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La historia del mayor fabulador de todos los tiempos

La historia del mayor fabulador de todos los tiempos

El gran imaginador, dice el autor del libro y de este artículo, “es muchas cosas, tantas que a veces me cuesta resumirlas. Es un libro de libros, una novela sobre la propia escritura con un protagonista condenado a ser un hombre de acción. Es un homenaje a los escritores que me hicieron escribir…”.

Toda primera escritura es, antes que ninguna otra cosa, una escritura interior. Comienza cuando sientes que las intuiciones te golpean, un cosquilleo y un vértigo que te anuncian que quizá esta vez sea distinta, te apresuras a ordenar en tu cabeza los acontecimientos, perfilas las ideas, recreas para ti mismo un primerísimo boceto de la historia, las escenas se suceden una y otra vez en tu mente. Pero todo eso solo ha ocurrido de cráneo para adentro, en el exterior nada ha cambiado, todo sigue igual. También El gran imaginador al principio fue solo escritura interior, aunque en aquel momento no podía sospechar que el proceso se prolongaría durante catorce años.

"Tenía que escribir la historia del mayor fabulador de todos los tiempos, alguien dotado con una imaginación más allá de los límites de la naturaleza. Eso tenía que hacer."

Por entonces vivía, con escasos medios, en el número 88 de Mill Lane, en West Hampstead, Londres. Y después de una década dedicado al relato corto en la intimidad, agotaba mis recursos dando forma a los que se convertirían en los cuentos de mi primer libro publicado. Antes incluso de haberlo concluido, en 2002 me asaltó la necesidad de escribir esta novela. Una novela que transcurriera en el siglo XVI para poder rendir homenaje a los orígenes de la ficción moderna, para poder dibujar una posible conexión entre las fabuladoras literaturas del Cercano Oriente, los iconos vampíricos de las leyendas balcánicas, el mito judío del Golem, la difusión de la imprenta, las primeras campañas de propaganda y falsificación que implicaban varias naciones, la intuición del Quijote por parte de Miguel de Cervantes.

Por supuesto, sabía que algo así estaba por completo fuera de mi alcance.

Aún me faltaba la idea. Tenía decenas, cientos de ideas, demasiadas. Pero me faltaba la idea que me permitiera amalgamarlo todo y proporcionase la necesaria fluidez. De modo que mientras me llegaba o no la solución, comencé a entrevistarme en la British Library con distintos especialistas en las materias que habría de dominar, expertos en la formación de las identidades en los Balcanes, en los mercenarios fronterizos conocidos como los piratas uscoques, o en la estructura y gobierno del Imperio Otomano.

No fue entonces, sino mucho más tarde, tras años examinando documentos en la Biblioteca Nacional, en Madrid, y anotando a mano todo tipo de datos sobre fortificaciones en Argel o los nombres de calles de la Atenas otomana, cuando me llegó la idea: tenía que escribir la historia del mayor fabulador de todos los tiempos, alguien dotado con una imaginación más allá de los límites de la naturaleza. Eso tenía que hacer.

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No será difícil imaginar el reto que suponía, para un autor de imaginación limitada, escribir una novela sobre un imaginador sin límites.

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El protagonista del libro, Nikolaos Popoulos, es al mismo tiempo un imaginador interior, un escritor ágrafo. Dentro de su cabeza caben todos los universos posibles, como en una suerte de Aleph viviente, su mente contempla al mismo tiempo una posibilidad y todas sus variantes, como si se tratasen de recuerdos en la memoria de Funes. Sin embargo, a lo largo de su vida no deja de perseguirlo una maldición que impide que nada de lo que escribe quede negro sobre blanco.

"Cuando escribes, además, no eres consciente de lo poco que importan los libros. O no debes serlo, para poder acabar tu cometido."

Supongo que, después de tantos años escribiendo su historia, viéndome sometido por la complejidad de mi ocurrencia, garabateando y corrigiendo desde la alta madrugada hasta bien entrada la noche, todos y cada uno de los días, en el frío invierno, en el insoportable verano, mientras los demás continuaban con sus vidas, de una manera subconsciente encontré en la agrafia de Popoulos una metáfora que viene a decirnos que la escritura es un proceso penoso y solitario. Y quizá también me estaba vengando por todo lo que él estaba viviendo y yo me quitaba de vivir.

Cuando escribes, además, no eres consciente de lo poco que importan los libros. O no debes serlo, para poder acabar tu cometido. No sabes hasta qué punto los libros, hoy, han dejado de tener repercusión alguna en el mundo real. Es verdad que los deportes, que las competiciones atléticas, vienen de la Antigua Grecia, que el circo lo arrastramos desde Roma, que las crónicas y ecos de sociedad aparecieron a finales del siglo XVII, pero lo que ocurre hoy es del todo diferente, nuestra época ha descubierto formas por completo revolucionarias dentro de la cultura, como la figura del youtuber o la del cocinero.

Repito, no se trata de que nuestro tiempo rehúse a la cultura, es que hemos descubierto que el arte culinario es el verdadero octavo arte. Y a partir de aquí, para qué más.

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"Es además una posible explicación del origen del Manuscrito Voynich, el enigmático códice cifrado con más de seis siglos de antigüedad que ni nuestras más avanzadas tecnologías ni los mayores especialistas mundiales han conseguido descifrar."

El gran imaginador es muchas cosas, tantas que a veces me cuesta resumirlas. Es un libro de libros, una novela sobre la propia escritura con un protagonista condenado a ser un hombre de acción. Es un homenaje a los escritores que me hicieron escribir (Poe, Borges, Lovecraft, Stevenson, Wells, Stoker, Mary Shelley, Cervantes, Swift, Kafka, Stanisław Lem). Intenta ser también una revisión de los géneros literarios modernos, hace un recorrido por la protociencia-ficción, mantiene distintas premisas propias de la literatura fantástica, se extravía en la literatura de terror, coquetea con la estética del realismo mágico, se sirve de la novela histórica y adopta la forma del género de aventuras, aventuras, cómo no, quijotescas. Y es además una posible explicación del origen del Manuscrito Voynich, el enigmático códice cifrado con más de seis siglos de antigüedad que ni nuestras más avanzadas tecnologías ni los mayores especialistas mundiales han conseguido descifrar.

Si el autor del Manuscrito Voynich hubiera vivido en nuestro tiempo, no se habría molestado en crear un código criptográfico irresoluble. Le habría bastado con escribir un libro, sin más. El mejor lugar para guardar hoy los secretos es dentro de los libros, porque nadie los lee.

Salvo que sean de cocina.

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La maldición ágrafa de Popoulos, el escritor interior, quizá fuese entonces —antes incluso de que yo lo supiera— la metáfora de lo poco que importa hoy la literatura, dentro un libro dedicado a la literatura y la imaginación. Del mismo modo que la nouvelle cuisine es, en este texto, solo una metáfora de tantas otras cosas que llenan nuestro mundo actual de novedad y de efervescencia y de colores, mientras un día tras otro lo hacen más plano e inane.

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Nikolaos Popoulos, no lo había dicho, es un tipo corpulento, rollizo, le encanta comer. Pero, para su desgracia, pese a ser poseedor de un talento infinito, incomparable, es algo patoso y no sabe cocinar.

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Autor: Juan Jacinto Muñoz Rengel. Título: El gran imaginador. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro