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La puerta del infierno

Si La Carretera de Cormac McCarthy sucediera en las proximidades de Kiev, muy cerca de Chernóbil, tal vez podría aventurarse como la secuela postapocalíptica de esta novela singularísima. Pero la narración del autor de Meridiano de sangre apareció hace ya tres lustros, tiempo suficiente para que por estos lares llegaran las voces de Ricardo Menéndez Salmón con Los arrebatados, Intemperie de Jesús Carrasco o Cara de pan de Sara Mesa, cuyas atmósferas y estilismos también comparte por momentos Íñigo Redondo (Bilbao, 1975) en su primera incursión novelística con Todo esto existe. No se trata de fuentes directas, pero los modos de afrontar el relato y la fuerza con la que se integran los distintos elementos llevan a pensar en un cierto grado de afinidad con estas muestras de la narrativa contemporánea, más allá de lo estrictamente local. Caben otros nombres, pero todos coincidirían con el reseñado en la querencia por lo sugerente, lo que se aborda de un modo tangencial, aquello que va al meollo del asunto sin necesidad de mostrar todas las cartas. La elusión se convierte así en un arma narrativa que bebe directamente de las estrategias chejovianas que se dan en Ernest Hemingway, pasan por Raymond Carver y se recubren de potencial lírico de la escritura cinematográfica de Nick Pizzolatto.

Todo esto existe contiene una historia en la que con urdimbres mínimas se llega a un resultado que se ajusta al apellido de su creador. El guiño se justifica plenamente y va más allá del juego léxico, aunque la novela todavía podría tener una resolución más satisfactoria si su cuerpo central se hubiera despojado de ese exceso de anécdota que a veces la lastra sin enriquecerla apenas. Valga como símil el borsch que toman los protagonistas, Alexéi e Irina, al que por más que se le añada más remolacha que le sirve de base, no cambiará sustancialmente, si acaso se hará más denso el caldo, hasta el punto que pudiera resultar indigesto. No es el caso de la novela de Redondo, que promete buen aposento.

"¿Debe continuar con su decisión? ¿Realmente está ayudando a Irina? ¿Qué es lo correcto y qué no lo es? ¿Dónde queda el sufrimiento de los demás? ¿Qué papel desempeña el egoísmo en nuestras acciones y en nuestras decisiones?"

La historia de este director de escuela que, en un rapto de bondad altruista, acoge a la perdida alumna Irina en su casa por un tiempo más allá del razonable desemboca en el conflicto de este relato de hundimiento y expiación. El cobijo que la joven quinceañera encuentra en casa de Alexéi es el que él mismo no podía encontrar en su hogar después de su ruptura matrimonial y de su caída a los infiernos de la depresión, bañada como es de rigor, por pérdidas de consciencia causadas por el exceso del vodka que le sirve de anestésico y por los defectos de un matrimonio que inesperadamente ha hecho aguas sin remisión en la Ucrania de los años ochenta. La presencia de Irina, que ha sufrido algún tipo de abuso (“lo que hace papá es feo, y me da miedo, y asco”), y ha huido de la casa familiar, ayudará a paliar el dolor y potenciará la reconstrucción emocional del profesor. Con Alexéi permanecerá Irina dos años, el tiempo que dura una anécdota que a ojos del mundo podría ser calificada de secuestro en toda regla.

Se le traslada así al lector una batería de preguntas, que son las mismas que Alexéi se hace: ¿Debe continuar con su decisión? ¿Realmente está ayudando a Irina? ¿Qué es lo correcto y qué no lo es? ¿Dónde queda el sufrimiento de los demás? ¿Qué papel desempeña el egoísmo en nuestras acciones y en nuestras decisiones? Y la más importante de todas ellas, la que logra arrancar esta historia inquietante y convertirla en novela, ¿qué motivos tendría alguien en regresar a toda costa al peligroso lugar del que ha huido?

"Y sin embargo, le llega al lector esa poesía, ese dolor de lo que una vez se tuvo y se perdió, también la alegría de la esperanza, el desasosiego que genera la toma de decisiones irreversibles y un aroma de tristeza"

Íñigo Redondo penetra con Todo lo que existe en la memoria atómica de los lugares, la que existe en ese espacio de relaciones infinitesimales en el que cualquier cambio genera huracanes. Pero la aplica también de un modo ejemplar a las relaciones interpersonales, al análisis de las miradas de soslayo, a todo aquello que surge cuando se le aplica la lupa de lo cotidiano y lo individual. Todo deviene trascendente entonces. El arranque de la novela —uno de los motivos que ha despertado el entusiasmo de sus editores— justifica la inversión, aunque después de su lectura queda la impresión de que la estructura de nouvelle tampoco hubiese sido una opción desacertada, pues la destreza de Redondo en el control del relato en torno a la dilatación, aceleración y concentración del tiempo, a la vez que la fuerza con la que ha creado a un narrador pleno de sutilezas, a veces poco fiable, a veces subjetivo dentro de una cercana omnisciencia, obliga a pensar que mucho hay aquí de novela, pero mucho también de cuento. Los dos años que los protagonistas, tan heridos como vulnerables, comparten en un reducido espacio, no dan el juego esperado, por más que el interés de Redondo vaya en otra dirección, hacia la intriga de las acciones más que a la de las emociones.

Y sin embargo, le llega al lector esa poesía (“Y siente que todo él es ese llanto imbécil sonando en el interior de este silencio, en el epicentro de esta glaciación”), ese dolor de lo que una vez se tuvo y se perdió, también la alegría de la esperanza, el desasosiego que genera la toma de decisiones irreversibles y un aroma de tristeza, vodka y brosch recalentado que se acerca a lo que se siente cuando se saluda con distancia gélida a una hermosa amistad virtual cuando nos la cruzamos por la calle.

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Autor: Íñigo Redondo. Título: Todo esto existeEditorial: Literatura Random House. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro.

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