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La nube de humo que es «Star Wars: El ascenso de Skywalker»

La nube de humo que es «Star Wars: El ascenso de Skywalker»

Valorar un título como El ascenso de Skywalker, el desenlace de la nueva trilogía de Star Wars realizada en el seno de Walt Disney Studios, propietaria de Lucasfilm LTD desde finales de 2012, obliga a separar con fuerza al espectador que quiere disfrutar del crítico que tiene que escribir. La apuesta de J.J. Abrams, que también hizo el Episodio VII, trata de ser, todavía más que antes, una película lúdica decidida a complacer, apoyada en el recuerdo sentimental de la Galaxia muy, muy lejana. A complacer al fan nuevo, al fan viejo, al fan del medio, al fan que podría estar pero no. Esta voluntad (algunos dirían miedo) a los postulados del fan service es lo que va a acabar condenando esta nueva y taquillera trilogía a un olvido relativamente rápido. Y si no, al tiempo.

"Abrams, de nuevo a los mandos en el desenlace, enmienda bastante la plana al autor anterior, temeroso de la ira de los fans de Twitter, que lleva dando la turra desde 2017"

Y eso que la película de Abrams es un verdadero disparo. El director se muestra mucho más seguro que en la titubeante El despertar de la Fuerza. Lidia con decisión con el fallecimiento de Carrie Fisher sin que la presencia de Leia se resienta de manera sustancial (sus escenas, no obstante, son las únicas rodadas por el director con una cámara estática, un tête-à-tête casi televisivo con Daisy Ridley); la acción y el ritmo es constante (aunque sea para maquillar el escaso calado real de sus decisiones) y la factura visual y sonora es de absoluta primera categoría, desde la fotografía de Dan Mindel (aquí sin los famosos lens flares del autor) hasta la música de John Williams, en la que probablemente sea su última partitura. No hay subtramas torpes e intrusivas como en Los últimos Jedi ni tampoco un chute tan evidente de nostalgia como el El despertar de la Fuerza, y todo transcurre a una velocidad de crucero más bien alta. Y hasta aquí, habló el fan.

La decisión de Abrams y el extenso equipo de Lucasfilm para contar eso, y aquí empieza el crítico, ha sido apoyarse en un simulacro de la primera trilogía para capturar al fan nostálgico y añadir a la fórmula un gancho intrigante que delata el pasado como (brillante) facturador de productos televisivos que es Abrams. La verdadera identidad de los padres de Rey (Daisy Ridley), y por tanto el descubrimiento de su verdadero linaje, es una cuestión que debería habernos traído a todos al pairo, tal y como el director Rian Johnson, autor de la entrega previa, Los últimos Jedi, consideró y nos sirvió en bandeja en el desenlace de su irregular pero finalmente sobresaliente Episodio VIII. Abrams, de nuevo a los mandos en el desenlace, enmienda bastante la plana al autor anterior, temeroso de la ira de los fans de Twitter, que lleva dando la turra desde 2017, y paga los platos con una película cuyo punto de giro es de todo menos radical, sorpresivo, y que resulta más bien teatralmente ridículo. Star Wars siempre ha sido un culebrón estelar con mayúsculas alimentado por el parentesco de sus personajes, pero uno que basculaba en torno a otros intereses que la mera identidad de los mismos. La acción trepidante y la labor de una serie de notables actores apenas logran disimular esta impresión.

El director hace esfuerzos ímprobos por navegar hacia territorio seguro, alejándose del trabajo de directores como Johnson, Gareth Edwards (a quien se arrebató el timón de Rogue One, quizá la más interesante del grupo) y la inexistente Solo, de Chris Miller y Phil Lord, realizadores cómicos despedidos y sustituidos por el correcto, y no más, Ron Howard. Una corrección de rumbo que quizá en unos años veamos de manera más disimulada, más parcial y lejana, pero que ahora, en pleno guerracivilismo entre fans, ocupatitulares y comentarios, ensucia una conversación y determina valoraciones fílmicas.

El ascenso de Skywalker no es, pese a todo lo contado, una mala película. Pero le pasa lo mismo que a sus protagonistas Rey y Ben Solo: está mirándose todo el tiempo en esos padres que dicen rechazar, y son incapaces de encontrar su propia identidad y mantenerla, desarrollarla, venderla. Si en el caso de los personajes es un conflicto legítimo, reconocible, en el de la película tiene que ver enteramente con la taquilla y la búsqueda de hasta el último dolar de un público que ya está dispuesto a consumir. Hay dos momentos aquí, aquel en el que C3P-O pierde la memoria (es decir, la memoria de todo lo ocurrido desde el comienzo de la saga) para recuperarla después, y otro en el que un personaje principal muere… solo para reaparecer dos minutos más tarde, que hablan mucho de la inseguridad de la cinta con todo lo que suponga una perturbación en la Fuerza sufrida por Abrams.

"Los responsables del Episodio IX de Star Wars tenían toda una galaxia para contar historias y escogieron hacer una mera secuela"

Obviamente, y pese a ello, su final de Star Wars se disfruta. Se trata del poder del mito que Joseph Campbell codificó y George Lucas tradujo en imágenes en su aventura espacial original del 77, esa que nadie quiso en su momento y que se convirtió de la obra trascendental de un cineasta independiente que cambiaría el cine. Ahora es una propiedad, una marca registrada a nombre de la compañía de entretenimiento más poderosa de esta galaxia, porque es el signo de los tiempos y los tiempos son así. George Lucas, sin embargo y pese a sus evidentes lagunas como director, supo desembarazarse de sí mismo aunque solo fuera para seguir buscando y cometer errores nuevos, los de la integración de esa tecnología digital con la imagen real en una serie de ortopédicas imágenes que en 2020 parecen casi totalmente superadas. La cuestión es si eso no era mejor que lo ocurrido ahora con el Episodio IX de Star Wars, en el que sus responsables tenían toda una galaxia para contar historias y escogieron hacer una mera secuela.

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