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La Llamada de… Enrique Vila-Matas

La Llamada de… Enrique Vila-Matas

Álvaro Colomer se ha propuesto desvelar el mito fundacional oculto en la biografía de los escritores contemporáneos, es decir, indagar en los orígenes de su vocación, en el germen de su despertar al mundo de las letras, en el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo acaso más abstracto: de la literatura.

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Enrique Vila-Matas tenía cinco años cuando Josep Maria Gironella ganó el Premio Nacional de Literatura con Los cipreses creen en Dios, pero se encontraba a las puertas de la adolescencia cuando se entusiasmó con la dramatización que RTVE hizo de esa misma novela. De hecho, aquella adaptación le gustó tanto que enseguida se puso a escribir el que sería su primer intento (fallido) de novela, a la que precisamente tituló La llamada de Dios.

"Que Vila-Matas se iniciara en el mundo de la narrativa con una ficción de corte religioso no es algo tan extraño, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos hablando de un ex alumno de los Maristas La Inmaculada"

Que Vila-Matas se iniciara en el mundo de la narrativa con una ficción de corte religioso no es algo tan extraño, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos hablando de un ex alumno de los Maristas La Inmaculada (Barcelona), colegio de curas al que cada mañana llegaba recorriendo ese Passeig Sant Joan que tiempo después bautizaría literariamente como calle Rimbaud y que, según dejó escrito en su relato “El fin del mundo si avanzamos” (Una infancia de escritor, Xordica, 1997), tanto le ayudó a “construir un mundo literario”. En su paseo diario desde casa hasta el centro educativo, y a la inversa, el futuro escritor pasaba por delante de “la oscura tienda del librero judío”, de una misteriosa bolera abandonada, del “deslumbrante cine Chile” y de una residencia de sordomudos que lógicamente despertaba su curiosidad. Todos estos lugares, con los misterios y retos para la imaginación que ofrecían, construyeron al escritor que hoy conocemos y que acaso no habría levantado una obra tan singular si no hubiera recorrido unas quince mil veces (sic) ese trecho de la calle Rimbaud.

Pero lo más importante de aquel trayecto se encontraba al final, tras las verjas y junto a la iglesia, en las aulas donde el adolescente Vila-Matas sintió un buen día que Dios le pedía que se pusiera a su servicio. Y esta llamada del Altísimo fue tan intensa que no solo le empujó a escribir una novela en gran medida inspirada en la de Gironella, sino que también le impulsó a contárselo a su profesor de griego, un sacerdote que ya le había expulsado de clase en alguna ocasión y que, al escucharle decir no se sabe qué sobre una repentina vocación, le puso las manos sobre los hombros, lo miró fijamente a los ojos y le aseguró que, de todos los alumnos a los que había tratado de guiar durante su larga carrera como maestro, el menos indicado para representar a Dios en la Tierra era precisamente él.

Efe / Enric Fontcuberta

A lo largo de la historia de la literatura no han sido pocos los escritores que en algún momento de sus vidas, normalmente durante la infancia o juventud, pensaron en cambiar la ropa de civil por el hábito eclesiástico, como por ejemplo François-René de Chateaubriand o Miguel de Unamuno, y tampoco se han quedado cortos los que acabaron haciéndolo, como Baltasar Gracián o mosén Cinto Verdaguer, renovador éste último de la literatura catalana que, después de haber sido ordenado sacerdote, se hizo exorcista porque otro capellán, Joaquin Pinyol, se presentó en su casa asegurando que un demonio le había anunciado que solo abandonaría el cuerpo que había poseído si el poeta venía a verle.

"Se podría decir, pues, que Jacint Verdaguer primero escuchó la llamada de Dios y después la del Diablo, algo que también podría achacarse a Enrique Vila-Matas"

Se podría decir, pues, que Jacint Verdaguer primero escuchó la llamada de Dios y después la del Diablo, algo que también podría achacarse a Enrique Vila-Matas. Porque, si de pequeño quiso ser sacerdote, de mayor dejó que el maligno se apoderara de su cuerpo, como atestigua cierta leyenda urbana que durante un tiempo corrió por los cenáculos barceloneses y según la cual una noche de risas, tabaco y alcohol, sobre todo de alcohol, el escritor montó en un taxi, dio la dirección de su domicilio y, en un determinado momento de la carrera, dijo al conductor: «Usted no lo sabe, pero yo soy el diablo», a lo que el chófer respondió: «Sí que lo sé, señor Vila-Matas. Sí que lo sé».

La vida del autor más metaliterario de la narrativa en castellano es un arco que contiene momentos muy distintos, desde una adolescencia tras los pasos de Dios hasta una madurez caminando descalzo sobre las brasas del infierno, pero que mantiene su tensión gracias a la única cuerda que puede unir extremos tan distintos: la fe. Una fe ciega, sin fisuras, absoluta, que primero enfocó en la religión y que después volcó en la literatura. Y es que, como dice Vila-Matas homenajeando a Duchamp, lo importante en esta vida es creer en algo y no desviarse del camino.

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El último libro de Enrique Vila-Matas es Ocho entrevistas inventadas (H&O).

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