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La importancia de llamarse Circe

La importancia de llamarse Circe

En Ensayo sobre la ceguera, como respuesta espontánea ante el lamento de un médico invidente, uno de los personajes de José Saramago sostiene: «Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos». No sé si es casual, pero desde luego no es baladí —si leemos al portugués en los tiempos que corren— que quien afirme tal cosa sea una mujer que se tapa la cara en un mundo sumido en la oscuridad. La anomia que persigue a las mujeres en la historia de la literatura se extiende más allá de las propias autoras, y alcanza también, en muchas ocasiones, a los personajes femeninos, que se ven relegados a una injusta segunda fila repleta de clichés argumentales. En los libros destinados a un público infantil y juvenil este fenómeno, ya de por sí extendido, es incluso más notorio, y cuesta encontrar una protagonista que nos encandile como llevan siglos haciendo, con su carisma y profundidad, los marinos, piratas, cazadores o bandidos que pueblan las historias de siempre; o como nos han enamorado, más recientemente, un niño mago con una cicatriz de muerte en la frente o algún que otro gamberro con gafas de Carabanchel (Alto).

En Sortilegio, de María Zaragoza (Campo de Criptana, 1982), la vacuna contra la indiferencia tiene nombre de diosa griega.

"Lejos de pretender que sus protagonistas se adapten al molde de lo masculino para destacar, en Sortilegio Zaragoza se enfrenta al anonimato histórico mediante la puesta en el centro de los cuidados, la sororidad y el afecto."

La hechicera Circe, que ya en la Odisea homérica aparece representada como una divinidad independiente y de gran poder, comparte apelativo con el personaje central de una historia en la que la magia, la suerte, el talento y las elecciones personales terminan por configurar un mundo nuevo, tan luminoso como turbulento. A través de más de quinientas páginas, documentadas con una exquisitez excepcional que en ocasiones traspasa incluso la barrera de las letras y salta al terreno de lo gráfico —merece la pena detenerse a observar las capitulares que presiden cada uno de sus setenta y cuatro capítulos—, la autora propone un descubrimiento paulatino de su universo, que transcurre entre la vibrante ciudad de Ochoa y la pequeña aldea de Valdaya, pero también nos permite acompañar a Circe en un viaje iniciático que la obliga a transitar entre la infancia y la primera juventud. Este camino de la protagonista, que se conjuga con el desarrollo de las aventuras y los enigmas propios del género, es interesante porque revisa en clave de fantasía los problemas clásicos asociados a la novela de aprendizaje: las relaciones, la familia, el amor, el sexo, el desgaste de la amistad, la formación de la identidad o el miedo ante la pérdida se dan cita en una trama compleja y franca, en la que cualquier lector joven podrá verse reflejado.

"Bienvenida sea, pues, Circe Darcal, que llamándose como aquella hechicera que tejía y sanaba, da voz a todo aquello que en verdad somos."

Si, como dijo Virginia Woolf en Una habitación propia, «anónimo fue a menudo una mujer», combatir esa caza de brujas metafórica relatando otra, que aún estando en el terreno de la ficción resulta más tangible, es, cuanto menos, una estrategia inteligente. Lejos de pretender que sus protagonistas se adapten al molde de lo masculino para destacar, en Sortilegio Zaragoza se enfrenta al anonimato histórico mediante la puesta en el centro de los cuidados, la sororidad y el afecto. En definitiva, aquí se reivindica el amor, que en cualquiera de sus variantes y combinaciones mueve el mundo; y que siempre empieza, como ya intuyeron Saramago y Woolf, por uno mismo: por el nombre propio. Bienvenida sea, pues, Circe Darcal, que llamándose como aquella hechicera que tejía y sanaba, da voz a todo aquello que en verdad somos.

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Autora: María Zaragoza. Título: Sortilegio. Editorial: Minotauro. Venta: Amazon, Fnac