Los ochenta fueron una década extraña y maravillosa. Crecí ya en los noventa, así que llegué tarde a muchas de aquellas películas, pero me tocó la resaca gloriosa: los VHS gastados, los pases infinitos en la tele, los efectos especiales casi artesanales hechos de gomaespuma, maquetas y humo en lugar de CGI. Eran historias que se etiquetaban como “para niños”, pero que no tenían ningún problema en enseñarnos la muerte, la pérdida, la angustia o el miedo más puro mientras merendábamos galletas.
Para quienes amamos también los libros, estos últimos años están siendo un pequeño regalo: varias de aquellas películas de culto vuelven a nuestra vida en forma de nuevas ediciones de las novelas en las que se basaban. Es una forma perfecta de regresar a esos mundos con ojos adultos. O de abrirles la puerta a nuevas generaciones que no crecieron rebobinando cintas.
Sigamos esa línea temporal de cine ochentero y revisitemos cuatro de esas historias, ahora de vuelta en las librerías.
El último unicornio (1982): una fábula melancólica disfrazada de dibujo animado
La primera en llegar a los cines fue El último unicornio, estrenada en 1982. Una película dirigida por Arthur Rankin Jr. y Jules Bass, con la animación a cargo de Topcraft, el estudio japonés que acabaría transformándose en Studio Ghibli. A simple vista, parecía “otro dibujo animado de fantasía” para niños. A poco que uno se quedara frente a la pantalla, se daba cuenta de que había algo más: una tristeza de fondo, una sensación constante de pérdida y amenaza, escenas que podían dar auténtico miedo. (Quien haya visto de pequeño al Toro Rojo persiguiendo al unicornio sabe de lo que hablo).
La historia, tanto en la película como en la novela de Peter S. Beagle, parece sencilla: una unicornio inmortal descubre, por casualidad, que puede que sea la última de su especie. Decide abandonar el bosque y emprende un viaje para averiguar qué ha sido del resto de unicornios. En el camino se cruzan Schmendrick, un mago torpe pero entrañable; Molly Grue, una mujer cansada y lúcida; el príncipe Lír; y el rey Haggard, un monarca incapaz de ser feliz, que solo sabe aferrarse a aquello que desea poseer. Y, por supuesto, el Toro Rojo, la criatura que ha empujado a los unicornios al borde del mundo.
La novela —reeditada recientemente en una atractiva tapa dura por Océano Gran Travesía, con cubierta en relieve y aire de clásico rescatado— amplía y oscurece la experiencia de la película. La edición cuenta con un prólogo de Patrick Rothfuss, quien admite que no solo ama este libro, sino que es su libro favorito y lo ha sido por más de treinta años. Una historia que reivindica la fantasía como algo bello y digno, un libro que no trata sobre ejércitos en liza, espadas mágicas ni grandes aventuras.
La prosa de Beagle es poética y melancólica, con diálogos llenos de ironía suave y momentos de una tristeza muy adulta. La transformación de la unicornio en mujer (Amaltea) no es solo un truco de guión: es una reflexión sobre lo que se sacrifica al hacerse humano, sobre cómo duele vivir en el tiempo cuando antes eras eterna.
De niños nos quedábamos con el miedo al Toro Rojo y la fascinación por ese unicornio blanco sobre el mar. De adultos, la lectura nos devuelve una historia sobre la pérdida, la mortalidad y la identidad, disfrazada de cuento de hadas. Una fábula que esconde reflexiones muy adultas sobre la mortalidad, el paso del tiempo, el deseo de retener lo que por naturaleza está destinado a irse. Y nos recuerda algo que conviene no olvidar: la fantasía “infantil” de los ochenta rara vez trataba a los niños como si fueran de cristal.
La historia interminable (1984): leer hasta salvar un mundo
Solo dos años después, en 1984, llegó La historia interminable, dirigida por Wolfgang Petersen. Para muchos fue la gran puerta a la fantasía europea: Bastian, escondido en el desván del colegio; Atreyu, cabalgando por Fantasia; Fújur, surcando el cielo; la Emperatriz Infantil… y, Artax hundiéndose en el Pantano de la Tristeza. El trauma compartido de toda una generación. Esa adaptación cinematográfica fue un hito del cine fantástico europeo: rodaje alemán, efectos prácticos descomunales para crear a Fújur, Gmork o el Comepiedras y momentos que se quedaron grabados en la retina de toda una generación.
La película adapta aproximadamente la primera mitad de la novela homónima de Michael Ende, publicada en 1979. Bastian, un niño tímido y acosado, roba un libro extraño y empieza a leerlo a escondidas. Dentro del libro, el joven Atreyu intenta salvar el reino de Fantasia de una fuerza devastadora llamada la Nada. A medida que avanza la historia, se hace evidente que el lector del mundo “real” y el destino de Fantasia están mucho más unidos de lo que parece.
En 2024, con motivo del 45.º aniversario de la novela, Alfaguara la recuperó en una edición muy cuidada, pensada tanto para nuevos lectores como para quienes llevan décadas regresando a sus páginas. Se trata de un volumen en tapa dura, con ilustraciones interiores de Ayesha L. Rubio, que respeta uno de los grandes encantos materiales del libro: el uso de dos tintas para diferenciar las escenas del mundo de Bastian del de las de Fantasia. Un detalle que sigue resultando original y que convierte la lectura en una experiencia muy física, muy consciente de que estamos atravesando una frontera entre dos realidades.
Michael Ende, además de este título, es el autor de Momo, otra piedra angular de la fantasía europea. En ambas historias late la misma preocupación: qué hacemos con nuestro tiempo qué nos roba la capacidad de imaginar, cómo nos devora un mundo dominado por la prisa y el consumo. La historia interminable no es solo un desfile de criaturas fantásticas; es un relato sobre responsabilidad, deseo, memoria y la tentación de perderse en las historias para no mirar de frente la realidad.
De niños disfrutábamos del dragón blanco, de volar sobre la ciudad, de imaginar que el libro se dirigía a nosotros. De adultos pesa más el trayecto oscuro de Bastian cuando entra en Fantasia y empieza a olvidarse de quién es. Leer ahora esta nueva edición permite vivir una doble experiencia: acompañar a un lector joven en su primer viaje a Fantasia y, a la vez, enfrentarse a la versión menos cómoda de nosotros mismos que Ende nos puso delante, y que quizá no quisimos o supimos ver entonces.
Dentro del laberinto (1986): crecer también es perderse
En 1986 Jim Henson estrenó Dentro del laberinto (Labyrinth), esa película que unió a una Jennifer Connelly adolescente con un David Bowie hipnótico como Jareth, rey de los goblins. En su momento no fue un éxito de taquilla, pero con el tiempo se ha convertido en una obra de culto: marionetas y criaturas creadas por la factoría Henson, con la participación de George Lucas, escenarios imposibles, canciones pegadizas y un tono a medio camino entre el cuento de hadas y el viaje psicológico, que hoy sería difícil ver en una gran producción “juvenil”.
La historia arranca con Sarah, una chica frustrada con su vida y con su papel de hermana mayor, que en un arrebato desea que los goblins se lleven a su hermano pequeño. El deseo se cumple, y Jareth le da un ultimátum: tiene trece horas para atravesar un laberinto lleno de trampas, engaños y criaturas extrañas si quiere recuperarlo. En ese viaje, Sarah se enfrenta a sus miedos, a sus fantasías, a sus contradicciones y al magnetismo peligroso de un rey goblin que le ofrece quedarse en un sueño eterno de máscaras y cristal.
El libro Dentro del laberinto, escrito por A. C. H. Smith y publicado en castellano por Nocturna en 2023, es la novelización oficial del guión. La edición recupera como portada el icónico cartel de la película, un detalle que por sí solo ya despierta la nostalgia de cualquier lector que creciera con ella. Es una novela breve, de lectura muy ágil, que sigue de cerca la estructura del film, pero añade algunos matices interesantes: más presencia de la voz interior de Sarah, detalles sobre sus dudas y emociones, y alguna pincelada extra del universo del laberinto. No reinventa la historia, pero sí la redondea y la acerca un poco más al punto de vista de la protagonista.
Volver hoy a Dentro del laberinto, ya sea en papel o en pantalla, es redescubrir lo poco “inocente” que fue siempre este cuento. La relación entre Sarah y Jareth está cargada de ambigüedad, el laberinto es un espacio de manipulación constante, y la película no tiene ningún reparo en mostrar lo inquietante que puede ser dejar de ser niña. No se explican todos los símbolos, ni se subraya cada lección. El espectador —y ahora el lector— tiene que hacer su parte del trabajo.
Los niños de los 80 y 90 lo intuíamos, aunque no tuviéramos todavía palabras para explicarlo. Ahora, con la edición de Nocturna, podemos volver a ese laberinto con menos miedo a perdernos, y quizá con más miedo a entenderlo del todo.
La princesa prometida (1987): amor verdadero, venganza y meta-humor
“Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”. Pocas frases resumen tan bien lo que fue el cine de aventuras de los ochenta como la que pronuncia Mandy Patinkin en La princesa prometida, la película de 1987 con la que cerramos este pequeño viaje cronológico a la fantasía “juvenil” de los ochenta. Dirigida por Rob Reiner y escrita por William Goldman a partir de su propia novela, la película es, en apariencia, un cuento de hadas de capa y espada: Buttercup, Westley, piratas, duelos, gigantes y ratas monstruosas. En realidad, es una comedia romántica afiladísima, repleta de ironía y de cariño hacia los propios tópicos que utiliza.
La película cuenta la historia de Buttercup, una joven que jura amor eterno a Westley, el mozo de granja, antes de que él parta a buscar fortuna y, supuestamente, muera a manos del temido Pirata Roberts. Años después, ella ha aceptado casarse con el odioso príncipe Humperdinck. Pero su boda se ve interrumpida por un secuestro chapucero: un misterioso hombre enmascarado, un espadachín obsesionado con vengar a su padre, y un gigante de buen corazón. Todo ello, además, enmarcado por otra historia: la de un abuelo que lee el libro a su nieto enfermo, mientras ambos discuten qué partes de un cuento son aburridas, cuáles dan miedo y cuáles son las que de verdad merecen la pena.
La novela de Goldman es aún más juguetona que la película. El autor se inventa un supuesto original de un tal S. Morgenstern y nos presenta lo que sería su versión “abreviada”, recortando las partes tediosas. El resultado es una metanarración divertidísima que comenta, con muchísimo humor, el propio acto de contar historias y de convertir la realidad en aventura, romance y mito. La reedición publicada por Ático de los Libros en 2025 hace justicia a ese carácter especial del texto: una edición de coleccionista en tapa dura, con cantos pintados con algunas de sus frases más icónicas, portada inspirada en la película y el mapa del reino en la contraportada. Además, incorpora las introducciones conmemorativas del 25 y 30 aniversario, así como los textos breves El bebé de Buttercup y Fezzik muere, pequeñas piezas complementarias que amplían, aunque sea de forma lúdica e incompleta, esta aventura ya clásica.
Goldman, además de novelista, fue uno de los grandes guionistas de Hollywood, y se nota: ritmo perfecto, diálogos afilados, cambios de tono que funcionan como un reloj. La princesa prometida es aventura de capa y espada, sí; pero también, una parodia cariñosa de los cuentos de hadas, una comedia romántica y una reflexión sobre la forma en que las historias pasan de una generación a otra, como se abuelo y ese nieto que al principio protesta y luego suplica “sigue leyendo”.
De niños nos quedábamos con las peleas de Íñigo, los R.A.G, en el Pantano de Fuego y el “milagro” de Westley. De adultos, la novela nos revela el nivel de ironía y de mala leche con el que Goldman se ríe, al mismo tiempo, de los tópicos del género y de nosotros, los lectores, que seguimos necesitándolos.
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Volver a estas cuatro historias en forma de libro no es solo un ejercicio de nostalgia. Es comprobar que aquella fantasía ochentera que nos marcó de niños no tenía miedo a hablar de muerte, pérdida, deseo, identidad o responsabilidad moral. Lo hacía con unicornios, laberintos imposibles, reinos que se desmoronan y espadachines con acento extraño, pero el contenido era tan “adulto” como el de muchas novelas actuales.
Quizá por eso siguen vivas. Porque, como ya nos avisaba cierto título, hay historias que no se acaban nunca: solo esperan, silenciosas, en la estantería hasta que alguien decide abrirlas de nuevo.






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