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La violencia y los vascos

Al protagonista de esta gruesa novela no lo conocemos por su nombre de pila sino por su apodo. En el colegio y en las calles de Bilbao unos le llaman Cangrejo, otros Grejo y algunos Grejito o incluso Crustáceo. Nos quedamos sin saber si tiene o no ocho apellidos vascos, si se llama Pedro o Gorka, si sus padres son oriundos o maquetos, todo lo cual, en esa tierra tan peculiar, tiene su importancia. No es casual sin embargo que el narrador nos prive de esa relevante información. El héroe de esta novela habita en las sombras. Desde las primeras páginas sobrevuela una pregunta: por qué este chico es así, tan terco y feroz, tan ofuscado y violento.

Cangrejo es hijo único de padres divorciados, de la clase media bilbaína. Vive cerca de la plaza de la Casilla, pasa su niñez y adolescencia en los años noventa del pasado siglo, esa última década de los tiempos antiguos, antes de que el smartphone y las redes sociales lo cambiaran todo. Pertenece por lo tanto a una generación a caballo entre dos mundos, transitoria y con menos esperanza y alegría que las precedentes. Cangrejo vive en lucha con su madre, que lo quiere tanto como le teme, con su lejano y ausente padre, con el colegio carcelario, con la sociedad de los adultos y en general con el mundo. Se desentiende pronto de los estudios, se aparta de esos caminos trillados que prometen con la boca cada vez más pequeña un final feliz —bachillerato, universidad y carrera profesional—, pero no renuncia a la voluntad de poder. Anhela empuñar el cetro del prestigio, la fama, la gloria. Quiere que su nombre —un tal Cangrejo, como reza el título— resuene en los patios de los colegios y en las calles y plazas de Bilbao. Como tan alto honor no le viene de forma natural a la mano, anida en su pecho un deseo de venganza. Se une a los malos del colegio permitiendo que Jotacé, el líder de la banda, le pegue una patada en los testículos (perdón, en los huevos) delante de sus compañeros. No protesta ni devuelve el golpe, calla y agacha la cabeza. Ese momento marcará su destino. No se deja humillar como un perdedor sino como un ganador o, mejor dicho, para ganar. A los pocos días ha ingresado en la banda, es uno más de esa jauría cobarde y violenta. Con ellos de escudo protector se hará temer y respetar. No jalonará sus días con logros tan modestos como aprobar asignaturas, pasar de curso y obtener títulos oficiales, sino con hazañas que nunca nadie podrá olvidar. Este otro camino de inmediatas recompensas, como cabía esperar, lo arrastra al páramo del alcohol y las drogas, el tedio, la abulia, la ira y la delincuencia.

"El vocabulario y aun la sintaxis golpean fuerte en el rostro y a veces también en la boca del estómago. Destacan exabruptos y cacofonías elegidos a conciencia para incomodar al lector"

Cangrejo se halla siempre en el mismo lugar, atrapado en un día sin horizonte. Esa frustración, ese odio a sí mismo lo pagan su madre y sus abuelos, con quienes convive. Por su madre no siente compasión ni gratitud, sólo repulsa. Si a ella la insulta y amenaza, a sus abuelos los maltrata como si fueran pellejos humanos indignos de su atención. Cangrejo aprende algo de sus desmesuradas vivencias, pero tampoco demasiado. No estamos ante una novela clásica de aprendizaje y maduración. Al igual que su vida atropellada, los episodios del extenso relato galopan como un potro desbocado. El vocabulario y aun la sintaxis golpean fuerte en el rostro y a veces también en la boca del estómago. Destacan exabruptos y cacofonías elegidos a conciencia para incomodar al lector, así por ejemplo: “Poco a poco aprendían las leyes del comercio, de ese capital que regulaba un mundo ancho y demasiado complejo al que bien le podían dar por el mismísimo culo”; “Si están lejos de Ametzola es porque no es sitio seguro aquel donde hay amenaza de lluvias de hostias”.

Así como el personaje se esconde tras el apodo, la Bilbao real también se nos oculta. Aquí no hay jóvenes abertzales ni kale borroka, no hay trasfondo político ni temor reverencial al demonio colectivo del hacha y la serpiente. El Bilbao de la novela es y no es el Bilbao histórico de los años noventa, de igual modo que Cangrejo es y no es el narrador, escribe y no escribe cuando se encierra en su cuarto, tiene y no tiene aspiraciones, proyecto, futuro. Esta calculada ambigüedad es en cambio el terreno firme que pisa Guillermo Aguirre. El autor, en efecto, nos lleva por donde quiere y hasta donde quiere, ni más lejos ni más cerca. Su mostrar es un ir ocultando, su iluminación un juego de sombras, y su escribir un callar el nombre ficticio de las cosas.

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Autor: Guillermo Aguirre. TítuloUn tal CangrejoEditorial: Sexto Piso. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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