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La pájara

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, LXXIII: LA PÁJARA

Ni uno solo de los Iglesias estuvo jamás en buenos términos con el resto del pueblo. Desde que el primero de ellos, Braulio, llegara a Suaño ocho décadas atrás, todo lo que tocaban se volvía mugre. Peleas por lindes, riñas de taberna, noviazgos traicioneros, negocios engañosos… Para el año de las castañas, tras consumirse la anciana Jacinta, ya solo quedaban tres. Isabel, la pequeña, una culebra mezquina que se dedicaba a espiar secretos y a murmurar por lo bajo, riéndose como una demente. Eufemio, el mediano, que era más largo que una condena y miraba al mundo desde las alturas, con una eterna mueca de asco. María, la mayor, un ser podrido de tedio que se revolvió en su duelo con regocijo malsano. Fue justo después, en el año del granizo, cuando a la menor de los Román se le ocurrió celebrar una romería.

—¿Por San Antonio? —exclamó Don Manuel, el cura, con franca sorpresa.

—¿Le parece mal, Padre? —se inquietó la chiquilla.

—No, criatura, ¿a mí qué me va a parecer mal? —sonrió el anciano.

—Qué sé yo, como no hace tanto que se acabó la guerra… y el año pasado, las nevadas; el anterior fue el derrumbe en La Trocha; el otro, la peste de los carneros…

—Sí, hija, sí, tienes razón. No han sido años muy alegres.

—Y se va todo el mundo, Padre, sólo quedan los viejos… ¡uy, perdón! —se disculpó la chica, poniéndose colorada.

—Anda, tira, prepara esa verbena tuya… —exclamó el sacerdote, riendo por lo bajo.

Se la quedó mirando mientras la muchacha se alejaba al trote, como una potra. Tenía más razón que una santa. Los jóvenes languidecían de aburrimiento en aquella aldea de abuelos y viudas. La mitad de una generación yacía en el cementerio, como una cosecha tierna cercenada antes de hora. El resto, habían ido desapareciendo, dejando a las madres sentadas a la puerta, con una terca protesta en la boca.

No es que quedaran muchos para sumarse a aquella jarana inesperada. Nora y sus primos; las del Molino; el chaval de Engracia; la sobrina del sacristán y una docena de chiquillos que aún iban a la escuela. Nora los capitaneó con un entusiasmo contagioso. Siempre había sido una criatura luminosa, con más energía de la que podía manejar. Ante la previsión de Engracia de que iba a hacer un frío perro (y la rodilla de Engracia era infalible), pidieron a Sabino el Manco que les dejara usar la cuadra vieja, donde pensaban montar una merienda de chocolate y bollos. Los dulces los preparó la propia Nora. El chocolate vino de Ultramarinos La Virtud, en San Julián, pagado entre todos los vecinos, a excepción, naturalmente, de los Iglesias.

—Qué disparate, Nora —se quejó una tarde la primogénita, escoltada por sus hermanos, mudos como estatuas—. No entiendo cómo el cura permite semejante desmán.

—Es un festejo por el patrón del pueblo, María —explicó la aludida, sin darle un respiro al rodillo—. Ni que fuéramos a quemar el monte…

—Te recuerdo que estamos de luto por nuestra madre.

—Y yo te recuerdo que sigo de luto por la mía —respondió Nora, cerrando los puños para contener la rabia—. Si no queréis venir, os podéis ir a paseo.

No levantó la vista de la masa hasta que los tres cuervos se alejaron, así que no vio cómo Isabel le hacía muecas y gestos obscenos.

—Esa habría podido ser tu gente —le confesó su madre, ya en plena agonía—. Me enamoró la tristeza de Eufemio. Creí que necesitaba que lo quisieran. Así de tonta era. Luego entendí que no era pena, era mala entraña. Cuando le dije que iba a tener un hijo suyo, se me rio en la cara. María me animó a tirarme por las escaleras. No hizo falta, porque del disgusto lo perdí de todos modos. Don Manuel fue un bendito, y tu padre un valiente que no dudó en casarse conmigo…

Una parte de Nora se dolía por aquel hermano mayor que ya nunca tendría. Pero la mera idea de haber podido ser una Iglesias, le revolvía las tripas. Les tenía un odio intenso, como un latido de quemadura. Era un secreto que jamás había compartido, pero que la envenenaba. Pensó en el dolor de su madre, a la que casi habían logrado echar del pueblo. Tras su muerte, Nora decidió que, si alguien debía irse de Suaño, eran ellos.

El día de San Antonio hubo procesión y misa solemne. Concluido el oficio, la gente se quedó de tertulia. Había una gran expectación mal disimulada. A la una en punto, empezó a oírse un prometedor estruendo en el patio de Sabino. La vecindad abandonó el pórtico, estirando el cuello con franca curiosidad. Los Iglesias, en una esquina, fingían desinterés, las hermanas sentadas en el banco de piedra, mientras Eufemio liaba un cigarro con deliberada parsimonia. Se consideraban muy por encima de aquella vulgaridad.

Por fin, tras varios minutos de espera, los pequeños de Suaño aparecieron por detrás del muro de Navalón, irrumpiendo en la plaza con aquel guirigay de tambores, latas y entrechocar de ollas viejas. Un San Antón entusiasta saludaba a derecha e izquierda, embutido en un viejo hábito de fraile y luciendo unas frondosas barbas postizas.

—¡Pero si es Tomás, el de la Remi! —chilló Nazarena, con pasmo—. Padre, ¿seguro que esto no es blasfemia?

A Don Manuel se le saltaban las lágrimas de risa. El rebaño del Santo consistía en un ternero pinto, las dos cabras de Engracia, el anciano mastín de Sabino, tres lechones y un gato gris enorme y resignado que Jovita Balsa cargaba en brazos. Detrás, llegó el resto de la mocedad, ellos con tocados de cuernos, ellas con plumas, fingiendo embestir unos y cacareando las otras en alegre jolgorio. Y entonces, cuando pensaba la gente que no quedaba nada por ver, surgió tras el muro la carreta de Fermín, tirada por el borrico de los del Molino. Sobre ella, dos figuras de pie, haciendo reverencias, los rostros ocultos tras sendos sacos de arpillera teñidos de verde. Uno exhibía unos ojos oblicuos amarillos y una lengua bífida de trapo rojo de no menos de dos palmos. El otro tenía manchas pardas y, en la abertura que le hacía de boca, un cigarro descomunal, hecho de jirones de sábanas viejas enrolladas. Entre aquellos reptiles grotescos, majestuosa una de las sillas del comedor de Remi, estaba Nora, triunfal como una reina, ataviada con una túnica verde, un cuello almidonado y una máscara en forma de cabeza de paloma de tal perfección que dejó a todos sin habla. Fue Adela Mindo la primera en atar cabos.

—¡La víbora, el lagarto y la pájara! —gritó, alborozada, y empezó a dar saltitos, aplaudiendo—. ¡Qué favorecida estás, María! ¡La pájara, la pájara!

Un rumor de risas tímidas se esparció por la congregación, subió como una marea y acabó estallando en un coro desafinado y entusiasta. Don Manuel, conciliador, carraspeaba en vano, atascado entre el regocijo y el decoro, echando miradas indulgentes a Nora y suplicantes a los Iglesias, como rogándoles que se hicieran cargo. Los tres hermanos, con el ceño fruncido y muy poca disposición a la benevolencia, se habían quedado pálidos, las mandíbulas flojas y una expresión que bailaba entre la incredulidad y el rencor. María cogió aire varias veces, como un fuelle.

—Pero ¿cómo se atreve esa… sietemesina escuálida?

—¡La pájara, la pájara, la pájara! —berrearon los chiquillos, redoblando el escándalo de los tambores.

—¡Vuela, pájara, vuela! —coreó la Remi—. ¡Vuela con tus culebras!

A Isabel se le desorbitaron los ojos, se tapó las orejas y empezó a berrear. Los otros dos se miraron con espanto y salieron de estampida, llevándosela a empujones. Los vecinos los despidieron entre burlas y aplausos socarrones. La parranda duró hasta tarde, aunque los viejos se levantaron temprano por mera costumbre. Engracia, la más madrugadora, vio salir a los Iglesias a hurtadillas, con un par de maletas gastadas.

—Y ni cerraron con llave —le chismorreó a Nora hacia el mediodía.

—Ni falta que hace… —sonrió ella, soñadora.

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