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La zanja, de Andréi Platónov

Rusia interior, años treinta. Un equipo de trabajadores se dedica a excavar los cimientos de un inmenso edificio: una casa palaciega para el futuro perfecto socialista que, están convencidos, está al alcance de la mano. Pero cuanto más duro trabajan y más profundamente cavan, las cosas salen peor: el sitio poco a poco se asemeja a una inmensa tumba.

La zanja es el libro más abiertamente político de Platónov, escrito en respuesta directa a las escalofriantes brutalidades de la colectivización de la agricultura rusa por parte de Stalin. Es también una obra maestra literaria. Al tratar de evocar realidades indescriptibles, Platónov deforma y transforma el lenguaje en páginas que reflejan tanto el doble discurso alienante del poder como la dura sencillez de la oración.

Esta edición (Armaenia Editorial) contiene el texto definitivo del autor traducido por primera vez al español y se publica con un esclarecedor posfacio de los estudiosos de la obra de Platónov y traductores Robert Chandler y Olga Meerson, además de un apéndice con fragmentos de interés suprimidos por el propio autor.

Andréi Platónov (1899-1951) comenzó a publicar poemas y relatos en 1920 y trabajó como experto en la recuperación de tierras en el centro de Rusia, donde fue testigo de los estragos de la Gran Hambruna. En la década de 1930, Platónov cayó en desgracia con Stalin y su obra dejó de ser publicada hasta 1987. Sus libros más conocidos son Chevengur (Cátedra, 2001), Dzhan (F. Pimentel 2017) y La patria de la electricidad y otros relatos (Galaxia Gutenberg, 2003).

Zenda publica las primeras páginas.

El día del trigésimo aniversario de su vida personal, a Vóschev le dieron el finiquito en la pequeña fábrica de maquinaria donde obtenía los recursos para vivir. En la carta de despido escribieron que se le apartaba de la producción a consecuencia del aumento de la debilidad en él y de su ensimismamiento en el ritmo general de trabajo.

En el piso, Vóschev metió sus cosas en un saco y salió fuera para, al aire libre, comprender mejor su futuro. Pero el aire estaba vacío, los árboles inmóviles mantenían cuidadosos el calor de sus hojas y el polvo yacía aburrido en el camino desierto: la naturaleza tenía un estado calmo. Vóschev no sabía hacia dónde tirar y, en el límite de la ciudad, se acodó en la tapia baja de una hacienda en la que se habituaba al trabajo y a la utilidad a los niños sin familia. Más allá, la ciudad se acababa: solo quedaba una cervecería para los campesinos temporeros y otras categorías de retribución baja que se levantaba sin patio de ningún tipo, como toda institución oficial, y detrás de la cervecería se alzaba una loma arcillosa y un viejo árbol crecía en ella, solo en medio del tiempo claro. Vóschev se llegó hasta la cervecería y entró en las voces humanas sinceras. Aquí se encontraban personas impulsivas que se entregaban al olvido de su infelicidad y, entre ellos, Vóschev se sintió más sordo y más ligero. Estuvo en la cervecería hasta la tarde, hasta que empezó a alborotar el viento del tiempo cambiante; entonces Vóschev se acercó a la ventana abierta para observar el inicio de la noche y vio el árbol en la loma de arcilla: se tambaleaba ante la adversidad y con oculta vergüenza se torcían sus hojas. En algún lugar, seguramente en el jardín de los empleados del comercio soviético, penaba una orquesta de viento; una música monótona, que no llegaba a existir del todo, se marchaba rápidamente, ayudada por el viento, a la naturaleza, atravesando el páramo pegado al barranco. Vóschev oía la música con el placer de la esperanza, porque pocas veces le correspondía una alegría, pero nada podía hacer que estuviera a la altura de la música, y pasó su tiempo vespertino sin moverse. Después de los sonidos de viento regresó el silencio y a este lo cubrió una oscuridad aún más callada. Vóschev se sentó junto a la ventana para observar la delicada oscuridad de la noche, para escuchar la variedad de sonidos tristes y para atormentar su corazón, sitiado por crueles huesos petrosos.

—¡Oye, alimentador! —resonó en el local ya en calma—. ¡Danos un par de jarras, que llenemos el hueco!

Vóschev había descubierto tiempo atrás que la gente siempre llegaba a la cervecería en parejas, como los novios y las novias, y a veces formando bodas enteras y bien unidas.

Esta vez el trabajador alimentario no sirvió la cerveza y los dos techadores recién llegados se limpiaron con el mandil la boca sedienta.

—¡Burócrata, en cuanto un obrero mueve un dedo, tú cumples sus órdenes y, además, con orgullo!

Pero el alimentador protegía sus fuerzas del desgaste laboral para tenerlas en su vida personal y no entró en desavenencias.

—El establecimiento está cerrado, ciudadanos. Dedíquense a lo que sea en su casa.

Los techadores se llevaron de un platito a la boca un rosco salado y salieron fuera. Vóschev se había quedado solo en la cervecería.

—¡Ciudadano! Solo ha pedido una jarra, pero lleva aquí ni se sabe. Ha pagado por la bebida, ¡no por el local!

Vóschev agarró su saco y se dirigió a la noche. El interrogante cielo lucía sobre él con la fuerza dolorosa de las estrellas, pero en la ciudad ya se habían apagado las luces, y aquel que tenía la posibilidad dormía, después de una cena saciante. Vóschev bajó por las migajas de la tierra hasta el barranco y aquí se tumbó boca abajo, para dormir y abandonarse. Pero el sueño necesita tranquilidad de la razón, confianza en la vida y perdón de la pena vivida, mientras que Vóschev estaba tumbado con tensión fría en la conciencia y no sabía si era útil para el mundo o si todo saldría bien sin él. Desde un lugar desconocido empezó a soplar el viento para que la gente no se asfixiara, y con la débil voz de la duda informó de su servicio un perro de los suburbios.

—El perro siente añoranza; solo vive porque ha nacido, como yo.

El cuerpo de Vóschev estaba pálido por el cansancio, sintió frío en los párpados y tapó con ellos los ojos cálidos.

El cervecero ya había ventilado su local, a causa del sol se inquietaban ya alrededor vientos y hierbas, cuando Vóschev abrió con pesar los ojos repletos de fuerza húmeda. De nuevo lo aguardaba vivir y alimentarse, por eso se fue a ver a la comisión de la fábrica, a defender su innecesario trabajo.

—La dirección dice que te que quedabas parado y pensando en medio de la producción —dijeron en la comisión—. ¿En qué pensabas, camarada Vóschev?

—En el plan de vida.

—La fábrica trabaja según el plan preparado para el monopolio. Y el plan de tu vida personal podías haberlo estudiado en el club o en el rincón rojo.

—Pensaba en el plan de la vida en general. Mi vida no me da miedo, no es ningún misterio.

—Bien, ¿y qué podías haber hecho?

—Podía haber compuesto algo parecido a la felicidad y la productividad mejoraría por el sentido espiritual.

—La felicidad vendrá del materialismo, camarada Vóschev, y no del sentido. No podemos apoyarte, eres una persona irresponsable y no queremos encontrarnos en la cola de las masas.

Vóschev quería pedir algún trabajo más flojo, uno que bastara para mantenerse, que ya pensaría él en el tiempo fuera de este horario; pero para pedir hay que tener respeto a la gente, y Vóschev no había visto en ellos ese sentimiento.

—Tienen miedo de estar en la cola, porque es una extremidad, ¡y se han colgado de su cuello!

—Vóschev, el Estado te ha dado una hora de más para tus ensimismamientos: trabajabas ocho horas y ahora, solo siete, ¡harías mejor en vivir y callar! Si nos ponemos a pensar todos a la vez, ¿quién va a actuar?

—Sin pensamiento, la gente actuará sin sentido —meditó Vóschev.

Y sin ayuda alguna, se marchó de la comisión. Su camino a pie se extendía en pleno verano, a ambos lados se estaban construyendo casas y acondicionamiento técnico: en esas casas iban a existir en silencio las masas hasta ahora sin cobijo. El cuerpo de Vóschev era indiferente a las comodidades, podía vivir y no cansarse nunca en el campo abierto, pero penar infeliz en época de saciedad, como en los días de paz en su último piso. Tuvo que evitar de nuevo la cervecería de las afueras, miró una vez más el lugar donde había pasado la noche: aquí había quedado algo común con su vida, y Vóschev se encontró en un espacio donde solo se alzaba ante él el horizonte y la sensación del viento en el rostro inclinado.

Pero poco después sintió la duda en su vida y la debilidad de un cuerpo sin verdad: estuvo un buen rato sin poder avanzar ni un paso por el camino, y se sentó en el borde de la cuneta sin saber la estructura exacta del mundo ni hacia dónde debía dirigirse. Agotado por sus pobres reflexiones, Vóschev se agachó y se tumbó en la hierba polvorienta, viajera; hacía calor, soplaba el viento diurno y por algún lugar gritaban los gallos de la aldea, todo se entregaba a una existencia indiferente, resignada, Vóschev era el único que se apartaba y callaba. Una hoja caída, muerta, yacía cerca de su cabeza, la había traído el viento desde algún árbol lejano y ahora a esta hoja la aguardaba la resignación en la tierra. Vóschev recogió la hoja seca y la escondió en el compartimiento secreto de su saco, donde guardaba todo tipo de objetos de la desgracia y del desconocimiento. «Tu existencia no tenía sentido —supuso Vóschev con parquedad de compasión—. Quédate aquí, yo averiguaré para qué has vivido y muerto. Ya que nadie te necesita, que estás tirada en medio del mundo, yo te cuidaré y recordaré».

—En este mundo todo vive y aguanta sin tener conciencia de nada —dijo Vóschev junto al camino, y se levantó para echar a andar, rodeado de la paciente existencia universal—. Como si uno solo o unos cuantos nos hubieran extraído el sentimiento de convicción ¡y se lo hubieran quedado!

Anduvo por el camino hasta caer exhausto; cayó pronto, en cuanto su alma se acordó de que había dejado de conocer la verdad.

Pero ya se veía una ciudad a lo lejos, humeaban sus panaderías cooperativas y el sol vespertino iluminaba el polvo sobre las casas, producido por el movimiento de su población. La ciudad empezaba en la herrería y, cuando Vóschev pasó por delante, aquí estaban reparando un automóvil de su marcha por caminos intransitables. Un tullido grueso estaba junto al atadero y hablaba con el herrero:

—Mish, rellena el tabaco, ¡o a la noche arrancaré el candado otra vez!

Desde debajo del automóvil el herrero no respondió. Entonces, el lisiado lo empujó con la muleta en las posaderas:

—Mish, es mejor que pares de trabajar y rellenes, ¡o haré un estropicio!

Vóschev se paró cerca del tullido, porque por la calle, desde el interior de la ciudad, marchaban en formación unos niños-pioneros con música cansada al frente.

—Ya te di ayer un rublo entero —dijo el herrero—. ¡Déjame tranquilo al menos una semana! Porque mira que aguanto y aguanto, pero ¡al final prenderé fuego a tus muletas!

—Hazlo —al inválido le pareció bien—. Los chicos me subirán a mi carreta, ¡y le arrancaré el tejado a la fragua!

El herrero se distrajo mirando a los niños y, ablandándose, echó tabaco en la petaca del lisiado:

—Hale, ¡saquéame, langosta!

Vóschev se fijó en que el tullido no tenía piernas: una le faltaba por completo y, en el lugar de la otra, había un añadido de madera; el mutilado se apoyaba en unas muletas y en la carga complementaria del apéndice de madera de la pierna derecha truncada. El inválido tampoco tenía dientes, los había gastado con el alimento; a cambio, había echado una cara enorme y un resto de tronco corpulento; sus ojos marrones, escasamente abiertos, observaban un mundo para él ajeno con la avidez de la desdicha, con la congoja de la pasión acumulada, mientras que en su boca se restregaban las encías al pronunciar los pensamientos inaudibles del cojo.

Mientras se alejaba, la orquesta de los pioneros empezó a tocar la música de una joven expedición. Al pasar junto a la herrería, conscientes de la importancia de su futuro, marcharon con precisión las muchachas descalzas; sus cuerpos débiles, ya madurando, vestían trajes de marinero, en las cabezas ensimismadas y atentas se recostaban con soltura unas boinas rojas y sus piernas estaban cubiertas con la pelusilla de la mocedad. Cada una de las niñas, moviéndose con arreglo a la formación común, sonreía por un sentimiento de importancia, por la conciencia de la gravedad de la vida que se comprimía en su interior, imprescindible para la continuidad de la formación y de la fuerza para seguir marchando. Cualquiera de estas pioneras había nacido en un tiempo en que los campos estaban cubiertos de caballos muertos en la guerra social, y no todos los pioneros tenían piel en el momento de su surgimiento, porque sus madres se habían alimentado solo de las reservas de su propio cuerpo; por eso en la cara de cada una de las pioneras había quedado la dificultad de la debilidad de su inicio vital, la escasez de su cuerpo y la belleza en su expresión. Pero la felicidad de la amistad infantil, la materialización del futuro mundo en un juego de mocedad y la dignidad de su rigurosa libertad marcaban en los rostros infantiles una alegría importante que sustituía a la belleza y a la nutrición doméstica.

Vóschev se paró tímido ante la mirada de la procesión de esos niños emocionados y para él desconocidos; se avergonzaba porque seguramente los pioneros sabían y sentían más que él, porque los niños son el tiempo madurando en un cuerpo fresco, mientras que él, Vóschev, con su juventud apresurada y activa se alejaba hacia la calma del desconocimiento, como un vano empeño de la vida de alcanzar su objetivo. Y Vóschev sintió vergüenza y energía, quiso descubrir de inmediato el sentido universal y duradero de la vida para vivir por delante de los niños, más rápido que sus pies tezados repletos de firme ternura.

Una pionera salió corriendo de entre las filas hasta el campo de centeno contiguo a la herrería y arrancó la planta que necesitaba. Mientras así actuaba, la pequeña mujer se inclinó dejando al descubierto un lunar en el cuerpo hinchado y, con la ligereza de una fuerza imperceptible, siguió su camino y desapareció, dejando un sentimiento de pena en los dos espectadores: Vóschev y el tullido. Vóschev, buscando el alivio que da la igualdad, miró al inválido; a este la sangre sin salida le había hinchado la cara, gimoteó y movió la mano en la profundidad del bolsillo. Vóschev observó el ánimo del vigoroso lisiado y se alegró de que los niños del socialismo nunca estuvieran a mano de ese monstruo del imperialismo. Sin embargo, el tullido no apartaba la mirada del final de la procesión pionera y Vóschev empezó a temer por la integridad y la pureza de esas personas pequeñas.

—Ya podían tus ojos mirar a algún otro sitio —le dijo al inválido—. ¡Mejor ponte a fumar!

—¡A un lado, marchen, mandón! —dijo el cojo.

Vóschev no se movió.

—¿A quién le estoy hablando? —insistió el tullido—. ¿Quieres que te dé?

—No —respondió Vóschev—. Me asustaba que le dijeras alguna palabra a la niña o que actuaras de alguna manera.

Con un suplicio habitual, el inválido inclinó su enorme cabeza hacia la tierra.

—¿Qué le voy a decir yo nada a la cría, gusano? Miro a los niños para recordarlos, pronto moriré.

—Imagino que te dañaron en el combate capitalista — dijo Vóschev en voz baja—. Aunque también hay tullidos viejos, yo los he visto.

El lisiado dirigió los ojos a Vóschev, unos ojos que ahora tenían la ferocidad de una inteligencia superior; al principio, el lisiado se quedó callado por el enfado que sentía hacia el transeúnte, pero después dijo con la lentitud que da el encarnizamiento:

—Sí, hay viejos así, pero que sean tan incompletos y defectuosos como tú, no.

—No he estado en una guerra de verdad —dijo Vóschev—. De haberlo hecho, no habría regresado entero.

—Claro que no has estado: ¡por eso eres tan tonto! Un hombre que no ha visto la guerra parece una mujer que no ha parido: vive hecho un idiota, ¡se te ve todo a través del cascarón!

—¡Oh! —exclamó quejoso el herrero—. Es mirar a los niños y sentir ganas de gritar: ¡viva el Primero de Mayo!

La música de los pioneros se tomó un descanso y empezó a tocar a lo lejos la marcha del movimiento. Vóschev continuaba penando y se fue a la ciudad a vivir.

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Autor: Andréi Platónov. Traductora: Marta Sánchez-Nieves Fernández. TítuloLa zanja. Editorial: Armaenia. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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