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Simenon en Arizona

Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y Georges Simenon se ha convertido en una celebridad. Los periódicos europeos lo tratan como a una estrella. Afirman que es un caso único, tanto por el tren de vida que lleva como por su asombrosa producción literaria. Cada dos meses saca una nueva novela, todas son un éxito inmediato, y las ediciones se multiplican en cuestión de semanas. Quizá por ello se ha cansado de Europa y necesita viajar a otros lugares del mundo.

A Norteamérica llega en octubre de 1945. Recala primero en la región canadiense de Quebec, concretamente en Sainte Marguerite du Lac Masson, donde se instala con su exmujer Tigy y su hijo Marc Simenon, para quienes alquila un chalé, mientras él habita un pequeño bungalow de madera próximo al chalé, entre altos cedros que garantizan el aislamiento y el silencio. Siempre viaja con sus objetos más emblemáticos: los abrigos, las pipas, el tabaco picado, varios sombreros, las estilográficas, una máquina de escribir nueva que regalará cuando cambie de residencia. Cada vez que se traslada compra una máquina y obsequia la anterior al primero que se le ocurre, para no tener que transportarla en avión.

Su vida consiste en escribir con absoluta concentración durante siete semanas, entregar el manuscrito a su editor y desaparecer durante quince días, llevando una vida de hoteles, restaurantes y mujeres. A Tigy y a Marc los llama con frecuencia para saber qué tal están, pero apenas va a verlos. Cuando lo hace, pellizca la mejilla de Marc y le pregunta: “¿Qué tal estás, campeón?”. Simula boxear con él durante unos minutos. Le promete que si se porta bien y saca buenas notas, le comprará un revolver de cowboy. Tras guiñarle el ojo y saludar a Tigy, emprende un viaje cuyo destino no suele revelar o, si lo revela, pronuncia un nombre equivocado y luego afirma que no dijo eso, que se trata de un malentendido.

"Hace cuarenta y dos grados de temperatura a media tarde cuando él termina de escribir y le entrega a Denyse las hojas redactadas ese día de la novela Maigret en Arizona"

Le gusta viajar ligero de equipaje, como si formara parte de su virilidad. Desde Quebec vuela con frecuencia a Nueva York, según afirma, “para ganar lectores en Estados Unidos, contactar con varias editoriales y contratar a una secretaria bilingüe”, la cual necesita con urgencia…

Precisamente será en Nueva York donde conozca a la canadiense Denyse Ouimet, de la que se enamora locamente. Afirma en sus memorias: “Conocí lo que se llama “pasión”, una auténtica fiebre que algunos tachan de enfermedad”. La pasión es mutua, y Denyse se traslada a Quebec a vivir en el bungalow, a pocos metros de la vivienda de la exmujer y el hijo de su amante. A lo largo de los años cuarenta la peculiar familia Simenon estará compuesta por Tigy, Marc, la criada Boule, la institutriz del niño, Denyse, los tres hijos de ésta y el escritor, que irán cambiando de domicilio, mudándose a otras provincias de Canadá y, más tarde, a Florida, Cuba, Georgia, Tennessee, Arizona… Simenon visita a Tigy de vez en cuando, le pregunta si va bien de dinero y, cuando ella responde que se le está acabando, le entrega un fajo de billetes de cien dólares. A Marc, que idolatra a su padre, le dice que pronto volverá y se irán al oeste a montar a caballo y a dormir a la intemperie, como los vaqueros de verdad. “Para ese momento —afirma el novelista— debes estar preparado, porque hay que ser un tipo duro para llevar la vida de un vaquero”. “¡Sí, papá”! —exclama Marc—, y él sonríe, le pellizca la mejilla y se marcha como siempre, al poco de haber llegado, deseoso de recuperar de inmediato su adorada soledad.

Por aquel entonces, en julio de 1949, Marc ha cumplido diez años y se ha marchado con su madre a vivir a Carmel, en California. Simenon, en cambio, se acaba de mudar a ochocientas millas de distancia, al número 4.325 de East Whitman Street en Tucson, Arizona. Denyse está embarazada de siete meses.

Georges Simenon montando a caballo en Arizona

Hace cuarenta y dos grados de temperatura a media tarde, cuando él termina de escribir y le entrega a Denyse las hojas redactadas ese día de la novela Maigret en Arizona. A él le gusta escribir con una pluma Parker 51 chapada en oro y a ella pasar a máquina lo que él escribe. Esa pequeña tarea la distrae en esos días de calor y embarazo. La casa de la avenida East Whitman es de un solo piso, con tejados a doble vertiente y un jardín de tierra donde crecen cactus, palmeras y nopales. Pero ahora resulta imposible salir al jardín, así que pasan el día con las persianas bajadas y los ventiladores funcionando en medio del silencio, mientras Lupe, la cocinera, prepara quesadillas para la cena.

"Esmeralda se ovilla en la cama, sudorosa, con la cabeza oculta entre las rodillas mientras él se tambalea hacia la silla donde ha dejado los pantalones"

Denyse se abanica frente al televisor. Su pelo recogido sobre la cabeza, como si fuera una corona, se mueve ligeramente por efecto del ventilador. Todavía tiene entre manos las hojas manuscritas de su marido, repletas de tachones y flechas que relacionan unos párrafos con otros. “Ha llamado tu editor noruego, quiere hablar contigo urgentemente”. “Sí, lo comprendo, pero yo no quiero hablar con él, me aburre mucho. Llamale tú, por favor; pero ¡recuerda!, no le perdones ni un solo dólar, ja, ja, ja”. “Muy gracioso”, replica Denyse, mientras él le acaricia suavemente la mejilla con el dorso de la mano, que más tarde baja por el cuello hasta el escote y sube de nuevo hasta su boca, en la cual introduce los dedos. La escena termina con un beso en los labios al que ella responde con una sonrisa lasciva: “¡Georges, a esta hora no…!”.

“Ah, por cierto, después de la cena me marcharé. No hace falta que me esperes despierta si tienes sueño, cuida mucho del pequeño John, por favor”. Le guiña el ojo mientras palpa con suavidad su vientre, recubierto por un vestido de lino añil.

Entre Tucson y Nogales, ciudad fronteriza con Méjico, hay ciento diez kilómetros, algo más de una hora en su Chevrolet del 47. Allí no conoce a nadie. Aun así, deja en casa su pipa, las gafas negras de pasta, el sombrero: todo aquello que lo identifica con el famoso escritor Georges Simenon. En cambio, viste unos pantalones bajos con cinturón ancho de cowboy.

En 1949 Tucson tiene unos cien mil habitantes. Le fascina el modo en que, conforme se aleja del centro, comienzan a alternarse los edificios con solares vacíos, como si el desierto fuera conquistando espacios a la ciudad, en vez de la ciudad al desierto. Y cuando la urbe se termina no hay nada. Solo una estepa árida e infinita, campos de tierra rojiza poblada por saguaros, unos cactus enormes como monumentos fálicos que le recuerdan a su pene. También hay kilómetros y kilómetros de matorrales polvorientos cual esqueletos muertos hace siglos. Da la impresión de que permanecen allí solo para fijar la tierra y que no se convierta en polvo. Si solo quedara el polvo, el paisaje desaparecería.

Georges Simenon, Denyse Ouimet y su hijo John en 1949

Al atravesar la frontera, los policías de ambos lados lo saludan con deferencia. Saben que va a dejar en su mano un billete de cincuenta dólares y que continuará tan solo un par de kilómetros más, hasta enfilar con el Chevrolet la avenida que conduce a la hacienda Las Bellas.

Más allá de la hacienda continúa el desierto de Sonora, que todo lo recubre, que todo lo arrasa cuando hombres y mujeres lo abandonan, o cuando hombres y mujeres se abandonan a sí mismos… Cada una de las habitaciones de ladrillo y adobe repintado cuenta con un ventanuco desde la cual penetra una luz tenue y, al anochecer, el aullido de los coyotes. “Hoy Alba y Lorena están ocupadas, don Jorge, pero puedo ofrecerle a Esmeralda: una chica nuevecita, de dieciocho no más. Verá que no se arrepiente…”.

Ella lo espera desnuda y asustada, como una joven hembra de berrendo que ha olido a un cazador y se queda quieta: acurrucada contra la pared en la penumbra, con la piel morena, el pelo negro cardado, los labios pintados de rojo y la sombra de ojos blanca. Antes él se ha tomado tres tequilas de un trago y comienza a notar el mareo, esa semiinconsciencia que le incita, que lo transforma en animal irracional en celo.

"Denyse ya duerme mientras él avanza seguro en medio de la oscuridad. Gracias al brebaje azul puede sentarse a su mesa de escritor. Ha decidido terminar Maigret en Arizona"

Hasta que al fin, agotado, se levanta desnudo. Esmeralda se ovilla en la cama, sudorosa, con la cabeza oculta entre las rodillas mientras él se tambalea hacia la silla donde ha dejado los pantalones, el cinturón cuya hebilla de plata refulge en la penumbra. En la cantina de la hacienda Las Bellas pide al camarero el brebaje de siempre, esa botella azul gracias a la cual la borrachera y la resaca desaparecen como por ensalmo en cinco minutos.

Y, en efecto, sucede el milagro un día más: cuando llega al Chevrolet ya no trastabilla. El creador del comisario Maigret ya no se bambolea como un espantapájaros y puede conducir de vuelta, bajo el resplandor de la luna llena, contemplando Sonora en silencio como si la noche fuera un sueño. Hasta tal punto que le parece confundir su casa con el desierto, el cuerpo de su mujer con el cuerpo de Esmeralda.

Denyse ya duerme mientras él avanza seguro en medio de la oscuridad. Gracias al brebaje azul puede sentarse a su mesa de escritor. Ha decidido terminar Maigret en Arizona. Al fin y al cabo, solo le quedan tres páginas. Es una novela más, nada del otro jueves; pero escribir es su razón de existir, no puede dejarlo aunque se repita y escriba lo mismo una vez tras otra. Así que comienza a garabatear con la estilográfica y las palabras fluyen, fluyen, fluyen:

“…Cuando despertó, Una azafata abrochaba el cinturón amablemente al comisario Maigret.

—¡Los Ángeles! —le informó sonriente. El comisario miró por la ventanilla del avión la extensión inmensa de colinas verdes y casas blancas frente al mar.

¿Qué pintaba él allí?

Tucson, 31 de julio de 1949.”

Nogales, ciudad fronteriza entre Estados Unidos y México, en los años 40.

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