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La sakura y la transitoriedad de la vida

La sakura y la transitoriedad de la vida

Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase.

Ono no Komachi kan’ō-zu, Ono no Komachi mirando los cerezos en flor, es una pintura de Hishikawa Morohira (aprox. 1700), hoy en el Museum of Fine Arts de Boston. Ono no Komachi (825-900) es una de las figuras más importantes del Kokinshu, la antología de poesía publicada en 905 por encargo de la corte imperial, y de la poesía japonesa en su conjunto, además de tener fama de haber sido una mujer bellísima. “Komachi” se utiliza hoy todavía para describir a una mujer hermosa.

Sakura es a la vez cereza, cerezo y la floración de los cerezos, y hanami el ritual de salir a contemplarla o hacer picnic bajo los árboles en flor. Para los japoneses es la temporada más bonita del año, la más representativa de su cultura. Se pasan el año esperándola, anunciándonosla a los extranjeros, y cuando llega se lanzan a calles y parques a mirar los árboles que florecen por todas partes y fotografiar, con cámaras tremendas y lentes telescópicas, una rama, un capullito, unos estambres, con el mismo entusiasmo año tras año, como si no vieran y vivieran una y otra vez el mismo fenómeno.

Ono no Komachi kan’ō-zu, de Hishikawa Morohira

Mi calle, tranquila y vacía normalmente a partir de las seis de la tarde, está estas noches llena de decenas de personas armadas de cámaras. Como contaba hace dos años a quienes recibían ya estas crónicas, no son paparazzi esperando que salgamos de casa ni grupos de amigos camino a un bar cercano. Tengo la suerte de vivir en una de las calles de Tokio más bonitas durante esta etapa de Sakura y la gente viene a montones a pasear por aquí y hacer fotos.

Pese a su importancia en la cultura japonesa, el cerezo no es el árbol nacional de Japón ni es nativo siquiera de estas islas. Tampoco lo es el ciruelo, ume, que florece antes y tuvo antes, también, la importancia que adquirió luego el cerezo. El hanami es la celebración de la naturaleza, pero en Japón la naturaleza que se festeja está normalmente conformada por el hombre. A la otra, la naturaleza salvaje, más bien se la teme. Los jardines japoneses son un prodigio del artificio preparados para mostrar y apreciar el incesante ciclo de vida, muerte y renacimiento fundamental en el budismo: el florecimiento en primavera, el verdor del verano, las hojas rojas en otoño y la desnudez de las ramas en invierno, un año tras otro. Cada elemento está estudiado para producir un efecto. La paleta de rojos y ocres de los parques en otoño ha sido prevista y no se da porque sí. Los cerezos y ciruelos que hoy pueblan Japón y dan lugar a la celebración festiva de su floración son especies importadas. Naturaleza configurada, domeñada, preparada para ser, ahora sí, reverenciada.

Como casi todo lo que ha conformado la cultura japonesa, sakura y ume llegaron de China. Los ciruelos primero, en el siglo VIII, durante la Era Nara, aunque fueron valorados sobre todo por la corte Heian, que tanta importancia daba a la observación de las flores, los árboles, la luna. Con ellos comenzó la tradición del hanami.

Sugawara no Michizane, el influyente político que a mediados de la Era Heian promovió que se abandonaran las expediciones a China, terminó en un triste exilio en Dazaifu, en la isla de Kyushu, un lugar lejano y completamente aislado la capital. Allí escribió —en chino, la lengua culta como lo era el latín en nuestra Edad Media o el francés en la Rusia de Tolstoi— su poema más conocido, donde concentra su soledad y la nostalgia de su familia en el ciruelo que dejó en el jardín de su casa en Heian-kyō (el nombre original de Kioto):

Cuando el viento de este sopla hasta aquí
oh, flores de ciruelo,
¡enviadme vuestra fragancia!
Estad siempre pendientes de la primavera
aunque vuestro dueño ya no esté con vosotros.

La leyenda dice que el ciruelo no sólo le mandaba su fragancia sino que se “desenraizó” incluso, y llegó volando hasta su morada en Kyushu para acompañarlo. Ahí se supone que está todavía, en el santuario de Dazaifu, que yo visité hace un par de años sin saber nada de esta historia ni buscarlo por tanto, ¡ay!, rodeado de miles de ciruelos más que sus fieles han plantado en su honor.

Un siglo más tarde, sin embargo, a finales de la Era Heian, el ciruelo fue desplazado como símbolo preferido de la belleza por la sakura, de florecimiento más tardío y, sobre todo, más corto. El Kokinshu tuvo mucho que ver en esta canonización del cerezo frente al ciruelo, que quedará relegado en adelante. No es extraño entonces del todo que Hishikawa Morohira pintara a Ono no Komachi embelesada por un árbol de sakura, aunque lo más probable es que sus hanami fueran más bien con los ciruelos en boga todavía durante su vida.

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Hanami no es simplemente contemplación de los cerezos. Si los japoneses valoraran sólo la belleza de las flores, preferirían posiblemente el ciruelo, que florece antes y es más llamativo, de colores más vivos. Hay algo más complejo en su aprecio, que tiene que ver profundamente con el alma japonesa. Hace falta su comprensión del mundo, su sutilidad enorme y la importancia que dan a los elementos de la naturaleza para comprender un fenómeno que va más allá de la atracción estética o la diversión.

"La sakura es belleza efímera: la profusión de blanco y rosa de las flores que llenan ahora los árboles no llega a durar dos semanas"

El hanami celebra la belleza de la vida, el nacimiento. No es casualidad que con la sakura empiece verdaderamente el año. Ya les contaba hace un año que el 1 de abril comienza el año fiscal japonés: los presupuestos públicos corren a partir de esa fecha, las empresas hacen sus balances y renuevan sus juntas directivas a 1 de abril, colegios y universidades empiezan el 1 de abril, las nuevas normas entran en vigor ese día. Quien asume un trabajo nuevo, por contratación o cambio dentro de su institución o empresa, lo empieza el 1 de abril y esa es también la fecha, mítica, en que cientos de miles de estudiantes se incorporan cada año al mercado laboral.

Pero celebra sobre todo su transitoriedad. La sakura es belleza efímera: la profusión de blanco y rosa de las flores que llenan ahora los árboles no llega a durar dos semanas. En unos días estarán los pétalos cayendo y el suelo casi tan blanco y rosa como ellos. Para los japoneses, la flor de cerezo es símbolo de la naturaleza transitoria de la vida, hermosa pero efímera. El hanami celebra la belleza de la vida y, al tiempo, la tristeza porque sea breve y muera.

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Saigyo (1118-90), monje budista de la secta Shingon y uno de los nombres más importantes de la literatura japonesa, es el poeta de la sakura. Los cerezos están por todas partes en su obra. En primavera renunciaría a las noches para poder estar todo el día contemplando su floración, escribe en un poema; en otro, que le gustaría dividirse para multiplicar su contemplación:

Ay, si pudiera
dividirme
para no perderme ni un árbol
Ver las mejores sakuras
en cada una de las diez mil montañas.

La sakura es uno de los elementos más presentes en el arte japonés: está en los haiku, en el ukiyo-e, en la pintura, en el cine.

Caen flores del cerezo
y entre las ramas
aparece un templo

(Yosa Buson)

En el santuario
sobre los pétalos de magnolia
flores de cerezo

(Ryōkan)

¡Nube de cerezos! 
Una campana
¿La de Ueno?, ¿la de Asakusa?

(Bashō)

Hokusai pinta en este grabado la sakura en Arashimaya, provincia de Yamashiro (serie Nieve, luna y flores en famosos lugares escénicos, 1833). Hiroshige la pinta en Yoshiwara, el barrio de placer de Edo (Tokio) en su serie Lugares famosos de Edo. En una de las 10 vistas de puestos de te de Torii Kiyonaga, las camareras esperan a los clientes bajo un cerezo en el santuario Tomigaoka Hachiman-gū. No sigo, habrá pocos pintores que no la hayan reflejado en su obra.

Contemplación de la sakura, Sengai Gibon (1750-1837) monje zen y pintor.

No hay, en fin, escena mejor de sakura en el cine que la final de An, Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase (2015), cuando Sentaro, el dueño de la pastelería, instala un puesto en el parque del barrio para vender sus dorayakis y Kawase se deleita en mostrarnos los cerezos en flor.

Todo es sakura en estos días, es imposible sustraerse a la euforia colectiva; hay cerezas en la decoración de las tiendas y en los papeles con que envuelven cuidadosamente cada cosa, la gente lleva algo rosa en su atuendo, se venden dulces, pasteles, licores de sakura. Los viajeros a Japón procuran venir en esta época, hasta quienes tal vez no irían nunca a ver los cerezos en flor del Valle del Jerte o la Quinta de los Molinos. Son multitudes las que llenan los parques y abarrotan los templos de Kioto. La marea de gente que camina por el canal de Naka-Meguro comiendo en la calle y bebiendo champán rosado no permite avanzar. El mismo Saigyo escribía ya en el s.XII:

Estropean la tranquilidad
las multitudes que vienen
a ver la sakura.
¿A quien culpar
si no es al propio cerezo en flor?

En unos días habrá acabado todo, los árboles se pondrán verdes y será la tierra la que esté recubierta de pétalos de colores. Un recuerdo para todos de la naturaleza transitoria de la vida. De que nosotros, también, somos perecederos:

Prepárate para la muerte
Prepárate,
Murmuran los cerezos en flor

(Kobayashi Issa)

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