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La ontología de la silla de ruedas

La ontología de la silla de ruedas

En un tiempo de identidades, y de subrayado de identidades, asumamos la sorpresa de saber que no somos nadie en concreto, quizá sólo, que diría el otro, un ser de lejanías.

Es la conclusión hacia lo alto o hacia la nada y hacia el ser-en-sí que extraje estas Navidades de un titular de periódico. Los titulares de periódico, cuando obedecen a una entrevista, dan un juego colosal.

Decía un entrevistado: “Sólo me acuerdo que voy en silla de ruedas al ver a alguien en silla de ruedas”. Fue en ABC.

No leí la entrevista, ni atendí siquiera a quién decía tal cosa, salvo alguien en silla de ruedas, pues todo podía echarse a perder, la filosofía, las ruedas, la velocidad de una epifanía extraordinaria.

"La silla de ruedas, como ontología radical, nos habla de que no hay nadie en la silla de ruedas, sólo un trozo de ti"

El entrevistado, con algún hándicap motriz, revelaba una verdad universal: que no nos vemos como nos ven. Si este hombre hubiera sido un futbolista famoso o un actor de Hollywood, y hubiera dicho algo como “sigo haciendo vida normal”, hubiera sido como no decir nada. Pero, desde la silla de ruedas, era decirlo todo. Que todos somos normales, por ejemplo.

Uno va por la vida criticando, con la mirada de fiscal. No digo yo, digo tú, digo todos. Vemos a un mendigo y pensamos que es un mendigo; vemos a un señor en su Mercedes y pensamos que es rico; vemos gente que nos parece fea o muy guapa, y vemos un brazo que le falta al que pasa o una tonelada que le sobra a la que viene detrás. Y enseguida catalogamos mendigos como mendigos, ricos, feos, guapos, gordos, mancos, y pensamos que eso es la vida, una colección de cromos infantiles.

La silla de ruedas, como ontología radical, nos habla de que no hay nadie en la silla de ruedas, sólo un trozo de ti, y que por dentro del cuerpo que va rodando no hay una conciencia definitiva de invalidez.

El ser, de pronto, se nos descubre escindido entre comparar y ser comparado y ser, al final, uno más, totalmente incomparable. Vamos creando nuestro avatar existencial sabiendo qué tenemos y mostramos, y qué tienen o no tienen y muestran o no muestran todos los demás. Pero al final del camino, eso es agua de borrajas, la hojarasca de la existencia.

"Nos reconocemos en los demás como cáscara y poquita cosa, y nos da un poco de depresión no ser por ello nada más"

Pensaba, por ejemplo, en ese descubrir embarazadas cuando estás embarazada, en ese ver replicado tu estado o tu apuesta en cualquiera que pase por la calle, hasta sentirse copia y antigualla. Vemos copias de nosotros porque renegamos de ser simplemente una embarazada o un manco o una chica que también compró el nuevo abrigo de Zara. Nos reconocemos en los demás como cáscara y poquita cosa, y nos da un poco de depresión no ser por ello nada más, pues hay otros tantos como nosotros, embarazados, vestidos de Zara o sin un miembro.

El hombre de la silla de ruedas no se levanta pensando que es un hombre en silla de ruedas. Sólo cuando se cruza con otro impedido se dice, ah, yo, yo igual, esto me tocó. Y, luego, olvidado el encuentro, la silla de ruedas desaparece.

En cuántas ocasiones he sentido eso mismo, o he charlado con alguien que me contaba eso mismo, la extrañeza ante su ser en ojo ajeno. A mí me insultan a veces y me llaman calvo, y yo dedico un par de segundos a entender que es verdad, pues que cada día no me levanto pensando que soy calvo, no lo tengo en cuenta y ni me acuerdo. Un amigo recién divorciado escuchó en su trabajo un comentario sobre “un divorciado” o sobre “los divorciados”, y, según me contaba, le llevó un rato darse cuenta de que le hablaban a él, de que alguien se estaba dirigiendo a él como “vosotros, los divorciados”. Ni se acordaba.

"El yo verdadero huye del personaje y aspira a ser un Dios, pues somos, en tanto “yo”, dioses completos de nuestra realidad"

Nos cuesta pensar que la gente no es un sujeto limitado, y por eso no entendemos a los inmigrantes, a los que políticos y periodistas consideran personas que están siempre en migración, en la conciencia de la migración, en la actitud improbable de alguien que se levanta cada mañana (como decimos) pensándose inmigrante en España.

La gente se levanta cada mañana como el personaje de Christopher Isherwood en Un hombre soltero, cuyo comienzo es categórico: “El despertar comienza al decir “soy” y “ahora”. Lo que ha despertado permanece tumbado durante un rato mirando fijamente al techo y escudriñando en su interior hasta que reconoce el “yo”, de ahí deduce “yo soy”, “yo soy ahora”.

Y eso es todo. Yo soy ahora. No soy nada más, más adjetivado, más estrafalario, más particular, más caricaturesco que un “yo” que vive “ahora”, y eso es suficiente. Vivir ahora.

El yo verdadero huye del personaje y aspira a ser un Dios, pues somos, en tanto “yo”, dioses completos de nuestra realidad. Nada existe fuera de que estamos siendo en medio del mundo. Nuestro ser es apoteósico, incluso en la mendicidad o la tribulación o la desesperación. Somos, cada día, la conciencia universal que regresa.

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ricarrob
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19 horas hace

Hay gente, como usted señor Olmos, perdóneme ser vitriólico con su artículo, no con usted, que vive permanéntemente a la busca y captura de “frasecitas”, de eslóganes vitales o virales. Construyen su personalidad con las frases marketinianas de otros. O sea, no tienen personalidad propia. No existen por sí mismos.

Como la frase sin sentido con la que inicia su artículo del insigne gilipollas de Sartre. Existencialismo sin existencia. Ese gilipollas que se pasó la vida follándose a la Beavoir que realmente era la auténtica filósofa de esa pareja de diecisiete. Un vividor de frases hechas y sin sentido, provocadoras del vómito, no de la naúsea, de cualquiera que piense por sí mismo.

Como “soy y ahora” que parece dicho por un aquejado de alzeimer terminal. Somos porque somos con todos nuestros “entonces”, con nuestro pasado, con nuestos “siempres”. Con nuestras agonías de los recuerdos y de la nostalgia. El “ahora” no existe. Sólo existe el pasado.

Sr. Olmos, le recomiendo que construya usted sus propias frases para poder ser usted mismo, alguien.

Saludos.

Jonathan de los dolores
Jonathan de los dolores
17 horas hace

Qué articulazo. A mí me pasa algo que podría considerarse una variante: no reconozco al imbécil que soy hasta que me cruzo con el recuerdo de mí mismo haciendo o diciendo alguna imbecilidad. Y es entonces cuando sin venir a cuento hago algún aspaviento y quien está conmigo me pregunta qué me pasa. Pero tiene algo bueno: la última cagada es siempre TAN vergonzosa que anula a todas las anteriores. Un abrazo Olmos!

Pablo75
Pablo75
12 horas hace

Interesante artículo.

(El señor Ricarrob debería meditar, tomándose una tila, la frase de Talleyrand: “Tout ce qui est excessif est insignifiant”).