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La Lola Flores de Paco Umbral

Francisco Umbral, escritor dandy por excelencia y considerado por muchos como el último cronista de la sociedad madrileña, cultivó —entre su extensísima obra narrativa— el ensayo biográfico, acercándose desde su óptica tan personal a figuras como Larra, Lorca, Gómez de la Serna, Valle-Inclán, Lord Byron y Miguel Delibes. Resulta curioso que la única biografía no correspondiente al mundo de la literatura sea Lola Flores, sociología de la Petenera, publicada en 1971. Merece la pena ver el momentazo televisivo que ambos protagonizaron en el antiguo programa Sabor a Lolas, donde La Faraona se dedicó a entrevistar a distintas figuras de la cultura del momento. En esos escasos nueve minutos de flirteo mutuo —más bien tirando a impostado, todo hay que decirlo— nos encontramos ante un Umbral que habla de sí mismo en femenino y encadena frases controvertidas. En una ocasión, ella le pregunta que cómo ve la España del momento, a lo que él responde: «Cada vez más parecida a Lola Flores. Cada vez más guapa, más barroca, más confusa, más artista y más gitana».

No se puede esperar menos del libro, que se abre con una cita de un poema de José María Pemán: «Torbellino de colores. / No hay en el mundo una flor / que el viento se mueva mejor / que se mueve Lola Flores». Así, se anticipa una de las claves del triunfo de Lola Flores: la cualidad de la movilidad, lo que Umbral desarrolla como «teoría del Lerele», apuntando a esa capacidad de invención e improvisación, de heterodoxia frente al cante y baile como una seña de identidad. Así encarna ese mito femenino andaluz, lo que él llama «el mito de Petenera», que muestra a la Lola Flores más auténtica, y que tiene otras variantes como «la Zarzamora» y «la Salvaora» —atendiendo a las distintas interpretaciones de esas coplas—, que serían la reiteración de ese mito. Es interesante el modelo de feminidad que propone «la Salvaora», el de una mujer como motor activo, agresora y rompecorazones, que seduce al prototipo de donjuán español. Manolo Caracol lo canta: «Quien te puso Salvaora / qué poco te conocía. / El que de ti se enamora / se pierde pa tó la vía». Este modelo de mujer, remarca Umbral, es el que el hombre en el fondo demanda —cansado ya del puritanismo de la sociedad del momento—, pero que a su vez le asusta por salirse de la norma.

Con todo esto, Lola Flores se internacionaliza en la época del «Pena, penita, pena», y a ese mito originario andaluz se le añade el cosmopolitismo madrileño, los círculos aristocráticos y los reconocimientos oficiales. Baila para Churchill y se fotografía con Gary Cooper. Va a triunfar a Latinoamérica, canta para Juan Domingo Perón y se dedica a lo que Umbral denomina «españolear», poniendo como ejemplo el momento en que dice a unos exiliados españoles que por qué no vuelven, que en España se vive muy bien. En esta internacionalización encontramos una curiosa mezcla de clases sociales, o más bien la asimilación de unas figuras individuales del mundo artístico por parte de las clases altas, figuras que al no tener una conciencia de clase se sienten de algún modo u otro «liberadas» ante tal hecho. Así surge en España una aproximación histórica de esos niveles culturales; un jornalero y su señor se sienten cómodos hablando de caballos, toros o folclore, puesto que las figuras representativas de esas disciplinas manan del pueblo.

"Tal y como él remarca, en esa época era muy común utilizar la glosa en la prensa como recurso para evitar la crítica, por lo que nadie había estudiado sociológicamente a estos personajes del ámbito cultural"

En el momento en que Lola Flores hace dinero abre un restaurante en Madrid para dar a conocer su «olla gitana», que no deja de ser un guiso que representa a ese pueblo del que procede, un pueblo que sigue la mística del hambre. Según Umbral, en realidad está encarnando dos mitos andaluces: a una Petenera en su vida artística, salvaje y seductora, y una Bernarda Alba en el ámbito privado, mujer de la casa que aspira a cocinar bien para su marido. Si fuese tan solo Petenera, sería difícilmente aceptada por un pueblo de mentalidad tan conservadora, pero ella es capaz de combinar el posar junto a Dalí —otro representante de esa España «Lerele»— en Estados Unidos con el planchar perfectamente una camisa almidonada, reconociéndolo como otro de sus talentos.

Pero lo más interesante de esta biografía —y del monóculo particular de Francisco Umbral— es su forma de abordar la figura de la artista. Tal y como él remarca, en esa época era muy común utilizar la glosa en la prensa como recurso para evitar la crítica, por lo que nadie había estudiado sociológicamente a estos personajes del ámbito cultural. A partir de aquí desarrolla el proceso de «autofetichismo» de Lola Flores, que comenzaría el día en que subasta unos zapatos en una fiesta benéfica organizada por una condesa, y que le convierte en una víctima del culto a la personalidad, las emociones, «lo mágico», muy común en las sociedades burguesas. Así, en lugar de crear personalidades, creamos fetiches, lo que nos lleva a esa idea del «duende» que ya desarrolló Lorca en su momento.

"A pesar de haber sido fetichizada tanto por la sociedad como por ella misma, demuestra un profundo rechazo a la cultura elitista, lo que le salva de una asimilación total por parte de esas élites"

Otro ejemplo de ese autofetichismo es su pasión por las joyas, hasta el punto de utilizarlas como su propio fetiche externo, llegando a escribir un artículo para la prensa sobre qué simbolizaba cada piedra para ella. Sin embargo, este proceso culmina cuando en una entrevista con Tico Medina afirma querer ir de rodillas hasta el Jesús de Medinaceli en Madrid, poniendo sobre una parte de su cuerpo ese valor divino en forma de espectáculo, mediante un acto aparentemente sencillo y devoto. Una vez que ese mito está construido y fetichizado, ella busca el respeto mediante actos benéficos en su Jerez, buscando así la gloria local —porque al fin y al cabo ese pueblo natal es el reflejo de ella misma—.

A pesar de haber sido fetichizada tanto por la sociedad como por ella misma, demuestra un profundo rechazo a la cultura elitista, lo que la salva de una asimilación total por parte de esas élites. Al fin y al cabo, representa a un pueblo sin cultura académica que se vale de la personalidad y la utiliza con una capacidad contestataria. Buen ejemplo para desentrañar esta figura es su entrevista para Julián Cortés Cavanillas Diálogos con figuras famosas, donde afirma que resucitaría a Kennedy —símbolo del paternalismo liberal—, que exige que un hombre para el amor sea un «poquitín sinvergüenza» —ensalzando la figura del donjuán—, que el peor pecado es el de la gula —asumiendo que es más proclive a él la clase alta— y que su personaje histórico preferido es Juana la Loca —fuerte, agresora y «Petenera»—. De pintor elige al Greco y de músico a Falla. De poetas, a Lorca y Rafael de León, que ha adoptado de la tradición oral —que es como el pueblo adopta el arte—. Y que a los escritores en prosa —como a Francisco Umbral, que le dedica biografías— prefiere, en definitiva, escucharlos mucho antes que leerlos.

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