David Llorente (Madrid, 1973) es un escritor que hace libros muy diferentes a lo que se suele ver en las librerías. Escribe novelas, pero se podría decir que son experimentales, y desde luego innovadoras, revolucionarias, tanto en la forma como en el fondo. David Llorente estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, y ya cursando esta carrera obtuvo destacados premios, como el Francisco Umbral de novela corta y el Ramón J. Sender de narrativa.
Ahora vive en Madrid y enseña en Madrid. De sus novelas se pueden citar Te quiero porque me das de comer (2014), Madrid: frontera (2016), Europa (2019) y Tú no eres Sherlock Holmes (2024).
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—¿Crees que eres el escritor que querías ser cuando empezaste a escribir, o cuando empezaste a soñar, o desear, ser escritor?
—Sí, absolutamente. Pero (en realidad) no es que sea el escritor que quise ser, sino que no existe ninguna posibilidad de que sea otro tipo de escritor. Soy un autor que escribe lo que quiere, cuando quiere y como quiere, intentando que su siguiente novela no se parezca en nada a la anterior.
—¿Tienes la percepción, como la tienen muchos escritores, de que “hoy escribe todo el mundo”?
—Sí, claro. De todas formas, el problema no es que la gente escriba o no escriba. Cada uno puede hacer en su tiempo libre lo que le dé la gana. El problema es que esos supuestos autores no es que hayan leído poco o nada, es que no saben leer (obviamente, no me refiero a analfabetismo, sino a leer literatura y saber valorarla o [al menos] ser capaces de separar el grano de la paja). Suelen acabar publicando en Amazon, siendo estafados por editoriales de autoedición o publicando en dudosos sellos ante la perspectiva de que la familia y los amigos le compren cien o doscientos ejemplares, suficientes para cubrir los costes de la edición.
—¿Por qué lo hacen?
—Por infantilismo y porque relacionan la publicación de un libro con una especie de éxito personal.
—¿Por qué empezaste a escribir tú?
—En mi caso, fue la lectura la que me llevó a la escritura. En mi adolescencia no hacía otra cosa que leer, jugar al baloncesto y procurar que me dejaran en paz. Recuerdo que mi padre era un lector infatigable. Me llevaba a una tienda del barrio (Carabanchel) a cambiar novelas. Dejábamos veinte novelas y nos llevábamos otras veinte. Eran novelitas de género escritas por autores como Lou Carrigan o Clark Carrados. Me recomendó novelas como Papillon y autores como Sven Hassel y los maestros del género negro y de la ciencia ficción y acabamos manteniendo largas conversaciones literarias en las que, afortunadamente, no nos poníamos de acuerdo. Por otro lado, yo siempre fui un chaval muy imaginativo y solitario. Entiendo que comenzar a escribir era cuestión de tiempo.
—¿Qué encontraste en la escritura?
—La escritura contribuyó a aliviar el desorden que sucede en el cerebro, en el corazón y en el vientre del adolescente. También me ayudó a darle un sentido (cuando no a corregir) a los dolorosos desmanes de la vida diaria, que tanto sufrimiento y tanta perplejidad me causaban.
—¿Ser escritor, reconocido, como tú lo eres, es tan bueno como esperabas, o tal vez se podía esperar algo mejor?
—Lo que hay que observar no es si eres un escritor reconocido o no, sino por qué eres reconocido como escritor. Yo aposté desde el principio por el triple caballo perdedor de la originalidad, la denuncia y la calidad literaria. Los lectores que comentan mis novelas siempre hacen referencia al posicionamiento social, al libro como artefacto único y a la arquitectura narrativa. A nadie se le ocurre relacionarme con ventas, premios dudosos, fórmulas repetidas o caricias en el lomo del poderoso. En ese sentido (para responder a la pregunta) nunca pude imaginarme nada mejor.
—Tú eres profesor de Lengua y Literatura. Esa actividad responde también a tu vocación. ¿Se trata de la misma vocación?
—Es una pregunta muy difícil de contestar para mí. Creo (si he de ser totalmente sincero) que mi vocación es meterme en el aula, cerrar la puerta y hablar de literatura a mis alumnos. Todo lo demás, relacionado con la profesión, me sobra. Así que no sé si mi vocación es la de profesor o la de no separarme un centímetro de la literatura.
—¿Qué supone para ti ser profesor?
—Lo primero y quizá lo más importante, una independencia económica (sin lanzar cohetes) que me permite no prostituir mi literatura y no alejarme ni un pelo de lo que quiero escribir. Por otro lado, se trata de una profesión que sirve muy bien de observatorio social. Y no debo olvidar la satisfacción de inocular a algún alumno no el gusto, sino la pasión por la lectura (incluso la escritura) y verlo encaminarse a bachilleratos de humanidades e ingresar en carreras universitarias de letras.
—¿Es difícil ser buen profesor?
—Sí, mucho. Las autoridades educativas (con la sumisión, connivencia, adocenamiento y mendacidad de los que van inmediatamente por debajo de ellas) están intentando reducir a los profesores a meros burócratas sin poder decisorio ni envergadura social, atrapados en entornos educativos en los que comienzan a imperar las maneras jerárquicas e intransigentes de la empresa privada.
—¿Cómo crees que debe ser un buen profesor?
—No lo sé. Yo solo sé lo que hago yo, y me funciona bien. Lo primero, antes de enseñar, es darle cariño y confianza al alumno. Trátalo como una persona adulta e inteligente, nunca como un niñato o un cretino o un subordinado (mucho menos un cliente). Y por último, debes dominar tu materia de tal manera que sepas explicar lo más complicado de la manera más sencilla.
—¿Dejarías de dar clase si pudieras?
—Reconozco que en más de una ocasión he fantaseado con dejar de dar clases y ocupar mi día enteramente en escribir. No estoy seguro de que no acabara deseando regresar inmediatamente al aula.
—¿Dejarías de escribir algún día?
—Yo creo que no, salvo impedimentos físicos o psicológicos, claro. Escribir, más allá del deseo de publicar, contar historias, denunciar injusticias, es terapia. Me siento en una cafetería, saco el cuaderno, agarro el bolígrafo, huelo el humo que sale de la taza, escribo la primera frase, oigo ese crujido del papel cuando la punta del bolígrafo pasa por encima. Es pura meditación. La única manera que conozco de estar totalmente presente y enfocado.
—¿Escribir es algo espiritual?
—Siempre lo ha sido. No creo que los grandes místicos del Renacimiento pudieran expresar sus visiones mediante otra vía (nunca mejor dicho) que no fuera la literatura.
—Tú tuviste un principio espectacular, ganando el Premio de Novela Corta Francisco Umbral y luego el Premio de Narrativa Ramón J. Sender, de la Universidad Complutense de Madrid. ¿Qué nos puedes contar de esos comienzos?
—Lo importante de aquellos comienzos es que comenzaron muy pronto. La novela que ganó el premio Umbral la escribí con 23 años y el segundo premio (aún estaba en la universidad) lo gané con la segunda novela. Con esto quiero decir que enseguida tuve la sensación de que podía ser escritor, prácticamente recién salido de la adolescencia. Y eso, al mismo tiempo, me daba confianza y me provocaba vértigo.
—¿Qué vino después?
—Después vinieron dos cosas. Por una parte, yo tenía un trabajo muy precario (aún no contemplaba la idea de las oposiciones) y por otro lado tenía la convicción de que si quería ser un buen escritor tenía que vivir experiencias. De manera que me busqué la vida y acabé encontrando un trabajo de profesor (a través del ministerio de educación español) en un instituto de Praga, en la República Checa, una ciudad y un país en los que acabé viviendo 17 años. Lógicamente, todo lo que había conseguido en España con mis dos novelas (me pedían cuentos para revistas, me reseñaban en Babelia, me invitaban a la radio, a ser jurado de otros premios, bla bla bla) desapareció y tuve que empezar de nuevo en otro país. Aprendí el idioma. Me hice traductor del checo al español. Monté una compañía de teatro y representé por toda Europa las obras que yo escribía y dirigía. Publiqué en español, en formato bilingüe y en checo. En 2013 escribí la novela Te quiero porque me das de comer, y una editorial de Barcelona la quiso publicar y me abrió de nuevo las puertas del escenario literario español. Un día consideré que todo lo que tenía que hacer en Praga ya lo había hecho y volví a Madrid. Aprobé las oposiciones y entré a trabajar en varios institutos. Echo de menos Praga. Esa ciudad es mi casa. Probablemente no vuelva allí nunca más.
—A ti te ha gustado mucho Camilo José Cela, y yo veo en tus libros, en ocasiones, esa huella, esa inspiración, que puede ser también una enseñanza. ¿Hasta qué punto está Cela en tu obra?
—Cela cambió el rumbo de la literatura española en dos ocasiones, una con La familia de Pascual Duarte y otra con La colmena. Puede que sus compañeros de generación, como Delibes, Ballester o Matute, tengan una obra tan sólida o de tanta calidad como la suya, pero ellos no marcaron el camino como lo marcó Cela y solo por eso se merece el Nobel. Yo copio de Cela, premeditadamente, la idea de no repetir nunca la misma novela y la convicción de que cada historia necesita un vehículo narrativo diferente.
—También sé que te gustaba mucho Alberto Vázquez-Figueroa, una novela, por ejemplo, como La iguana. ¿Crees que Vázquez-Figueroa se puede rastrear también, de alguna manera, en tus libros, en tus textos en general?
—Me encantaba leer a Vázquez-Figueroa. Fíjate que yo creo que este autor y Cela tienen algo en común: miran a la atrocidad directamente a la cara y la cuentan con palabras simples, precisas, sin miedo. Es algo que yo también me impongo. La mejor manera de asegurarnos de que el lector ve lo que queremos que vea, es (paradójicamente) hacer que aparte la mirada. Otro autor que me ha influido decisivamente es Javier Tomeo, del que estuve a punto de hacer mi tesis doctoral. Javier Tomeo escribía mejor que nadie (tiene una obra maestra apenas superada en la literatura de los siglos XX y XXI que se llama Amado monstruo) desde el arcén, desde los márgenes, desde las afueras, mirando con ternura y algo de displicencia a la turba de autores que se estrujaban como piojos por carreteras bien asfaltadas que tampoco llevaban a ningún sitio que mereciera la pena. Siempre ha sido un espejo en el que mirarme.
—¿Crees que tu carrera, hasta ahora, ha cumplido tus propias expectativas de esos comienzos?
—Sí. Desde muy pronto he tenido muy claro lo que espero de mi carrera. Yo aspiro a llegar a viejo, mirar atrás y ver que tengo una obra literaria coherente y de calidad. Y por ahora lo estoy cumpliendo.
—¿Crees que lo mejor está por llegar?
—Sí. Muchos lectores me dicen que mi gran novela está por escribir. Yo veo que efectivamente, como tú dices también, lo mejor está por llegar. Y lo mejor es que abandono la novela negra y comienzo a escribir y a publicar ciencia ficción. Es algo orgánico y natural, no premeditado, una evolución de mi escritura. La ciencia ficción es el género más dúctil y más versátil. Sus lectores son los que mejor aceptan la novedad y la huida del lugar común y sus argumentos son los que con más autoridad pueden hablar del mundo contemporáneo, atravesado por la incertidumbre tecnológica y digital.
—¿Qué libro no has escrito y quieres escribir?
—He dejado de preguntarme qué libro quiero escribir. Suele suceder que empiezo escribiendo una novela y esa novela acaba convirtiéndose en otra totalmente diferente. He llegado a la conclusión de que sí sé qué libro quiero escribir, pero lo sé a nivel subconsciente y necesito la escritura diaria para darme cuenta o para que la historia brote y se desarrolle, independientemente de mí.
—¿Cuál es tu mayor ambición como escritor?
—He visto un par de novelas mías en las estanterías y en los escaparates de algunas librerías de segunda mano. No creo que pueda pedir nada mejor.
—¿Y como ser humano?
—Como ser humano me gustaría alcanzar la utopía de ser la persona que mi perra cree que soy.
—Has sido un autor muy premiado desde los inicios de tu carrera, pero ¿qué significan para ti los premios?
—Cada premio ha significado algo diferente. El Umbral significaba el primer respaldo de un jurado, es decir, la posibilidad (casi la confirmación) de que, efectivamente, yo escribiera bien. El segundo fue el premio que convocaba la universidad en la que estudiaba, y eso tenía un peso emocional. Luego gané el premio a la mejor primera novela negra, de manera que es un premio que solo se puede ganar una vez en la vida. Luego gané el premio a la mejor novela negra escrita en castellano, que al menos ese año te sube a la cima (una cima no muy alta, pero cima, al fin y al cabo).
—¿Qué le da a un escritor un premio y qué no le da?
—Ganar un premio no te hace mejor, pero sí puede hacerte mucho peor.
—¿Qué importancia tienen los premios para los lectores?
—A mí, como lector, no me interesan nada los premios. Sí es verdad que me acerco a los premios Nobel y a los Cervantes de cada año, en el caso de que sean autores a los que aún no haya leído. Es una servidumbre que adquirí en mis años de estudiante.
—¿Qué utilidad tienen, para autores y para lectores?
—Para los lectores, ninguna, más allá de que a lo mejor conocen un autor o una novela que, en contra de todo pronóstico, les acaba gustando. Y para un autor, depende del premio. En el mejor de los casos, dinero.
—Marcos Giralt Torrente me decía en una entrevista que los premios al menos servían para que los libros aguantaran más tiempo en las librerías y tuvieran más visibilidad. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, pero un premio tampoco alarga demasiado la vida del libro. De hecho, la vida del libro, la verdadera vida del libro, comienza una vez que desaparece de los expositores de novedades (sea lo que sea una novedad, que es algo que tampoco está muy claro).
—¿Para ti qué es, cómo es, un gran escritor?
—Estoy convencido de que el escritor debe tener una dimensión social y otra literaria. El verdadero escritor es el que da la cara aun a riesgo de que se la partan, y si se la parten, mejor. El verdadero escritor se posiciona contra el poder (sea el que sea) y de esa piedra no lo baja nadie. Y literariamente, el gran escritor siempre está en proceso de búsqueda, de innovación, de invención de caminos y posibilidades. Tampoco viene mal que el escritor piense que es un impostor y no entienda cómo es posible que los lectores aún no se hayan dado cuenta de su falta de talento.
—¿Podrías decirme cinco autores que para ti sean grandes escritores?
—Cinco son muy pocos. Te voy a decir muchos más: Agota Kristof, Ismail Kadaré, Joyce Carol Oates, Ladislav Fuks, Maria Gabriela Llansol, Slavomir Mrozek, Elena Ferrante, Jerzy Andrzejewski, Helen Oyeyemi, Amos Oz, Clarice Lispector, Yevgueni Zamiatin. Por supuesto, también habría que mencionar a Jon Fosse, Lazlo Krasznahorkai, Peter Hanke y Han Kang, tres autores (a los que yo seguía desde hacía mucho tiempo) con los que la academia sueca dio en el centro de la diana. Sin olvidarnos de Mircea Cărtărescu y Gueorgui Gospodinov, a los que el Nobel aguarda a la vuelta de la esquina.
—¿Qué has aprendido de ellos?
—He aprendido que aún estamos en la prehistoria de las técnicas narrativas. Hay cientos de formas de contar y apenas conocemos tres o cuatro.
—¿Hay algo muy importante que hayas aprendido en tu carrera de escritor y que te gustaría compartir ahora con los lectores?
—He aprendido dos cosas importantes que merecen mucho más espacio para ser explicadas. Una es que, en contra de lo que se dice, la voz narrativa más natural, más coherente y más versátil es la segunda persona, ni la primera ni la tercera, la segunda. Y dos, lo más importante de una novela es el nivel pragmático, es decir, el contexto, es decir, lo que el narrador no cuenta porque lo da por sabido.
—¿Cada cuánto tiempo publicas tus libros? ¿Por qué ese ritmo y no otro?
—La publicación depende más de los planes editoriales que de nosotros. Pero suelo terminar una novela cada tres años. No sé por qué es ese ritmo y no otro. Hay quien dice que no se puede escribir una buena novela en un año, pero enseguida encontramos excepciones a esa regla (Fernando de Rojas dice en su prólogo que escribió La Celestina en quince días), igual que encontramos novelas a las que el autor dedicó seis años y son una castaña.
—Parece que tus novelas cuentan o contienen pesadillas en cierto modo. ¿Por qué?
—Yo no diría que contienen pesadillas, sino imágenes de pesadilla. Puede que tenga que ver con la depresión y las aterradoras noches que me ha hecho pasar.
—¿Crees que vivimos en una época de decadencia?
—Hombre, tú verás. Estamos viendo el auge de la ultraderecha. El mundo está gobernado por psicópatas. Votamos en contra de un acceso digno a la vivienda. No se puede pronunciar la palabra “genocidio”. Es imposible discriminar una noticia verdadera de una fake. Puedo seguir.
—¿Lo refleja tu literatura?
—Sí. De hecho, es justamente de lo que hablo en la última que he escrito.
—¿Cómo lo refleja?
—Me inventé una novela scroll. En algún momento se publicará y verás a qué me refiero.
—¿Crees que la literatura española goza de buena salud?
—No, pero es una mala salud de hierro.
—¿Crees que ser escritor en nuestro tiempo es más difícil que en el pasado?
—El escritor de nuestro tiempo tiene el doble problema del infantilismo social y de la carencia de una crítica textual competente.
—¿Qué papel tiene el escritor en nuestra sociedad?
—De figurante o de secundario cómico.
—¿Crees que la Inteligencia Artificial acabará con la literatura?
—No. Pero no descarto un escenario en que los lectores entren en una librería y elijan tanto novelas escritas por un escritor humano como novelas escritas por una IA.
—¿Ayudará a los escritores a hacer mejores libros, mejores textos en sentido amplio?
—Sí. Una IA, bien usada, te facilita mucho la tarea de documentación e investigación, imprescindible para hacer cualquier novela.
—¿Tú utilizas la Inteligencia Artificial?
—Sí, claro.
—¿Cómo?
—Le pregunto lo que necesito saber y le digo que me busque lo que necesito encontrar. Ahora bien, si lo que realmente me estás preguntando es si le pido a la IA que escriba los textos, entonces la respuesta es no, y el motivo es muy sencillo: la IA (a día de hoy) no escribe mejor que yo.


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