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Las cortinas anuncian una nueva mañana

Las cortinas anuncian una nueva mañana

PH-623, de Clyfford Still.

La vida, para poder vivirla, necesita desesperadamente que cada poema exista.

La luna es un poema. La tostadora vieja con la que mi abuela calienta el pan es un poema. Los ladridos de los perros dando la bienvenida a sus amigos son un poema. Los besos en la frente antes de dormir son un poema.

El poema es una mirada invertida del hecho cotidiano. El poema es respirar.

Cosas para hacer mientras lees Cosas para hacer en Nueva York, de Ted Berrigan

1

eso escribí
sobre lo que es
esta habitación vacía            sin corazón

Abro una Coca-Cola. Abro Cosas para hacer en Nueva York, de Ted Berrigan (Kriller 71).

La ventana está mojada por fuera, está lloviendo. La lluvia se estrella contra el cristal con violencia. Yo tengo una habitación; yo no estoy en ella.

Yo estoy corriendo detrás de las sombras de la ciudad, castigadas por el impacto del agua.

¿Quién está en mi habitación?

Los chicos y yo jugamos en el patio. Mamá escucha los quejidos de mi rodilla herida contra el cemento. Trae un poco de agua y la vierte sobre la piel agrietada. Este escozor es un puro alivio.

Alice y yo nos escondemos en un portal porque la ciudad se ha visto invadida por una tormenta de verano. Nos gusta hablar de cereales y de cómo diseñaríamos, en un mundo perfecto, la bolsa definitiva de frutos secos variados. Somos tan distintos —argumentamos, convencidos— que una decisión consensuada entre nosotros debe representar a la totalidad de la población. Después nos besamos.

La abuela está arrugada sobre una cama blanca de hospital. No sé si las camas de hospital son en realidad camas: el grosor del colchón disponible las aproxima más a un sillón de dentista, a una esterilla de gimnasio. Pienso que no es justo que la abuela tenga que morirse así. Pienso que no es justo que la abuela tenga que morirse.

¡el tiempo!       NO HAY MAYOR EMOCIÓN
amigos míos

2

Los labios chocan contra el frío metálico de la lata de Coca-Cola. El líquido se vierte en el interior de mi boca como una esperanza o una excitación. Creo firmemente que nunca más seré tan joven como lo soy ahora mismo.

ver pasar los barcos
el sol, como un monumento
ascender despacio hacia el cielo
sobre el ajetreo sangriento

Son un grupo escandaloso de señores armados disparando a los transeúntes. Hacen muchísimo ruido. Los gatos se están escondiendo debajo de los coches. Pienso que a ella no le gustaría ver esto. ¡Es un espectáculo deleznable! Ella diría: “¿Dónde quieres comer hoy? Yo quiero comer una ensalada”; ella no sabía cosas poco importantes. No tenía interés en el comentario político-social. Quería montar en barca y cruzar el canal un día por la mañana, y sentir el aleteo percusionista de los pájaros entre las nubes. Decía, mientras mis oídos no encontraban paz entre los disparos: “Pienso que las cuatro de la tarde son la hora más propicia para hacer el amor en la cocina”. Así que limpiábamos un poco todo antes, por cuestiones higiénicas y de corte sociocultural.

Ayer recibí una llamada de una teleoperadora muy agradable: antes de ofrecerme las incontables ventajas de su compañía de telefonía móvil, estimó oportuno hacer una serie de comentarios muy acertados sobre la cuestión de la meteorología. He estado pensando en lo importante que es hablar de la lluvia. Quizá hayamos perdido por completo la conciencia de las cosas que verdaderamente importan. Ahora sólo queremos hablar de tablas de cálculo:

  • Me he acostado con diecisiete personas.
  • Mi día favorito del año es el 18 de febrero.
  • He gastado 45.203 euros a lo largo de toda mi vida.
  • Mi madre tenía 77 años el día en que el mundo acabó.
  • Hoy no he hablado con nadie.
  • Mi gato consume una media de 345 bolitas de pienso diarias.
  • Mi gato está gordo.
  • Mi gato se ha acostado con 34 gatas.
  • Mi gato es promiscuo.
  • Llevo cinco meses y ocho días sin encender el aire acondicionado.
  • He querido realmente a doce personas a lo largo de mi vida.

Y ya nadie habla de la lluvia excepto esta teleoperadora tan agradable.

3

ESTO ES UN PARÉNTESIS QUE SE ABRE
o
(

Pienso en el amor mientras leo Cosas para hacer en Nueva York, de Ted Berrigan.

El amor de una mujer
es como
el rocío matinal

He pensado en que es más importante que os confiese esto a hablaros de otras cosas. A menudo, cuando escribo una reseña, veo cómo mi mente bloquea ciertas cuestiones, a saber:

  • Dar información contextual: En este caso podríamos hablar de que Ted Berrigan fue un destacado miembro de la Escuela de Nueva York. A raíz de ese comentario extenderíamos una serie de ramas: a) Kriller 71 ya ha publicado antes a Kennett Koch, Frank O’Hara o Ron Padgett, otros de sus compañeros de generación; b) no deja de ser curioso cómo esta mirada poética ha surcado nuestros paisajes mientras atendíamos a otras cosas, como si en nuestro país fuésemos impermeables a la lluvia; c) la esencia de la Escuela de Nueva York fue tender puentes entre los caminos observacionales y costumbristas que abrió William Carlos Williams y el salto estético-político beatnik; d) Ted Berrigan personifica mejor que ¿nadie? esa bisagra estética.
  • Realizar un análisis estético de la obra: En este caso podríamos hablar de que Ted Berrigan se aproxima a un estudio de la fragmentación poética que bebe enormemente de técnicas pictóricas, amalgamando además la obra de algunos de sus colegas y contemporáneos a través de una resignificación de sus respectivos lenguajes poéticos.
  • Estudiar la figura del autor: En este caso podríamos hablar de Ted Berrigan.

Todas esas cosas serían tan aburridas que creo que no merece la pena mencionarlas.

Yo pienso en el amor mientras leo Cosas para hacer en Nueva York, de Ted Berrigan.

)
o
ESTO ES UN PARÉNTESIS QUE SE CIERRA

4

Saltar desde una azotea del Lower East Side
     o
Escribir un libro ininteligible de 453 páginas

La abuela de mi amigo ya no se acuerda de nada. La miro a los ojos y veo un espejo limpísimo, un cristal mortecino que me devuelve un reflejo vacío de lo que soy. Ella no comprende las cosas. Camina por la casa con actitud desvaída; coloca la mano sobre la cal de las paredes y la arrastra hacia adelante, haciendo que el polvo tóxico invada el aire. Ella sonríe. A la hora de comer su mirada se constriñe. Ella ya no existe, pero sí existe en la mayor parte de los sentidos prácticos. Es un cuerpo inerte que se desplaza por el mundo. La abuela de mi amigo es una gota de lluvia buscando amistades que la acompañen hasta el final de la ventana, amigas que aligeren su camino al mar.

Creo que los árboles son el poema definitivo.

La poesía es una obligación ética – la poesía es un lunar en la espalda de la chica que quieres – la poesía es una almohada fría en verano – la poesía es una cámara fotográfica ansiosa por representar el mundo y sus colores – la poesía es una llama ancestral – la poesía es – poesía

Ted Berrigan abre una Coca-Cola. Escucha el chasquido. El mundo lo ha agitado todo. La Coca-Cola invade las manos de Ted Berrigan. Y si las caricias son pegajosas, ¿son acaso caricias?

5

En el campo. “Todo es tan dorado”,
Dice, Alice, en la cama. Miro, & fuera de la ventana, veo
Tres tonos de verde; & el cielo, no tan arriba,
Tan azul y blanco. “¡Es verdad, así es!”

Mi mente resguarda el poema en que Ted Berrigan se despide de cada una de las estancias de la casa que está a punto de abandonar. Dedica un poema a las paredes de su cocina, a los sofás de su sala de estar, a las ausencias perfiladas por sus perros, sus compañeros. Pienso en todas las casas que he tenido que dejar atrás:

  1. Aquel piso en el que te despertaste con fiebre y puse mi mano sobre tus mejillas y descubrí por primera vez el significado del fuego y del amor.
  2. Aquel piso en el que papá y yo jugábamos al fútbol a lo largo del pasillo, en el que desplegué las sombras de una granja Playmobil, en el que lloré por tener que devolver Toy Story al videoclub.
  3. Aquel piso en el que pensé que me asfixiaba durante el mes de enero en que decidimos que quizá las cosas entre nosotros no iban a funcionar. Las sábanas eran violetas y las persianas de rejilla no me permitían alcanzar la total oscuridad nocturna.
  4. Aquel piso en el que olía a soledad, con las paredes granates de gotelé y una tabla saliente que servía como mesa de comedor improvisada. Colgué un póster de Clerks y otro de París, Texas. Pensaba mucho en aquella frase de la mujer del protagonista: “Era mejor cuando te imaginaba”.
  5. Aquel piso en el que gasté las cintas de los Looney Tunes mientras mamá trabajaba en casa. Abrazaba a mi perrita debajo de las sillas de la mesa del comedor porque los dos éramos lo suficientemente pequeños todavía. Ahora ella ya no está.
  6. Aquel piso con el diván de cuero con los botones sueltos en el que nos sentamos sin saber exactamente cuál era el momento correcto para besarnos y decirnos las cosas que queríamos decirnos —mientras el tiempo se extendía como un hogar—.
  7. Mi casa que huele a flores.
  8. Aquel piso en el que pensé que sería fácil olvidarme de ti. Después descubrí que no. Era tarde.

La arquitectura de mi vida es un compendio de ciudades y habitaciones y lugares y personas y amores y pérdidas y tantísimas ausencias.

Ted Berrigan comprende que lo importante es hablar de la lluvia.

Abre una Coca-Cola.

& mientras viva, seré
lo que quiera que sea

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Autor: Ted Berrigan. Traductora: Mónica Caldeiro. TítuloCosas para hacer en Nueva YorkEditorial: Kriller 71. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.