Inicio > Libros > Juvenil > La última Gatopardo

La última Gatopardo

La última Gatopardo

El tesoro del ser humano es sin duda su infancia. La suerte de haber transitado los primeros años de vida en un entorno acogedor, cargado de seguridad y cariño es un regalo vital para consolidar una vida adulta razonablemente feliz. Aquella jovencita tenía mucha suerte y lo sabía. Era tímida, listilla y aventurera a su pesar. Pertenecía a una de aquellas familias numerosas del sur de España muy ligada al Mediterráneo y su historia milenaria, donde la sabiduría popular hacía livianas las cargas más duras de la existencia porque había aprendido, tras siglos de colonizaciones, reconquistas e hijos bastardos, a vivir con una resignación lúcida cargada de orgullo, valentía y humor a partes iguales.

Su incorporación a la amplia familia fue tardía, con padres veteranos tan ilusionados como sorprendidos con la llegada de aquel bebé de última hora y cinco hermanos adolescentes y viajeros que, en plena década de los 80, reivindicaban cuestiones sociales a golpe de cantautor, viajaban por Europa en un dos caballos prestado, trabajaban de guías culturales o de maestros particulares para pagarse un billete de avión y ahorraban el dinero de la paga para poder comprarse libros. Todos universitarios, cada uno había elegido una carrera diferente a modo de bandera intelectual de una ideología forjada en la libertad y el esfuerzo personal. Sus bibliotecas iban conformando en la casa familiar cinco sectores diferentes del conocimiento que en charlas nocturnas de hermanos y amigos éstos defendían con pasión juvenil: el arquitecto, el historiador, la filóloga inglesa, la economista y la filóloga hispánica eran en esas tardes y para aquella niña que miraba fascinada, como los cinco semidioses de un Olimpo doméstico, cada uno de ellos encarnando un animal potente, insuperable y mitológico.

"Las habitaciones de los hermanos, enormes, silenciosas, atestadas de libros, apuntes y ropa desordenada, se distribuían en el piso superior como pequeños reinos de Taifas"

Aquella casa andaluza enorme a modo de domus romana pasada por el filtro de ocho siglos de dominación musulmana y otros ocho de iconografía católica, giraba en torno a un patio central alicatado con la inevitable cerámica almohade de limo trianero y pigmentos vistosos delimitados con la cuerda seca formando una enrevesada decoración geométrica cristalizada en los altos hornos de la isla de la Cartuja. Un lugar fresco incluso en las horas más rigurosas del verano interminable, cuyas paredes encaladas se adornaban con un par de vírgenes sevillanas y algún santo protector de la familia alzándose juntos con dificultad por encima del bosque compuesto por decenas de tiestos de barro con helechos y pilistras, cuyo lugar secular quedaba impreso con una huella circular imborrable sobre el mármol veteado del suelo.

Las habitaciones de los hermanos, enormes, silenciosas, atestadas de libros, apuntes y ropa desordenada, se distribuían en el piso superior como pequeños reinos de Taifas cuyas puertas la madre del clan había decidido, muy sabiamente, atravesar lo mínimo y en pequeñas incursiones para recabar o transmitir información (“¿Cuándo vas a recoger tu cuarto?” o “tenéis algo para cenar en la nevera”. Cosas así).

"Reglas, escuadras y cartabones se amontonaban en una mesilla baja donde hasta el mismo Teodoro de Samos se habría sentido admirado de la infinidad de tamaños, materiales y colores de estos artilugios"

Una gata blanca acompañaba a la niña por los recovecos de la enorme casa en el silencio de la siesta, cuando después de fingir un buen rato la respiración acompasada del sueño se levantaba de puntillas sabiendo que todos dormían menos ella. Le gustaba la sensación de exploradora sin permiso por aquel laberinto en penumbras. Sobre todo porque le permitía husmear allá donde casi siempre le era vetada la entrada: las cinco clandestinas, insondables, mágicas bibliotecas. Una niña de ocho años con una gata traviesa (Duquesa era su nombre, como la de los Aristogatos, porque era elegante, seductora y fiel, como aquella), no siempre eran bien recibidas en esos reinos donde el silencio y la concentración del estudio debían ser absolutos. Pero esa prohibición no hacía más que aumentar el deseo, y un estímulo así era demasiado suculento para ser mantenido a raya. De esa manera y para aquella jovencita, la idea de aventura quedaría para siempre impresa en el camino sin retorno de adentrarse en una biblioteca.

La más singular era la del arquitecto; una gran sala con dos espacios bien diferenciados: uno a modo de ventanal gigantesco donde había dos mesas inclinadas de dibujo con unas finas cuerdas tensadas que sostenían instrumentos para medir líneas y espacios sobre el papel blanquísimo como una tentación al que estaba especialmente prohibido acercarse o incluso respirar en un radio de, al menos, 7 metros. “Si presento el proyecto con alguna manchita, por pequeña que sea —le explicaba el  hermano con paciencia desde el alto taburete— me harán repetirlo, así que ni lo sueñes, enana”. Reglas, escuadras y cartabones se amontonaban en una mesilla baja donde hasta el mismo Teodoro de Samos se habría sentido admirado de la infinidad de tamaños, materiales y colores de estos artilugios idénticos a los que él mismo inventara dos mil años atrás.

"A la jovencita exploradora le encantaba el peso sobre sus rodillas de los grandes álbumes de fotografías con aquellas blanquísimas casas arquitrabadas de enormes ventanales sin reja"

El otro espacio lo ocupaba, claro está, la biblioteca: Los Diez libros de arquitectura de Vitrubio y los Cuatro de Palladio reinaban orgullosos, inmortales, en mitad de una más que evidente tendencia a la modernidad mezclada con tintes de reflexión urbanística y apasionados acentos musicales (siempre sonaba algún aria en el viejo tocadiscos de esta habitación) en los gustos del joven arquitecto: Arhaim, Lloyd Wright, Montaner, Venturi, Jane Jacobs, Tanizaki, y por supuesto, su amado Le Corbusier en diferentes formatos y lenguas, destacando entre ellos el bellísimo Mensaje a los estudiantes de Arquitectura muy sobado y cuidadosamente subrayado en grafito Staedtler de 2mm. A la jovencita exploradora le encantaba el peso sobre sus rodillas de los grandes álbumes de fotografías con aquellas blanquísimas casas arquitrabadas de enormes ventanales sin reja a través de los cuales los cactus se alzaban como hermosas esculturas desérticas. Pero sin duda el gran descubrimiento de aquella sala fue el de un libro misterioso desde el título, o sea, irresistible: Las ciudades invisibles, de un tal Italo Calvino. Al principio, claro, no entendía demasiado bien, pero entre aquellas páginas se escondía un ritmo casi mágico que la empujaba a seguir leyendo o soñando sin solución de continuidad. A nadie se lo contó, y nadie pudo explicarle entonces lo que ella averiguó sola años después con otros libros, otros escritores y muchas lecturas. Aquella extraña sensación se llamaba Literatura.

Las bibliotecas de las tres chicas (las dos filólogas y la economista) se concentraban en un solo espacio gigantesco con una enorme mesa central de estudio y un equipo de música en un rincón. Era la más caótica, con decenas de libros distribuidos arbitrariamente o por orden de llegada, pero es que aquella era una biblioteca en construcción, orgánica; recibiendo y ofreciendo libros nuevos casi cada día. Aquí el ambiente era distinto. Las hermanas charlaban, reían o escuchaban música mientras estudiaban, por lo que la presencia de la niña deambulando por la biblioteca no solo era consentida sino incluso a veces sencillamente ignorada. Había un poco de todo, una buena representación de la historia de la literatura española junto a los imprescindibles clásicos anglosajones donde la jovencita, sin más guía que su propia intuición (a la insistencia de la niña preguntando a aquellas adolescentes “¿qué puedo leer?”, la respuesta era siempre la misma: “lo que quieras”). Y como ella quería leerlo todo, devoraba los libros elegidos por criterios tan válidos como un título seductor o misterioso, una portada atractiva o un grosor asimilable: pasaron entonces por sus manos en fructífero caos El Lazarillo de Tormes, La Celestina, Las novelas ejemplares, el Tristram Shandy, El Principito, El retrato de Dorian Grey, Frankenstein, El romancero gitano, Campos de Castilla, Los viajes de Gulliver, Ficciones, El libro del buen amor, 20 poemas de amor y una canción desesperada, Rimas y leyendas, La casa de Bernarda Alba, Luces de Bohemia, El sombrero de tres picos, La vida del Buscón, Coplas a la muerte de su padre, El príncipe destronado, Romeo y Julieta, La letra escarlata, los sonetos de Shakespeare, El perro de los Baskerville, las Aventuras de Hércules Poirot, y un viejo volumen bilingüe ilustrado de un poeta inglés llamado Tennyson que incluía dos historias que le fascinaban: una era la de la Dama de Shalott, que teje y espera y no puede mirar porque carga con una maldición hasta que un día ve reflejada en el espejo la figura de un joven jinete que pasa bajo su ventana hacia Camelot y entonces decide acabar con todo como única salida para empezar a vivir y a amar. Y su amor es a la vez su propia muerte, y entonces Tennyson escribe una de las frases más tristemente hermosas de la Literatura: “Cansada estoy de las sombras”, y la joven lectora se emocionaba siempre con estas palabras, porque había algo autobiográfico en aquella decisión.

"Aquella jovencita, supongo, terminó enamorándose de ese viejo y testarudo lobo de mar dueño de un destino que no podía concluir entre los muros de un castillo"

La otra historia del libro hablaba de un héroe griego. Su nombre era Ulises y la jovencita lo conocía porque tenía un álbum titulado Los viajes de Ulises, editado por Nutrexpa, que había ido rellenando pacientemente con cromos que regalaban con la compra de algún producto Nestlé. Pero el de este poeta inglés en nada se parecía a aquel rey atrevido y mentiroso de los cromos, el guerrero valiente de los mil trucos, aventurero a su pesar, con amantes hermosas en todos los puertos en los que recalaba por maldición de los dioses y a los que, a pesar de la melancolía del recuerdo de su esposa, su reino y su hogar, no parecía tener prisa por abandonar, sobre todo cuando los jóvenes brazos de Circe le retenían mientras se curaban las heridas de Troya. El Ulises de Tennyson era diferente; era un héroe cansado no de la aventura, sino de la seguridad de la trinchera. Había llegado a Ítaca por fin, pero el lugar no era el mismo que abandonara años atrás, o era él quien tal vez había cambiado para siempre, pues efectivamente habitaba un hogar perfecto pero monótono, acompañado dulcemente por una esposa fiel pero anciana y herida con el reproche de no alcanzar a saber cuántas mujeres habían sido acariciadas por unas manos que ahora la abrazaban con afecto pero nunca más con pasión; rey de un pueblo sometido, pero bárbaro;  padre de un hijo amado pero desconocido lleno de juventud y ambiciones (“Él hace lo suyo, yo lo mío”). El héroe entonces mira a su alrededor y decide emprender de nuevo el viaje:

“De nada sirve que viva como un rey inútil junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, consorte de una anciana” (…). “No encuentro descanso al no viajar; quiero vivir la vida hasta las heces. Siempre he gozado mucho, con quienes me amaban o en soledad” (…). “He llegado a ser famoso pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, he visto y conocido mucho” (…). “Formo parte de todo lo que he visto, y sin embargo toda experiencia es un arco a través del cual se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye una y otra vez cuando avanzo. ¡Qué fastidio es detenerse, terminar, oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! Como si respirar fuera la vida” (…).

“Venid, amigos míos. No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. Zarpemos, y sentados en perfecto orden, hiramos los resonantes surcos, pues me propongo navegar más allá del poniente” (…). “A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y a pesar de que no tenemos ahora el vigor que antaño movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos”.

Aquella jovencita, supongo, terminó enamorándose de ese viejo y testarudo lobo de mar dueño de un destino que no podía concluir entre los muros de un castillo. Y los libros, poco a poco, se iban revelando ante esta niña a un mismo tiempo como oráculo y como espejo.

"Eran los héroes de sus sueños alimentados por las lecturas primero y después por los viajes, la experiencia y la vida"

Pero sin lugar a dudas, de toda aquella magnífica casa, su espacio favorito era la biblioteca del historiador. No era el lugar más grande, ni el más luminoso ni el más fresco ni el más hermoso; ni siquiera era el más prohibido, pues allí siempre se sentía bienvenida. Pero era un lugar fascinante; una suerte de Aleph con olor a tabaco de pipa y legajos donde la niña aprendió, leyendo bajo una reproducción a escala de El columpio de Fragonard la gran lección definitiva: que todo, absolutamente todo lo que conforma la vida está conectado entre sí. A partir de esa premisa aparentemente sencilla pero casi olvidada por el ser humano profesional y moderno alejado de la Naturaleza y de sí mismo, la Biblioteca comenzó a adquirir una nueva e interesante dimensión, revelando que Moisés, Gilgamesh, Hércules, Argantonio, Aquiles, Leónidas, Ciro, Alejandro, César, Aníbal, Lancelot, Tariq, El Cid, Gattamelatta, el Amadís, Boabdil, Don Quijote, Otelo, Villamediana, Blas de Lezo, Daoíz, Montecristo, Leigh Fermor, Lartèguy y Corso eran un mismo hombre, pues estaban enlazados por la memoria y los libros, y todo cobraba sentido gracias a que aquella jovencita los amaba. Eran los héroes de sus sueños, alimentados por las lecturas primero y después por los viajes, la experiencia y la vida.

Con los años, esa joven lectora fue construyendo su propia biblioteca deudora de aquellas  otras (que ya no existen, como tampoco existen ya aquella casa, aquella gata blanca ni aquellos días) y de otros héroes y otros amores, y comprendió que el hombre camina siguiendo su destino hacia un lugar irreconocible, arrastrando con él las extrañezas de la vejez y el olvido, pero llevando también (si ha tenido la paciencia y la humildad suficientes para querer saber), la certeza analgésica de que las bibliotecas cargadas con la experiencia y la sabiduría de los muertos que las habitan seguirán ahí mostrando, a quien se atreva a interpelarles, todos los caminos ocultos.