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La otra vertiente

El autor desgrana paso a paso lo que supuso en su vida la escritura de Madre que estás en los cielos (Alfaguara). Una novela, dice, que le ha llenado de regalos: “amistades literarias, comentarios elogiosos, ediciones en otros países, pródigos testimonios de personas que se han sentido inspiradas, tocadas, interpretadas por la historia”. Por su historia.

 

Desde que publiqué el libro de cuentos Vidas vulnerables a fines de 1999, hasta octubre de 2001, me embarqué en cinco proyectos de novela que abandoné al poco andar. En cierto punto perdía la fe en la narración, dejaba de ver a mis personajes y hasta de interesarme en ellos. Luego murió mi madre de un explosivo cáncer de páncreas. Tres semanas pasaron desde que se lo descubrieron hasta su muerte. A la angustia creciente que me ocasionaban mi desorientación literaria y la posibilidad de no llegar nunca a convertirme en un escritor hecho y derecho, se sumó el desgarro de la pérdida. La persona a quien más había amado y que mejor me conocía ya no estaba para quererla —siempre fue vivificante hacerlo—, ni tampoco para sentirme querido sin importar cuáles fueran las circunstancias.

"Había leído tiempo atrás Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; una perspectiva semejante a la de esa novela formidable me pareció la adecuada para la historia"

El golpe me dejó paralizado durante un año. Para romper la rigidez y recuperar la confianza me ayudó la escritura de un cuento para una antología sobre enfermedades psiquiátricas, Historias de mentes (Alfaguara, 2002). Luego vino el verano y salí de Santiago con el propósito de iniciar una novela inspirada en mi madre. Se trataba de un estado de ánimo, de un anhelo, de una descarga de emociones que me dio la convicción necesaria. Escribí la mayor parte durante los veranos de 2003 y 2004, en una casa donde me recluyo cada año, situada en una cadena de cerros costeros. Es mi «cuarto propio», donde todo está dispuesto para la creación. Ahí leo, escribo y cultivo un jardín que me hace sentir acompañado y en paz.

Tenía a mi personaje «disponible» —a la manera de James y Turguéniev—, una mujer del siglo XX, católica, descendiente de inmigrantes italianos, que debía enfrentar las tensiones tanto de su familia de origen como de aquella que formó con su marido y sus hijos. Una mujer honesta, bienintencionada, movida por los principios éticos que heredó de sus padres y las enseñanzas de su religión, y que al mismo tiempo estaba profundamente equivocada.

También tenía el punto de vista. Había leído tiempo atrás Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; una perspectiva semejante a la de esa novela formidable me pareció la adecuada para la historia, una voz memoriosa, precisa, equilibrada, una tregua en medio de la enfermedad, al final de la vida. Esa larga carta del emperador Adriano a Marco Aurelio es la obra tutelar de Madre que estás en los cielos, pese a ser libros de índole tan diversa. La máxima «Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos», resonaba dentro de mí mientras escribía. Por esta razón quise incorporar la cita completa como epígrafe.

"Buscaba un título «irónico», una crítica a la doctrina de la Iglesia católica sobre la familia"

La primera frase surgió sin mayor esfuerzo: «No deseo pasar por el final que me espera». La sentí poderosa, definida, me daba un tono, una disposición vital del personaje; su claridad iluminó los primeros meses de escritura. Había resuelto describir tres arcos temporales: el tiempo de Julia y sus padres; el de ella, su marido y sus hijos; y el presente a lo largo del año 2000. No hubo una razón premeditada para que así fuera, no sabía adónde me iba a llevar esa disposición del tiempo, tan sólo respondía a la necesidad de contar episodios que ocurrieran en esos tres períodos.

El título comenzó a rondarme cuando llevaba un mes de trabajo, una reformulación de «Padre nuestro, que estás en los cielos…». Le quité la coma del vocativo y el adjetivo posesivo «nuestra», porque daban a entender que era uno de los hijos de Julia quien escribía la historia. Deseaba que «que estás en los cielos» fuera un atributo propio de ella, una caracterización de esa mujer que pasó sus días queriendo ganarse la vida eterna. Buscaba un título «irónico», una crítica a la doctrina de la Iglesia católica sobre la familia —con su estructuración en torno a modelos rígidos en cuanto a género y a la relación entre padres e hijos—; un título que expresara en una imagen hecha de palabras la conflictiva devoción que los hijos en la novela sienten por sus madres, incluyendo la de Julia por la suya.

"La novela se rebela porque nos exige que hagamos un esfuerzo aún mayor para abrir canales por los que pueda fluir todo su caudal narrativo"

Después sufrí una época de incertidumbre, inevitable, creo yo, en cualquier afán creativo. La resistencia que ofrecen los personajes y la historia al escritor pareciera ser condición necesaria para que una novela alcance su plenitud. Solo desgarrando esa pantalla blanca y sin matices somos capaces de encontrar el sentido profundo de lo narrado y de lo que queda por contar. La novela se rebela porque nos exige que hagamos un esfuerzo aún mayor para abrir canales por los que pueda fluir todo su caudal narrativo.

Madre que estás en los cielos me enseñó a confiar en que hay otra vertiente, la que te lleva al final, aquella que, luego de las sucesivas ascensiones y descensos que implica el cruce de una cordillera, se presenta ante tus ojos y lo único que tienes que hacer es dejarte llevar por la fuerza de gravedad. Yo no sabía con precisión el fondo de lo que estaba contando y tan sólo al llegar a la página 220 —todavía lo recuerdo— vi la conexión dramática de los tres arcos de tiempo, la reunión de los conflictos en un sentido unitario, lo que me faltaba para cerrar la historia. Las últimas cien páginas me tomaron solo dos semanas de trabajo, nada más. Estaba todo ahí, desplegado ante mi imaginación.

"El regalo más grande que me hizo y me sigue haciendo Madre que estás en los cielos ha sido permitirme entrar en la literatura «con los ojos abiertos», encontrar la otra vertiente"

Con esta historia aprendí a escribir novelas, una destreza que ningún libro ni taller literario puede enseñar; me hizo confiar en que al final de cada narración esa otra vertiente espera, por remota que parezca su existencia en un principio. En esos cerros que tenía a la vista, un aguilucho iba de aquí para allá, batiendo sus alas en busca de una corriente térmica, una gran burbuja de aire caliente, difícil de detectar en un principio, que se despegaba lentamente del suelo y que el ave podía seguir en su ascenso, dando giros en espiral. Encontraba una y subía con ella hasta que el empuje se desvanecía. Planeaba, perdía altura, descubría otra burbuja y volvía a subir dando giros a su alrededor. Una vez que alcanzaba las cumbres más altas, podía descender haciendo toda suerte de piruetas o cazar con un rango más amplio de visión. Sin embargo, de no haber percibido esas sutiles fuerzas ascendentes de un comienzo, nada de eso habría sido posible. Lo mismo ocurre en literatura. Lo mismo me ocurrió a mí.

La novela me ha llenado de regalos: amistades literarias, comentarios elogiosos, ediciones en otros países, pródigos testimonios de personas que se han sentido inspiradas, tocadas, interpretadas por la historia. Particularmente emocionante ha sido cuando una madre y una hija, o una madre y un hijo, se me han acercado para agradecerme que la haya escrito, porque su lectura los ha ayudado a comprenderse mejor el uno al otro, porque les ha sido difícil ser madre y ser hijo.

Pero el regalo más grande que me hizo y me sigue haciendo Madre que estás en los cielos ha sido permitirme entrar en la literatura «con los ojos abiertos», encontrar la otra vertiente y acometer la vida que había imaginado para mí, la de un escritor.

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Autor: Pablo Simonetti. Título: Madre que estás en los cielos. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro