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Las cinco adúlteras del XIX

Este mes, en Sopa de libros, vamos a hablar de cinco libros, cinco novelas del siglo XIX que hablan de lo mismo, de mujeres generalmente jóvenes, nunca mayores de treinta años, que en el transcurso de la historia se ven obligadas a unir sus vidas a las de hombres aburridos, que las sobrepasan considerablemente en edad, con los cuales no encuentran la felicidad, y que se convierten en adúlteras, decisión por la cual salen perjudicadas y, en la mayoría de los casos, mueren (salvo la Regenta, que lo paga con la muerte social).

Estas cinco novelas son Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Anna Karénina, de Tolstoi; El primo Basilio, de José María Eça de Queiroz; La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” y Effi Briest, de Theodor Fontane. Un francés, un ruso, un portugués, un español y un alemán que escriben su gran novela en la segunda mitad del siglo XIX.

Pero todo empieza con Madame Bovary, de Gustave Flaubert, que se publica en 1856. La novela es prohibida dos años después y Flaubert tiene que ir a juicio para defenderse de las acusaciones de “ofensa a la moral religiosa” y “ultraje a las buenas costumbres”. Porque una mujer como Emma Bovary es inaceptable en esa época.

La gran Emma Bovary es una mujer que quiere gozar, que no se resigna a reprimir esa profunda exigencia sensual que su marido, Charles Bovary, no puede satisfacer porque ni siquiera sabe que existe. Además, Emma quiere rodear su vida de elementos superfluos y gratos: la elegancia, el refinamiento, materializar en objetos el apetito de belleza que han hecho brotar en ella su ima­ginación, su sensibilidad y sus lecturas, quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la aventura y el riesgo, los gestos teatrales y magníficos de la genero­sidad y el sacrificio. La rebeldía de Emma nace de esta convicción, raíz de todos sus actos: no me resigno a mi suerte, la dudosa compensación del más allá no me im­porta, quiero que mi vida se realice plena y total aquí y ahora.

“Antes de casarse, ella había creído estar enamorada; pero, como la dicha que debía resultar de ese amor no llegó, pensaba que tenía que haberse equivocado. Intentaba saber qué se entendía exactamente en la vida por las palabras felicidad, pasión y ebriedad, que tan hermosas le habían parecido en los libros”.

Pero hay otra cosa más revolucionaria, y es que Emma representa y defiende de modo ejemplar algo brutalmente negado por casi todas las religiones, filosofías e ideologías: el derecho al placer, a la realización de sus deseos. Y más en el caso de una mujer. La historia de Emma es una ciega, tenaz, desesperada rebelión contra la violencia social que sofoca ese derecho. Y termina tragando a puñados el veneno que le proporciona el ayudante de botica, un niño que la desea en secreto.

Pero Flaubert afirmó que toda literatura con moraleja es intrínsecamente falsa, y por eso Madame Bovary está narrada desde la tercera persona, manteniendo una inexpugnable neutralidad res­pecto de lo que ocurre en la realidad ficticia, sin opi­nar, sin sacar enseñanzas morales.

Anna Karénina, de Tolstoi, se publicó en formato de libro en 1878, más de veinte años después de Madame Bovary. Señala Víctor Gallego Ballestero, en el prólogo a la edición de Alba Editorial, que en realidad no es la historia de un adulterio, la exposición de un destino truncado por los vaivenes de la vida y las condiciones sociales de una determinada época, sino una fábula sobre la búsqueda de la felicidad. Pero lo mismo le pasaba a Emma Bovary: esa búsqueda de la felicidad es lo que la lleva a la destrucción. Como si las mujeres que se atreven a meterse en esa aventura tuvieran que morir como castigo.

Tolstoi analiza la vida de cuatro parejas, Anna-Vronski, Levin-Kitty, Dolly-Stepán Arkádevich, y Anna-Karenín, con sus vicisitudes únicas e irrepetibles. Pero si ya la novela es de por sí un ámbito de libertad, en Tolstoi se convierte en un espacio casi infinito. Por las páginas de la novela pasan decenas de personajes y se abordan decenas de cuestiones, contadas todas en profundidad. Y sobre todo, es que Tolstoi profundiza en cada personaje de una forma extraordinaria, hasta el punto de que llegamos a saber qué piensa y qué siente cada uno de los personajes, y por qué hace lo que hace.

Anna no es una mujer aburrida, como era Emma Bovary, ni siente que no se cumplen sus deseos. Lo que le ocurre es que se enamora con locura de Vronski, y por ello pone en duda todo lo que tiene: su matrimonio, su estatus social, su hijo, su tranquilidad, su casa, sus amigos, su ciudad. Se deja llevar por el amor, por la pasión, por el deseo.

“Cada vez que coincidían, sentía que su corazón se inflamaba con ese sentimiento vivificador que le embargó la primera vez que lo vio en el vagón. Se daba cuenta de que su sola visión hacía que a sus ojos asomara un brillo alegre y a sus labios una sonrisa, y no era capaz de reprimir esa expresión de felicidad”.

Y desde que se enamora descubre todas las cosas que no le gustan de su vida. Hay una escena terrible cuando Anna se reencuentra con su marido después de estar con Vronski y lo primero que hace es fijarse en sus orejas, que le horrorizan.

En Anna Karénina la búsqueda de la felicidad dentro del ámbito de la familia tiene al amor como un componente fundamental, pero no único. También está el deseo, la pasión. Y hay un momento en que Anna (o Tolstoi) se pregunta cómo mantenerlo, cómo hacer que el amor dure, que las relaciones de pareja no se desgasten. La muerte es una de las grandes obsesiones en esta novela, hasta el punto de que, fracasada la relación, Anna piensa que la única solución para que Vronski la quiera siempre es que ella muera. Y se suicida.

Por una cosa o por otra, el caso es que las mujeres en estas cinco novelas siempre acaban igual.

El primo Basilio, de José María Eça de Queiroz, se publica también en 1878. Es una historia de seducción y chantaje, pero además es un retrato de las pequeñeces y miserias de una sociedad. La protagonista, Luisa, que vive cómodamente en la sociedad lisboeta, provinciana y cotilla, se enamora de su primo Basilio, que viene de París, y a ella le parece el colmo de la sofisticación. Él, en cambio, es un caradura, un canalla, un aprovechado, que en cuanto consigue lo que quiere la trata fatal. Pero ella está loca por él, y aunque duda, por supuesto, termina cayendo en sus redes.

“Y se repetía todas las atenuantes tradicionales: no era la primera que había engañado a su marido, y muchas lo hacían por vicio, ella no, ella lo hacía por amor… ¡Cuántas mujeres vivían con amores ilegítimos y eran ilustres y admiradas! Incluso algunas reinas tenían amantes. ¡Y ella le amaba tanto!… ¡Sería tan fiel y tan discreto! ¡Sus palabras eran tan cautivantes, sus besos tan estremecedores!… Y, además, ¿qué iba a hacer ya? «Ahora ya…». Y se decidió a contestarle”.

En El primo Basilio, Eça de Queiroz trata el tema del adulterio dándole un sesgo sensual, casi erótico en algunas ocasiones, que la hace diferente y original. Retrata a una mujer moderna, movida por el deseo de probar caricias nuevas, de escapar a su vida monótona de mujer burguesa y también la vanidad de sentir que puede gustar a un hombre distinto de su marido, un hombre de mundo, refinado, acostumbrado a todos los placeres, como es el primo Basilio.

Eça de Queiroz formula una dura crítica a la sociedad portuguesa de la época, dominada por el peso asfixiante de la mediocridad y la apatía. Y además, tiene otro personaje malvado que atormenta a Luisa, que es la terrible criada, que descubre el adulterio y que empieza a chantajearla. Entre el chantaje, el maltrato de su amante y la culpa, Luisa cae enferma y, claro, paga con la muerte su intento de ser feliz.

La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” se publica en 1884. Es una novela apasionante por lo que cuenta y por como está contada. Detrás de Madame Bovary (que es tan extraordinaria que, en mi opinión, es incomparable) es mi favorita.

La Regenta tiene en común con Madame Bovary el deseo de sus autores por hacer el retrato de una sociedad sumergida en las más rígidas y obceca­das categorías del provincianismo y a la que, finalmente, culpa del drama de sus personajes.

Como señala Germán Gullón, el éxito de La Regenta es el resultado de una conjunción: la suma de flaubertismo (la novela autoconsciente) más naturalismo (visión «moderna» de la realidad, que permitía ver en profundidad), más las circunstancias propicias (el público quería novelas), más el interés del autor por lo ético (krausismo) y el deseo del artista de ser oído en toda España.

Como cuenta Soledad Puértolas en el prólogo de la edición de Siruela, en el caso de Vetusta es la iglesia y la aristocracia, bastio­nes intocables de la moral y las costumbres, las que son objeto de ese análisis implacable y acusador.

Y es que Ana Ozores se muere de hastío. Cree que el tiempo está pasando sin que ocurra nada y ella quiere gozar, vivir el amor, mientras se va pochando al lado de un marido aburrido y de una sociedad asfixiante,

“Se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez, a la que ya estaba llamando… y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero, ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía”.

Irá y volverá varias veces, desde el deseo al pecado, desde el arrepentimiento al perdón, hasta perderse en ese laberinto. Ana Ozores es la única de las cinco mujeres protagonistas de las cinco principales novelas de adulterio del XIX que no muere. Pero en realidad sí. Lo hace socialmente. La sociedad la rechaza, esa sociedad provinciana que no se ha cansado de juzgarla. La Iglesia la rechaza (con ese empujón final de uno de los grandes personajes de la literatura como es Fermín de Pas) impidiéndola confesarse, y al final, la besa ese pobre hombre que siempre la ha deseado y solo entonces la ve accesible, en uno de los mejores finales que he leído.

Por último, vamos a hablar de Effi Briest, de Theodor Fontane, publicada en 1895. El alemán Fontane se inspiró en hechos reales para abordar el tema del adulterio femenino. Fue una novela que logró una casi universal aprobación de la crítica literaria de su época. Fue reconocida desde el primer momento como una obra maestra. Thomas Mann dijo que si se viera forzado a reducir su biblioteca a solo seis libros, Effi Briest sería uno de ellos. Y es que es verdad que es una novela muy especial.

En este caso la protagonista, Effi Briest, no tiene una gran aventura, sino un simple desliz, pero se escribe cartas apasionadas con su pretendiente, que encuentra el marido, un tipo muy desagradable, muy rígido, que no duda en apartar a su mujer de su vida, y de la de su hija, y de la sociedad. Y encima reta a duelo al supuesto amante de su mujer y lo mata.

La novela tiene varias peculiaridades. Por un lado, en la novela hay un fantasma (que es una rareza y que mezcla dos géneros muy diferentes), y por otro, la reacción de Effi cuando la apartan, cuando se ve obligada a vivir en una casa humilde, separada de todo lo que era su vida, maltratada por su marido, rechazada por sus propios padres, es muy moderna. Hay una escena en la que recibe la visita de su hija, y la niña se comporta muy mal con ella, con absoluta falta de cariño, y Effi explota.

“No quiero volver a saber nada de vosotros, os odio, también a mi propia hija. Esto ya sobrepasa cualquier límite. ¡Un arribista, eso es lo que siempre ha sido, nada más! ¡Honor, honor, honor…! Y mató a aquel pobre hombre, al que ni siquiera quise y al que ya había olvidado, porque no le quería. No fueron más que tonterías, y la consecuencia, sangre y muerte. Y yo soy la culpable. Y ahora me envía a la niña porque a la esposa de un ministro no puede negarle nada, y antes de enviármela la amaestra como a un loro y le enseña a decir: «Si me dejan, sí». Me repugna pensar en lo que hice, pero más me repugna aún toda vuestra virtud. ¡No quiero saber nada más de vosotros! Tengo que vivir, pero confío en que no dure mucho”.

Theodor Fontane trasciende lo arquetípico para presentarnos personajes humanos creíbles, un hombre y una mujer de clase plenamente conscientes de los graves riesgos que conlleva encarar equivocadamente el eterno conflicto entre la realidad y el deseo.

Effi pronto enferma y sus padres terminan aceptando que se vaya a su casa, y allí muere. De todas las mujeres adúlteras del XIX es la más moderna, la que se rebela más frente al cinismo de la sociedad, frente a su marido y hasta frente a su hija, pero acaba igual, enterrada en el jardín, olvidada por todos, menos por su perro.

En Sopa de libros hemos hablado de cinco novelones que todo el mundo debería leer, cinco maravillas que hablan de mujeres que desearon y que por eso recibieron un castigo. Madame Bovary, de Gustave Flaubert, Anna Karénina, de Tolstoi, El primo Basilio, de José María Eça de Queiroz, La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” y Effi Briest de Theodor Fontane. Emma, Anna, Luisa, Ana y Effi. Cinco heroínas. Las cinco adúlteras del XIX.

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