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La historia en apuros, de Nieves Concostrina

La historia en apuros, de Nieves Concostrina

Momentos clave que lo cambiaron todo… pero podrían haber sido cagadas épicas… 10 personajes se enfrentan a momentos clave de la historia, y ¡no todos salen indemnes!

Zenda adelanta un fragmento de La historia en apuros, de Nieves Concostrina (Montena).

HARVEY MILK

Harvey Milk fue el primer político abiertamente gay de Estados Unidos. El primero en alcanzar en 1978 un cargo político como concejal en el Ayuntamiento de San Francisco diciendo: «Sí, soy homosexual… ¿Algún problema?».

A muchos, incluso a sus colegas más cercanos, no les gustó que Harvey Milk se metiera por su cuenta en política y manifestara a las claras su condición sexual. En aquellos años setenta del siglo pasado, las organizaciones gais de San Francisco preferían moverse discretamente dentro de los partidos progresistas, sin sentirse en la necesidad de proclamar a los cuatro vientos con quién iban o venían.

Pero Harvey Milk no tenía nada de lo que avergonzarse. Era un hombre valiente, luchador, optimista, solidario, currante… y con mucha labia. Todas esas virtudes las quiso emplear en trabajar por su ciudad y por mejorar la convivencia y la tolerancia entre ciudadanos. En 1973 se presentó a las elecciones. Perdió. Lo intentó de nuevo en 1975. Y volvió a perder. Repitió en 1977… y esta vez alcanzó la concejalía, desde la que gastaba las mismas energías en la lucha contra la discriminación sexual como en defender que en tal o cual calle hubiera que poner una señal de stop para mejorar el tráfico.

El hecho de que en San Francisco vivieran tantas personas homosexuales no era casualidad. Nada más acabar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos pusieron en marcha una despiadada purga de gais: expulsaron a todos los que pudieron identificar. Los mismos soldados que se habían estado jugando la vida por su país y que habían defendido la bandera con honor, ahora eran repudiados por el país que defendieron, por el ejército al que se alistaron, por la patria por la que se jugaron la vida y por los colores de los que tenían que sentirse orgullosos. Ay… al final resulta que cuanta más grande es una bandera, más hipocresía tapa.

En San Francisco había un hospital militar adonde el ejército enviaba a los soldados homosexuales expulsados para que los “curaran”. Evidentemente, no había nada de lo que curarse porque no estaban enfermos, pero cuando salieron del hospital tan sanos como habían entrado (pero seguramente más cabreados), muchos de ellos decidieron quedarse a vivir en la ciudad. Llegaron luego los rockeros años cincuenta, la contracultura, los sesenta, el pop, los hippies… y San Francisco fue convirtiéndose en la ciudad más amable y tolerante de Estados Unidos.

Harvey Milk, comprometido con su ciudad y dispuesto a defender las libertades individuales, desde su cargo político en el Ayuntamiento de San Francisco, luchó contra campañas de grupos cristianos que hicieron oír en toda América el lema “Salvad a nuestros hijos”, argumentando que como los homosexuales no pueden reproducirse (mentira, sí que pueden), se dedicaban a reclutar niños y niñas para la causa homosexual. Hace falta tener la mente muy muy sucia para creer algo así. Aunque… si nos paramos a pensarlo, puede que sí hubiera que poner a salvo a los niños de San Francisco, pero no de los gais: solo en 2018 se hicieron públicos en la ciudad los nombres de 265 curas pederastas. Pero las cifras son mucho más escandalosas: las diócesis católicas estadounidenses ya han reconocido tener confirmados desde el año 1950 hasta 2017 a 7.000 sacerdotes pederastas. Las fiscalías de los distintos estados, sin embargo, niegan esa cifra. Dicen que, como mínimo, son 11.000. ¡Sorpresa!

Y fue precisamente Harvey Milk quien frenó una ley del estado de California que pretendía impedir que los homosexuales pudieran dedicarse a la enseñanza. Por suerte, la ley les explotó en las narices a los homófobos que la promovieron.

La “Proposition 6” también se conoció como “Iniciativa Briggs”, porque así se llamaba el senador republicano por California que la impulsó, John Briggs. La buena noticia es que este senador se llevó tal guantazo en las urnas, que su carrera política prácticamente se fue al garete. Y le estuvo bien empleado, por subirse a un carro que no era el suyo para intentar sacar tajada. La guerra contra los homosexuales la tenían declarada los cristianos, y él, como “buen” cristiano, se metió de cabeza.

El senador Briggs vio que había un grupo de pirados muy ruidosos que se hacían llamar “Cristianos Renacidos”, encabezado por una señora muy mona, Anita Bryant, que había sido Miss Oklahoma. John Briggs pensó que si a esa señora le estaban prestando tanta atención cuando se metía con los gais y las lesbianas, pues él también se sumaba a la homofobia. Su problema era que, como senador, necesitaba un asidero político; es decir, no podía salir a lo loco, como la exmiss, a meterse con los homosexuales porque sí. Necesitaba una excusa política, y la excusa que se buscó fue la creación de una ley para prohibir que los homosexuales pudieran ejercer la docencia.

Pero ¿a qué vinieron aquellos brotes homófobos? ¿Por qué abrieron aquella guerra innecesaria los abogados cristianos, las asociaciones cristianas, los partidos políticos conservadores y la Iglesia católica?

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Autora: Nieves Concostrina. Título: La historia en apuros. Editorial: Montena. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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