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Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, de Stuart Turton

Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, de Stuart Turton

Stuart Turton, autor de Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, fue una de las revelaciones de la Feria de Londres de 2017. Según las criticas, es una mezcla entre el misterio de Agatha Christie y Atrapado en el tiempo, ambientada en una mansión inglesa al más puro estilo Downton Abbey, llena de invitados y con un asesinato que el protagonista deberá resolver. Ofrecemos un adelanto de esta novela publicada por Ático de los Libros.

1

Primer día

Lo olvido todo mientras camino.

—¡Anna! —grito, y cierro la boca de golpe por la sorpresa.

Tengo la mente en blanco. No sé quién es Anna ni por qué la llamo. Ni siquiera sé cómo he llegado aquí. Estoy en un bosque y me protejo los ojos de la llovizna. El corazón me late con fuerza, apesto a sudor y me tiemblan las piernas. Debo de haber corrido, pero no recuerdo por qué.

—¿Cómo he…?

Me quedo sin habla cuando me veo las manos. Son huesudas, feas. Las manos de un desconocido. No las reconozco en absoluto.

Al sentir la primera punzada de pánico intento recordar algo más sobre mí: un familiar, mi dirección, mi edad, cualquier cosa, pero no consigo acordarme de nada. Ni siquiera de un nombre. Todos los recuerdos que tenía hace unos segundos se han desvanecido.

La garganta se me cierra, mi respiración es ruidosa y rápida. El bosque da vueltas a mi alrededor, motas negras entintan mi visión.

Cálmate.

—No puedo respirar —digo entre jadeos; la sangre ruge en mis oídos mientras me desplomo en el suelo y mis dedos se hunden en el barro.

Respira, solo tienes que calmarte.

Encuentro consuelo en esta voz interior, una fría autoridad.

Cierra los ojos, escucha al bosque. Recomponte.

Obedezco a la voz y cierro los ojos con fuerza, pero lo único que oigo es mi resuello aterrado. Durante un tiempo prolongado aplasta a los demás sonidos, pero despacio, muy despacio, abro un agujero en el miedo y eso permite que otros ruidos lleguen hasta mí. Gotas de lluvia al golpear las hojas, ramas que crujen sobre mi cabeza. A mi derecha hay un arroyo y, en los árboles, cuervos con alas que restallan en el aire al alzar el vuelo. Algo se arrastra entre los arbustos, un golpeteo de patas de conejo pasa lo bastante cerca como para tocarlo. Entretejo uno a uno todos esos nuevos recuerdos hasta obtener cinco minutos de pasado en los que envolverme. Suficientes para contener el pánico, al menos por ahora.

Me pongo en pie con torpeza y me sorprende lo alto que soy, lo lejos que parezco estar del suelo. Me tambaleo un poco y me sacudo las hojas húmedas de los pantalones; por primera vez, me fijo en que visto esmoquin y que tengo la camisa salpicada de barro y vino tinto. Debía de estar en una fiesta. Tengo los bolsillos vacíos y no llevo abrigo, así que no puedo haberme alejado demasiado. Es tranquilizador.

A juzgar por la luz, es por la mañana, así que he debido de pasar toda la noche aquí fuera. Nadie se viste para pasar la velada a solas, lo cual significa que debe de haber alguien que ya sabe que he desaparecido. Seguramente, más allá de esos árboles, haya una casa que despierta alarmada, ¿y quizá grupos de búsqueda que tratan de encontrarme? Exploro los árboles con la mirada, en cierto modo con la esperanza de ver a mis amigos salir de entre el follaje para escoltarme de vuelta a casa con palmadas en la espalda y bromas amables, pero las ensoñaciones no me sacarán de este bosque y no puedo demorarme aquí esperando un rescate. Estoy tiritando, me castañetean los dientes. Necesito caminar, aunque solo sea para conservar el calor, pero no veo nada aparte de árboles. No tengo forma de saber si me dirijo hacia la ayuda o si me alejo torpemente de ella.

Desorientado, vuelvo a la última preocupación del hombre que fui.

—¡Anna!

Sea quien sea esa mujer, es la razón evidente por la que estoy aquí fuera, pero no consigo imaginármela. ¿Será mi mujer, o mi hija? Ninguna de las dos cosas me parece correcta, pero algo en ese nombre tira de mí. Siento cómo intenta guiar mi mente hacia alguna parte.

—¡Anna! —chillo, más por desesperación que por esperanza.

—¡Ayúdame! —grita una mujer en respuesta.

Me vuelvo, buscando la voz, mareándome, atisbando entre distantes árboles una mujer con un vestido negro, corriendo para salvar la vida. Segundos después veo a su perseguidor tras ella, que aparece con estrépito entre el follaje.

—Tú, para —grito, pero mi voz es débil y cansada; queda pisoteada bajo sus pasos.

El shock me deja clavado en el sitio, y los dos casi han desaparecido cuando les doy caza, corriendo tras ellos con un apresuramiento que no había creído posible en mi dolorido cuerpo. Aun así, no importa lo mucho que corra, siempre están por delante de mí.

El sudor me corre por la frente, mis ya débiles piernas se vuelven más pesadas, hasta que ceden y me arrojan cuan largo soy contra el suelo. Me revuelvo entre las hojas y me incorporo a tiempo de encontrarme con su grito. Inunda el bosque, cortante por el miedo, silenciado por un disparo.

—¡Anna! —llamo desesperado—. ¡Anna!

No obtengo respuesta, solo el apagado eco del sonido de la pistola.

Treinta segundos. Ese fue el tiempo que dudé al verla y esa es la distancia a la que estaba cuando fue asesinada. Treinta segundos de indecisión, treinta segundos con los que abandonar a alguien por completo.

A mis pies hay una rama gruesa y la cojo, la balanceo para probar, me consuelo con el peso y la áspera textura de la corteza. No me servirá de mucho contra una pistola, pero es mejor que explorar el bosque con las manos desnudas. Sigo jadeando, temblando tras la carrera, pero la culpa me empuja hacia el grito de Anna. Aparto unas ramas bajas temiendo hacer demasiado ruido, buscando algo que en realidad no quiero ver.

Una ramita se quiebra a mi izquierda.

Dejo de respirar y escucho intensamente.

Vuelve a oírse el sonido, pasos aplastando hojas y ramas, trazando un círculo hasta situarse detrás de mí.

Se me hiela la sangre, me quedo paralizado donde estoy. No me atrevo a mirar por encima del hombro.

El chasquido de ramas se acerca, hay una suave respiración casi detrás de mí. Me fallan las piernas, la rama se me cae de las manos.

Rezaría, pero no recuerdo las palabras.

Un aliento cálido me toca el cuello. Huelo alcohol y cigarrillos, el olor de un cuerpo sin lavar.

—Al este —carraspea un hombre, que deja caer algo pesado en mi bolsillo.

La presencia retrocede, sus pasos se retiran dentro del bosque mientras yo me desplomo, pego la frente al suelo, aspiro el olor a hojas húmedas y podredumbre, con lágrimas surcándome las mejillas.

Mi alivio es lastimoso, mi cobardía, lamentable. Ni siquiera he podido mirar a los ojos a mi atormentador. ¿Qué clase de hombre soy?

Todavía pasan unos minutos antes de que mi miedo se derrita lo suficiente como para poder moverme e incluso entonces me veo forzado a apoyarme contra un árbol cercano para descansar. El regalo del asesino se agita en mi bolsillo, meto la mano en él temiendo lo que podría encontrar y saco una brújula plateada.

—¡Oh! —digo sorprendido.

El cristal está agrietado; el metal, arañado; las iniciales SB, grabadas en la parte inferior.

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Autor: Stuart Turton. Traductor: Lorenzo F. Díaz. Título: Las siete muertes de Evelyn Hardcastle. Editorial: Ático de los Libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro.