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Un nuevo misterio para Petra Delicado

Un nuevo misterio para Petra Delicado

Petra Delicado tiene un problema: no dejan de aparecer cadáveres. O lo tiene el asesino porque le han encargado a ella el caso, aunque el que da las órdenes es un joven mosso, y eso a la inspectora no le va gustar nada, pero nada. A continuación puedes leer las primeras páginas de la novela Mi querido asesino en serie (Destino), de Alicia Giménez Bartlett.

 

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La vida es extraña a veces, o para ser más precisa, es extraña casi siempre. No te das cuenta de que vas envejeciendo y de repente un buen día, frente al espejo, percibes que te han caído encima un montón de años sin comerlo ni beberlo. Aquella mañana me sucedió exactamente así. Salí de la ducha y, al peinarme, descubrí la imagen de una casi cincuentona que me observaba. La muy descuidada tenía el pelo encrespado, la piel macilenta y cara de haber visto al diablo en persona. Era yo, yo misma pero con una edad que no sentía como propia. ¿Alguien me había lanzado un conjuro, o se trataba de la antigua y conocida maldición del Paraíso Terrenal sobre los seres humanos? Puestos a ser supersticiosos, me decanté por el Génesis, con mucha más tradición y categoría que el mal de ojo. Además, como las maldiciones de la Biblia son de amplio espectro, enseguida recordé otra que también me concernía: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente». No podía iniciar un autosalvamento de urgencia yendo al salón de belleza porque, pasada una hora, me esperaban en comisaría. Ya era demasiado tarde para pedir una jornada libre por asuntos privados. Sin embargo, puesto que en el fondo son conceptos casi paralelos, me arriesgué a decantarme por la estética en detrimento de la ética. Le pediría a Garzón que me solapara un rato en el trabajo mientras yo intentaba insuflar cierto orden en el caos de mi aspecto.

El subinspector no puso ningún inconveniente, si bien me hizo la típica pregunta capciosa:

—¿Y qué digo si el comisario pide verla?

—Depende.

—¿De qué depende?

—Del tono que emplee para la petición. Si el tono es rutinario, ni caso. Si está nervioso, mienta, dígale que he tenido que ir al médico. Si se pusiera trágico, avíseme.

—¿Y si lo noto en plan borde?

—Mándelo directamente al carajo.

—De su parte, inspectora.

El salón de belleza al que solía ir a menudo cuando era más cuidadosa con mi físico ofrecía un montón de servicios: peluquería, masajes, tratamientos faciales y corporales. Calculé que en tres horas tendría tiempo de pasar por casi todos los departamentos. Y así lo hice: primero, me cortaron un poco el pelo. Más tarde, para no perder demasiado tiempo, me aplicaron en plena cara una mascarilla, densa y olorosa cual mermelada, mientras una joven muy atlética me masajeaba la espalda.

Empecé a sentirme más reconfortada. Intentar mejorar tu apariencia es ya una primera victoria contra el paso inmisericorde de los años. Al menos, eso es lo que nos han enseñado a las mujeres, y vive Dios que lo hemos aprendido bien. Sólo con leer el prospecto de una crema nutritiva o atender a las explicaciones de la esteticista, ya empieza a experimentarse un efecto placebo. Del ungüento que llevaba en el rostro me habían dicho: «Está hecho de los brotes más tiernos del té de Ceilán y tiene propiedades muy diversas: redefine el óvalo facial, alimenta las capas más profundas de la piel, minimiza las arrugas y borra las manchas de sol». En definitiva, puro bálsamo de Fierabrás con textura y color de moco verde. Para completar los cuidados, al acabar el masaje me untaron por todo el cuerpo otra crema maravillosa, capaz en teoría de devolverte la lozanía de tu primera juventud. Entonces se largó todo el mundo y me dejaron sola en una tumbona, con luz tenue y musiquilla suave por toda compañía. «Relájese», me ordenó en tono bajo una voz femenina. Obedecí con tal intensidad que la relajación acabó primero en modorra y luego en sueño reparador.

Me despertó el sonido del móvil, que había colocado estratégicamente junto a mi oreja. Eché una mirada exánime a la pantalla: el comisario Coronas. ¿Coronas? En cuanto me encontrara cara a cara con Garzón se iba a enterar. Le tiraría algo a la cabeza, lo haría trizas.

—¿Hablo con la inspectora Petra Delicado, o debería llamar al departamento de personas desaparecidas? —Buenos días, comisario.

—¿Se puede saber dónde cojones está, Petra?

—Llegaré en un rato a comisaría. Ya le explicaré. Colgó. Dejé pasar cinco minutos y llamé al subinspector. Ni siquiera me permitió hablar.

—No me ha dado tiempo de avisarla, jefa. El comisario estaba entre trágico y borde pero tirando a histérico. En cuanto vio que usted no ocupaba su puesto la llamó delante de mis narices. Lo he pasado fatal.

—¡No sabe cómo lo siento, Fermín! Casi estoy a punto de llorar por usted. ¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo por parte del jefe?

—Una mujer asesinada, Petra, y debe ser algo bastante especial; pero Coronas no quiere decir nada hasta que no esté usted delante en cuerpo y alma.

—Cuente con una hora por lo menos, antes no puedo llegar.

—¡¿Una hora?! Se pondrá más histérico aún. ¿Qué le digo si vuelve a aparecer por aquí? —Dígale que estoy embadurnada de pasta verde y que tengo que tomar una ducha y secarme el pelo.

—Eso no pienso decírselo.

—Entonces, calle para siempre.

Calculé el tiempo perfectamente bien, y aun tuve suerte de que el tráfico de Barcelona se presentaba fluido. Al cabo de una hora justa ya me encontraba en condiciones de afrontar mi destino fatal.

Coronas me miró con un odio que excedía su deber. Yo puse una expresión tan neutra que casi no era una expresión.

—¿Algún tipo de excusa que quiera darme? —echó mano de la retórica.

—Estaba visitando a mi médico —mentí. —¡Qué bien! Creí que cuando uno iba al médico pedía permiso en el trabajo.

—Era mi ginecólogo, un pequeño problema puntual, no tuve tiempo de dar parte.

Bajó los ojos con una actitud mixta: entre cohibido y touché. El tabú de la mujer como ente ginecológico había funcionado, nunca suele fallar. No hay hombre que, después de ese tipo de menciones, prolongue ni un minuto más el tema de conversación. Coronas fue directamente al grano:

—Petra, hace dos horas han encontrado a una mujer asesinada en su domicilio, una casita adosada a las afueras de la ciudad. En principio se ha pensado en violencia de género, pero la policía autonómica ha pedido nuestra colaboración porque el cadáver presentaba signos de ensañamiento y le habían puesto una nota escrita en el pecho. Eso ha decantado las sospechas en favor de alguna venganza de crimen organizado. Váyanse para allá.

Colaborar con los mossos d’esquadra no me hacía maldita gracia. En realidad, no me gusta colaborar con nadie cuando está en curso una investigación. Eso de que el trabajo en equipo es preferible al solitario me resulta un axioma incomprensible, aunque quede bien. Es cierto que la labor policial exige un montón de gente hoy en día: especialistas en huellas, informáticos, científicos, expertos en economía, en armas, pero de la unión de saberes no nace necesariamente un equipo. Lo que se entiende por «equipo» deviene normalmente en varias personas que se matan entre sí por destacar y porque sus ideas prevalezcan sobre las ajenas. No te digo nada si el equipo está formado por individuos que vienen de distintos cuerpos policiales. Entonces la cosa suele ponerse al rojo vivo. Al deseo de ser el más listo, el que lo hace mejor, se suma el orgullo corporativo, y entonces no hay dios que se entienda. Pero de entre todos los inconvenientes de los equipos, había uno que sobresalía con más fuerza: el imperativo de hablar. Yo estaba acostumbrada a Garzón, y después de tantos años, la necesidad de explicar los detalles o de cincelar los matices había casi desaparecido entre nosotros. Una palabra, un gesto, un simple gruñido estaban más cargados de significaciones que la disertación de un académico. Debo señalar que, a medida que voy envejeciendo, el tener que hacer uso de la voz me parece progresivamente estúpido. ¿Para qué charlar tanto? ¿Ayuda eso a que los humanos nos entendamos mejor? Lo dudo, de verdad, y cuando veo a la gente parloteando compulsivamente por el teléfono móvil, me dan ganas de llorar, e incluso a veces también de arrearles con el bolso.

Coronas me miraba esperando alguna pregunta por mi parte, pero yo seguía perdida en mis inoportunas divagaciones mentales.

—¿Está pensando en quién es el culpable, Petra?

—No, señor. Me cuestionaba si es necesario que colaboremos con los autonómicos.

—Está al frente un inspector joven, dicen que muy brillante. Creo que le gustará porque tiene fama de ser casi tan impertinente como usted. En cualquier caso, le recordaré una expresión que ahora está de moda: «Es lo que hay»; lo cual, traducido al lenguaje clásico, queda en: «No nos quedan más cojones». Manténganme informado.

Avanzando por el pasillo, Garzón dijo:

—Antes de que empiece a blasfemar, piense que, si no hubiera colaboración con los mossos, nos quedaríamos sin muerto. Éste les corresponde a ellos sin ningún género de dudas.

—¡Puaf!, ¿sabe quiénes se disputan a los muertos?

Las aves carroñeras, y no me tengo por ninguna buitresa. No pienso protestar. El subinspector se encogió de hombros.

—Con tal de llevar la contraria es usted capaz de convertirse en una palomita.

—¡No me joda, Fermín, encima de que se nos viene encima un siniestro marrón, se hace usted el gracioso! —¡Perfecto, me gusta más verla así! Cuando se pone dócil me entra una preocupación…

Pusimos rumbo a un barrio barcelonés, cerca de Trinitat Vella, en el que había varias ristras de casitas adosadas. Eran sencillas, apenas un patio exterior y, según la información, unos setenta metros construidos. El tipo de habitante se inscribía dentro de la clase media baja. En el número seis de la calle divisamos los coches celulares y la acotación con precinto policial que habían hecho los autonómicos. Los inevitables vecinos miraban desde lejos con más curiosidad que alarma. Un también inevitable reportero nos cortó el paso.

—¿Son ustedes de la Policía Nacional, van a llevar el caso junto a la policía autonómica?

No respondí, pero oí que Garzón decía lacónicamente.

—Sí.

—¿Por qué? —atacó el reportero. —Porque todas las policías del país están para servir al ciudadano.

Sentí un ramalazo de algo parecido a la vergüenza ajena y apreté el paso sin mirar atrás, aunque pude adivinar la voz del subinspector repitiendo un no menos vergonzoso: «Sin comentarios».

Quien debía ser el brillante joven inspector vino a mi encuentro. Tenía unos treinta y tantos, macizo, no muy alto, con los ojos verdes y el pelo cortado a lo marine. Era extrañamente atractivo. Me dio la mano con gesto grave.

—¿Inspectora Petra Delicado? Soy Roberto Fraile. Parece que vamos a ir en el mismo barco.

En ese momento llegó el rezagado Garzón. Fraile le sonrió:

—¿Te han agobiado los periodistas? Lo mejor es no hacerles ni caso. Cuando ven que llevan un rato sin pillar nada, se cansan y se van.

—Ya sabemos cómo actuar con los periodistas, hace años que los soportamos.

—Sonreí a mi vez, aviesamente. No se dio por enterado de mi brusco aviso para navegantes. Siguió siendo el dueño de la situación y nos fue conduciendo hasta donde estaba el cadáver entre comentarios generales.

—He pedido que no lo envasen en la bolsa de plástico hasta que no lo hubierais visto vosotros.

—¿Ya ha estado aquí el forense? —Sí, el forense y el juez. Los hombres también han estado recogiendo pruebas. Nada de particular. Falta interrogar a los vecinos, mejor que lo hagamos entre los tres.

—¡Vaya, con lo poco que le gusta a usted interrogar a vecinos, inspectora! —exclamó Garzón.

—¡Qué gracia!, ¿entre vosotros os habláis de usted?

—La fuerza de la costumbre. De la buena costumbre, quiero decir.

Me miró directamente por primera vez, estaba estupefacto. Descubrí que, si una mujer de cierta edad quiere que un hombre joven repare en ella, tiene que recurrir sistemáticamente a la mala uva.

—Si le parece bien, inspectora, podemos pasar a ver a la muerta —rectificó al instante el tuteo. Eso estaba mejor. Fraile debía estar pensando a qué especie de monstrua formalista y anticuada se estaba enfrentando. Ya habría tiempo para demostrarle que yo no era la criatura fría y distante que acababa de conocer; y si no lo descubría sería porque habría hecho méritos para ello.

Entramos en la casa por entre guardias uniformados. En el suelo, rodeada de un charco de sangre renegrida ya tras el tiempo trascurrido, yacía una mujer. Tenía la cara destrozada. Llevaba un pijama cuya parte superior estaba arremangada alrededor de los pechos. Los pantalones le enmarcaban el vientre desnudo, cuajado de marcas que parecían ser profundos cortes. Quedé horrorizada un instante. Fraile se dio cuenta enseguida.

Sinopsis de Mi querido asesino en serie, de Alicia Giménez Bartlett

El nuevo caso de la inspectora Petra Delicado empieza cuando encuentran el cuerpo de una mujer de unos cincuenta años asesinada de modo brutal en su propia casa. Sobre el cadáver hay una carta de amor anónima que reivindica el asesinato, justificándolo con el abandono del presunto asesino por parte de la víctima. El caso lo llevan Petra, Garzón y un inspector del cuerpo de los Mossos d’Esquadra a quien sorprendentemente, pues es más joven que Petra, le encomiendan el mando. Todos sabemos del carácter de Petra, y en este caso, el tesón para descubrir la intriga se verá entrelazado con su rebelión interna frente a una situación que le resulta inaceptable: ¿cómo puede ser que este joven mosso sea quien dé las órdenes?

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Autor: Alicia Giménez Bartlett. Título: Mi querido asesino en serie. Editorial: Destino. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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