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‘La princesa prometida’: Amor verdadero y secundarios memorables

‘La princesa prometida’: Amor verdadero y secundarios memorables

La princesa prometida es uno de esos actos de equilibrismo difíciles de conseguir: es a la vez parodia de todo un género, mientras que al mismo tiempo es un gran ejemplo de lo parodiado. En este caso, se trata de los cuentos infantiles de princesas, mezclado con los relatos de aventuras juveniles e incluso con lo que se dio en llamar «romance ruritano», en honor a El prisionero de Zenda, consistente en ambientar historias en ficticios reinos entre medievales y decimonónicos vagamente situados en algún lugar de Europa Central u Oriental. Tanto el libro original de William Goldman como la película de los años 80 con guion que él mismo adaptó son a la vez divertidos, emocionantes y dignos de pasar de generación a generación, entre frases inolvidables usadas como contraseña para entendidos como «me llamo Íñigo Montoya», «inconcebible» y «como desees».

[Aviso de destripes en todo el texto]

William Goldman es un novelista, dramaturgo y guionista que ha tocado palos muy diferentes durante su carrera, dejando huella propia no solo en terrenos como la aventura juvenil que nos ocupa hoy, sino también en la no ficción política, el western y el cine bélico, como lo demuestran sus Oscars por Todos los hombres del presidente y Dos hombres y un destino, además de su adaptación de Un puente lejano, todas ellas representantes de máxima calidad en su género. En 1973, a los 42 años de edad, contrajo una neumonía que lo tuvo hospitalizado durante un tiempo y que afectó a su salud durante meses. Producto de estos meses fue un estallido creativo durante el que escribió, entre otras cosas, La princesa prometida, una novela de fantasía y romance de casi 500 páginas que homenajeaba las convenciones de varios géneros asociados, a la vez que se burlaba de ellas con afecto e imaginación.

Al igual que el Quijote se supone que no es más que una traducción del árabe aljamiado hecha por Cervantes, o que El Señor de los Anillos es una versión del Libro Rojo de la Comarca de Bilbo Bolsón escrita por Tolkien, o que toda la saga de Alatriste viene del hallazgo de los papeles del alférez Balboa, aquí Goldman también se inventa un truco literario consistente en presentar su novela como una versión abreviada del trabajo de otro autor, un tal «S. Morgenstern». Así, el título completo del libro es The Princess Bride, S. Morgenstern’s Classic Tale of True Love and High Adventure, The ‘good parts’ version, Abridged by William Goldman. Y este ya es el primer chiste, o broma, o pulla, de la novela, reflejando el hecho de que hay algunas obras, como Ivanhoe, o varias de Shakespeare, o incluso el propio Quijote, que han visto cómo de ellas se han publicado versiones recortadas, con solo las «partes buenas», destinadas sobre todo a los lectores más jóvenes o con menos paciencia para el farragoso detalle histórico, las ironías pasadas de moda o las historias dentro de otras historias. De hecho, pronto veremos que eso es precisamente lo que quiere el primer protagonista de la película, el nieto enfermo a quien su abuelo viene a leerle la historia que le da título: quiere oír solamente las partes emocionantes del relato, y no toda esa monserga de besos y romances.

Después del título, la licencia literaria continúa por parte de Goldman en la introducción al relato propiamente dicho, inventándose parte de su propia biografía, diciendo por ejemplo que tiene un hijo y una esposa psiquiatra de profesión, cuando en realidad tenía dos hijas y su mujer no trabajaba en eso. Goldman incluso llega a escribir que la escena de los Acantilados de la Locura le influyó a la hora de rodar una escena similar en Dos hombres y un destino, cosa imposible, porque esta película (de 1969) es anterior al libro. Además, durante toda la novela, el autor interrumpe continuamente la trama, en su papel de «puenteador» o abreviador y anotador de una obra original de otra persona. Muchos lectores se creyeron todo esto, o al menos parte, y en los años 70 no era fácil verificar este tipo de cosas. En realidad todo comenzó cuando las hijas de Goldman, las reales de verdad, le pedían cuentos sobre princesitas, que iban componiendo poco a poco, con esos nombres sonoros y un tanto ridículos que luego se colaron en el libro, como Humperdinck y Buttercup (Taza de Mantequilla, aunque también es el nombre de una flor de género ranúnculo), que recuerdan a cosas como Rumpelstiltskin, por ejemplo. Los nombres de los países imaginarios donde ocurre la historia, Florin y Guilder, son nombres de monedas antiguas reales europeas. Es decir, que el conjunto en general a menudo tiene un aire que te recuerda constantemente que todo esto es una mezcla, siempre divertida, de fantasía infantil e imaginación desatada.

Llegamos así por fin, después de toda esta hojarasca, a lo que es la historia en sí de la princesa prometida, que no es otra que una campesina, Buttercup, enamorada de un peón de su granja, Westley, que a su vez se ve obligado a irse por el mundo a buscar riqueza para que se puedan casar. Cuando a ella le llegan noticias de que Westley ha sido capturado por el temido pirata Roberts, que nunca deja víctimas con vida, cae en la desesperación y declara que nunca volverá a amar. El príncipe heredero de Florin, Humperdinck, se fija en ella y la escoge como su futura esposa, convirtiéndola así contra su voluntad en la princesa prometida del título. Entran entonces en escena un memorable trío de aventureros (Fezzik, Vizzini e Íñigo Montoya) que raptan a Buttercup, originando una serie de peripecias, rescates, duelos, venganzas, trampas, persecuciones y revelaciones sorprendentes tratadas con buen humor e ironía y a la vez con buena mano para el giro apropiado en la trama, digno de cualquier otra aventura de entre las mejores de su género: entre los momentos dignos de recuerdo están el juego mental con el polvo de iocaína, los Acantilados de la Locura, el Pantano de Fuego, la tortura con la Máquina que extrae un año de vida de los cuerpos humanos y el ataque final sobre el castillo de Humperdinck.

Toda esta sofisticación sobre la página presentaba grandes dificultades a la hora de considerarse una adaptación al cine. Nada más publicarse la novela, la 20th Century Fox pagó a Goldman medio millón de dólares por los derechos, y a punto estuvo de rodarse una película con Richard Lester como director, pero el encargado de la producción en la Fox fue despedido y el proyecto quedó en nada. Goldman recompró los derechos con su propio dinero, y entre la gente que intentó en años siguientes adaptar el libro estuvieron François Truffaut o Robert Redford. Finalmente fue el propio Goldman quien hizo el guion, con Rob Reiner como director.

Goldman logró mantener parte del falso aparato crítico y metaliterario que había inventado para la novela a base de comenzar la película haciendo que la historia que después veremos sea leída por un abuelo (Peter Falk, el mismísimo inspector Columbo) a un nieto suyo de 10 años que está enfermo en cama, más interesado en sus equipos deportivos y en sus videojuegos (cosecha del 87) que en otra cosa. El nieto, cuyo nombre nunca se nos da, no pone muy buena cara al empezar oír hablar de antiguos amoríos rurales, pero enseguida la aventura coge vuelo y para cuando acabe la historia, será el propio chaval quien se emocione, se inquiete e incluso se enfurezca cuando la trama no procede «como debe». Este detalle es otro metacomentario del propio autor sobre lo que está sucediendo: todo el mundo que está viendo la película o leyendo el libro ya ha visto o leído este tipo de historias anteriormente, y se supone que se nos está conduciendo al inevitable final donde el Amor Verdadero triunfe sobre todas las cosas, los malhechores reciban su merecido y todos sean felices y coman perdices, de forma que cuando hay dos o tres veces en las que parece que esto no es lo que va a ocurrir (¡Buttercup se va a ahogar en el agua! ¡Westley muere en la Máquina! ¡La boda con Humperdinck se va a celebrar de verdad!), el crío se rebela ante la ruptura en las convenciones del género.

Las vueltas y revueltas de la trama son lo suficientemente brillantes como para sostener toda la historia al nivel que es necesario conseguir en un relato de este tipo, pero si en la novela es todo el contenido irónico y metaliterario lo que la eleva a un nivel superior, en la película esto mismo ocurre debido a los actores, que resultan memorables uno por uno. Resulta casi imposible pensar en alguien más perfecto para hacer de Buttercup y Westley, dos ideales enamorados de cuento de hadas, que Robin Wright y Cary Elwes. Elwes de joven había leído la novela imaginándose a sí mismo como Westley, y en cuanto a Wright, ella consiguió el papel después de una extensa búsqueda sobre todo de actrices británicas. La directora de casting, Jane Jenkins, recuerda que «sonó el timbre, Rob fue a abrir, y allí estaba Robin con su vestido blanco de verano, con su melena rubia, y además rodeada con un halo por el sol, como retroiluminada por Dios. Goldman la vio así y dijo: «Eso es exactamente lo que escribí yo». Fue perfecto». Lo que hace funcionar a la película en general es que estos dos personajes están colocados en el centro, haciendo sus papeles de una manera completamente seria y canónica, como héroes del amor verdadero luchando contra las adversidades, mientras que a su alrededor son los secundarios los que dan variedad, vigor, humor e incluso esa «memorabilidad» al film. Westley todavía tiene un poco más de registro como jovenzuelo un tanto chulito y sardónico, de enrevesada frase graciosilla continuamente en los labios y enfado inmaduro por que Buttercup no le haya esperado durante nada menos que cinco años, pero ella se pasa prácticamente toda la película con una expresión de contenida angustia vital, toda apenados ojos azulísimos perpetuamente a punto de llorar, ante las penurias que le acontecen. Es un esquema básico que funciona de maravilla, tanto que la Disney lo ha adoptado muchísimas veces desde entonces: dos años después de esta película comenzó a segunda edad de oro de la animación en la compañía, con ejemplos como la Sirenita, Pocahontas, Esmeralda, Jasmine o Mulan durante toda la década siguiente en plan de voluntariosa dama en apuros que sale a flote merced a su propia resolución, a un compañero masculino heroico y a una serie de secundarios que son los que evitan el bostezo.

En este caso esos secundarios son ese grandioso trío formado por Vizzini, Fezzik e Íñigo Montoya, cuyos avatares a menudo hacen olvidar los de la pareja protagonista. Jugando con los topicazos étnicos, que muchas veces son parte más o menos inocente de muchos relatos de aventuras, Vizzini es un siciliano canijo, taimado y tramposo, el auténtico delincuente desalmado entre los tres, Fezzik es un luchador turco gigantesco, forzudo, amante de las rimas fáciles y en el fondo con un corazón de oro, e Íñigo es un espadachín español bigotudo, melenudo, impulsivo, con un acento falso que ni Antonio Banderas en El Zorro (una vez en que dice «ho, there», suena como «jo-der»), y con una misión de venganza personal que acaba siendo más memorable que las penurias de Buttercup: encontrar al asesino de su padre, reconocible por tener seis dedos en una mano, al que poder decirle su frase largamente ensayada… Venga, todos juntos: «Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate para morir». Ni Wallace Shawn es italiano ni Mandy Patinkin es español, o siquiera hispano, pero eso es también parte de la gracia, ya que sus personajes son recortables exagerados en dos dimensiones, que se hacen memorables precisamente por ser así. Junto a ellos sobresale (literalmente) André The Giant como Fezzik, un luchador en la vida real, afectado por el gigantismo y la acromegalia, que llegó a medir 2.24 de estatura y que tras su infancia en la granja francesa donde nació, pasó la mayor parte de su existencia en espectáculos de lucha libre hasta su muerte a los 46 años de un ataque al corazón. En abril de 2018 acaba de salir un documental en la HBO sobre su vida.

El apartado del diseño de producción también pone su granito de arena a la hora de aumentar el afecto por esta película. Es muy de los 80 en su estética, pero mucho menos exagerada en comparación con, por ejemplo, Dentro del laberinto, Cristal oscuro, Legend, Willow o incluso ya poniéndonos serios, Excalibur. No hay hombreras ni cajas enteras de frascos de laca, y el maquillaje de brochazo y los abalorios excesivos brillan por su ausencia. Ciertamente, la corte de Florin es un tanto relamida, acicalada y de colorines dignos de los tiempos de Errol Flynn, pero esa ha sido desde siempre una seña de identidad de lo «ruritano», sobre todo en el cine. Se combinan maravillosos paisajes naturales ingleses e irlandeses como los rodados en Derbyshire, Burnham Beeches o los acantilados de Moher con pedruscos de cartón piedra y marionetas animales un tanto cutres. Y sobre todo, las peleas a espada son una mezcla de impresión favorable al ver a los propios actores manejar las armas ellos mismos mejor de lo esperado (¡y con ambas manos! —»yo tampoco soy zurdo»—) y vergüencilla ajena al ver alguno de los movimientos más descaradamente ensayados o circenses. Cerrándolo todo está la canción original, Storybook Love, nominada al Oscar, donde se mezcla el personalísimo pellizco escocés de la guitarra de Mark Knopfler con la voz bourbonera, canallita, mestiza y de dandy pirata curado en alcohol de Nueva Orleans aportada por Willy DeVille.

Al principio de la película, el abuelo convence a su nieto de que escuche la historia porque «es el libro que mi padre solía leerme cuando yo estaba enfermo y que luego yo solía leerle a tu padre». El libro quizá no ha gozado de tanta fama entre los lectores de habla hispana, pero la película, en muchos países, se ha convertido en esa joya, grande o pequeña según la consideración de cada uno, que muchos padres están deseando poder transmitir a sus hijos cuando tengan la edad suficiente para poder entenderla o al menos disfrutar de sus peripecias sin necesidad de pillar todo lo meta que hay por encima. Ese, el de que alguien atesore tanto una historia que desee que ese sentimiento se vea continuado en la generación siguiente, es seguramente el mayor logro posible para un creador que trabaje con palabras.

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