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La playa, de Cesare Pavese

La playa, de Cesare Pavese

Entre las rústicas y familiares colinas del Piamonte y las ociosas playas de Liguria toman cuerpo en esta novela los temas más característicos de la narrativa de Pavese: la amistad, el apego a la tierra y el imperceptible pero aplastante peso de la existencia. Zenda reproduce el prólogo firmado por Luisgé Martín y las primeras páginas de esta edición de La playa, de Cesare Pavese, publicada por Altamarea.

Prólogo

Hace muchos años, en un texto sobre El camarada, escribí unas palabras que sirven para cualquier libro de Cesare Pavese. «La obra de algunos autores despierta admiración; la de otros despierta además afecto, que a la larga es un sentimiento mucho más perdurable. Resulta tristemente irónico que Pavese sea uno de estos últimos, pues al parecer toda su vida estuvo envenenada por la soledad y el desamparo. Se suicidó a causa de ello […], cuando su mejor madurez literaria estaba a punto. Su gran obra no llegó a escribirla nunca, y es quizá por eso por lo que resulta tan difícil escoger de entre sus libros solo uno».

Tal vez su gran obra sean los diarios íntimos, que fueron publicados póstumamente, en 1952, con el título de El oficio de vivir. En ellos dejó recogidas anotaciones de vida que son muy útiles para interpretar su obra, aunque no haya demasiadas claves explícitas. De lo que sí queda constancia es de su carácter atormentado, de su inestabilidad emocional y de su pasión por encontrar en la literatura —en la norteamericana muy especialmente— la explicación de la vida. «Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más» es la célebre última anotación que hizo en esosdiarios. Nueve días después se suicidó en un hotel de Turín tomando somníferos. Allí, en ese hotel, se encontró un ejemplar de Diálogos con Leucò con una nota de despedida en la que perdonaba a todos y a todos pedía perdón. Según algunos testimonios, se encontró además el manuscrito del poema que da título a su último libro de versos, también póstumo: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Yo comencé a leer a Pavese, con devoción, a principios de los años 80, e incluso algunas de las novelas de mi prehistoria literaria estaban influenciadas por él, por su estilo sencillo de frases cortas y por su mirada de apariencia ingenua hacia el mundo. Me fascinaba Pavese porque compartía con él el desconsuelo de la vida, la insatisfacción de todo. Sus personajes eran perdedores casi nunca trágicos. No les acontecía ninguna catástrofe, simplemente se sentían aplastados por el peso de vivir. Por el oficio de vivir.

Cuando releí años después algunas novelas de Pavese, entre ellas El camarada y La playa, que ahora se reedita, tuve una idea extravagante que nunca he repudiado del todo: Pavese me fascinaba también por el homoerotismo que hay en sus historias. Un homoerotismo nunca cumplido ni nombrado como tal, pero que alumbra invisiblemente las relaciones humanas de los personajes.

En La playa, la pareja central no son el matrimonio formado por Doro y Clelia, sino Doro y el narrador sin nombre, que habían sido grandes amigos en la primera juventud, antes de que las mujeres irrumpieran en su trato íntimo masculino, lleno de camaradería, y la adolescencia les abriera las puertas a las luminosas excelencias de la sexualidad.

La sexualidad de Pavese estuvo mortificada por sus inseguridades, su timidez y sus problemas endémicos con las mujeres. Su fama de misógino no es infundada, queda rastro de ella en sus diarios y en toda su literatura. Una simple cita de La playa: «Pero es mala. Es como todas las mujeres, que se aprovechan del ridículo para avergonzar a los hombres».

No hay ninguna constatación biográfica de que Cesare Pavese haya tenido inclinaciones homosexuales, pero sus problemas con las mujeres —estos sí reales— le dan involuntariamente a su literatura un aire masculinizado y androcéntrico. La amistad entre hombres, la camaradería, se conforma como el sustento sentimental más importante de sus personajes. Las mujeres, cuando se presentan, son los obstáculos, la tentación, las brechas de ruptura.

La playa es una historia de estructura muy simple: el narrador sin nombre acude a una localidad costera a pasar el verano con un antiguo amigo de juventud al que ha seguido viendo esporádicamente después de que se casara y se marchara a vivir a Génova. Durante esos días veraniegos se reúne en aquella playa un puñado de personajes que escenifican la vida. Los sueños, las ambiciones, la desgana y, por supuesto, los amores.

Antes de llegar a la playa, hay una larga escena que a mi juicio es fundamental en la comprensión del libro: Doro, que lleva años viviendo lejos de Turín, casado con Clelia, aparentemente feliz, regresa en los primeros días del verano a la ciudad piamontesa para volver a hacer una excursión por las colinas de los alrededores, en las que había pasado su infancia. Su tierra, como él mismo la llama. La nostalgia es uno de los temas capitales de la narrativa de Pavese, que murió a los cuarenta y un años, a una edad en la que la nostalgia aún no suele haberse apoderado del temperamento humano. La playa se publicó en 1942, cuando el autor tenía apenas treinta y cuatro años.

Pero esa escena, que ocupa el capítulo ii de la novela, tiene un sentido restaurador que va más allá de lo nostálgico (o que es una expresión menos emocional de lo nostálgico): en Pavese siempre hay una obsesión por volver a la pureza que alguna vez se tuvo, por recomponer los sentimientos primigenios, por apartar todas aquellas cosas con las que el mundo ha ido manchando nuestra vida y apartándola de su inocencia original, y entre ellas se cuentan, sin duda, las mujeres.

Clelia, la mujer de Doro, es un personaje misterioso, dibujado solo en lo externo, en su faceta social. No se explica muy bien cuál es la naturaleza del amor que la une a Doro. O, dicho de otra forma, se duda en varios momentos de la naturaleza de ese amor, se envían pistas imprecisas, como si se pusiera en cuestión que el amor pueda ser simplemente amor.

La playa, como todas las novelas de Pavese que no tienen una impronta política mayor, habla únicamente de la confusión de las relaciones humanas. Ese grupo de veraneantes heterogéneo reunido en la playa se enreda en seducciones, amistades, amoríos, confidencias y pequeñas traiciones sin que pase nada importante en la superficie. Lo que pasa es la vida. La mediocridad insultante de la vida. La fugacidad de todo.

Resulta significativo que el narrador sin nombre sea el único personaje que ni tiene amor ni lo busca. No quiero abundar en la lectura homoerótica, que es sin duda estrafalaria, pero sí creo conveniente poner cierto énfasis en esa carencia, que emparenta bien con el descreimiento de Pavese en los afectos. Ese descreimiento que lo llevó al suicidio. La amistad del protagonista narrador con Doro —prolongada de alguna manera vicaria en su relación con Clelia— es el núcleo de la novela, pero incluso esa amistad pertenece a un tiempo narrativo anterior: en el tiempo de ese verano, todo es líquido, velado, brumoso. La pureza ha desaparecido. Las conversaciones están interrumpidas, llenas de sobreentendidos o de incapacidades. Pavese también es un autor de silencios, como todos los grandes. Los espacios opacos de la novela, los paisajes fuera de cuadro o desenfocados, tienen en realidad más importancia que lo que se nos muestra. ¿Quién es Berti, ese estudiante algo bobo y engreído? ¿Cuál es la vida no estival de Guido, por qué trata con la prostituta que finge no serlo? ¿Se siguen amando realmente Doro y Clelia? ¿Qué espera el narrador sin nombre de ese verano plomizo y lleno de hastío?

Casi nada se dice en voz alta. En Pavese la sugerencia, la insinuación o la deducción son cimientos narrativos. Los personajes hablan, se buscan, comparten bebidas o fiestas, pero sabemos que nada de eso es lo que los mueve o lo que los ilumina. Lo verdadero queda detrás, en la penumbra de la trastienda.

También escribí de El camarada: «Eso es lo que Pavese salva, la vida más primaria, la de la epidermis, la que los sentidos entienden y descifran: un vino tomado en una taberna de Roma, un paseo por calles solitarias, la tibieza del aire o la llegada a una ciudad extraña de noche se convierten en la médula. Incluso a veces parece que esos placeres insignificantes que se obtienen casi de baratillo compensan la persecución, el desamor y la desesperanza que reinan sin competencia».

Cada una de estas palabras sirve igual para La playa, aunque ahora tengo dudas de que Pavese llegara a creer nunca que ese júbilo de los actos pequeños compensara de los males de la vida (su suicidio parece probar que siempre tuvo claro que no era así). Hay en esta novela una exploración de lo sensual, comenzando por la elección del título: la playa tiene un protagonismo residual en la novela, pero simboliza justamente esa indolencia de la vida detenida, de la despreocupación, del sol suave que anestesia los sentidos.

«No recordamos días, recordamos momentos», dijo al parecer Pavese. La playa es una sucesión de momentos, de impresiones vagas que caminan hacia ninguna parte, como la propia vida. Quiero insistir en la advertencia al lector de novelas de trama: La playa le decepcionará, porque tiene un trazo impresionista, porque no hay grandes giros narrativos ni anécdotas sobresalientes. Aunque contiene escenas inolvidables, como la de la serenata nocturna a Rosina en el pueblo de infancia de Doro, su aliento es el de la evocación, el de la sombra.

Impresiones vagas que caminan hacia ninguna parte, como la vida. El final de la novela, a pesar de su rotundidad, abunda en ese desvalimiento. Todo parece cerrarse, pero en realidad nada se cierra. Las grandes dudas —las de los sentimientos de los personajes— se redoblan. Todo queda resuelto por la providencia, por la biología. Incluso hay una cierta alegría en Doro por no tener que decidir: seguir viviendo como la propia vida manda que se haga.

En ese final, del que nada quiero anticipar a los lectores desprevenidos, está también el sello inconfundible de Pavese: el destino, la fuerza de la gravedad, la perplejidad del mundo. El 24 de mayo de 1938, años antes de escribir La playa, anotaba en su diario: «Es bello cuando un joven —dieciocho, veinte años— se para a contemplar su propio tumulto y trata de captar la realidad y aprieta los puños. Pero menos bello es hacerlo a los treinta como si nada hubiera sucedido. ¿Y no te da frío pensar que lo harás a los cuarenta, y todavía después?» Los personajes de Pavese siempre tienen una juventud detenida, siempre contemplan su propio tumulto, siempre se sienten aturdidos ante él, siempre hacen el ademán de negar el desengaño. El narrador sin nombre y Doro, en La playa, también.

***

La Playa

Hacía tiempo que había acordado con mi amigo Doro que me quedaría unos días en su casa. A Doro lo quería muchísimo y cuando, al casarse, se trasladó a Génova, casi me da algo. Cuando le escribí para rechazar la invitación a la boda, recibí una respuesta seca y arrogante en la que me explicaba que, si el dinero no sirve ni siquiera para instalarse en la ciudad que le gusta a la mujer de uno, entonces no se entiende para qué otra cosa puede servir. Después, un buen día, de paso por Génova, me presenté en su casa e hicimos las paces. Me cayó muy simpática su mujer, una chiquilla muy avispada que me dijo de forma adorable que la llamase Clelia y que nos dejó solos el tiempo necesario. Y que, cuando por la tarde volvió a aparecer para salir con nosotros, se había convertido en una señora encantadora a la que, de haber sido yo otro, habría besado la mano.

Durante ese año regresé varias veces a Génova, y siempre iba a visitarlos. Rara vez estaban solos, y Doro, por su desenvoltura, parecía haberse adaptado muy bien al ambiente de su mujer. O debería decir que era el ambiente de la mujer el que había reconocido en él a su hombre y que Doro se dejaba, despreocupado y enamorado. De vez I 20 en cuando cogían el tren él y Clelia, y hacían un viaje, una especie de luna de miel intermitente que duró casi un año. Pero tenían el buen gusto de apenas hablar de ello. Yo, que conocía a Doro, estaba encantado con ese silencio, pero también sentía envidia: Doro es de esos a los que la felicidad vuelve taciturnos, y al encontrarlo siempre sereno y concentrado en Clelia comprendía cuánto debía de estar disfrutando de su nueva vida. En realidad, fue Clelia quien, cuando tuvo un poco de confianza conmigo, me dijo un día que Doro nos dejó a solas:

—Oh, sí, está contento. —Y me clavó la mirada con una sonrisa furtiva e incontenible.

Tenían una casa en la Riviera y, a menudo, viajaban hasta allí. Esa era la casa en la que debía haberme hospedado. Pero ese primer verano el trabajo me llevó a otro lugar y, además, debo decir que me daba un poco de apuro la idea de entrometerme en su intimidad. Por otro lado, verlos, como siempre los veía, en su círculo genovés, saltando casi sin respiro de conversación en conversación, soportar sus veladas, que me dejaban indiferente, y, en resumen, hacer un viaje para cruzar una mirada con él y dos palabras con Clelia no merecía la pena. Empecé a distanciar mis escapadas y me convertí en escritor de cartas, tarjetas de felicitación y alguna perorata de vez en cuando que sustituían de la mejor manera mi vieja rutina con Doro. A veces era Clelia quien me respondía: una caligrafía apresurada y suelta, y noticias amables elegidas con inteligencia entre el cúmulo cambiante de pensamientos y de hechos de otra vida y de otro mundo. Pero tenía la impresión de que era precisamente Doro quien, sin ganas, dejaba a Clelia este encargo; eso me disgustó y, sin siquiera sentir grandes arrebatos de celos, me alejé de ellos aún más. En un año 21 escribí, quizá, unas tres veces, hasta que un invierno recibí una visita fugaz de Doro, que durante todo un día no me dejó ni un minuto y me habló de sus negocios —venía por esto—, pero también de viejas experiencias que nos interesaban a ambos. Lo noté más comunicativo que antes, y eso, después del distanciamiento, era lógico. Me reiteró la invitación para que pasara unas vacaciones en su casa de la playa. Le dije que aceptaba con la condición de vivir por mi cuenta en un hotel y quedar con ellos solo cuando tuviésemos ganas.

—Está bien —dijo Doro riéndose—. Como quieras. No queremos comerte.

Después, durante casi otro año, no tuve noticias suyas, y llegada la temporada de playa por casualidad estaba libre y sin un plan concreto. Me tocó entonces escribir para preguntarles si querían verme. Me respondió un telegrama de Doro: «No te muevas. Voy yo».

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Autor: Cesare Pavese. Título: La playa. Editorial: Altamarea. Venta: AmazonCasa del libro