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La locuacidad de una anciana rusa

La locuacidad de una anciana rusa

Era una mañana soleada y fría del mes enero de 1881. Holmes, como era norma en su modelo de vida actual, había madrugado bastante e invertía parte de su tiempo en pegar con sumo esmero algunas noticias interesantes de la prensa de la mañana en unos gruesos libros de contabilidad. Estaba iniciando su gran archivo enciclopédico, algo que le serviría de consulta durante el resto de su vida profesional.

No se le iba de la cabeza que tenía que encontrar unas habitaciones que le sirvieran de vivienda y de atención a sus posibles clientes, pero necesitaba un buen compañero para compartir los gastos a las que había echado el ojo en Baker Street. Pensó que también sería reconfortante dar un paseo para olvidarse de sus problemas. Se encamino a Hyde Park, y sentado en un banco contemplaba las piruetas de los pájaros sobre el lago Serpentine, después escuchó a algunos de los oradores en el Speaker’s Corner (Rincón del Orador). Concretamente, William Morris estaba impartiendo una documentada conferencia sobre los pintores prerrafaelistas.

"El detective tenía una vista excelente, y aquella anciana y el letrero situado al pie del catafalco llamaron poderosamente su atención"

En un momento determinado, Holmes volvió la cabeza y vio a una anciana que, aupada sobre un catafalco de unos dos pies de altura, parloteaba continuamente sin que nadie le prestara demasiada atención a la vez que movía la cabeza de un lado para otro sin parar, como si fuera un autómata de feria. Holmes abandonó provisionalmente las interesantes disquisiciones de Morris y se acercó a la anciana. Su edad era imposible de calcular, desde luego que rondaría como mínimo los cien años. Cuando estuvo bien cerca de ella pudo ver que al pie del catafalco había un letrero en el que ponía «Anciana rusa hallada perdida en Siberia durante la retirada de la Grand Armée. Es adivina. Aproveche la ocasión para saber, por dos chelines, lo que le depara el destino». Como la vieja hablaba en ruso, un empleado se introducía con una bocina de barco por debajo de la tarima y traducía lo que ella iba adivinando. La vieja tenía impresionantes arrugas en todo el rostro, pero sobre todo destacaban las que rodeaban sus párpados y otras que configuraban la comisura de su labio inferior. Su mandíbula parecía la de un muñeco de madera, impulsada por un resorte invisible.

El detective tenía una vista excelente, y aquella anciana y el letrero situado al pie del catafalco llamaron poderosamente su atención. Lo que más le sorprendió fue que hablaba y hablaba sin concederse un minuto de descanso. También observó que cada cierto tiempo el empleado de la atracción subía al pedestal y le daba de beber líquido de una botella para que no se le secara en exceso la boca, de la cual brotaba el idioma ruso como por del caño de una fuente fluye el agua.

El empleado vio que Holmes estaba interesado y se dirigió a él, preguntándole si quería conocer alguna cosa de su pasado o de su futuro. Le dijo que las personas que tenían más de 150 años, como la Anciana Rusa, poseían el don de la adivinación absoluta.

"Le ofreció un soberano de oro si era capaz de lograr que la anciana adivinara más cosas de su futuro y alguien era capaz de trasladarlas a unas cuartillas"

Holmes introdujo dos chelines por una ranura que había en la parte inferior de la tarima y al cabo de cinco segundos la imperturbable anciana empezó a hablar y el hombre de la bocina a traducir: «Hay dos fechas esenciales en su vida, que son…». La primera que dijo fue la de su nacimiento y la segunda en la que conocería a un amigo y compañero que sería su  ayudante en la nueva vida que deseaba emprender.

A Holmes le impresionaban muy pocas cosas en la vida, pero aquellas certeras respuesta suscitaron su curiosidad. Por descontado que la vieja seguía hablando y el hombre escondido bajo la tarima traduciendo: por lo visto, los dos chelines daban para bastantes más adivinaciones, pero el detective pensó que no podía airearse públicamente su vida y llamó al empleado, que resultó llamarse Boris, rogándole que no tradujera nada más. Sin embargo, le ofreció un soberano de oro si era capaz de lograr que la anciana adivinara más cosas de su futuro y alguien era capaz de trasladarlas a unas cuartillas que el detective recogería en el transcurso de aquella misma mañana. Boris aceptó la oferta y las condiciones, y en prueba de buena voluntad Holmes le dio media corona extra y le dijo que a la vuelta le entregaría el soberano de oro prometido.

Cuando regresó vio que el catafalco, la anciana y Boris habían desaparecido, y se sintió engañado, pero al llegar a Montague Street encontró en el buzón de la correspondencia un sobre en el que ponía: «Con la media corona estamos pagados». Además, contenía  varias cuartillas de papel grueso y de muy buena calidad. También sobra decir que nadie, excepto Holmes, supo nunca su contenido, pero su futuro estaba asegurado. Además citaba fechas que se irían cumpliendo con el tiempo, fechas  alegres y dolorosas.