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La huella de lo fugaz

La huella de lo fugaz

Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975) reúne un lustro de escritura en Hijas de un sol naciente: Tríptico zenital 2020-2025 (Editorial Cántico, 2026), una edición muy cuidada cuyas cubiertas desplegables integran estampas de Hokusai. El gesto editorial anticipa la poética del volumen, donde la imagen oriental abre un umbral.

El título ya lo anuncia: Japón —nihon, «origen del sol»— atraviesa el poemario como una corriente subterránea. En el prólogo, Raúl Alonso formula una pregunta que el lector hereda y a la que conviene volver: ¿quiénes son esas hijas y por qué en femenino? Al cerrar el libro, la respuesta sigue siendo esquiva, aunque se intuye que esas hijas son las propias palabras, encargadas de dar cuerpo a la experiencia.

"El autor ha comentado la influencia del poemario de Rafael Cadenas En torno a Basho, pero ha preferido sustituir la solemnidad de Basho por el barro de Issa"

La arquitectura del libro descansa sobre el número tres, cifra de fuerte presencia en la cultura japonesa: tres versos forman el haiku, tres ramas —cielo, tierra, ser humano— ordenan el ikebana; tres sorbos de sake sellan la unión de los novios en las bodas sintoístas. Sin embargo, el subtítulo elegido, Tríptico zenital, sugiere una composición orgánica: hay un núcleo, la sección central, al que se han ido adhiriendo, por sedimentación biográfica, dos partes que recogen los acontecimientos trágicos vividos durante el periodo de escritura.

En la primera sección, En torno a Issa y otros difuntos, De la Vega se encarna en Kobayashi Issa, poeta marcado por la pérdida sucesiva de sus hijos pequeños y que hizo de la compasión una manera de habitar el duelo. El autor ha comentado la influencia del poemario de Rafael Cadenas En torno a Basho, pero ha preferido sustituir la solemnidad de Basho por el barro de Issa: «Habitar la intemperie / ligeros, como zanjas / adictas al lodo». El luto, lejos de elevarse a símbolo, se concreta en un paisaje donde «la muerte se hace eco / de su bosque ceniciento». Y la edad se asume sin retórica: «A mis cincuenta años de edad / trepano las facciones / de la anciana primavera».

"La elección formal es un homenaje preciso: Agudo era maestra del poema en prosa y su voz resuena en estos textos como una presencia"

La segunda parte, Aquella isla flotante, ofrece un breve refugio entre tempestades. El pulso se calma y el tiempo se distiende. Aquí, De la Vega establece un diálogo silencioso con las estampas de Hokusai, mediante el tanka, sin caer en la descripción explicativa. La lección del ukiyo (el mundo flotante) invita a desapegarse del peso de la vida: «Ya nos venció el crepúsculo / pero no su pendiente». El mar, motivo recurrente en la imaginería de Hokusai, adquiere una fuerza transformadora que «nos muda» y cuyo «cuerpo turbulento / nos balancea». La sección plantea una duda crucial sobre la realidad: «¿Y si este mundo / fuera un vasto grabado, / calco de nada?». La pregunta no es nueva. Roland Barthes ya leyó Japón como un sistema sin centro en El imperio de los signos. Pero esa duda adquiere aquí una resonancia particular al inscribirse en la técnica del grabado: la madera tallada produce copias de un original que es, en sí mismo, una huella.

La parte final, Cuaderno de poniente, con epígrafe de Marta Agudo, supone un cambio decisivo: el verso cede ante el poema en prosa, y con la forma cambia el ritmo. Cada texto se titula en japonés con una palabra que se explica en una nota a pie de página, obligando a una lectura por capas. La elección formal es un homenaje preciso: Agudo era maestra del poema en prosa y su voz resuena en estos textos como una presencia: «Entre todo lo vivo y decadente, te llamo por tu nombre: Marta». La sintaxis se enrarece, el referente se descompone y la imagen busca nombrar lo indecible: «Las nubes se funden en la luz como señuelos cautivos. Los embalses se arropan de arcilla y se evaporan en volandas con sus alas de polilla real». La elegía adquiere tono premonitorio: «Algún día las yemas de cada libro serán solo tapias», donde el cierre material se opone al brote vegetal del verbo.

"Su mayor acierto es sostener una exigencia lírica poco común y modular una respiración que evoluciona desde la condensación de los primeros versos hasta el despliegue del poema en prosa sin perder coherencia"

Resulta revelador que una obra tan marcada por la estética japonesa sostenga una temporalidad netamente occidental. La enfermedad y el tempus fugit habitan el volumen, convirtiendo la muerte en una experiencia directa: «Incluso en la cumbre / crece la ofrenda de lo fugaz». La paradoja es deliberada. No hay impostura: lo japonés es marco y la diferencia entre ambas concepciones recorre el libro igual que una falla geológica visible.

Joan de la Vega ha escrito un hermoso poemario en el que Japón opera como arquitectura formal. «Ya es mañana / y aún hoy / se habla del poema. / Lo destriparon / en pedazos de yo / millonésimos». La pulverización del sujeto lírico sintetiza una de las intuiciones centrales del libro: la imposibilidad de un yo unitario frente al duelo y la enfermedad. Su mayor acierto es sostener una exigencia lírica poco común y modular una respiración que evoluciona desde la condensación de los primeros versos hasta el despliegue del poema en prosa sin perder coherencia. El resultado es un gesto de entrega en el que la voz propia termina por fundirse con el entorno: «Todo te pertenece ya, paisaje».

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Autor: Joan de la Vega. Título: Hijas de un sol naciente. Editorial: Cántico. Venta: Todos tus libros.

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