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¡Larga vida a Petra Delicado!

¡Larga vida a Petra Delicado!

En 2016 se cumplieron 20 años del nacimiento de una de las parejas más estables del panorama literario español de los últimos tiempos: Petra Delicado y Fermín Garzón, personajes inventados por Alicia Giménez Bartlett y que hicieron su primer acto de aparición en la novela Ritos de muerte.

Por aquel tiempo, Petra era una funcionaria poco diestra en los asuntos de la investigación criminal. Y llega a ese nuevo puesto por pura casualidad, por necesidades del servicio. Una intelectual —ha ejercido como abogada, es melómana y lectora empedernida, y, además, entiende de asuntos administrativos dentro del cuerpo policial— que no está muy bien vista por sus compañeros, y que, por si todo ello fuera poco, tiene que lidiar con un tipo que, aunque agradable, es un tanto contradictorio, algo machista y no poco castizo, que, además, no pasa inadvertido por su bigotazo a lo mejicano y por su eterno y voraz apetito que sacia continuamente en La Jarra de Oro, un bar cercano que terminará convirtiéndose en el salón de estar de la comisaría. Nos referimos, claro está, a Fermín Garzón, que no es, ni mucho menos, un mero comparsa de Petra, sino una especie de contrapunto con el que la autora de la serie juega a su antojo y logra unos resultados sorprendentes.

"Estamos, pues, ante una cincuentona aún atractiva, cada vez más inteligente y con mayor experiencia, cada vez más desencantada con el transcurrir de la vida."

Veinte años, como dice la canción, no son nada, pasan pronto, pero nunca pasan de balde. En la novela que ahora sale a la luz, Mi querido asesino en serie —hacía cuatro años, desde 2013, con la publicación de Nadie quiere saber, que andábamos ayunos de noticias sobre Petra y Fermín—, las huellas del tiempo son irrefutables. De hecho, ya en la primera página, al inicio mismo del relato, Giménez Bartlett se centra en ese envejecimiento de su heroína, que ella misma percibe con asombro: “No te das cuenta de que vas envejeciendo y de repente un buen día, frente al espejo, percibes que te han caído encima un montón de años sin comerlo ni beberlo”. Estamos, pues, ante una cincuentona aún atractiva, cada vez más inteligente y con mayor experiencia, cada vez más desencantada con el transcurrir de la vida (llega a plantearse, incluso, abandonar el oficio), pero que todavía conserva buena parte de sus antiguos encantos y una inequívoca afición por su casa, por su marido, por el sexo, por sus hijastros, por sus libros y esas copas que la redimen de un oficio laborioso y comprometido.

Giménez Bartlett ha escrito —y es preciso dejar constancia de ello cuanto antes— la mejor novela de toda la serie. La más pulida. La más intensa. La de más temple. Casi medio millar de páginas en las que al lector no le está permitido el más mínimo parpadeo para no perder ni un solo detalle, fundamental para el desarrollo final de la trama. Es, además, la primera vez que un tercer personaje, al margen, claro, de Petra y Garzón, está desarrollado con toda su intensidad hasta conseguir un tipo de hondo calado que va desgranando su personalidad a lo largo de la obra. Se trata del inspector Roberto Fraile, que pertenece a un cuerpo “hermano”, los mossos d’esquadra, con lo que, para empezar, despierta todos los recelos de la propia Petra que no quiere competidores ni gente que le pueda hacer sombra. Pero las cosas van tomando, poco a poco, otro camino. Y Fraile se revela como un personaje que esconde su propio secreto, un asunto íntimo que condiciona su oficio. Garzón, por su parte, no le va a la zaga. También cumple sus primaveras, pero sigue siendo el portavoz de una sabiduría popular que es la mejor arma para romper el hielo, para desatascar esos momentos tensos y difíciles que él resuelve con una sonrisa generosa y franca de hombre bueno.

"Lo que sí está claro, y no admite discusión alguna, es que Mi querido asesino en serie es lo más fino, depurado y elegante que ha llegado a nuestras manos después de dos décadas."

De nuevo, aunque en menor proporción que en otras novelas de la serie, está presente toda esa artillería, nada pesada, de libros, escritores, películas, pintores y músicos, a los que nos tiene acostumbrados la autora. Alusiones a la Biblia, al bálsamo de Fierabrás, a Picasso, a Demóstenes, a Wagner, a Harry el sucio y Psicosis…, con un guiño, nada baladí, muy emocionado y especial, para la librería barcelonesa Negra y Criminal, que acaba de echar el cierre de sus puertas para siempre. Allí suele acudir Garzón para abastecer a su contraria de novelas del género a las que es tan aficionada.

Un relato, en suma, donde nadie echará de menos las habituales reflexiones de su autora sobre asuntos tan diversos y complejos como el problema de la soledad en las ciudades grandes como Barcelona, donde todos son extranjeros de sí mismos, o el no menos espinoso asunto de la inmigración, que Giménez Bartlett trata con no poca sensibilidad y enorme delicadeza. No sabemos qué sucederá de aquí en adelante. Si Petra y Garzón seguirán deleitándonos con sus pesquisas policiales o si, por el contrario, la narrativa de la autora manchega tomará un nuevo giro (conviene recordar que su novela Donde nadie te encuentre, es, sin duda, uno de los mejores Nadal de los últimos años). Lo que sí está claro, y no admite discusión alguna, es que Mi querido asesino en serie es lo más fino, depurado y elegante que ha llegado a nuestras manos después de dos décadas de darle a la tecla hasta conseguir uno de los productos más dignos y genuinos de la novela policiaca en lengua española en donde tanto abunda lo tontorrón y lo estúpido.

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Autor: Alicia Giménez Bartlett. TítuloMi querido asesino en serieEditorial: Destino. VentaAmazonFnac y Casa del libro