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La popa de una gallina anglicana, de Juan Gómez-Jurado

La popa de una gallina anglicana, de Juan Gómez-Jurado

Fragmento de La marcha de Gálvez, de Augusto Ferrer-Dalmau.

La popa de una gallina anglicana, de Juan Gómez-Jurado, tiene lugar en una taberna de Cádiz. Allí un viejo cañonero recuerda a un joven marinero sus hazañas contra los ingleses durante la Guerra de la Independencia. 

Este cuento está incluido en el libro Bajo dos banderas —editado por Zenda e Iberdrola—. Doce miradas, doce relatos de España en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, firmados por doce relevantes escritores españoles: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte Clara Sánchez y Lorenzo Silva.

 

Cádiz, 18 de octubre de 1805

 

El marinero entrecerró los ojos al entrar en la taberna. Afuera hacía fresco, y el aire estaba cargado de salitre y humedad. Dentro, el humo de las velas y el vino de a dos reales flotaban en una miasma de blasfemias, bravatas y risotadas. Las putas eran pocas y estaban ocupadas, y el tabernero no daba abasto, así que el marinero se encogió de hombros y buscó un taburete cerca del fuego.

No hubo mejor fortuna con eso: al menos había una docena de hombres formando un círculo alrededor de las llamas, entrechocando las jarras y jurando sobre la tumba de sus madres no volver a tierra hasta haber matado diez ingleses, cien ingleses, un millar de ingleses. Que no quedaría ni uno en toda la condenada isla, de verse cumplidos aquellos votos inquebrantables.

Resignado a su suerte —y maldiciendo al contramaestre que le había retenido a bordo más de lo acostumbrado, para estibar barriles en la bodega— el marinero  se aproximó a la última de las mesas, en la que un borracho solitario roncaba con la cabeza semihundida en un plato de gachas. A falta de otro sitio, se dejó caer en uno de los taburetes, confiando en que el borracho siguiera roncando.

—¿Qué va a ser? —preguntó la camarera, sin mirarle a la cara, pues estaba ocupada manteniendo en precario equilibrio una docena de jarras vacías sobre una bandeja desportillada.

—Una de vino de Toro, pan y queso —pidió el marinero, echando unas monedas sobre la mesa.

—Y dos vasos —añadió el borracho, sin abrir los ojos ni separar la cara del plato de gachas.

El marinero le contempló asombrado, pero no pudo reaccionar. La camarera ya había hecho desaparecer las monedas en el bolsillo del delantal, y se marchaba camino de la barra.

—Os habéis invitado muy rápido —dijo el marinero.

"Construido en maderas preciosas: Júcar, caguairán, fina caoba. Lo apodaban El Escorial de los mares. El nombre se había vuelto irónico con el tiempo, porque por su lentitud y su pesadez, había quien insinuaba que navegaba con la soltura de una piedra"

—Derechos de amarre, muchacho, derechos de amarre —respondió el otro, incorporándose un poco. Tenía la cara llena de los restos anaranjados de las gachas, que le cubrían las mejillas y parte de la barba entrecana. Se dedicó a rasparlos con uñas de luto y frotarlos con la manga de un abrigo raído, para el que cabía dudar que hubiera visto mejores tiempos en vida de aquel hombre. Que si no tenía los sesenta, poco le faltaba.

La operación le llevó un buen rato, casi tanto como el tiempo que tardó la camarera en volver con la comanda. Largos minutos en los que el marinero le miró con asombro y el borracho con indiferencia.

—¿Dónde recalas? —inquirió el borracho, señalando los pantalones a rayas y el chaleco azul índigo que vestía el marinero.

—En el Santísima Trinidad —respondió el otro con orgullo. Era el navío de línea más grande de la historia de la navegación. Ciento cuarenta cañones, doscientos trece pies de eslora, mil ciento sesenta almas a bordo. Construido en maderas preciosas: Júcar, caguairán, fina caoba. Lo apodaban El Escorial de los mares. El nombre se había vuelto irónico con el tiempo, porque por su lentitud y su pesadez, había quien insinuaba que navegaba con la soltura de una piedra. Una piedra muy cara y muy grande.

—Buen barco, vive Dios. Buen barco. Y sé de lo  que hablo.

"Estiró la mano por encima de la mesa, y el marinero la estrechó, no sin cierto escrúpulo. Era dura y áspera como el cuero secado al sol"

El marinero le dirigió una mirada de extrañeza, pero antes de que pudiera preguntar al hombre aquel cómo podía saber él de barcos, la camarera arrojó sobre la mesa un plato de madera repleto de pan y queso en lonchas.  Al lado aterrizaron los vasos y la jarra. Esta última, milagrosamente, apenas derramó cuatro gotas que el borracho recogió prontamente con la yema del dedo índice antes de chupárselo con fruición.

—No hay que dejar que nada se desperdicie. ¿No te ha enseñado eso tu madre? —dijo, riéndose, ante el asco pintado en el rostro del marinero.

—Perdí a mi madre de muy niño.

—¿Eres de aquí, muchacho? El acento te delata

—Viví un tiempo en Vejer de la Frontera antes de volver a Cádiz. Pero sí, soy gaditano.

—¿Tienes nombre, gaditano?

—Gabriel.

—Yo soy Julián. Julianín, Julián Rodríguez, Julián el cañonero, Julián el Trompa. Cuatro nombres, una vida.

Estiró la mano por encima de la mesa, y el marinero la estrechó, no sin cierto escrúpulo. Era dura y áspera como el cuero secado al sol.

—Eres nuevo en esto —dijo Julián, notando la mano del otro fuerte, pero aún no curtida.

—Seis meses llevo. ¿Decíais que sabíais de barcos?

¿Habéis sido cañonero?

—Algo sé, algo sé. Y algo he disparado. Verás, yo mnavegué con Luis de Córdova. Dios lo tenga en su gloria y no le deje salir nunca, que el viejo hideputa aún es capaz de volver a mangonearnos.

Gabriel abrió los ojos como platos. Incluso para un novato como él, el nombre de Córdova seguía inspirando un respeto reverencial.

—¿El Capitán General? ¿El héroe del bloqueo de Gibraltar?

"El viejo borracho sonrió, y fue una sonrisa dulce que le quitó veinte años de encima a su rostro ajado"

—Con el estuve allí, muchacho. A bordo de ese mismo barco en el que tú navegas. Aún recuerdo cómo nos rehuyeron los ingleses. Más de treinta eran, y nosotros cuarenta y seis. Y nos volvieron la popa, las gallinas anglicanas —escupió, con desprecio, por un hueco entre los dientes—. Una única andanada les arreamos, en vano. Apenas les arañamos el barniz, y un par de desarboladuras. Nada serio. Es difícil agarrar a una gallina anglicana cuando te vuelve la popa.

Excitado, Gabriel se inclinó por encima de la mesa y le agarró del brazo.

—No estaríais, por ventura, con él cuando…

El viejo borracho sonrió, y fue una sonrisa dulce que le quitó veinte años de encima a su rostro ajado.

—Sí, muchacho, yo estuve con Córdova en el Cabo de Santa María. Devuélveme el trinquete, anda, pide más vino y te lo cuento.

El marinero le soltó, algo avergonzado, e hizo gestos a la camarera.

—Habladme de aquel día, por favor. El más glorioso de los días de la Armada Española.

—No blasfemes, muchacho. Ese día no puede ser otro que Lepanto, ni podrá serlo nunca aunque mil años más naveguen los barcos de su Majestad.

—¿Quizás me admitáis entonces que el Cabo estaría en un honroso segundo puesto?

Julián dedicó unos instantes a pensar, con la vista clavada en el fondo del vaso.

—Puedo convenir a ello, sí. Y no solo porque estuviera allí y lo viera con mis propios ojos.

—Contadme todo, entonces. Y no omitáis detalle — pidió el marinero, con avidez.

El borracho inspiró con fuerza y comenzó su relato.…

"Y nos lanzamos al ataque, las fragatas primero, los perros gordos detrás. Y entonces vimos que eran solo tres escoltas. Tres, muchacho, si puedes creerme, y sé que puedes. Tres escoltas para proteger cincuenta y cinco barcos"

Corría el año del Señor de 1780, y ya estábamos metidos en harina con esos ingleses a los que Dios confunda. Las colonias rebeldes traían a mal traer a Jorgito, y nosotros decidimos juntarnos con los gabachos para ponérselo difícil. Que unos herejes fuertes no los quiere Dios, y nosotros menos. Ya el año anterior les habíamos dado cera en el Canal de La Mancha, aunque en aquella yo estaba de permiso, y bien que me alegro. Porque Córdova desbandó a los ingleses en su propio vestíbulo, y capturamos el Ardent, y todo apuntaba a que por fin  les podíamos invadir. Y de cabeza hubiéramos ido, si no hubiera sido por los gabachos que navegaban con nosotros, que dijeron que nones. Mientras se decidían a invadir o no invadir, tuvieron peste a bordo de los buques gabachos, que lo raro es que no la tengan siempre, pues un gabacho es mejor que un inglés solo por un pelo del coño, y porque lo dice el Papa. Y eso cerrando un ojo y ambas narices para no olerlos. Y claro, nos pegaron la peste y todo se fue al santísimo carajo. Así que Córdova volvió la proa para casa, que fue cuando me subí yo de vuelta,  y sin coger la peste ni nada. Y al verano siguiente, voto a Dios, no va y recibe el buen Capitán un aviso de los espías, que dicen que sale de Portsmouth, rumbo a las colonias del Norte un puñado de barcos, y que les vayamos a buscar. Y hubo quien no estaba conforme en la Corte, porque decían que Córdova era muy viejo para una empresa como esta, y eso lo supimos porque nos lo contó él mismo, cagándose en las santas madres de los chupatintas y soplanucas que bailan el agua en Palacio. Pero llegó la orden, llegó, y salimos con la flota entera del Estrecho rumbo al cabo de Santa María. Y lo que nos encontramos era mejor de lo que nos habíamos imaginado. Porque el puñado de barcos era un doble convoy, que debía dividirse en dos algo más lejos. La mitad se iba para las colonias del Norte, la otra mitad para la India, que también anda enemistado allí Jorgito con los de aquellas latitudes. Iban todos juntos, para que no les cazáramos, sin sospechar que sabíamos que venían. Y una madrugada, 9 de agosto, creo recordar, la fragata exploradora los avistó a sesenta leguas al oeste de Cabo San Vicente. Y ahí fuimos todos, aún sin saber cuánto y cómo y de qué manera, vive Dios, pues sabíamos del convoy doble pero no sabíamos de la escolta, ni cuántos eran ni cuánto nos iban a joder. Pero Córdova, que es perro viejo, perro listo, dijo que para adelante con los faroles, que a santo de qué iban a navegar tan lejos de tierra si fueran bien seguros y con los cojones prietos y no en la garganta, como así iban. Y nos lanzamos al ataque, las fragatas primero, los perros gordos detrás. Y entonces vimos que eran solo tres escoltas. Tres, muchacho, si puedes creerme, y sé que puedes. Tres escoltas para proteger cincuenta y cinco barcos. Y nosotros llevábamos veintisiete navíos de línea, nada menos. Eso sin contar las fragatas, que nunca han valido para otra cosa que para otear y hacer bonito en los costados de una flota. Y ahí estaba Moutray, el comandante de los británicos, que nos ve llegar, en proporción de diez a uno, y es consciente de que la única mierda que va a poder proteger es la que se acaba de hacer en sus pantaloncitos de lino. Así que solo le queda hacernos frente y hundirse, en honor a Jorgito y a su falso Dios, o darse la vuelta y enseñarnos los pantalones cagados. Y eso hizo. Tan pronto nos vio, la gallina anglicana nos dio la popa  y tomó las de Portsmouth a una velocidad que no vi tal. Y entonces nuestro Córdova, el buen Córdova, nos mandó en «caza general», que yo nunca he oído tal tampoco ni volveré. Y todos nos fuimos a dar caza a los barquitos desarmados, que se habían desbandado como palomas delante de un halcón, y los fuimos cazando durante todo el día y buena parte de la noche. Cincuenta y    dos cayeron, solo tres se escaparon y porque era tarde. Tan pronto les enfilábamos de borda y les enseñábamos las troneras, corriendito arriaban el pabellón y se abrían de piernas. Y cuando hicieron cuentas, que bien de memoria me las sé, porque he contado esto alguna vez antes que a ti, muchacho, supimos que habíamos hecho dos mil novecientos cuarenta y tres prisioneros, casi trescientos cañones, tres mil barriles de pólvora, equipos y pertrechos para doce regimientos, provisiones y ochenta mil mosquetes. Que se fue al carajo aquel día la guerra de Jorgito, y la Bolsa de Londres y Lutero que la fundó.     Y lo mejor de todo, todo sin disparar un solo cañonazo. Así que ya ves, poco me gané el jornal, pero la gloria sí que me la llevo. Al menos un poco, que se la merece más Córdova. Tanto que el propio rey Carlos, que Dios guarde, dijo: «Mejor alentado y sufrido me ha salido el viejo, con sus achaques, que todos los señoritos de Brest». Y bien verdad era.…

"Al concluir el relato, Gabriel y el borracho se quedaron en silencio, el uno sobrecogido de gloria y de banderas, el otro agotado y soñoliento"

Al concluir el relato, Gabriel y el borracho se quedaron en silencio, el uno sobrecogido de gloria y de banderas, el otro agotado y soñoliento.

No dijeron nada. No hacía falta.

No quedaba sino despedirse.

—Partiremos con la marea. He de marcharme ya, o mi contramaestre se hará un tambor con mi piel, como él gusta de repetir.

El marinero se puso en pie y estrechó la mano del viejo cañonero.

—Gaditano, aún no me has dicho a dónde navegáis.

—A un lugar insignificante, del que nadie ha oído hablar y que a nadie le importa.

—¿Y qué lugar es ese?

—Trafalgar, se llama.

—Nunca he oído hablar de él —dijo el viejo borracho— pero seguro que será un sitio que las gallinas anglicanas no olvidarán jamás. Voto a Dios que veréis muchas popas.

Y, de un trago, apuró las últimas gotas de vino que quedaban en el vaso, que quedó, seco y marchito, volcado sobre la mesa.

Portada de Bajo dos banderas

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Título: Bajo dos banderas. Autores: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte, Clara Sánchez y Lorenzo Silva. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita: Amazon y Kobo.

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