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La otra esclavitud, en Confabulario

Confabulario trae a su portada el libro The Other Slavery, que recoge parte de la historia de los pueblos nativos de América de los siglos XVI al  XIX. Este es un fragmento de la investigación que duró siete años, publicada originalmente en inglés. En octubre este libro de Andrés Reséndez fue seleccionado entre los cinco finalistas del prestigioso premio national Book Award de ese país en la categoría de no ficción. 

Los orígenes de la otra esclavitud, la de los indígenas en América, se ha perdido en el pasado remoto. Se sabe que zapotecas, mayas y aztecas capturaban prisioneros para usarlos en sacrificios humanos, y que los iroqueses emprendían campañas en contra de pueblos vecinos —conocidas como “guerras de luto”con la intención de vengar y reemplazar a sus muertos. También se sabe que las élites de comunidades indígenas del noroeste del Pacífico cerraban acuerdos de matrimonio con el envío de diferentes artículos a los padres de las futuras esposas, entre ellos esclavos de ambos sexos. Si bien durante milenios distintos pueblos indígenas americanos se sometieron mutuamente a la esclavitud, con el arribo de los europeos estas prácticas —que hasta entonces se había dado en estos contextos culturales específicos— se comercializaron y expandieron de modos imprevistos hasta lo que hoy conocemos como la trata de personas.

Los primeros exploradores europeos iniciaron este proceso. De hecho, la primera actividad comercial de Cristóbal Colón en el Nuevo Mundo consistió en mandar a Europa cuatro carabelas con 550 esclavos indígenas cada una para subastarlos en los mercados del Mediterráneo. Otros países siguieron los pasos del almirante. Ingleses, franceses, holandeses y portugueses jugaron un papel fundamental en la trata de esclavos indígenas. Sin embargo, en virtud de sus amplias y densamente pobladas colonias, España se convirtió en el poder esclavista dominante. Sin duda, España fue para la trata de esclavos indígenas lo que Portugal e Inglaterra fueron para los esclavos africanos.

Irónicamente, España fue el primer poder imperial en discutir y reconocer formalmente los derechos de los indígenas cuando a inicios del siglo XVI prohibió la esclavitud de los indígenas, salvo en casos extraordinarios, y después de 1542 prohibió la práctica sin excepción alguna. A diferencia de la esclavitud africana que se mantuvo vigente y fue legal, apoyándose en prejuicios raciales y como una forma de enfrentar el Islam, la esclavitud de pueblos nativos americanos existió contra la ley. Sin embargo, esta prohibición categórica no detuvo a generaciones de conquistadores y colonos ávidos de esclavizar a pobladores nativos a escala planetaria: desde la costa este de Estados Unidos hasta el punto más al sur de Sudamérica, y desde las Islas Canarias hasta las Filipinas. El hecho de que esta otra esclavitud se realizara clandestinamente la hizo aún más artera. Es una historia de buenas intenciones que se torció en el camino.

Cuando comencé las investigaciones para este libro, mi interés principal rondaba en torno de una cifra: ¿cuántos esclavos indígenas hubo en América desde la llegada de Colón? Mi intuición inicial fue que la esclavitud de indios había sido algo marginal. Incluso si en los primeros años de la conquista la esclavitud de los nativos hubiese florecido, ésta debió entrar en profunda debacle una vez que los esclavos africanos y los trabajadores asalariados comenzaron a estar disponibles en cantidades suficientes. Junto con muchos otros historiadores asumí que la verdadera historia de la explotación en el Nuevo Mundo concernía a los 12 millones de africanos traídos del otro lado del Atlántico. Pero una vez que fui acumulando fuentes sobre la esclavitud de indios en archivos de España, México y los Estados Unidos, comencé a ver las cosas de manera distinta. La esclavitud indígena nunca dejó de existir sino que coexistió con la de los africanos desde el siglo XVI hasta finales del XIX. Este hecho me hizo reflexionar seriamente sobre el tema de la visibilidad. Debido a que la esclavitud africana siempre fue legal, sus víctimas se pueden rastrear en los registros históricos: eran tazados a su entrada en los puertos y aparecían en facturas de venta, testamentos y otros documentos. Ya que estos esclavos tenían que traerse del otro lado del Atlántico, eran escrupulosamente —incluso obsesivamentecontados a lo largo del trayecto. El recuento final de 12.5 millones de africanos esclavizados importa mucho porque ha dado forma a nuestra percepción sobre la esclavitud africana de manera fundamental. Cada vez que leemos sobre alguna subasta de esclavos en Virginia, o sobre alguna cacería de esclavos en el interior de Angola, o sobre alguna comunidad de cimarrones (esclavos huidos) en Brasil, somos conscientes de que todos estos eventos fueron parte de un inmenso sistema esclavista que se extendía a todo lo largo del Atlántico y que cobró millones de víctimas.

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