, y nadie había heredado al presunto «durmiente». La dirección postal era un buzón de rutina, y periódicamente llegaban a través de esa vía burocrática publicidades, delirios y basuras que iban directo a la trituradora de papel. No había en ninguna repartición oficial una mención ni un solo registro del buen hombre ni de sus informes callejeros. «Mi amigo no tuvo corazón para decirle la verdad. —Ríe el coronel—. Así que le asignó otra tarea dificultosa pero fundamental: tenía que aprender algo de inglés y tratar de pescar toda conversación que los agentes del MI6, disfrazados de meros turistas, mantuvieran en el perímetro de la Capital Federal durante el conflicto del Atlántico Sur. El anciano se fue y nunca más volvió. ¿Sabías que aprender idiomas retrasa el alzhéimer?» Lo miro de frente: «¿Y cuál es la tarea fundamental que usted me va a asignar a mí?». El coronel me evalúa con sus ojos claros y sus mostachos amarillentos, y me explica con voz aguardentosa que debo tomar una larga «siesta», y que ya me consiguió un curro como jefe de seguridad en un crucero.

Paso un año a bordo de esos hoteles flotantes que rebotan por el mundo, controlando a los alcohólicos, separando a púgiles espontáneos y buscando objetos perdidos.

Lo más emocionante que me toca es anular a una vieja aristócrata, aficionada al arte pero bastante venida a menos, que pierde fortunas en el póker y después roba los bolsos de las damas. Una cleptómana con clase y lengua filosa, que ofrece su cuerpo arrugado a cambio de que todo se olvide, y que más tarde consigue convencer al comandante de que en una escala próxima encontrará una verdadera ganga: un óleo subvalorado que cuelga inocentemente de un clavo en una galería brasileña. No solo regresa a puerto indemne, sino que además cuenta billetes por la comisión. En voz baja me asegura que el comandante acaba de comprar una falsificación bastante mediocre, y me deja una propina.

"Conversamos un rato sobre Julio César, mientras almorzamos unos fideos para turistas incautos."

Cuando se cumplen catorce meses y cinco días de sueño y aburrimiento, Cálgaris me despierta con una noticia: vamos a pasar varias semanas en Italia. Levantaron la interdicción. Ahora somos parte de un programa de cooperación, en el que participa gente de distintas fuerzas y de diferentes capitales. Una especie de convención secreta auspiciada por Europol y la DEA, que se llevará a cabo en el legendario cuartel del barrio Prati. Sobre sus muros, todavía luce la consigna de los juramentados: «La paz duerme a la sombra de las espadas». El coronel se hospeda en el Plaza y me confina a un hotelito de medio pelo cerca de piazza Venezia. Todas las mañanas, a primerísima hora, corro quince kilómetros alrededor del Altar de la Patria. Más tarde, si ese día no hay actividades en Prati, desayuno ligero, y levanto pesas y practico guantes en un gimnasio de la vía Di Sant’Agata de Goti. Cuando cae el sol, una profesora jubilada que contrató Cálgaris me enseña los rudimentos del idioma. Esas primeras jornadas, mientras el dichoso coloquio no se decide a empezar, el coronel divide el tiempo entre sus reuniones en la embajada y en el Quirinal, y los paseos algo soporíferos que me obliga a hacer por los Museos Vaticanos, Villa Borghese, el Palacio Barberini y el Castel Sant’Angelo. Los cuadros y las estatuas me producen tanta excitación como un quirófano o una carbonería. Pasamos un jueves enterito en los foros: el viejo derrocha un entusiasmo juvenil y despliega anécdotas chismosas sobre el imperio. Que yo ya conozco por las crónicas, ensayos y novelas que él mismo me ha conminado a leer. Conversamos un rato sobre Julio César, mientras almorzamos unos fideos para turistas incautos: «Los hombres creen fácilmente lo que desean». Y en las puertas del Coliseo nos cruzamos con Jonás, que nos saluda aparatosamente: va vestido con un equipo completo de gladiador y recibe monedas para dejarse fotografiar junto a señoras embelesadas por las truculencias de la arena y por sus músculos de guardaespaldas. Otro sobreviviente de Goose Green entrenado sin piedad en Campo de Mayo por el coronel durante aquel lejano 1982, después de que el Ejército nos condecorara y Psiquiatría del Hospital Militar nos diera el alta con reparos. A Cálgaris nunca le gustó el carácter inestable y algo disipado de Jonás, así que luego de los cursos de comando y criminología lo dejó partir. Fue «martillo» en Inteligencia del Cuerpo de Informaciones de la Federal y tuvo algunos problemas legales. En la jerga, yo soy martillo y Cálgaris es bisturí. Los primeros mueren jóvenes, los segundos hacen carrera. Jonás emigró en los años noventa a Europa. De vez en cuando nos llegaban noticias de sus aventuras, regadas siempre de episodios divertidos y disparatados. Hace diez años que nada sabíamos del gigante, y verlo disfrazado y en esa decadencia de utilería, pidiendo dádivas como un buscavidas de la calle, con el pelo largo y teñido de rubio luminoso y la barriga abultada, me toca olímpicamente los huevos. Me veo a mí mismo en ese declive. A pesar de que Cálgaris quiere sacárselo disimuladamente de encima, acepto una cita a solas esa misma noche en la Antica Birreria Peroni, y al final de una bacanal tengo que pagar la cuenta porque Jonás no tiene un mísero centavo.

Hay charlas previas con colegas y presentaciones en traje y corbata, pero el seminario propiamente dicho recién empieza a los quince días, así que esas vacaciones romanas me permiten conocer la ciudad, ponerme en forma, mejorar un poco mi pobre italiano y salir dos veces de putas por cortesía de los anfitriones. Cálgaris ofrece una conferencia sobre el funcionamiento actual de la narcopolítica en países emergentes, y varios técnicos explican el modus operandi de las bandas dedicadas a las drogas sintéticas. Mafia, ultratecnología de espionaje, nuevas formas de lavado de dinero, inserción regional del cártel de Sinaloa y exposición de casos emblemáticos. Tengo un breve protagonismo cuando nos hacen pasar al frente a cuatro «martillos» que fuimos infiltrados en redes internacionales. Ninguno de nosotros está muy sano de la cabeza, ni es por cierto muy locuaz. Mi exposición resulta lacónica y mal traducida. Así y todo, los presentes no se privan de ametrallarme sobre esa operación provisoriamente famosa. Fuera de los escenarios, hago migas con hispanohablantes de variada moral. Cálgaris, en esos ambientes, es como un pez en el agua; yo sigo siendo un lobo solitario que apenas gruñe.

Viajamos un fin de semana a Florencia para visitar la Galería de la Academia y el palacio de los Ufizzi, y mientras nos comemos unas pizzas finas como papel en la Grotta di Leo, quiero saber qué mierda estamos haciendo. Cálgaris enciende su pipa y sonríe: «Negocios». Después cruzamos la calle y el viejo compra un exótico perfume en Santa María Novella. «¿Qué hacemos en Italia? —retoma sin que yo insista—: Esperamos, Remil. Estamos esperando. Nos encanta que nos deban favores.»

"El viejo se excluye porque afirma que su foto ha salido alguna vez en elCorriere della Sera, algo de lo que no hay pruebas fehacientes."

Esa noche me ataca el insomnio y salgo a trotar en zapatillas por la ciudad desierta. Cerca del Ponte Vecchio me uno a varias mujeres que practican running y que se exigen como maratonistas de alto rendimiento. Corro con ellas sin intercambiar miradas; parecemos caballos hoscos y fantasmales que se mueven rítmicamente en manada por calles empedradas y por intrincados recovecos que parten y terminan en el río Arno. Tengo entonces un pálpito inespecífico, que no puedo traducir ni comprender del todo, y que tomo por un mal presagio. Ando todo un día con ese desasosiego intrigante mientras exploramos Florencia y hablamos sobre los Médici: pan y fiestas mantienen al pueblo quieto, y esas cosas.

Al regresar a Roma nos esperan grandes novedades: la ocasión hace al ladrón, ¿cómo desaprovechar esta visita si podemos usarlos de señuelo? Cálgaris se muestra falsamente sorprendido por la propuesta, y acepta gustoso que yo actúe como oferente en Nápoles. El viejo se excluye porque afirma que su foto ha salido alguna vez en elCorriere della Sera, algo de lo que no hay pruebas fehacientes. Se necesita un segundo actor con acento porteño. Como nadie tiene la menor idea ni da un paso al frente, sugiero a Jonás. El coronel se opone de manera rotunda, pero los días van pasando y no se encuentra otra solución.

Asistimos bien vestidos, durante aquel paréntesis, a dos o tres recepciones en la embajada, frente a la basílica de Santa María Maggiore, y también a una reunión en un departamento antiguo ubicado en los límites del Trastevere. Se celebra allí el cumpleaños de un cardenal, y se aguarda la presencia de Bergoglio. Pero el pez gordo nunca llega, y tenemos que conformarnos con una mojarra: un cura salesiano llamado Pablo que fue compañero de estudios de Francisco, que sirvió a sus órdenes en distintas posiciones dentro de la Iglesia argentina y que hoy atiende en el Palacio Apostólico y a veces duerme en Santa Marta. Un sacerdote calvo, elegante y discreto, con un tono bajo y una mirada desconfiada, casi amenazante. No me gustaría tenerlo de enemigo.

"A última hora lo llamo a una pensión y le digo que tengo un curro y que se presente vestido de traje. Jonás llega tarde y asiste con chaqueta blanca, pantalón negro y camisa fucsia: ropa apretada de los tiempos en que pesaba diez kilos menos."

Dos días más tarde, la Unidad Antimafia comienza a apurar los tiempos: el certificado de buena conducta que viajó desde la prisión de Aranjuez dio en el blanco y los compradores se muestran interesados. Cálgaris trata de convencer a sus amigos de que Jonás no es una buena idea, pero yo ya puse en circulación su nombre y parece que el tema no tiene retorno. Un día de lluvia fuerte vamos con paraguas hasta Santa María del Popolo y estamos una hora y pico observado con excesivo detalle La conversión de San Pablo y La crucifixión de San Pedro. Bostezo en el último banco, con los pies sobre el reclinatorio, cuando Cálgaris se sienta a mi lado y murmura: «No van a ser niñitos traviesos de Scampia, sino profesionales de armas tomar. Hace años que Jonás está oxidado y, además, siempre fue un idiota peligroso. Si algo sale mal no te lo voy a perdonar nunca». Me alzo de hombros. Solo se escuchan los pasos y los susurros de los curiosos, los flashes prohibidos sobre Caravaggio, los rezos de los chupacirios y el chubasco de las calles. El coronel revuelve el tabaco de su pipa sin llegar a encenderla. «Vos vas de bisturí y el tarado va de martillo. Que lo tenga claro. Y tratá por todos los medios de que no se ponga creativo ni valiente.»

A última hora lo llamo a una pensión y le digo que tengo un curro y que se presente vestido de traje. Jonás llega tarde y asiste con chaqueta blanca, pantalón negro y camisa fucsia: ropa apretada de los tiempos en que pesaba diez kilos menos. En la Unidad nos extienden un voucher y tengo que firmar una planilla y un recibo para retirar en breve viáticos suculentos. La sastrería queda sobre la vía del Corso, pero vende rebajas y baratijas. Igualmente, el traje gris, la camisa blanca y el abrigo de paño con sobredosis de poliéster le dan un aspecto aproximadamente presentable. Compramos también un equipo de elegante sport que está en oferta, y dos pares de zapatos econó- micos. El gladiador está exultante y pregunta si puede quedárselos. Se los descontarán de la paga. Después comete todo tipo de traspiés verbales durante la reunión organizativa, y Cálgaris no pierde la oportunidad de azotarlo. Jonás dice conocer muy bien Nápoles y cualquier otra ciudad importante de Italia, y pide para protección personal la pistola reglamentaria de los carabinieri. Le informan que viajaremos desarmados y solos, sin apoyo de ninguna clase, y que nos moveremos como turistas despreocupados hasta que nuestros potenciales clientes se pongan en contacto. Nos hospedaremos en habitaciones contiguas del Grand Vesuvio, y trataremos de no parecer policías ni despertar sospechas. Me dan los argumentos centrales de la propuesta, las nuevas identidades y el formato del holding que representaremos. La misión consiste en pasar las barreras de seguridad, subir por el escalafón del clan e interesar al número uno. No se hacen muchas ilusiones, pero si realmente muerden sería un triunfo y avanzaríamos hacia una segunda etapa comercial. Cálgaris le ordena a Jonás que durante las transacciones me deje a mí hablar y no agregue datos ni bromas. Que se mantenga mudo, sobrio y obediente. El gigante se lo jura haciéndose la señal de la cruz, y el viejo pone los ojos en blanco.

Llegamos en tren a Nápoles cerca del mediodía, y mientras nos hacen el check in examino las fotos de Sophia Loren, Grace Kelly y Humphrey Bogart que hay en la zona de los ascensores: se ve que en los años cincuenta era un hotel imprescindible para el jet set cinematográfico. Las habitaciones siguen siendo amplias y majestuosas, y las nuestras dan a la bahía. Apenas nos instalamos, suena el teléfono y una voz con acento español me saluda secamente y me cita en el Castel dell’Ovo. Mañana, a la hora de las brujas.

"El castillo está iluminado por fuera y en penumbra por dentro. De las sombras surge un napolitano que nos ordena poner las manos contra la pared y separar las piernas."

Jonás está ansioso por mostrarme la ciudad. Caminamos sin rumbo durante horas, mientras escucho historias de San Gennaro y su legendario collar de tres mil diamantes, cien rubíes y doscientas esmeraldas, y también sobre las proezas místicas de Maradona y sobre las piezas y los frescos eróticos del Museo Arqueológico, que tenemos el buen tino de no visitar. Sin Cálgaris no hace falta tanto sopor. Más bien vagabundeamos por las callecitas, comemos un bocado en Gambrinus y al anochecer les ofrecemos unas copas en el barrio del Vomero a las hermanitas de Costa de Marfil. Son asiduas concurrentes de la zona y más fáciles que la tabla del dos, pero luego nos quieren cobrar un ojo de la cara. Conviene para nuestra cobertura esta compañía, así que las pasamos para el cuarto. Acá está una de ellas durmiendo a pierna suelta; la otra estuvo varias horas haciendo alboroto con la verga de Jonás. El conserje les llamó la atención, pero siguieron como si nada. Desde la ventana se advierte ahora que está por amanecer, y por primera vez siento que nos vigilan. Leo un catálogo donde se habla de Virgilio y su leyenda del huevo, de su función de castillo y también de cárcel: veo las fotos del interior de la fortaleza, la terraza con cañones y la torre de los normandos. Sobre el mar, fuera de horario y en la oscuridad de sus corredores, nos pueden volar la cabeza sin despertar a las gaviotas. Jonás baja a zamparse el espléndido desayuno y más tarde vuelve a desayunar con nosotros en piazza Bellini. Las hermanas nos dejan un rato bajo la llovizna mientras se cambian en el departamentito que alquilan por los márgenes del barrio Español y nos reencuentran después en el centro histórico: los tres se han confabulado para cruzar a Capri, pero el mal tiempo canceló las excursiones. Queda Pompeya. Las chicas se regocijan en los puestos de entrada con souvenirs pornográficos: Jonás les compra dos penes con alas trabajadas a mano, y más adelante nos enseña con entusiasmo infantil el lupanar que quedó en pie tras el desastre, la lava y la ceniza volcánica, y también las pinturas ajadas en los muros con las distintas especialidades de las meretrices antiguas. De regreso al hotel, los tres cantan canzonettas en la van, mientras yo pienso en Nuria y en el destino, y lucho mentalmente para que los malos presentimientos no me limen la voluntad. Pretenden seguir con la juerga, pero yo les pago en efectivo a las africanas y las despacho. Se acabó la fiesta. Corremos por la costa una hora, bajo una lluvia ya intermitente, y después nos duchamos y nos vestimos como águilas financieras. A las doce en punto cruzamos la calle y franqueamos el portal sin candado.

El castillo está iluminado por fuera y en penumbra por dentro. De las sombras surge un napolitano que nos ordena poner las manos contra la pared y separar las piernas. Nos palpa de armas y de micrófonos. Cierra a nuestras espaldas y nos conduce por pasillos, patios, galerías y escaleras hasta la azotea fortificada. Es un palacio de piedra medieval que sale al viento y al océano, y a la silueta de esa ciudad encendida. Un moreno rapado con una cicatriz en el pómulo nos da la bienvenida con frialdad. Reconozco su voz; es la misma del teléfono: se crio en España o aprendió castellano de un gallego. Nos rodean cinco novatos con camperas de cuero y armas largas. Todos llevan linternas y fuman como chimeneas. El rapado menciona al capo de Aranjuez; yo sigo el libreto de Cálgaris y le cuento que tiene agallas, pero que no tiene buen pronóstico judicial. Como no arriesgo una palabra de más y los novatos parecen muñecos de cera, permanecemos todos quietos y calladitos. Se oyen solamente el rumor del mar, los chiflidos de la brisa y el graznido de algunos pájaros ocasionales. El rapado, que se acoda en una roca, mira hacia la izquierda, chasquea los dedos y lanza dos o tres palabras en dialecto cerrado. Enseguida aparece un anciano sin dientes metido en un anorak. Tiene más arrugas que un testículo. Se acerca hasta casi tocarme y me recorre la cara con su linterna de sereno. La luz me encandila, pero él no se detiene: parece un forense examinando milímetro a milímetro un cadá- ver. Percibo su aliento de tuco y aguardiente, y que el anciano a su vez me huele como un perro de caza. Palpa además mis bíceps y me revisa las manos como si buscara evidencias de un oficio. Después va sobre Jonás y repite el procedimiento. Cuando esta curiosa requisa termina, el espectro apaga su linterna y extrae del anorak una pequeña cámara fotográfica. Nos toma fotos de frente y de perfil y a continuación le dice algo en el oído al morocho rapado, que ni parpadea. Aparta la vista y se acaricia la cicatriz. Cuando mueve los labios, lo hace sin la más leve emoción: podemos marcharnos, no es seguro que nos llamen, pero por las dudas no deberíamos estar muy lejos del teléfono. Si en dos días no dejan aviso en conserjería, 25 significa que no hay interés y que no conviene a nuestra salud permanecer ni una hora más en la zona. El napolitano nos saca de la azotea y nos devuelve al portal. Cruzamos la avenida y pedimos dos ginebras con hielo en el bar del hotel para asentar el pulso y comentar los pormenores. Jonás finge indiferencia, pero está asustado. Propone llamar a las hermanitas para relajar nervios; se lo prohíbo.

Sinopsis de La herida, de Jorge Fernández Díaz

Una monja desaparece, dejando un enigmático mensaje, y un colaborador del papa Francisco les encarga a dos agentes de Inteligencia buscarla por cielo y tierra. En paralelo, una operadora política despedida por la Casa Rosada es contratada por el gobernador de un feudo patagónico para mejorar su imagen y evitarle una catástrofe electoral. Con la ayuda de Remil —un perturbador agente que trabaja desde las sombras—, ella se vale de todo: espionaje político, compra y amenaza de jueces, soborno de dirigentes y manipulación de la historia. Hasta que juntos se topan con un crimen de Estado y una organización siniestra.

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Autor: Jorge Fernández-Díaz. Título: La herida. Editorial: Planeta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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