En 1945, antes de las explosiones nucleares en Japón, H. G. Wells (1866-1946) publicó su ultimo libro: Mind at the End of Its Tether (La mente al final del camino). Al contrario que la mayor parte de su obra ensayística, de tendencia entusiasta y reformadora, era este un texto muy breve y extremadamente pesimista. Wells consideraba que la idea de Humanidad sería pronto reemplazada por otra forma más avanzada de existencia. En lenguaje evolucionista: el ser humano actual sería pronto relevado por una especie más avanzada. Sus razonamientos se basaban en el registro paleontológico. Otra manera de hablar, si se quiere “otra metáfora”, para mejor referirse a los Antepasados. El Coyote baila por los muertos y hay un secreto en el margen.
Este libro de gran extensión, con un vasto aparato de notas que deben ser consultadas por el lector, muy alejado al menos en apariencia de las concepciones materialistas, cientifistas y seculares del autor de La guerra de los mundos (1898), gira en torno a dos experiencias espirituales e intelectuales centradas en la psicología analítica y la filosofía antigua: la de Carl Gustav Jung (1875-1961), “feliz por haber escapado de la Muerte”, y la del propio Kingsley, que busca comprender en profundidad al primero. Cabezas gemelas oscilando descendentes hacia el reino de Maitre Carrefour… Sapere aude…
Ambas están hábilmente entretejidas desde el punto de vista literario y permiten, por su tono profético erudito y su perspectiva emic, atisbar significados poco destacados por la corriente principal de la academia relacionados con la evolución de la cultura contemporánea y su sempiterna crisis. Alguien podría decir mejor “involución” y no le faltaría razón. Nuestra cultura, a la que el autor califica de “cultura de ladrones”, la occidental, como bien sabemos vive momentos de intenso declive desde hace bastante tiempo, siendo objeto este proceso entrópico (¿no será más bien un procedimiento?) de numerosas obras ensayísticas y literarias. Llevamos decayendo, y siendo conscientes de ello, varios siglos… ensayando e imaginando todo tipo de “soluciones”.
¿Qué es lo que en nuestro interior, de forma individual y también colectiva, está empeñado en destruir lo sagrado?, se pregunta el autor.
Los peces, emblema del cristianismo, agonizan lentamente. Y sin embargo aquí estamos. Hoy, más que nunca, perfectamente asentados en lo peor. Y lo peor, que aún está por completar su giro, es enemigo de lo malo. Los juegos de reactivación de los viejos dioses, Cristo o Alá incluidos, pueden ser contraproducentes por tener resultados imprevisibles. Quizá las ciencias exactas (¿y no lo es el simbolismo, según algunos de sus cultivadores?) sean menos exactas de lo que se supone.
Es este un libro de apasionante lectura sobre una temática difícil y comprometida, que el autor afronta con gran riqueza de datos y entusiasmo, implicándose a fondo en el asunto. Y este no es otro que comprender el propósito final de la obra del psicoanalista suizo, inseparable de su aventura espiritual y su conciencia de la crisis general de la cultura occidental. También del movimiento junguiano todo. Porque, como señalaba Goethe (1749-1832) y recoge, quizá con otra intención el autor, “el símbolo es la cosa sin ser la cosa y aun así es la cosa”.
Raimon Arola, por su parte, señala en su reseña:
“El objetivo último de este gesto es ambicioso: recomponer la fractura entre la cultura occidental y el sentido universal de la religión, devolver al conocimiento su dimensión sagrada y reconducir al ser humano hacia el paisaje interior que habita en cada uno. No se trata de añadir nuevas teorías, sino de recordar un saber antiguo que exige ser vivido, un saber que no se transmite solo con palabras, sino con una transformación de la conciencia.”
Kingsley, menos conciliador y más audaz, destaca que “la ciencia occidental es un veneno que ha de ser contrarrestado con encantamientos”.
Tanto el subtítulo de la obra, Carl Jung y el fin de la humanidad, como los de los cuatro apartados en los que se divide dan una idea clara del enfoque: “El loco místico”. “El regreso a la fuente original”. “El camino del ocaso”. “Catafalco”. Para profetas, terapeutas y gente corriente este es sin duda un excelente punto de partida para el periplo.
La concepción de lo sagrado que invoca Kingsley donde la locura es considerada, como ya lo hacían los antiguos, un punto arquimediano para partir al encuentro con lo numinoso, implica atender a la Divinidad. Cuidar de los dioses es servirles. Nos hemos escindido de Ellos sin notarlo siquiera y no es ajeno a ello la descalificación de los sueños proféticos, por motivos lógicos, operada por Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.). El espíritu de nuestro tiempo nos recluye en lo superficial, los dioses padecen de nuestra negligencia. Todo esto ya había sido experimentado incluso antes de la llegada del cristianismo. “Los oráculos, que acostumbraban a hablar con muchas voces, están ahora agotados como manantiales secos”.
El punto de partida para el programa de investigación que llevó a la práctica Jung experimentó un hito fundamental con las reuniones del Círculo Eranos, iniciadas en 1933 en Ascona (Suiza). Estas reuniones de sabios, científicos e investigadores, que se prolongan hasta la actualidad (el de este año conmemora al psicoanalista norteamericano James Hillman (1926-2011), que por cierto no sale muy bien parado en este libro), buscan entre otras cosas generar una experiencia de comprensión total mutua entre los asistentes. La búsqueda de la raíz común de todas las religiones había sido el principio de todo.
En Ascona está Monte Verità, desde 1900 espacio de reunión de miembros de asociaciones socialistas utópicas y vegetarianas. Gran parte de los movimientos feministas, “verdes” y anarquistas del siglo XX fueron fruto indirecto de esta encrucijada para buscadores, sito en el paraje del Ticino y dotado de peculiaridades magnéticas relevantes. ¿Hay conexiones, o más bien complementariedad, con el Silicon Valley californiano?
Según “la no invitada”, que no es “la loca de la casa” sino más bien su distorsión instrumental, aquella que pronto formará parte decisiva de la gran familia humana si alguna catástrofe definitiva no lo impide (me refiero a la Inteligencia Artificial, en este caso en concreto a la de Google):
Kingsley presenta a un Carl Jung que va más allá del psicólogo clínico, retratándole como un “loco místico” del círculo de Eranos, un gnóstico visionario y un profeta que se dio cuenta de la crisis profunda de nuestra cultura.
Este libro, que involucra al lector en numerosas temáticas, no siendo la menos significativa la consideración de una nueva religion a la espera de un mesías, como horizonte de posibilidad, requiere como punto de partida una lectura no aristotélica. Kingsley es doctor en filosofía por la Universidad de Londres y Fellow del Warburg Institute. Su especialidad son los estudios de filosofía Antigua y sus conexiones con áreas como la magia, los Misterios y el devenir antropohistórico de nuestra civilización. Es un erudito destacado especializado en figuras como Parménides (nacido sobre el 540 a.C.) y Empédocles (495-435 a.C.), cuya imagen académica ha transformado al incorporar una sutil revisión crítica desde la filología. Su conocimiento del sufismo es sobresaliente y entre las mejores páginas del libro están las dedicadas a Henri Corbin (1903-1978) con ocasión del brillante tratamiento del filósofo persa, místico y mártir Sohravardí (1155-1191). No se escatima una crítica, seguramente merecida, a las posiciones rígidas del tradicionalismo guenoniano.
En esta modesta aportación de corte divulgativo nos centraremos en dos cuestiones y solo dos: el gnosticismo de Jung y su dimensión como visionario y profeta. La piedra de toque para ambas (sigo en todo momento al autor), son El Libro rojo (Liber Novus) y determinadas visiones y sueños, varios de ellos proféticos y nada optimistas, que acompañaron al psicoanalista suizo durante toda su vida. Tras la ruptura con Sigmund Freud (1856-1939) en 1913 Jung sufrió una grave crisis que algunos intérpretes han considerado una psicosis y otros, como Kingsley, el comienzo de una confrontación iniciática con lo inconsciente. Un descenso ad inferos. Este texto, escrito a mano y con pulso firme entre 1914 y 1930, al que incorporó numerosas pinturas (tanto Jung como Mani (216-274), el profeta de Babilonia, eran dibujantes excelentes) no sería publicado hasta 2009, mucho después de su muerte.
Jung fue iniciado por el espíritu de las profundidades a los misterios del inframundo. Aquí no hubo conceptos ni actitudes literarias, sino una dura experiencia interior. La razón como veneno debe ser desactivada, dejando atrás al espíritu de los tiempos, y sobre las cenizas de la racionalidad acceder a una experiencia viva de Dios. Ni que decir tiene que esta interpretación y el mismo “Rote Buch” no fueron bien aceptados por la mayor parte de los miembros de la comunicad analítica junguiana: los tramoyistas ciegos. El libro aporta sobre esta polémica fascinante numerosos materiales de gran erudición e interés. Y como el autor no teme ser intempestivo, el lector que no hace ascos a la polarización, pues es la esencia de la vida, encontrará especialmente deliciosas esas páginas.
Los gnósticos no sólo tuvieron problemas en su momento con la Iglesia naciente y militante que pronto se convertiría en establecida, también con los neoplatónico,s en concreto con Plotino (205-270). Aunque se ha señalado que Jung, como Philip K. Dick (1928-1982), fue un gnóstico reluctante, esto no es cierto. Pero Jung mantuvo hasta poco antes del final de su vida bastante discreción sobre el misterio de la deificación, objeto final de los trabajos alquímicos, que trae consigo la supuesta adquisición de la inmortalidad.
En 1938 Jung, durante una visita a Calcuta, tiene un sueño donde se le deja claro, por parte de su daimon y guía interior Filemón, su “maestro con alas de martín pescador”, que la clave no está en las sabidurías orientales sino en una cuestión que había resultado irresoluble para el cristianismo: el Misterio del Grial. El mito medieval de la caballería griálica, que protagoniza el Caballero como receptor, es el secreto más profundo posible para un ser humano y se asimila al misterio de la individuación. Los gnósticos fueron la verdadera fuente del cristianismo.
La alquimia es un lenguaje, también un linaje, soterrado. Nuestro mundo está sometido a una intensa y creciente psicosis colectiva. La travesía al mundo de los muertos y la “cristificación” de la multitud nos hablan de las caras esotérica y exotérica respectivamente del trabajo de Jung.
Las últimas visiones del autor de Aion (1951), muy cerca del año de su muerte, auspiciaban una posible guerra que dejaría inhabitable gran parte del planeta. “Moriremos por nuestra propia mano, por mor de nuestra infantilizada psicología colectiva”.
El mundo necesita ser salvado y precisamente porque no podemos ver esto es por lo que esta siendo destruido.
El libro ha sido impecablemente traducido por José Manuel Espadas y revisado por Carolina Kondratriuk, Nicolas León Ruiz y Enrique Galán Santamaría. Sin este último, psicoanalista junguiano practicante, por su trabajo, entusiasmo y saber, habría sido imposible llevar a buen término la publicación de la edición española de las Obras completas de Jung.
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Autor: Peter Kingsley. Título: Catafalco: Carl Jung y el fin de la Humanidad. Traducción: José Manuel Espadas. Editorial: Atalanta. Venta: Todos tus libros.


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