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La Satvrnalia, los ancestros de las Navidades

La Satvrnalia, los ancestros de las Navidades

Llevo 29 años batiéndome el cobre en las trincheras de institutos públicos, usando el Latín, la Cultura Clásica o el Griego como armas evangelizadoras, en aras de conseguir una sociedad más culta, más reflexiva, más humana y, por ende, más justa, libre y consecuente. Período tras período, al inicio de cada curso, algún zangolotino me pone a prueba, tentándome como un maletilla de abarcas de esparto tienta con su capote deshilachado a su primer morlaco. Me asalta en los primeros envites, tal vez a fin de hacerse el gallito entre sus polluelas: “Profesor, ¿para qué sirve el Latín / Griego / Cultura Clásica?”. Al inicio de mi carrera, fiel a mi espíritu combativo e impetuoso, más agitador que provocador, respondía al chichinabo con lindezas tales como “para que un ceporro como tú me haga una pregunta tan necia y estólida como ésa. Si no comprendes alguna de esas palabras, coge un diccionario, si sabes lo que es, o aguarda unos meses para descubrirlas, gracias a saber latín”. Hoy, mucho más sosegado —o vencido mi ánimo por la desidia e incultura reinante— me limito a ladrar entre gruñidos al osado o ni siquiera contesto a su impertinencia.

En otro sitio confesé el gravísimo pecado cometido por mí contra la actual sociedad materialista, utilitarista, inmediata, vacua e inane, al haber elegido ser profesor de lenguas y cultura clásicas y partirme la cara en su defensa. Causa hastío que por pura y vaga ignorancia, que no se recatan en disimular, la población cuestione o desprecie todo lo relacionado con las materias que se han constituido en mi trabajo y en mi pasión.

"Lo que la mayor parte ignora es que estos festejos hunden sus raíces en la Roma antigua, que seguimos siendo romanos en la manera de celebrar la venida del Redentor"

Con mis alumnos de Cultura Clásica hemos hecho experimentos para constatar qué saben sus compañeros, profesores o vecinos sobre la presencia del mundo grecolatino en diferentes facetas del mundo actual: física, química, matemáticas, filosofía, historia (palabras todas ellas griegas, por cierto), publicidad, etc. Los resultados son desoladores. Pocos saben explicar por qué se llama lunes al lunes (viene de Lunae dies, día de la luna; Monday en inglés, donde moon ha evolucionado a «mon»). Incluso algunos docentes de química son incapaces de ver rastros del griego en el cloro, bromo o yodo o de identificar personajes de la mitología en el mercurio, paladio o plutonio. Acongoja que digan que Homero es el padre de los Simpson o que Clío es un coche.

Estos días, en los que en breve fenece el año, celebraremos las Navidades. Como de todo debe haber en las viñas de Dionisos, unos las considerarán unas festividades entrañables, mientras que otros echarán pestes de ellas. Lo que la mayor parte ignora es que estos festejos hunden sus raíces en la Roma antigua, que seguimos siendo romanos en la manera de celebrar la venida del Redentor, que la Iglesia adaptó a su credo para honrar el nacimiento de su Mesías lo que los antiguos hacían a fin de conmemorar a Saturno: las Saturnalia.

Leyendo el imprescindible Un año en la antigua Roma, de Néstor F. Marqués, descubrimos que las primeras Saturnalia tuvieron lugar el 17 de diciembre del 497 a. C., coincidiendo con la consagración del templo de Saturno en el Foro de Roma, a los pies del Capitolio.

"Fue el mismo Saturno quien enseñó al hombre a cultivar los campos. Los antiguos romanos lo convirtieron, pues, en una benéfica divinidad agraria"

Saturno, al que los helenos llamaron Cronos, era el segundo de los reyes que rigieron la corte divina. De este titán tal vez conservemos una imagen negativa por culpa de las pinturas de Rubens o Goya, que lo representan devorando a sus hijos ante una profecía que auguraba que uno de éstos lo destronaría. Como así fue: Zeus liberó a sus hermanos del vientre paterno y le arrebató la corona. Pero durante el reinado de Saturno la humanidad conoció la Edad de Oro, de la que nos dan poético testimonio Hesíodo en sus Trabajos y días, Virgilio en sus Geórgicas, Ovidio en sus Metamorfosis o, en homenaje a los anteriores, don Miguel de Cervantes en el Capítulo XI de la primera parte del Quijote.

En dicha Edad de Oro no existían diferencias sociales, el ser humano no debía ganar el sustento con el sudor de la frente, todos eran libres y compartían los frutos de la tierra, que brotaban de manera espontánea. Fue el mismo Saturno quien enseñó al hombre a cultivar los campos. Los antiguos romanos lo convirtieron, pues, en una benéfica divinidad agraria. Sus festejos coincidían con el fin de las tareas de siembra, y se encomendaban a él para que los cultivos soportaran el largo período en el que latían bajo tierra, coincidiendo con la etapa en la que la diosa Proserpina debía permanecer en el inframundo con su esposo Plutón, antes de que vieran la luz los primeros brotes en primavera.

Acabada la siembra entonces, podían tomarse un descanso, incluso los esclavos. En sus inicios las Saturnalia sólo duraban un día, el 17 de diciembre, pero la sociedad las acogió tan bien que se fueron extendiendo hasta abarcar del 17 al 23 del último mes del año.

El templo de Saturno del Foro, aparte de usarse para guardar el tesoro nacional en el Aerarium. cobijaba una estatua de la divinidad que durante todo el año estaba atada con una maroma trenzada con lana, para que el dios no abandonara la ciudad y dejara a los romanos a su suerte. Las saturnalia se iniciaban cuando un sacerdote, capite aperto, con la cabeza descubierta (a todos los demás dioses se le ofrecían ritos con la testa cubierta) sacrificaba unos animales en honor del titán y cortaba la cuerda que lo amarraba dejándolo libre. Al grito de IO SATVRNALIA comenzaban unas jornadas de fraternidad y cierto desenfreno.

"Los asistentes a la ceremonia eran agasajados con un banquete a costas del erario, en el que se devoraban los animales sacrificados y se bebían ingentes cantidades de vino"

Los asistentes a la ceremonia eran agasajados con un banquete a costas del erario, en el que se devoraban los animales sacrificados y se bebían ingentes cantidades de vino. A él podían asistir todos los habitantes que lo deseasen, libres o esclavos, pobres o ricos, extranjeros o nacionales. Era una oportunidad para confraternizar en una sociedad en la que las diferencias sociales estaban más que marcadas. En lo que muchos consideraban el mejor día del año, el 17, escuelas y negocios cerraban, y ningún criminal era ejecutado o juzgado.

Sagunto alberga la Domus Baebia, el faro al que miramos todos los que amamos la Cultura Clásica. Es la sede de la asociación Ludere et discere, cuyos mascarones de proa son Charo Marco y Amparo Moreno, las mejores sacerdotisas con las que podemos soñar los amantes de la romanidad para divulgar y poner en valor todo lo relacionado con el mundo grecolatino. Ambas, junto a Mª Teresa Beltrán, Mª Teresa Cases y Mercedes García, son las responsables de una página de libre acceso, Festa Saturnalia, con la que podemos documentarnos a fondo sobre la naturaleza de estas celebraciones y encontrar textos y actividades para profundizar en su conocimiento de manera amena, exquisitamente documentada.

Gracias a ellas y al mencionado Marqués descubrimos que en estas fechas excepcionalmente se permitía jugar y apostar en público (solía estar restringido a tabernas y tugurios semejantes) e incluso se organizaban sorteos de lotería. Los ciudadanos abarrotaban las calles, comían y bebían sin freno en los cientos de tenderetes habilitados y se cubrían con un gorro cónico, el pilleus, con el que se tocaban los esclavos cuando conseguían la libertad, simbolizando la igualdad de todos los hombres.

Se subvertía el orden social: los amos sentaban a sus esclavos en sus lechos de banquete, triclinia, y les servían la cena, tolerándoles bromas y confianzas, que el resto del año serían reprendidas. Hay, incluso, quienes ven en estas fechas el origen histórico de la cesta de navidad: los clientes, ciudadanos de clase social desfavorecida, que se ponían al servicio de un patronus de rango socioeconómico superior, debían acudir todas las mañanas a ponerse a su disposición en la ceremonia de la salutatio matutina. Coincidiendo con las saturnalia recibían las sportula, unos canastos de mimbre con bebida y alimentos.

"Se aprovechaba esta cena, el último día de las Saturnalia, para intercambiar regalos con la familia."

Las familias se reunían, muchas por única vez en el año, para celebrar banquetes en común, en los que vestían sus mejores galas. En estas comidas se comía un pastel con miel y frutos secos, en el que se escondía un haba seca. Quien la encontrara era coronado como Princeps Saturnalicius y todos los presentes debían acatar sus órdenes. Muy ciego hay que estar para no descubrir en esto el origen de lo que hoy en día llaman Roscón de Reyes, con el que se pone fin a casi dos semanas de celebraciones.

Se aprovechaba esta cena, el último día de las Saturnalia, para intercambiar regalos con la familia. A los niños se les regalaban muñecos de arcilla o cera, sigilla, y a los mayores velas, que se prendían por todos los hogares para alumbrar estos entrañables días, costumbre que algunas poblaciones hodiernas han llevado al paroxismo con sus campañas de iluminación navideña. Estos regalos habían sido comprados en mercadillos que se montaban con ocasión de las saturnales.

Los actuales carnavales también parecen tener sus orígenes en las chirigotas que se montaban el segundo día, con ciudadanos disfrazados que recorrían las calles gastando bromas y cantando canciones burlescas.

"Estas festividades estaban tan arraigadas que, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del imperio, las trasladó unos días para que comenzaran el 24 de diciembre, presunto día del nacimiento de Jesús"

Inclusive en estos remotos tiempos había quienes renegaban de estos días, en los que todo tenía que ser almibarado, y se encerraban en sus cuartos hasta que pasara esa empalagosa tormenta. El cordobés Séneca alertaba de los peligros de los excesos que se cometían en las saturnalia y Plinio el Joven se recluía en su gabinete, sin querer ver a nadie, hasta que concluyeran las mismas.

Estas festividades estaban tan arraigadas que, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del imperio, la casta eclesial, ante la imposibilidad de erradicarlas, las trasladó unos días para que comenzaran el 24 de diciembre, presunto día del nacimiento de Jesús, pero que en realidad conmemoraba en el día 25 el Nacimiento del Sol Invicto, dios vinculado al culto de Mitra, quien también moría y resucitaba, como Cristo.

Como ves, querido visitante de esta Cueva del Fauno: NIHIL NOVVM SVB SOLE, nada nuevo bajo el sol. Cuando alguien ose decir en tu presencia que para qué sirve hoy el latín, compadécete de su ignorancia, abomina de su ingratitud y demuéstrale que éste está mucho más vivo de lo que sus ciegos y utilitaristas ojos son capaces de ver.

Por lo pronto, IO SATVRNALIA!

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