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La elección de la soledad

Como dijo François Mauriac: “La felicidad se ensaña con algunos seres como si se tratase de la desgracia, y ciertamente lo es”. Y es esa felicidad de juguete, en la que resulta inmoral no rebosar de alegría ante los demás, donde la soledad angustia y envenena la vida. En soledad resulta vano mostrar el supremo bien al que algunos aspiran: la sonrisa carnívora de los vencedores. Porque en soledad no somos nadie. Nuestra felicidad está asociada indisolublemente a los demás. Nos creemos los seres más afortunados del mundo y cuando nos enteramos de que otro pasa sus vacaciones en un lugar más exótico, que tiene una vida amorosa más excitante o mejores perspectivas profesionales, concluimos con que somos unos pobres desgraciados. En este contexto, la comunión con la naturaleza, el silencio, la meditación, la lentitud recobrada, el placer de vivir a contratiempo, la ociosidad estudiosa o el disfrute de la lectura, todos placeres íntimos, no endomingados, vividos al margen de la obligada euforia colectiva, se consideran de serie B. Racine decía que una felicidad tan poco espectacular no le procuraba ningún placer. Si no provocaba celos no era felicidad.

He aquí tres propuestas que ponen de manifiesto el poder de la soledad: la soledad como aliada, la soledad necesaria y la soledad radical.

 

UN LIBRO

ADN: El secreto de la vida
James D. Watson
Editorial Taurus, 2003

DNA-Experiment

El ADN, la estructura de nuestro secreto

James D. Watson recibió el Premio Nobel de Fisiología en 1962, junto a Francis Crick y Maurice Wilkins por el descubrimiento de la estructura del ADN, culminación de la genética a partir de las investigaciones moleculares. Al desvelar que el secreto de la vida es químico, la genética moderna ha situado al ser humano frente a su soledad más radical. Somos lo que nos deja la doble hélice. Dicho esto, ¿qué importa el resto?

Con la lectura de este libro constatamos que la vida humana puede ser modificada simplemente alterando algo que está dentro de nosotros y que, en última instancia, somos nosotros mismos. ¡Qué soledad más profunda!

El libro, por otra parte, es un verdadero disfrute porque, entre otras cuestiones, ofrece explicaciones muy asequibles sobre los procesos moleculares y las tecnologías emergentes. Cuenta los diferentes hallazgos científicos relacionados con diversas enfermedades, entre ellas el cáncer de mama. Describe la progresiva aplicación de la genética molecular a la medicina forense y a la paleontología. ¿Podríamos decir  que la lectura de este libro es importante para comprender nuestro destino?

 

UNA PELÍCULA
El silencio de un hombre,
Jean-Pierre Melville
Drama,1967

SOLEDAD ALAIN DELON

Alain Delon en «El silencio de un hombre»

Jeff Costello (Alain Delon) es un asesino a sueldo del hampa parisina, un samurai. La soledad es su mejor aliada. Vive en un pequeño piso de París con la única compañía de un pájaro. Es un luchador infatigable cuya seguridad depende de su capacidad para mantenerse alejado de todo y de todos.

Trabajar con la muerte le exige vivir en soledad. De hecho la película se abre con estas palabras de El Bushido, el libro de los samuráis (bushi, en japonés, los que exigían lealtad y honor hasta la muerte): “No hay soledad más profunda que la del samurai, a no ser la de un tigre en la selva”. Cuando es engañado por sus socios y perseguido por la policía, cuando la pérdida de su anonimato le deja al descubierto, sabe que ya no tiene escapatoria. Ha dejado de ser él. Entonces planifica su muerte entre el público, su enemigo.

El silencio de un hombre es la obra maestra de J-P. Melville y una de las mejores interpretaciones de Alain Delon de toda su irregular carrera. Resulta patente la voluntad de Melville por alejar al cine francés de la tiranía de la literatura, haciendo del lenguaje cinematográfico en palabras de Alexander Astruc (1948): “un medio de escritura tan flexible y sutil como el lenguaje escrito”.

Jim Jarmusch adaptó esta película en Ghost dog: el camino del samurai, donde el papel de Alain Delon es interpretado por Forest Whitaker.

 

UN LIBRO Y UNA PELÍCULA

LECCIÓN DE ÉTICA

Matar a un ruiseñor

Novela escrita por Harper Lee
Película dirigida  por Robert Mulligan con música de Elmer Berstein
Actores: Gregory Peck, Mary Badham, Philip Alford, Robert Duvall…

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Atticus Finch: “Matar a un ruiseñor es un grave pecado, porque lo único que hace es cantar para regalarnos el oído”.

En una pequeña ciudad de Alabama, al sur de los Estados Unidos, durante la gran depresión de los años treinta, una mujer blanca acusa a un hombre negro de haberla violado. Aunque no existan pruebas de culpabilidad en el acusado, el color de su piel será suficiente para que su veredicto sea desfavorable y ningún abogado, salvo Atticus Finch, (Gregory Peck) el más honrado ciudadano de la localidad, quiera defenderlo. Este acontecimiento viene a romper el sosiego que vive la pequeña comunidad y el hecho de hacerse cargo de la defensa del acusado ocasiona al abogado innumerables problemas con sus vecinos. Sin embargo, y mientras se sucede el juicio, el viudo Atticus Finch irá conquistando poco a poco la admiración de sus dos hijos pequeños, Scout, narradora de esta historia, y su hermano Jem. Paralelamente, ambos niños investigan a su modo sobre el misterioso Boo Radley, -interpretado por Robert Duvall en su primera aparición importante-, un joven enfermo mental que ha vivido encerrado durante años y al que nadie había visto desde que era pequeño. Atticus Finch irá enseñando a la pequeña a no juzgar a la gente por las apariencias y a tratar a todas las personas por igual. Matar a un Ruiseñor, rodada en un deslumbrante blanco y negro, está basada en la novela de Harper Lee, ganadora dos años antes del premio Pulitzer. La película es una buena adaptación del mensaje sobre la honorabilidad, la igualdad entre seres humanos, donde brillan el amor a la verdad y a la justicia. Gregory Peck se hizo merecedor del único Oscar de su carrera. La película también ganaría el Oscar al mejor guión adaptado.

POST DATA

Empieza el verano, la estación en la que la libertad individual, a menudo escondida en algún rincón de nuestro cerebro, tal vez se anime a esbozar destellos de creatividad. Y en tiempos de penuria intelectual la imaginación puede que sea un arma que nos salve de los incendios que «los otros» prenden cada día, con los que practican esa otra libertad individualista que sostiene sus corruptelas. Me temo que solo el voto no nos salvará de la quema.

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