Mi abuelo compró una burra y unos diminutos pedazos de tierra, más verticales que horizontales, solo con la palabra.
Decir era comprometerse. No hacía falta más.
Había pobreza, dureza y mala leche, seguramente más que ahora.
Pero no había esa facilidad para decir sin hacerse cargo de lo dicho.
Antes faltar a la palabra manchaba. Hoy basta con corregir el tono.
Hoy la palabra circula de otra manera.
Se dice “no a la guerra” como quien se absuelve, aunque luego no moleste ni el negocio de la guerra ni la comodidad de mirar hacia otro lado.
Se lamenta el desastre educativo con una facilidad sospechosa, aunque casi nadie quiera tocar nada de lo que lo sostiene.
Se firma, se comparte, se comenta. Y ahí termina todo.
También ocurre en lo pequeño.
Se promete llamar, ayudar, estar, volver. Palabras mínimas, casi domésticas, que antes obligaban y hoy se evaporan sin dejar ni siquiera vergüenza.
Ya no se habla para responder de lo dicho, sino para quedar a salvo.
Se habla de justicia, de igualdad, de derechos, como quien marca una casilla. También de empleo, de vivienda, de futuro. Se anuncian planes, se aprueban decretos, se levantan consignas.
Palabras grandes para problemas reales que no se arreglan con palabras, pero que se disimulan con ellas.
No es un problema de una ideología concreta. Es algo más amplio: la costumbre de confundir una consigna, una etiqueta o un diagnóstico con una forma de acción.
Se adopta el símbolo o se repite la consigna, y con eso uno da por cumplido lo que no piensa vivir.
Y eso se ha extendido a todo: a la política, que anuncia y rectifica sin pagar precio; a la vida pública, donde decir sustituye a hacer; a la conversación diaria, donde uno aprende a colocarse sin exponerse.
Las palabras ya no obligan. Solo posicionan.
Sirven para estar en el lado correcto, no para sostener nada. No han cambiado de significado: han dejado de tener consecuencias.
Se ha impuesto un lenguaje que suena serio, convincente. Un lenguaje que habla de compromiso, de valores, de conciencia. Pero funciona como coartada.
Eslóganes afilados, pegados a la pared como instrucciones.
Se dice lo que hay que decir, y parece suficiente. Basta con repetir ciertas palabras para quedar a salvo.
Las palabras ya no se usan para sostener nada, sino para cubrirse.
Por eso cuesta creer. No porque falten palabras. Sino porque ninguna obliga.


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