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La hora de la verdad

La hora de la verdad

Lo mejor de la presentación del pequeño tomo que acaba de editar Periférica en su Serie Menor son un par de palabras hacia el final del paratexto de contraportada: “obrita terapeútica”. Así reza, y nunca un sintagma fue tan acertado. Suele pasar, sin embargo, que lo que viene considerándose como pequeño tratado, pieza singular o volumen accesorio acaba muchas veces convertido en obra de referencia indiscutible. Es el más por menos, el breve si bueno dos veces bueno. El arte de la contención y de lo bien medido no debiera minusvalorarse, aunque vivimos tiempos de burro grande, ande o no ande. En cualquier caso, el lector agradece el ejercicio y lanza el sombrero al aire, porque vengan más libros como éste.

Stéphan Lévy-Kuentz (París, 1958) no es excesivamente conocido, a pesar de que estamos ante un poeta, novelista, crítico de arte, ensayista y guionista de cine de gran calibre. Ha trabajado arrojando luz a figuras de la talla de René Char, Picasso, Man Ray, Paul Klee, Yves Klein o Alexander Calder, pero tengo para mí que será recordado por este opúsculo que ha hecho las delicias de quien esto firma y ha llegado en el mejor de los momentos, tan oportuno como necesario. Se abre con citas de la santísima trinidad, es decir, con epígrafes de Pessoa, Gombrowicz y Bernhard, en los que se nos facilitan las claves para una vida plena: distanciamiento, imperfección y alegría (léanlas, ellos lo explican mejor). Inmediatamente llega la apertura, donde se baraja la ocasión de iniciar el ritual vespertino —cabe un aperitivo a media tarde, como es el caso, aunque por estas latitudes levantinas se asocie al mediodía— tratando de dar con el lugar idóneo para llevar a cabo este retiro espiritual a pie de terraza, aunque siempre apartado de la primera línea de observación, pues de lo que se trata de observar y de observarse. Encontrar un espacio para una hora larga de introspección e intercambio íntimo, un lugar propicio para la paz y la meditación, lo que no es incompatible con la copa de vino o espirituoso que viene a juego. Tratar de saber quién eres, aunque no demasiado, como dice Ramón Andrés en uno de sus últimos aforismos de Caminos de intemperie (Galaxia Gutenberg).

"Es un estar y constatar el instante donde se produce el milagro de la transustanciación de un pastís en materia para los sueños"

La Metafísica del aperitivo apela al momento presente más que a otra cosa. Es un estar y constatar el instante donde se produce el milagro de la transustanciación de un pastís en materia para los sueños. El “nunca es tarde para quien nada espera”, que dijo Albert Cossery, esta vez aplicado con seriedad al deseo de embriaguez, no tanto a su consecución. Como si se tratara de una enciclopedia portátil del aperitivo, Lévy-Kuentz va desgranando los mil y un tipos de coadyuvantes para la felicidad, sus entresijos etimológicos, sus mezclas botánicas, sus inventores, sus circunstancias, sus placeres y, cómo no, sus efluvios. Pero es también un momento zen donde olvidarse de todo para ser ese todo al que se aspiraba antes de acomodarte en la terraza que sirve como cima mundana para el encuentro con las deidades que acompañan a dioses siempre al acecho de la bajada de guardia. El aperitivo como “centro de gravedad apátrida”, en el que tal vez embriagarse, no para perderte, sino para encontrarte; no para olvidar, sino para recordar.”

"La civilización empieza con gestos como los que describe este opúsculo valiosísimo, con el que se viaja sin moverse uno de la mesa"

A partir de pequeños capítulos, el libro avanza como avanzan los minutos de esa pausa obligada, justo antes de dejarse caer por casa. La casa verdadera la hemos dejado en la terraza donde se ha visto pasar el mundo. Desde la segunda persona del singular, el autor mira a ese “tú” que es él mismo y abraza cualquier causa, siempre y cuando en ella prime la tolerancia. Es así como el volumen se viste con un sinfín de citas de autores selectos, con los que Lévy conversa, sin dejar de tomar notas, en una deambulación que lo convierte en un flâneur mental sin complejos, sin tenacidad, sin lucidez, acaso sin suerte. Pero firme en el propósito de olvidarse de sí mismo, de reír sin darse cuenta, o lo que es lo mismo, la esencia del vivir. Lo que pase cuando ya se disponga a pagar y regresar a casa a recogerse para la jornada de mañana queda como giro inesperado en las vivencias de este soñador en un bistró parisino del barrio de Montparnasse, una peripecia final que no desvelaremos, con la que se enfatiza el canto a la vida convertido aquí en tratado de metafísica de lo que no debiera faltar jamás: un buen aperitivo, a cualquier hora, pero siempre en soledad, aunque sea sólo por un rato. El momento de perderse y encontrarse. La civilización empieza con gestos como los que describe este opúsculo valiosísimo, con el que se viaja sin moverse uno de la mesa. ¡Salud!

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Autor: Stéphan Lévy-Kuentz. Título: Metafísica del aperitivo. Traducción: Laura Naranjo. Editorial: Periférica. Venta: Todostuslibros.

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