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La ruta infinita

Escoger el asunto sobre el que versará una novela nunca es una cuestión baladí. El autor suele sopesar pros y contras a la hora de tomar la decisión. Suelo tener presente la importancia de mantener vivo el interés del lector. Algo que, al ser novela histórica, tiene un elevado porcentaje de probabilidades de que el final sea conocido. Supone un problema no menor. El lector instruido ya conoce el final, y por eso la tensión narrativa ha de llegarle por otras vías. En el caso de La ruta infinita, cuyo eje central era el viaje protagonizado por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano entre 1519 y 1522 que culminaría con la Primera Vuelta al Mundo, los pros y contras eran varios.

El momento me parecía adecuado en un país que no suele ser generoso con sus grandes acontecimientos históricos. Hay una tendencia, muy extendida, de recrearse en los momentos más sombríos de nuestro pasado y restar importancia a los que dieron brillo y lustre. Es algo que marca diferencias con lo que ocurre en países vecinos como Gran Bretaña o Francia. Influyó además en mi decisión el hecho de que, tratándose de un extraordinario acontecimiento, nuestro gobierno no impulsaba la celebración de la efeméride, al menos no con la relevancia que el hecho histórico requería. Por otra parte, las autoridades de Portugal promovían actividades sobre el evento, aprovechando que Magallanes había nacido en Portugal, para abanderar y, en buena medida, apropiarse de lo que supuso aquella expedición, cuando, en realidad, hicieron lo posible por evitar que pudiera culminarse. Por último, señalar que la gesta protagonizada por aquellos hombres fue épica en el sentido estricto del término.

"Entendí que el tiempo histórico de la expedición era necesario llevarlo a la novela. Fueron unos años cruciales de nuestra historia"

Me encontraba con varios problemas. En aquel acontecimiento histórico las mujeres no sólo carecían de protagonismo, sino que quedaban fuera del escenario. En la época estaba prohibido que formasen parte de las tripulaciones y habían de salvar numerosos obstáculos para poder embarcar, caso de hacerlo en las conocidas ya como flotas de Indias. Era una novela protagonizada por hombres, al menos en lo que se refería al núcleo central de la historia que deseaba contar. Por otro lado, en el proceso de documentación me encontré con que la información referida a la expedición propiamente dicha era escasa. Para acercarnos  a lo ocurrido desde el momento en que la Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago zarparon el 10 de agosto de 1519 del sevillano muelle de Las Mulas hasta que el 6 de septiembre de 1522 la Victoria arribaba a Sanlúcar de Barrameda, sólo contamos con el “Diario” de Antonio de Pigafetta, muy subjetivo —propio de un diario—, y que apenas dedica un par de páginas al tiempo en que la Victoria completaba la vuelta al mundo, casi nueve meses desde que pone rumbo al Índico desde el puerto de Tidor. También con el “Diario” del contramaestre Francisco Albo y referencias de algunos de los cronistas de Indias. Había mucha más información —como señala el profesor Comellas— de los antecedentes de la expedición y de lo ocurrido una vez que Elcano y los diecisiete hombres que tripulaban la Victoria llegaron a Sevilla. Pero en aquellos tres años ocurrieron muchas cosas, algunas verdaderamente llamativas y que son un auténtico regalo para el novelista.

Esos fueron los elementos que sopesé, y decidí escribir La ruta infinita.

Entendí que el tiempo histórico de la expedición era necesario llevarlo a la novela. Fueron unos años cruciales de nuestra historia: la muerte de Fernando el Católico, la segunda regencia de Cisneros, la llegada de un joven Carlos de Habsburgo a España, rodeado de una pléyade de flamencos —hoy belgas y holandeses—, ansiosos por hacerse con las prebendas y sinecuras más rentables del reino, incluido el arzobispado de Toledo y sus ingentes rentas… Fue un tiempo donde en Castilla se incubaba una rebelión que desembocaría en la guerra de las Comunidades. Así mismo, era la época en que la cartografía, que avanzaba conforme los navegantes abrían nuevas rutas, era secreto de Estado. Mapas y cartas de marear se guardaban con gran cuidado en la Casa da India lisboeta y la Casa de la Contratación sevillana. Lisboa y Sevilla —amén del Valladolid donde se firmarían las capitulaciones para la expedición, o Sanlúcar de Barrameda desde la que la escuadra se hizo a la mar— me parecieron escenarios atractivos: sus puertos, sus barrios marineros, sus tabernas donde se contaban historias de viajes, adobadas de fantasías, en las que tenían acomodo muchas supersticiones… Decidí que con esos mimbres la novela podía tomar cuerpo.

"En esos años de navegación hubo incumplimiento de las instrucciones reales, tensiones, enfrentamientos, combates, destierros y muertes"

Había que novelar los prolegómenos de la expedición. Unos meses en los que se dieron la mano intereses, intrigas, sabotajes y amores. Luego la expedición propiamente dicha. La vida en aquellos barcos en que las tripulaciones vivían hacinadas y donde se afrontaban calmas y tormentas terribles. Allí afloraban las pasiones humanas de unos hombres obsesionados por encontrar un paso para llegar desde el Atlántico al mar del Sur y una ruta hasta las islas de las Especias. Había un tercer objetivo, que no era dar la vuelta al mundo, y que Magallanes mantuvo en secreto por los gravísimos riesgos que suponía. En esos años de navegación hubo incumplimiento de las instrucciones reales, tensiones, enfrentamientos, combates, destierros y muertes que hemos contado al lector que quiera acercarse a aquella prodigiosa aventura en las páginas de la novela.

A veces la novela nace bautizada. Tenemos el título cuando empezamos a redactarla. Otras el nombre se resiste más. El bautizo llegó tras una conversación con Santiago Posteguillo. La larga duración del viaje y las vicisitudes vividas en la inmensidad del Pacífico —un océano mucho mayor de lo que Magallanes creía y los cosmógrafos de la época pensaban—, nos llevaron a titularla como La ruta infinita.

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Autor: José Calvo Poyatos. Título: La ruta infinita. Editorial: Harper Collins. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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