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La historia de Pablo Txiki, de Luis Martín-Santos Laffón

La historia de Pablo Txiki, de Luis Martín-Santos Laffón

Luis Martín-Santos Laffón reconstruye la atmósfera de una época de la historia reciente de nuestro país alrededor de las confluencias sociales que se producen en torno a un bar: el Pablo Txiki. Zenda publica el cuento La historia de Pablo Txiki.

No podía tratarse de otra cosa en el oscuro zaguán. Sacos de harina, bandejas de horno grasientas, de las de hacer pastas. Para entrar había que hacer sonar un viejo timbre y, si no, golpear los cristales oscuros de una de las ventanas por los que apenas entraba la luz. Al rato, indefectiblemente aparecía el pastelero cubierto con un delantal de hule grasiento, y su rostro macilento e insomne nos invitaba a pensar que madrugaba para realizar su faena. Con la coronilla completamente calva y una melena despeinada nos abría la puerta, y enseguida nos preguntaba:

—¿Qué queréis?

—Un duro de pastas.

—¿De cuáles?

—De las de cacahuetes y de las otras, las de estrella.

Acto seguido nos llenaba un cucurucho construido con papel de estraza con el que salíamos corriendo a la calle donde muchas veces llovía. Otros días estaba ella. Debía de ser su mujer. Despeinada y descuidada, también macilenta pero siempre nos dedicaba alguna palabra cariñosa. Se ve que le gustaban los niños. Nosotros solo teníamos que cruzar la calle y meternos en este primer callejón junto al transformador de Iberduero. La casa, de la que el horno de pastas era uno de los sótanos traseros, era un edificio alto de cuatro pisos, pero con techo antiguo a cuatro aguas de teja roja. Las ventanas por la parte de atrás exhibían las coladas de la vecindad.

Ahora que lo pienso, debían de ser del bando perdedor. Era obvio. La sensación de olvido obligado y desconfianza, la sonrisa ausente o, cuando aparecía, una cierta ironía. Otra cosa era ya en ropa de calle, la gabardina con el cuello subido y la boina, la txapela que le defendía del pertinaz sirimiri que durante días solía cubrir la ciudad. La gabardina, en esos tiempos, uniformaba e igualaba a muchos en un momento en el que lo mejor era no destacar.

En invierno, cuando caía la noche y cerraban los comercios, el bullicio se recogía al interior de los bares.

En Pablo Txiki caían los caseros, los camioneros, gente de los talleres y también el pastelero que se detenía a tomar un café por las mañanas o un vino, y dos o tres veces por semana, también a cenar el menú de berza y caldo de vaca con el que se solía calentar.

Justo enfrente del bar había una herrería con un maestro bajito y con chepa; Valentín se llamaba, siempre embutido en su buzo, muy sonriente, y algunos ayudantes que llenaba la esquina de chispas y el sonido del yunque. Por ahí era justo donde pasaban los carros de las caseras que bajaban al mercado de la Brecha en San Sebastián, y no sé si todavía tenía un cartel que ponía eso: A San Sebastián 1 kilómetro.

A la derecha subía otra calle hacia el cementerio, Virgen del Carmen, pero a partir de ahí la cuesta bajaba con su ristra de tiendas, panadería, estanco, armería, ultramarinos, alpargatería, electricista, mercería, otra panadería, y en medio un par de bares.

Al principio, abriendo la calle estaba la Iñasi, justo antes del Pablo Txiki, que tuvo durante muchos años frutería y ultramarinos, pero que cuando su hijo Javier se casó, bastante después de hacer la mili, decidió cambiar el negocio y ayudada por éste y por su nuera abrió una pescadería… Pero eso ya fue mucho después.

Antes de eso ya habían empezado a dejarse ver los primeros marroquíes que llegaban sin saber una palabra de español, y que compraban en la panadería grandes barras de pan y, para evitar que se rompiesen, las partían en dos y se las guardaban en grandes bolsas de tela. Todo el mundo sabía que venían a trabajar en la construcción de la autopista y que dormían en barracones a pie de obra.

El bar era un lugar perfecto para encontrase. Olía como los bares de antes, a vino, a vermut. Había varios barriles detrás de la barra llenos de vino y los frigoríficos, que eran alimentados en verano con grandes barras de hielo que llegaban al barrio en un carro cubiertas de tela de saco, y eran organizadas con un gancho manejado con singular destreza por el conductor. Todo iba así. En verano el hielo y en invierno el carbón, que venía también en un camión y era trasvasado a los sótanos en sacos o en cestos transportados por el ennegrecido carbonero.

El asunto era que le habían enviado una carta con un mensajero avisándole de la entrega. En aquella época, el contrabando de tabaco americano y el propio estraperlo era muy normal, y mucha gente necesitada, sobre todo los represaliados, trataban de terminar de juntar lo necesario para alimentarse, y poder además enviar alguna ayuda a los que todavía se encontraban en el exilio y no habían podido regresar. Las noticias no eran muy alentadoras, pero si los últimos años habían sido muy duros, aquello no podía durar eternamente, aunque el paso del tiempo había ido dejando silenciosamente sus marcas y sus huellas.

El rito del txiquiteo diario antes del almuerzo brindaba el curioso espectáculo de las cuadrillas, siempre masculinas, bajando en grupos la cuesta cada vez un poco más alegres, ya al final casi cantando, cuando llegados hasta el último callejón, se les podía ver desde la chatarrería y el parque Cristina Enea, que irrumpía con su verdor desde de la verja que lo recorría hasta su puerta. Bajaban en grupos de seis u ocho de distintas edades, algunos definitivamente gordos, achispados, en un crescendo eufórico producto del vino, y desfilando en un suave movimiento uniforme, las manos en los bolsillos, en una nube, todos juntos, de la que solo se apearían para ir a comer.

Así era el barrio.

Tomás, de tarde en tarde, barría el suelo del horno apartando a un lado, con prisa y algo de descuido, los sacos medio vacíos de harina, azúcar, cacao. Lo importante era sacar la faena y cumplir con los encargos y pedidos de las pastas. Los flanes de papel para las magdalenas, los botes con los anisitos utilizados para la decoración, la fresquera con las docenas de huevos, los limones, las naranjas y las frutas escarchadas, la botella con agua de rosas, las grandes latas ennegrecidas por el almíbar reseco que servían para almacenar muchas de las galletas y las magdalenas. Otras veces las galletas se quedaban directamente en las bandejas del horno que se insertaban en una de las estanterías móviles, que en su movimiento iban creando pasillos y tabiques que servían para esconderse de su mujer mientras trabajaban. En realidad no estaba claro si se querían.

El trabajo lo tenían organizado para que ella estuviese por las tardes. Él llegaba muy temprano, de madrugada, y preparaba la masa de las galletas y las pastas para el surtido. Llegaba de madrugada y salía después de comer. Ella llegaba a las once y se quedaba hasta las nueve. Podías ir a cualquier hora y siempre estaba alguno de los dos. Por supuesto, abrían los domingos y hasta los domingos por la tarde porque todavía había faena. El lunes cerraban. Ella, cuando salía de allí, llevaba gafas de sol y un pañuelo en la cabeza que dejaba ver su pelo rubio algo descolorido, gabardina y bolso amplio. No sé donde vivían.

Por la cuesta siempre te enterabas de cosas. Era muy curioso cómo las conversaciones en los comercios dejaban caer los comentarios como a través de vasos comunicantes, hacia abajo. Y luego estaban las monjas. Entonces había monjas que trabajaban en la sanidad, cuidando enfermos en los hospitales o en los colegios que casi todos eran religiosos. Y los curas, porque la gente iba a misa y cumplía con todo lo que se le pedía, o con casi todo. Por lo menos a la vista.

Y después estaban los alemanes. Era un matrimonio muy mayor que tenía un pastor alemán de dimensiones que a mí me parecían inmensas. Lo llevaban siempre con bozal y, cuando nos cruzábamos con ellos, casi siempre cerca del alto antes de caer para Loyola, junto al muro del jardín, el marido lo apartaba de nosotros arrinconándolo con el bastón contra la pared y sujetándolo todavía más fuerte con la correa, aunque los dos ya eran muy viejos, tanto el perro como el dueño. Detrás pasaba su mujer disculpándose en un español totalmente alemanizado que raramente he vuelto a escuchar, toda simpatía. A veces también pasaba ella sola, pero él era terrible. Iba con boina y el perro siempre con bozal. Claro, a nosotros nos daba un cierto miedo.

Todos ellos, Tomás y su mujer, la Iñasi, Sebastián, la modista, los alemanes y otros muchos formaban el paisaje de mi infancia.

Él llegaba en una vespa que aparcaba en el callejón y que luego cubría del sirimiri con un plástico transparente bastante ajado, pero que cumplía su función. Luego buscaba las llaves del horno en el bolsillo de la gabardina y todavía en medio de la oscuridad, con la pobre luz proveniente de un viejo farol provisto de una bombilla incandescente, la hundía en la cerradura, primero de la cancela exterior y luego, ya al fondo, de la vieja puerta del horno. Inmediatamente, los gatos que poblaban el callejón que se apercibían de su llegada se apresuraban a acercarse con la esperanza de ser alimentados con los restos que algunos días les traía envueltos en papel de periódico. Pero no siempre había suerte, y muchas veces tenían que volver a sus refugios a salvo de la lluvia.

Eran tiempos duros para todos…

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