Una de mis mayores lagunas literarias era la obra de Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941), a pesar de que en la casa de mis padres siempre estuvo disponible una edición de La señora Dalloway (1925), en la colección Biblioteca de Plata —dirigida por Mario Vargas Llosa— del Círculo de Lectores. No sé si fue en un artículo de periódico de los años noventa, o en los mismos prólogos de los libros de la Biblioteca de Plata, escritos por Vargas Llosa, donde leí que Virginia Woolf y su marido Leonard Woolf tenían una pequeña editorial que publicaba literatura experimental (ellos fueron los primeros en publicar a T. S. Eliot), recibieron los primeros capítulos del Ulises de James Joyce en 1918 y rechazaron publicar el libro, que finalmente se publicó en París en 1922. Sin embargo, años después, Woolf pareció tomar ideas de ese libro para su propia obra, como en el caso de La señora Dalloway, que se publicó en 1925, pero que empezó a gestarse en 1922. De un modo vago sé que recibí esta historia, que ahora me he recordado, y mi decisión de leer a Joyce (del que leí tres libros cuando era veinteañero, Dublineses, Ulises y Retrato del artista adolescente) hizo que me alejara de Woolf. En la edad adulta he reflexionado y sabido que arrastraba, desde hace muchos años, este prejuicio contra la obra de Virginia Woolf y que debía ponerle remedio. De esta forma, creo que fue en 2024 cuando le solicité alguno de sus libros a la editorial Cátedra. Solicitar libros a una editorial es una forma de obligarme a leerlos. El mecanismo mental es bastante absurdo, así que no trataré de explicarlo. En ese momento tenían en el almacén Las olas (1931) y este fue el que me mandaron. Las olas, en Cátedra, está traducido por Dámaso López, pero también tiene un prólogo de María Lozano, que leí que completaba al de La señora Dalloway, también de María Lozano. Así que me apeteció leer primero La señora Dalloway, para acercarme a ese prólogo. Compré el libro online. Cuando llegó a casa me sorprendió la letra tan pequeña y abigarrada con la que está editado, por no hablar de las notas a pie de página, para las que hace falta casi una lupa para leerlas. Esto hizo que no me pusiera de forma inmediata con La señora Dalloway. En 2026 pensé leer este libro en la edición de Alianza, que tiene mi mujer, con la letra algo más grande, y la traducción de José Luis López Muñoz (un clásico de Alianza), pero busqué información en internet y descubrí que tiene algo más de prestigio la traducción de Cátedra que la de Alianza. De este modo, al final tomé el libro de Cátedra y empecé a leer la novela, para acercarme a posteriori al prólogo.
Creo que tardé un poco en acostumbrarme al tamaño de la letra. Ahora, pasados los cincuenta años, que además de miopía también tengo presbicia, este tipo de detalles, que hace veinte años me habrían dado igual, empiezan a ser importantes. Tuve que leer dos veces las dos primeras páginas porque tenía la sensación de que se me estaba escapando lo que leía. En la primera escena aparece la señora Dalloway, de la que aún no sabemos, el día de junio de 1923 en que transcurre la trama, que tiene cincuenta y dos años, y se nos dice que tiene dieciocho y literalmente leo: «hasta que Peter dijo: “¿Mirando a las musarañas” —eso dijo—. “Prefiero a los hombres antes que a las musarañas —¿eso dijo? Debió de decirlo en el desayuno, cuando ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Volvería de la India un día de estos.» (pág. 150 y segunda de la novela) ¿Estaba hablando con Peter? ¿Con el mismo Peter que no estaba allí, sino en la India? Si tomo la traducción de Alianza, de López Muñoz, queda mucho más claro que la señora Dalloway está recordando una mañana del pasado, en la que tenía dieciocho años. No estoy seguro, pero tengo la sensación de que en el original en inglés se debe de jugar a la confusión de presente y pasado, más como aparece en la traducción de Cátedra, que como aparece en Alianza. El lector, sin embargo, comprenderá pronto el juego estructural y de estilo: los personajes de La señora Dalloway mezclan en su percepción de la realidad lo que están viendo en ese momento con lo que están recordando. A pesar de lo insinuado anteriormente, sobre una posible confusión al empezar a leer el libro, lo cierto es que el juego de Woolf acabará siendo mucho más controlable y comprensible que el de Joyce. Digamos que el flujo de conciencia de Joyce es más salvaje y más puro, en el sentido de que el lector accede a pensamientos del personaje que, en más de un caso, no sabe cómo interpretar, y en los flujos de conciencia de Woolf este recurso narrativo acabará siendo más accesible y más fácil de seguir.
La señora Dalloway, casada con un político, pertenece a la burguesía ociosa de Londres y la mañana de junio de 1923 en que comienza la novela ha salido de casa para comprar las flores con las que decorará su casa esa noche, cuando va a organizar una fiesta, algo a lo que es muy aficionada. En más de una ocasión se interroga sobre cómo habría sido su vida si se hubiese casado con Peter, que fue su pretendiente en la juventud, pero acabó decidiéndose por Richard Dalloway, que aunque en apariencia parecía un tipo más aburrido era alguien que iba a darle una posición social más sólida. Peter emigró a la India y llevó una vida más disoluta y aventurera que la que hubiera tenido en Inglaterra. Sin embargo, acabaremos sabiendo que la verdadera pasión de juventud de Clarissa Dalloway fue su amiga Sally Seton, rebelde en sus primeros años y ahora también una respetable mujer casada burguesa. «Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?» (pág. 179)
En el único día en el que transcurre la novela (igual que en el Ulises de Joyce, aunque ahora en Londres y no en Dublín), aparecerá en escena Peter, recién llegado de la India, que será invitado a la fiesta de Dalloway por la noche. Peter me ha acabado pareciendo un personaje más interesante que Clarissa, con más aristas y claroscuros.
Cuando la señora Dalloway sale de la tienda de flores un coche oficial, que tal vez transporte a los reyes de Inglaterra, está atravesando la calle, y el eje de la novela deja de pivotar alrededor de Dalloway para pasar a hablarnos de Septimus Warren Smith, que también pasea ese día por las calles de Londres. Septimus es un excombatiente de la Primera Guerra Mundial, de unos treinta años, casado con una joven italiana al final de la guerra. Septimus sufre estrés postraumático (una enfermedad no considerada aún) y siente disociación y desapego del mundo. Además sufre alucinaciones que alteran su percepción de la realidad. El oficial de Septimus en la guerra, Evans, muere, y al principio Septimus se siente contento por no sentir nada, por haber aprendido de la guerra, pero su impresión será falsa y pronto va a empezar a necesitar ayuda psiquiátrica. No es un tema evidente, pero en la relación de amistad que Septimus y Evans tuvieron en la guerra el lector puede sentir una posible pulsión homoerótica. Así que los dos principales protagonistas del libro, Clarissa y Septimus, se nos acabarán mostrando como personas reprimidas por la sociedad en la que viven. Mientras que Septimus ha quedado fuera de la norma y se ha transformado en un paria, Clarissa ha conseguido adaptarse, aunque no por ello parece muy feliz. Al principio, tenía la sensación de que la presencia de Septimus en la novela rompía la historia, era un personaje que no tenía relación con los personajes principales (Clarissa, Peter o Richard…), y que simplemente coincidía en la calle con Clarissa, pero al final Woolf acaba marcando un contrapunto entre los dos principales personajes de la novela (Señora Dalloway y Septimus) y Septimus acaba convirtiéndose en un símbolo de la época (el periodo de entreguerras) en la que se sitúa la acción.
Otro personaje que me ha resultado muy interesante es Doris Kilman, de origen alemán, y que trabaja en la casa de los Dalloway como institutriz de su hija. Una mujer culta, que se ha convertido en otra paria, después de la primera guerra mundial, por sus orígenes alemanes y que arrastra un gran rencor de clase contra la burguesa y, en apariencia, superficial Clarissa. Y también puede estar enamorada de su alumna, Elizabeth Dalloway. Así que esta novela acaba siendo, en realidad, una novela con un trasfondo muy homosexual, lo que es sorprendente para la fecha de publicación.
Es destacable el estilo de la novela entre la exaltación ante lo cotidiano y el cambio brusco a la tristeza y la desolación. En las notas a pie de página se habla de la influencia de La tierra baldía de Eliot sobre el estilo de La señora Dalloway. Las metáforas que usa Virginia Woolf en este libro son potentes y bellas.
El prólogo de María Lozano es casi tan extenso como la novela. Me ha interesado. Lozano ha hecho un recorrido por la vida de Woolf, así como de la evolución de su estilo desde sus primeras novelas hasta llegar a La señora Dalloway. Por supuesto, como suele pasar con los libros de Cátedra, es recomendable dejar este prólogo para el final, puesto que destripa la novela por completo.
En definitiva, he tenido una grata impresión de mi acercamiento, por fin, a una primera novela de Virginia Woolf. Leeré más, sin duda.


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