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Las Lupercales, el origen pagano de San Valentín

Las Lupercales, el origen pagano de San Valentín

A punto de cumplir los 18 años, mi abuela Elena, analfabeta porque la pobreza y la guerra le hurtaron estudiar, me llamó a su cuarto. Me miró con toda la ternura que albergaba a través de esos ojos pardos a los que mar y cielo pugnaban por darles color. Me preguntó si es que me iba a meter a cura. Poco antes les había confesado a ella y a mis dos tías abuelas, con las que compartía casa y amor hacia mí y mis hermanos, que iba a estudiar latín. Eso era cosa de curas: hasta los inicios de los años 60 del siglo XX las misas se daban en la lengua del Lacio, situación que cambió con el Concilio Vaticano II. No concebían que uno estudiase latín si no quería profesar en un seminario. Además, yo había sido monaguillo varios años en mi pueblo y mi abuela andaba con la mosca detrás de la oreja.

La cogí de las manos: “Abuela, ¿qué pasa? ¿No quieres que me meta a cura? Así tendré enchufe con el Señor y os dará un puestecico mejor cuando subáis al Cielo”. “Nene, no es eso. Es que… es que como te gustan tanto las zagalicas… Pero si tú quieres ser cura, yo te voy a querer igual”.

"Cuando accedí a la universidad, el primero entre su rama Mínguez, nos convidó a comer en un ventorrillo. Se puso sus mejores galas y no paró de presumir entre sus conocidos de que su nieto estudiaba latín en la nuversidad"

Clavé mis ojos en sus pupilas sin soltarle las manos, admirado de la devoción que destilaban. Le expliqué que yo quería ser profesor de instituto. Que el latín era mucho más que una lengua que se usaba en misa. Volví a hablarle de mi Magister Raimundo, a quien conoció de soslayo y a quien llamaba el Santero por sus luengas barbas. Le hablé de los griegos y de su hermano José, el Padrino, el único de su familia que sabía leer, cuyos libros se atesoraban en un arcón protegidos con bolas de naftalina. Fue quien nos dio nombre a mi padre y a mí a causa de su amor a la historia antigua.

En el poco más de un año que los dioses me regalaron su presencia, mi abuela me pedía que le contara cosas de los antiguos. Ella y sus hermanas no pudieron ir a la escuela, pero se deslomaron a trabajar para que mi progenitor estudiara para maestro y no arrastrara la vida de penurias que ellas habían soportado. Cuando accedí a la universidad, el primero entre su rama Mínguez, nos convidó a comer en un ventorrillo. Se puso sus mejores galas y no paró de presumir entre sus conocidos de que su nieto estudiaba latín en la “nuversidad”. Con el tercer jumilla le respondió a una comadre, que le preguntó si es que yo iba para cura, que lo de cura se me quedaba corto: el nieto de Elena Mínguez iba de obispo “parriba”.

Llevo 40 años entre griegos y latines, divulgando mi pasión por nuestros ancestros y la deuda con ellos contraída por esta sociedad ingrata e insustancial, que ha arrinconado los estudios de Humanidades y osa cuestionarlos, a ellos y a los que damos la cara por ellos.

"A ella se lo hubiera perdonado. Lo que no estoy dispuesto es a tolerar que se cuestione la importancia del mundo clásico por algún alfalfabeto"

Frecuentemente se me interpela sobre si el latín o el griego “sirven” para algo, si “eso” se estudia aún. A mi abuela Elena, analfabeta, le habría podido disculpar que cuestionara su vigencia, pero ella destilaba más amor a la cultura que muchos de los asentados en cátedras hodiernas: me recortaba todos los artículos que le decían que hablaban de romanos (aunque para ella y sus amigas que sabían leer los “moros” también eran romanos) y me los daba cada vez que iba a verla, pidiéndome que se los leyera; me mostraba los libros del Padrino y los acariciaba con veneración, mientras me instaba a leerlos para que no se murieran; atendía en silencio reverencial las historias que el Santero nos contaba en clase y yo les repetía, después de escuchar su radionovela Lucecita y sucesoras.

A ella se lo hubiera perdonado. Lo que no estoy dispuesto es a tolerar que se cuestione la importancia del mundo clásico por algún alfalfabeto. Analfabeto también lo es, al no saber ni la alfa ni la beta, pero su ignorancia y osadía lo convierten en alfalfabeto: su intelecto se alimenta de alfalfa al igual que las bestias de carga, que, seguro, tienen más sentido.

Desde esta Cueva intento compartir con mis visitantes la pervivencia de lo grecolatino en nuestro entorno. Mucho más presente de lo que parece. Sin ir más lejos, se defiende un origen romano para la tan manida festividad de San Valentín, ñoña y almibarada para unos, romántica y entrañable para otros.

Según puedo leer en Un año en la Antigua Roma, de Néstor Marqués, el 15 de febrero se celebraban las Lupercalia. Unas festividades entre las más ancestrales de la Urbs, ya que la conectaban con los años previos a su fundación el 21 de abril del 753 a.C.

Era una fiesta de especial significación y acudían a la ciudad multitudes. Los protagonistas eran los luperci, elegidos entre los varones adolescentes de las mejores familias, que, además, debían estar en lozanía.

"Los lupercos se desnudaban, se cubrían mínimamente con un taparrabos confeccionado con la piel de las cabras sacrificadas y usaban varias de esas tiras para fabricar látigos con los que fustigar a quienes encontraran a su paso"

Se reunían antes del alba en el Lupercal, la mítica cueva situada en la esquina suroeste del Palatino, en la que la loba Luperca amamantó a Rómulo y Remo tras hallarlos en un juncal del Tíber. Allí sacrificaban una cabra, un macho cabrío y un perro (cosa extraordinaria: se solían degollar a los demás dioses ovejas, cerdos o bueyes). Con la sangre del cuchillo con el que se había inmolado a las víctimas se tintaba la frente de dos lupercos, para limpiarla después con tiras de lana empapadas en leche, momento en el que todos los presentes debían reír a carcajadas.

Las sacerdotisas vestales estaban presentes y confeccionaban la mola salsa, que derramaban sobre la testuz de los animales.

Los luperci se agrupaban en dos cofradías o sodalitates: los Quinctiani, fundada por Rómulo, y los Fabiani, instituida por Remo. En tiempos de Julio César se unió una tercera hermandad: los Iuliani, a cuyo frente estaba Marco Antonio.

Terminada la ceremonia en el interior, los lupercos se desnudaban, se cubrían mínimamente con un taparrabos confeccionado con la piel de las cabras sacrificadas y usaban varias de esas tiras para fabricar látigos con los que fustigar a quienes encontraran a su paso.

Los ritos estaban consagrados a Fauno Luperco, asimilado al heleno Pan, divinidad pastoril de la fertilidad de rebaños y campos. Se cuenta que Rómulo y Remo, preocupados por la esterilidad de algunas de las primeras habitantes latinas, consultaron al oráculo de Juno, diosa del matrimonio, antes de la fundación de la Ciudad. Ésta les respondió con las enigmáticas palabras: “Madres del Lacio, que os fecunde un macho cabrío velludo”.

"El abundante vino con el que lupercos y asistentes intentaban mitigar la gelidez de febrero ayudaba a que los festejos se volvieran desenfrenados y que, según algunos, se dieran casos de mujeres pidiendo ser fecundadas por los lupercos"

Los lupercos se lanzaban a las calles en una alocada carrera por la Vía Sacra, que atravesaba el Foro, azotando a todo el que vieran. Las mujeres casadas que querían ser madres ofrecían las palmas para que se las golpearan, tal y como recoge Ovidio en el Libro II de sus Fasti, exhortando a las matronas a soportar en sus palmas los azotes de una mano fecundante antes que acudir a yerbas o encantamientos, si quieren hacer feliz a su suegro proporcionándole un nieto. En la misma línea escribe Plutarco en su Julio César de Vidas paralelas, donde añade que estos azotes aprovechaban a las embarazadas para tener buen parto y a las que querían embarazarse para quedarse preñadas.

Refleja Ovidio que algunas mujeres se desnudaban de cintura para arriba y ofrecían su espaldas a fin de ser azotadas, algo totalmente inusitado en una sociedad tan recatada en lo público como la romana.

El abundante vino con el que lupercos y asistentes intentaban mitigar la gelidez de febrero ayudaba a que los festejos se volvieran desenfrenados y que, según algunos, se dieran casos de mujeres pidiendo ser fecundadas por los lupercos, no por sus látigos, o de parejas, muchas ocasionales, copulando por los rincones, algo penado cualquier otro día.

El mismo Cicerón ataca a su enemigo Marco Antonio en su Filípica tercera por haber ido desnudo, ungido y borracho en las Lupercalia del 44 a.C., en las que ofreció hasta tres veces la corona de rey a César, que la rechazó otras tantas veces, un mes antes de ser asesinado.

La fiesta concluía, embriagados y exhaustos los lupercos, con un banquete en el que se daba cuenta de la carne de los animales sacrificados.

Recomiendo encarecidamente la página Hortus Hesperidum, donde tres componentes de la asociación Ludere et Discere y de la Domus Baebia Saguntina nos ofrecen una detallada descripción de las lupercales, con referencias a los textos clásicos.

Fueron prohibidas en tiempos del papa Gelasio I en el 495. Se intentó trasladar esa festividad al 2 de febrero, celebrando la purificación de la Virgen María, origen tal vez de los festejos a la Candelaria.

Años después la Iglesia introdujo en el día 14, uno antes del que se celebraban las Lupercalia, la festividad de un tal san Valentín, del que se duda de su existencia real, o hasta de que fuera uno en vez de dos. De él se dice que era un sacerdote cristiano que fue martirizado en el 270 por oponerse a la orden imperial que prohibía a los soldados casarse.

Para concluir con el tema de las Lupercalia y tomar medida de lo que aquí contado significaba para una sociedad tan estamental y pacata, démonos un paseo por cómo vivían su sexualidad nuestros ancestros.

"Para los romanos el sexo, en cualesquiera de sus formas, es un don de los dioses, concretamente de Venus, la diosa del amor, de su hijo Cupido, a quien está consagrado el deseo amoroso, y de Príapo, divinidad cuyo descomunal miembro viril siempre en erección simboliza la fertilidad"

Conviene abandonar los tópicos aprendidos en ciertas series, películas, novelas o cómics en las que se retrataban más bien las perversiones de sus autores que la realidad de la vida amorosa romana. No estaría de más llevar en las alforjas para este viaje a Alfonso Cuatrecasas con Eros en Roma (a través de sus clásicos) o a Alberto Angela y sus Un día en la antigua Roma o Amor y sexo en la antigua Roma. Todos ellos documentadísimos en las fuentes clásicas y no tan clásicas, acudiendo incluso a los grafitis que se conservan en los muros de Pompeya y que sirven de termómetro preciso para tomar la temperatura de la vida de su momento. Escritos con una prosa amena, precisa y rebosante de humor.

Para los romanos el sexo, en cualesquiera de sus formas, es un don de los dioses, concretamente de Venus, la diosa del amor, de su hijo Cupido, a quien está consagrado el deseo amoroso, y de Príapo, divinidad cuyo descomunal miembro viril siempre en erección simboliza la fertilidad. Como tal don ha de ser tomado y es de vital importancia practicarlo y disfrutar de él: “Sólo se pueden tener hijos sanos si ambos amantes practican buen sexo” (R. Angela).

Pero ojo, no nos emocionemos elucubrando con que los paisanos de Rómulo eran partidarios del sexo libre. Estaban muy mal vistas las muestras de afecto en público. Era inconcebible que dos amantes, incluso ya casados, se dieran un beso o cualquier caricia ante testigos. Sólo en ocasiones especiales vinculadas a actos religiosos, como las descritas Lupercalia, las prohibidas por el Senado Bacanales o los misterios de Isis, a los que asistían sólo mujeres, se consentían ciertos excesos afectivos.

Su sexualidad debía seguir una serie de reglas, que, según Angela, se pueden resumir en:

  1. Un hombre romano libre, con todos los derechos ciudadanos, puede mantener relaciones sexuales con quien le apetezca, varón o mujer, niño o adulto, esclavo o libre (pero de condición social inferior), siempre que sea él el dominador en la cama. Si uno es el sujeto activo en una relación homosexual, su honra no correrá ningún peligro. Otra cosa bien distinta es que se sospeche o se demuestre que un civis Romanus haya sido el pasivo. Por ejemplo, Julio César tuvo que soportar calumnias contra su virilidad por haberse propagado que fue usado como “muñequita” por el rey Nicomedes y que por ello entregó a Roma su reino de Bitinia. Cuatrecasas nos relata casos en los que un esposo sorprendía a su legítima encamada con un amante. Si éste era de su misma clase social, podía matarlo, como a su esposa, sin dar cuentas a nadie, pero si quería acabar socialmente con él, lo conducía hasta el atrium de su mansión, llamaba a varios testigos respetables y hacía que el adúltero fuera sodomizado por el esclavo que realizaba las tareas más denigrantes, como limpiar las letrinas. El así tratado ya podía exiliarse: estaba acabado.
  2. El sexo oral estaba bien visto, siempre que lo disfrutaras tú y no lo hicieras disfrutar. O sea, debías ser el objeto y no el sujeto de una fellatio o un cunnilingus, pero ay como se sospechara que tú las hacías en vez de recibirlas. La boca y la lengua son sagradas: es un instrumento social. Con ellas se habla, te comunicas con tus iguales. Han de ser puras e inmaculadas y no meterlas en sitios “inmundos”. Si a un político, cuya lengua ha de ser aún más sagrada, se le acusa de ser un fellator o de practicar cunnilingus, puede dar por concluida su carrera.
  3. El sexo en grupo no está bien visto. En semejantes circunstancias se corre el riesgo de no respetar las dos reglas anteriores ante testigos. Puede significar tu muerte social. Adiós a las míticas bacanales que a tantas mentes calenturientas han seducido. Otra cosa es que las practiques en la intimidad de tu villa o en el recinto sagrado de la divinidad a la que veneras. En este último caso, más te vale guardar el secreto: son ritos mistéricos y tu gaznate peligra si los desvelas.
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