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Georgia y Alfred. Una crónica americana  

Georgia y Alfred. Una crónica americana   

Hace calor, el cielo está nublado y ha comenzado a tronar cuando mi hija pregunta a Google Home: “¡Oh, Google, va a llover esta tarde en Zaragoza?”. La máquina se ilumina y responde: “Es muy probable que llueva hoy en Zaragoza entre las seis y las siete de la tarde”. Una llovizna fina comienza a caer minutos más tarde iluminada por el sol. Las gotas parecen destellos de polvo.

Sudoroso, camino desnudo de cintura para arriba, con mis naúticos sebago, mis bermudas arrugadas sujetas por un viejo cinturón marrón y pregunto: “¡Oh, Google, qué día se conocieron Georgia O’Keeffe y Alfred Stieglitz? Cual genio de la lámpara, la máquina responde de nuevo: “La pintora Georgia O’Keeffe y el fotógrafo Alfred Stieglitz se conocieron el 15 de junio de 1915 en la galería de arte 291 de la Quinta Avenida de Nueva York».

Ella era una joven pintora y profesora de dibujo de 27 años que trataba de abrirse camino en el mundo del arte; él, un conocido fotógrafo que había elevado la fotografía a la categoría de arte. También era marchante de pintura, propietario de la galería 291 y editor de la revista pionera de fotografía Camera Work.

En efecto, como afirma Google Home, el 15 de junio de 1915 Georgia se presentó en la galería 291 para ver una exposición del acuarelista John Marin. Stieglitz vestía su habitual traje negro de gentleman. Era alto, desgarbado y solía pasear por Greenwich Village con una capa negra y un sombrero borsalino. Cuatro años antes, en 1911, la 291 había presentado en los Estados Unidos a un joven pintor español que no conocía nadie en América: Pablo Picasso.

A continuación, la portada que John Marin elaboró para el catálogo nº 4 de la galería 291 en junio de 1915:

Imagino a Georgia acercándose a Alfred tímidamente, como una joven pintora de Wisconsin que da clases de dibujo en una escuela de Virginia y ha ganado un premio… Las palabras se agolpan en su boca y no deja hablar al fotógrafo judío, que la mira de arriba abajo con disimulo, mientras ella, presa de la timidez, aduce que hoy tiene prisa, pero que volverá otra tarde, que le encanta la galería… Compra un ejemplar de la revista Camera Work y desaparece.

"Al leer la nota, Alfred sonríe y comienza con Georgia una relación epistolar que durará tres años, en los cuales se escriben a diario"

En la calle se siente estúpida: ¿habrá creído él que es una interesada y pretende seducirle para exponer en la 291? ¿Será cierta su sospecha de que haría lo que fuera con tal de hacerse famosa…? Un escalofrío de emoción le recorre el cuerpo, y sonríe ensimismada. Lo que no sabe Georgia es que, mientras camina por la Quinta Avenida, Alfred ya se imagina fotografiándola.

Al día siguiente, ella le envía una nota: “Apreciado señor Stieglitz: No sé cómo decirle lo mucho que me ha gustado su revista Camera Work. Siempre quiero tenerla en un sitio donde pueda verla en mi habitación. Suya afectuosa, Georgia O’Keeffe”.

Al leer la nota, Alfred sonríe y comienza con Georgia una relación epistolar que durará tres años, en los cuales se escriben a diario. Él desde la capital del arte americano, Nueva York; ella desde escuelas públicas perdidas por villorrios de Illinois, Texas y Carolina del Sur… En las cartas, ambos mezclan los coqueteos con elevadas reflexiones sobre arte. Él se muestra seguro de sí mismo y Pigmalión, mientras a ella le encanta parecer tímida, casi infantil. Las cartas se convierten en el centro de la vida de Alfred, que se aburre mortalmente con su mujer, Emmeline Obermeyer, hija de unos magnates cerveceros.

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Pero debo interrumpir la escritura de este artículo porque son las seis de la tarde y en Zaragoza comienza a llover a cántaros, tal como vaticinaba Google. Se ha levantado un vendaval que golpea puertas y ventanas y me apresuro a recoger la ropa del tendedero. Cuando todo está cerrado, preparo en la cocina una de mis bebidas habituales. En una taza de Starbucks de medio litro vierto un dedo de leche entera, relleno el resto de agua muy fría, echo dos cucharadas de Nescafé y añado un chorro de sacarina líquida para beber mientras continúo escribiendo.

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En 1918 Alfred decide finalmente promocionar a Georgia como pintora. No solo porque cree ciegamente en su talento sino también porque desea ser su amante: le encantan sus pinturas y alquila para ella una vivienda y un estudio en Manhattan. Así ella podrá pintar tranquilamente sin necesidad de dar clases. Y no solo la apoya económicamente, sino que la ensalza ante la clientela de la galería 291, en la cual expondrá sus pinturas, que representan grandes flores, algunas de las cuales parecen vaginas gigantes que ella le ofrece, como la de esta foto:

El 15 de junio de 1918 —tres años después de conocerse— Alfred acude nervioso a la estación Grand Central. Después de tantas cartas, arde en deseos de verla de nuevo, pero ella apenas puede acarrear su maleta al salir del tren: padece la gripe española y sufre intensas fiebres durante semanas en las cuales debe permanecer en cama.

"En 1918, cuando finalmente se recupera de la gripe española, deja de comunicarse a diario con Alfred por escrito para hacerlo en persona"

Antes de continuar, retrocedamos en el tiempo para comprender la gran distancia que separa a los amantes en sus orígenes: cuando nace Georgia en 1887 en una casa de campo del medio rural, Stieglitz ya es un joven de veintitrés años criado en el corazón de Manhattan. El padre de ella es un modesto lechero irlandés, mientras Alfred es primogénito de una rica familia judeoalemana, que pronto se mudará a Berlín, donde él abandona sus estudios de ingeniería mecánica en la mejor escuela para dedicarse por completo a su pasión: el nuevo arte de la fotografía. Entre tanto, Georgia trata de hacer lo mismo en su pueblillo de Wisconsin. A los diez años ya quiere ser pintora, y comienza a dibujar con tal devoción que a los dieciocho ingresa becada en el Instituto de Arte de Chicago. Pero mientras Alfred triunfa desde el principio, disponiendo del paraguas económico de su familia que le permite no trabajar, Georgia pasa penalidades para pintar mientras da clases de dibujo.

En 1918, cuando finalmente se recupera de la gripe española, deja de comunicarse a diario con Alfred por escrito para hacerlo en persona. Ha accedido a sus deseos de fotografiarla. Al principio solo el rostro; más tarde las manos, los hombros; después todo el cuerpo… He aquí una de aquellas fotografías de 1918:

Así continúan, hasta que la mala suerte se alía con el destino: Emmeline sorprende a su marido fotografiando a Georgia en su propia casa, lo expulsa del domicilio conyugal y pide el divorcio, que le es concedido ipso facto por Alfred, quien ya solo tiene ojos para Georgia, a la que fotografiará compulsivamente a partir de entonces, dejando un ingente archivo de imágenes de ella, desnuda y vestida con los más diversos atuendos. Él declaró: “Para mí fotografiar y hacer el amor es una misma cosa”.

"Le pone el mote de Señora Pelusa, debido a la mata de pelo negra que crece en sus genitales y que ella jamás recorta ni rasura, al igual que las matas de pelo negras que crecen en sus axilas"

La unión entre ambos se consuma el 9 de agosto en la residencia de verano de Stieglitz, una casa de campo frente al lago George en el estado de Nueva York. Esa noche llueve a cántaros —como ahora mismo en Zaragoza—. Georgia y Alfred hacen el amor en la penumbra iluminada de la noche. Lo sabemos porque once años más tarde, él le enviará a ella a Taos, Nuevo Méjico, la siguiente carta: “El 9 de agosto hará 11 años que me entregaste tu virginidad en medio de los truenos y los relámpagos. Todavía veo tu cara; y lo siento todo. Y te veo en el suelo después, desnuda, con una venda puesta; un pájaro herido. Tan adorable”.

Le pone el mote de Señora Pelusa, debido a la mata de pelo negra que crece en sus genitales y que ella jamás recorta ni rasura, al igual que las matas de pelo negras que crecen en sus axilas. En todos los desnudos de Alfred ella exhibe sus pelusas sin pudor alguno, amante de su propio cuerpo y de ser fotografiada, al igual que de anciana no tendrá rubor alguno en exhibir canas y arrugas.

Son años de éxitos mutuos hasta que en 1924 contraen matrimonio. Alfred sigue encumbrando la carrera de Georgia, expone sus cuadros, que van volviéndose cada vez más abstractos y aumentando su cotización en el mercado del arte. Cuando no pintan ni fotografían, se dedican a pelusear, el verbo secreto que ha creado Alfred para comunicarse con ella.

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La taza de Starbucks está vacía desde hace rato. Considero rellenarla de Coca-Cola Zero y continuar escribiendo, pero es hora de cenar y además debo enviar ya mi artículo a Zenda Libros. Mientras por la ventana entra la brisa nocturna, y el rumor de la gente bulle en las terrazas, escribo:

Hasta aquí la primera parte de “Georgía y Alfred, una crónica americana”.

Y, al levantarme de la silla, pienso que me agrada escribir una segunda parte, me gusta que esta sea una historia en marcha.

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