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La llamada de… Txani Rodríguez

La llamada de… Txani Rodríguez

Foto de portada: Aimar Gutiérrez Bidarte.

Álvaro Colomer sigue empeñado en desvelar el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, indagar en los orígenes de su vocación, en el germen de su despertar al mundo de las letras, en el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo acaso más abstracto: la literatura.

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Txani Rodríguez no recuerda el día en que recibió la llamada de la literatura, pero sí que guarda en la memoria una imagen perfectamente nítida de su padre sumiéndose en el silencio cuando un escritor, uno cualquiera, salía en televisión. En aquel entonces, en la España de finales de los 70s o principios de los 80s, reinaba en los hogares un respeto mayúsculo hacia la cultura, una admiración profunda hacia los libros, una reverencia sincera hacia las ansias de conocimiento, y muchos ciudadanos se sentían tan afortunados de tener la posibilidad de ver a Joaquín Soler Serrano entrevistando a Jorge Luis Borges, Marguerite Duras o Juan Rulfo que incluso reunían a toda la familia, hijos incluidos, ante el televisor. El padre de Txani era una de esas personas y, aunque ahora su hija asegure que no recuerda haber sentido una llamada de la literatura como tal, no me negarán ustedes que la imagen de una niña reparando en el modo en que su progenitor mira a los escritores y pensando en lo hermoso que debe de ser que te observen de ese modo, no me negarán, digo, que no tiene algo de momento inaugural.

"Guardar silencio ante un escritor es cosa de pobres, evidentemente. A los ricos esas cosas no les pasan, entre otras cosas porque conciben a los literatos como gentes sin oficio ni beneficio"

Guardar silencio ante un escritor es cosa de pobres, evidentemente. A los ricos esas cosas no les pasan, entre otras cosas porque conciben a los literatos como gentes sin oficio ni beneficio que, encima, llenan la cabeza de la gente de ideas peligrosas. El padre de Ted Hughes, por ejemplo, no entendía que alguien pudiera vivir de la poesía y mucho menos que le pagaran por hacer tan poca cosa. El de Salman Rushdie, por su parte, se quedó tan asombrado cuando su hijo le dijo que quería ser escritor que respondió: «¿Cómo que escritor? Y, ¿qué le diré yo a mis amigos?». Y el de Yukio Mishima le rasgaba los folios cada vez que lo pillaba escribiendo… En una época más cercana, cuando la autora catalana Laura Calçada anunció en casa que quería ser escritora, una de sus abuelas, la rica, se cruzó de brazos y le dijo que vale, que muy bien, que jugase a hacerse la interesante durante algunos años, pero que buscará en paralelo un trabajo de verdad, más que nada para tener algo a lo que agarrarse cuando se le fuera la tontería de encima; mientras que la otra abuela, la de extracción más humilde, se comportó como el padre de Txani Rodríguez: mantuvo el silencio. Y es que el silencio, ay, el silencio es la actitud de los humildes ante el talento de los demás.

Foto: Aimar Gutiérrez Bidarte.

Así las cosas, cuando algunos años después hubo descubierto por sí misma el placer de la lectura, Txani Rodríguez pidió a su padre que le montara una librería en su dormitorio. La niña quería una balda, una simple balda, para almacenar los tebeos y los libros que ya empezaba a comprar por sí misma, y su progenitor cogió cuatro maderos, les arreó otros tantos martillazos y, en vez de construirle un estante, le entregó un módulo rectangular que juntos colgaron en el centro de la pared. Para la futura escritora aquello fue un sueño convertido en realidad: un cajón flotante en el que ordenar sus ejemplares de Pulgarcito, de Los cinco, de Los jóvenes castores, de la colección ‘Barco de Vapor’ y de aquel romance, La tierra de Alvargonzález, cuyos últimos versos, “—¡Padre! —gritaron; al fondo/de la laguna serena/cayeron, y el eco ¡padre!,/repitió de peña en peña”, le provocaron pesadillas durante semanas enteras.

"El padre de Nikola Tesla montaba en cólera cada vez que pillaba a su hijo leyendo algún libro de la enorme biblioteca familiar"

Fíjense en la diferencia: el padre de Nikola Tesla montaba en cólera cada vez que pillaba a su hijo leyendo algún libro de la enorme biblioteca familiar. No quería que el chaval perdiera el tiempo con historietas y, cuando descubrió que seguía haciéndolo en secreto, escondió todas las velas. El futuro ingeniero eléctrico, sin embargo, no se quedó de brazos cruzados: consiguió sebo, hizo un pábilo y, usando una lata a modo de molde, fundió unas barras para darles forma de vela. A partir de entonces, cada noche se colaba en la biblioteca y, después de tapar la cerradura y las rendijas de la puerta, se ponía a leer, a menudo hasta el amanecer. Por suerte, en el otro lado de la balanza, encontramos al padre de Txani Rodríguez, que le construyó aquel cajón de madera y que le ayudó a guardar el primer libro. Desde entonces, cada vez que la autora vasca coge un libro de una estantería cualquiera, y sobre todo cada vez que lo devuelve a su sitio, está evocando de un modo inconsciente la alegría que embarga a los niños cuando se sienten respaldados por las personas a quienes más quieren en el mundo.

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El último libro de Txani Rodríguez es La seca (Seix Barral).

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