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La maldición de Meucci o quién inventó el teléfono

La maldición de Meucci o quién inventó el teléfono

Si te pregunto quién inventó el teléfono, ¿qué respondes? Esa era mi pregunta recurrente mientras estaba escribiendo esta novela y casi todo el mundo contestaba: Bell. Pero tengo que ir más atrás, porque las novelas suelen empezar antes de lo que creemos y desde luego mucho antes de comenzar a escribirlas.

En 1989, cuando yo era una estudiante de ingeniería electrónica que escribía cuentos aún inéditos, leí un artículo titulado: “El teléfono se inventó en Cuba”. Parecía un chiste, pero el texto explicaba que mucho antes de que Graham Bell obtuviera su patente, el italiano Antonio Meucci había llegado a La Habana como técnico contratado por el Teatro Tacón y allí, mientras experimentaba con el galvanismo, había ideado un primer prototipo de teléfono con el cual partió a Nueva York, pero la falta de dinero y otros azares le habían impedido obtener la patente. A Galvani y a su teoría de electricidad animal yo los conocía por mis estudios, pero a Meucci no. Y si bien su historia aún no pasaba de una hipótesis, resultaba interesante. Pocos años después volví a toparme con él en un libro sobre italianos en Cuba, que abrí por azar en una librería y que terminé comprando.

"¿Qué había en común en ambas historias? Los sueños rotos y la falta de dinero"

En 2002 yo llevaba unos años viviendo en Roma. Ya por ese entonces, además de cuentos escribía novelas y no era inédita. Era, más bien, una escritora que impartía clases de informática en una Academia. Un día leí la noticia de que el Congreso de Estados Unidos acababa de aprobar una Resolución que declaraba a Antonio Meucci “el inventor del teléfono”. A los 113 años de su muerte recibía el reconocimiento. Aquello fue casi una fiesta nacional en Italia donde, por supuesto, siempre habían considerado que el invento era italiano. Y fue también, para mí, la chispa que precede a un fuego: aquí hay una novela, me dije.

Pero yo estaba trabajando en otra y, solo después de publicarla, tiempo después, empecé a pensar en el siguiente proyecto, que sería la tercera de un ciclo de cuatro novelas, al que me gusta llamar mi sinfonía cubana personal. Aunque las cuatro historias son independientes, existe una pequeña relación entre ellas: los protagonistas se cruzan en escenas, personajes secundarios de unas aparecen en otras y, sobre todo, hay una mochila que viaja de libro en libro. En principio yo sabía dos cosas sobre mi nueva novela: ocurriría en La Habana de 1993, el peor año de la crisis llamada Período Especial, y uno de los protagonistas sería el hombre que tomó por error la mochila de la protagonista de la novela anterior. El asunto es que no quería escribir solo sobre la crisis y fue entonces cuando la chispa, que había seguido evolucionando, provocó la explosión. Pensé. En la segunda mitad del siglo XIX, la patente que Meucci no pudo obtener costaba diez dólares, pero él no los tenía. También en La Habana de 1993 diez dólares eran casi una fortuna. ¿Qué había en común en ambas historias? Los sueños rotos y la falta de dinero. Según Pitágoras, el principio es la mitad de todo. Y mi principio estaba claro. Tendría a cuatro cubanos: una licenciada en Matemática, un profesor cesante, un desocupado, un escritor, todos desesperados por la difícil situación que viven. Y a una periodista italiana en busca de una exclusiva. Los cinco se aferran a la idea de que encontrar un documento original sobre la invención del teléfono podrá cambiarles la vida.

Aunque Meucci no fuera más que la justificación para hablar de una Cuba que conozco, el personaje me interesaba. Por eso, lo primero que hice fue documentarme. Buscando en Internet supe que gracias a la profunda investigación del ingeniero italiano Basilio Catania se había podido demostrar que el invento de Meucci era anterior al de Bell, lo cual llevó a aprobar la citada Resolución. A esa altura yo había dejado Roma por París. Le escribí entonces a Catania para presentarme y hablarle de mi proyecto. Muy amablemente, me envió un libro suyo y un DVD con los artículos que había ido publicando durante su pesquisa.

"Descubrí que Meucci era un inventor brillante y multifacético con una tremendísima mala suerte"

Estudiando el material descubrí que Meucci era un inventor brillante y multifacético con una tremendísima mala suerte, porque no solo le fue mal con el teléfono. Tuvo, por ejemplo, una fábrica de velas y luego una de cerveza, en ambas revolucionó el proceso de fabricación, pero por problemas financieros ambas terminaron en manos de nuevos propietarios que sí alcanzaron éxito comercial. Un fracaso iba seguido de otro, perdió patentes, varias personas se aprovecharon de él. Una vez casi muere en la explosión del ferry que lo llevaba a Staten Island, donde vivía, y para cubrir los gastos médicos su esposa tuvo que vender muchos prototipos de sus inventos. Esposa que, encima, apenas podía moverse por una grave enfermedad, razón por lo cual él instaló una conexión telefónica dentro de su casa para poder comunicarse con ella.

Pasé meses conociendo a Meucci hasta que terminé mis lecturas y me puse a escribir. Como hago siempre, entré en mi historia y me dejé llevar. Encontrar aquel documento se vuelve casi una obsesión para mis personajes, y en esa absurda búsqueda mienten y hacen alianzas que luego rompen a escondidas. Por esto y porque me gusta descubrir las historias a medida que avanzo, algunos momentos de la escritura fueron difíciles, y es que a veces sentía que mis personajes querían mentirme también a mí y, sobre todo, en principio no sabía quién tenía el documento, no lo supe hasta muy avanzada la trama. Pero me divertí muchísimo. La novela es una especie de comedia de enredos con misterio donde pude jugar con mis dos mundos: literatura y ciencia.

"¿A quién se le ocurre escribir una novela relacionada con un tipo con tan mala suerte? Entonces descubrí que existía lo que me gusta llamar “la maldición de Meucci”"

Me llevó cuatro años terminarla. En Francia y Portugal, donde mis editores son los mismos desde el inicio de mi carrera, empezaron a traducirla. En España, sin embargo, había que buscar editor. Dos años más tarde, en 2012, ya existían las traducciones portuguesa y francesa y esta última había ganado dos premios (Carbet del Caribe y Gran Premio del Libro Insular), pero yo seguía sin editor en español.

Fue por esa altura cuando me invitaron a un festival literario en Nueva York y aproveché para visitar la casa de Meucci. Sabía que era un museo y que allí el inventor había alojado por un tiempo a su amigo Garibaldi. Junto a un colega escritor brasileño tomé el ferry en Manhattan hacia Staten Island, donde caminamos hasta que a lo lejos divisé la casita de madera. La conocía por fotos. Comenzamos a acercarnos y enseguida pude leer el cartel que estaba sobre la puerta: “Giuseppe Garibaldi”, decía en letras grandes. Solo al llegar conseguí leer, en pequeñito, que había sido la casa de Antonio Meucci. Y creo que ahí, en ese instante, me hice la pregunta: ¿a quién se le ocurre escribir una novela relacionada con un tipo con tan mala suerte? Entonces descubrí que existía lo que me gusta llamar “la maldición de Meucci”.

Sé que, en algún momento, la imposibilidad de ver mi libro en español me llevó a sentirme casi tan desesperada como mis personajes. Pero para mí no hay tristeza que la escritura no cure. Comencé otro libro y, años después, cuando ya estaba a punto de olvidar que sobre mí caía aquella terrible maldición, por fin Habana año cero se publicó en español, pero sólo en Cuba. En 2019, gracias a la editorial Comba, existe en España. Este año, además, ha salido en Japón y próximamente lo hará en inglés. ¿Se habrá roto “la maldición de Meucci”? Speriamo bene.

Y entonces, ahora, si te pregunto quién inventó el teléfono, ¿qué respondes?

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Autor: Karla Suárez.TítuloHabana año cero. Editorial: Comba.VentaFnac 

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