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Las siete vidas de Gónzalez-Ruano

Las siete vidas de Gónzalez-Ruano

A quien no lo conozca acaso le sorprenda los noventa años del autor de este libro. Un dato en sí mismo sin importancia, aunque a mí me parece relevante, teniendo en cuenta que nadie lo habría dicho, a tenor de la vitalidad que destilan sus páginas, más propia de alguien que en sus inicios procurara hacerse un nombre. Me apresuro a aclarar que Marino Gómez Santos ya tiene un nombre, incluso dos apellidos, más que ganados en el teatrillo de las letras, por mucha gente nueva que no lo sepa.

Nacido en Oviedo en 1930, llegó a Madrid a mediados de los cincuenta del pasado siglo para hacer carrera literaria. Atrás dejó una casa confortable en la que no faltaban “cucharitas de plata” y se plantó en Recoletos con un libro sobre Clarín prologado por Gregorio Marañón bajo el brazo. El suyo no era un caso excepcional: muchos antes y después que él tomaron la misma decisión. Se trataba de huir de la grisura provinciana con la idea de hacerse escritor bajo el amparo de los maestros. Uno de estos, ya veterano, al que Marino empezó a tratar nada más llegar a la capital, fue César González-Ruano, por entonces el periodista mejor pagado de la prensa franquista, además de una figura consagrada y dueño de una leyenda negra ganada a pulso desde que, aún joven, llamaba a los cafés preguntando por su nombre para darse a conocer, cuando no insultaba a Cervantes. Aquel primer encuentro, que el afamado columnista consagró sin muchos preliminares, iba a convertirse en la relación tutelar entre un “profesional de la escritura”, que despachaba no menos de cinco artículos a diario, y un aspirante a literato que, a falta de experiencia, atesoraba un fino olfato para moverse entre los gigantes de las letras o la ciencia, y un oído prodigioso para captar la voz interior de cada uno de ellos.

"Marino es de las pocas autoridades vivas que pueden hablar de Ruano en primera persona"

Fruto de ese talento es la benemérita cantidad de entrevistas y biografías que ejecutó a lo largo de sus muchos años de profesión. Desde la que dedicó a su queridísimo Gregorio Marañón, y que le supuso el Premio Nacional de Literatura, hasta las que se centraron en Baroja, Severo Ochoa, el Cordobés y hasta la Reina Victoria. Todos sin duda personalidades destacadas, a las que no se les puede negar interés histórico, pero entre las cuales la de Ruano quizá ostente un rango diferente. Y no sólo porque estamos hablando de un personaje crucial para conocer la Edad de Plata, y tan sugestivo como desconcertante, hasta lo estrafalario incluso, cuya pálida pero ininterrumpida vigencia se debe casi en igual medida a sus admiradores, que, si no han crecido, se han mantenido intactos, y a sus a menudo antipáticos detractores, que, sin escamotearle méritos artísticos, prefieren afearle sus miserias morales, sino porque Marino es de las pocas autoridades vivas que pueden hablar de Ruano en primera persona. Y digo bien, porque el Ruano que Marino nos retrata en este libro es un Ruano hablado, directo y vivencial, lo que constituye para mí uno de los aciertos del libro: es decir, el que pueda vivirse casi más que leerse, detalle que cobra especial significado, un tanto impregnado de nostalgia, en una época que ha ido relegando la oralidad en aras de lo descriptivo o discursivo, quizá como consecuencia de un nuevo egotismo, surgido con las últimas tecnologías e internet.

Por otro lado, leyendo a Marino uno tiene la agradable impresión de conectar retrospectivamente con una forma de hacer literatura que va languideciendo, y no sé si añadir genuina de un periodo de nuestra historia cultural que primaba el mundo o el personaje, más que la subjetividad de un yo relamido. Visto de este modo, los únicos personalismos que el lector encontrará en estas páginas, a las que le conviene el término de semblanza más que el de biografía, son los que tienen que ver con la mirada del autor; una mirada a veces admirativa, pero otras ciertamente crítica, sobre todo en lo concerniente al Ruano padre y al hombre de letras que aceptó mejor al Marino aprendiz, que al discípulo emancipado, o que de no buena gana observó el ascenso de algunas promesas como Cela.

"A uno le queda la duda de lo que este libro podría haber sido de decir todo lo que parece que calla, todo lo que seguramente el autor sabe, pero ha decidido obviar"

Ahora bien, si es verdad que el autor ha prescindido del untuoso panegírico o la exagerada idolatría del viejo padrino, también lo es que sutilmente no ha querido incurrir en el ajuste grueso y rencoroso de cuentas, de la misma manera que ha evitado demorarse más de lo necesario en el análisis sicológico, lo que en muchos momentos quizá se eche de menos. Hasta tal punto que a uno le queda la duda de lo que este libro podría haber sido de decir todo lo que parece que calla, todo lo que seguramente el autor sabe, pero ha decidido obviar. Y no me estoy refiriendo a la dilucidación de algunos aspectos públicos o conocidos, como su posición en la Guerra Civil, su filofascismo de los años treinta, acaso más estético que ideológico, su connivencia con el franquismo, sin duda más cínico que servil, o, ya por decirlo todo, su turbia y picaresca vida en la Francia ocupada, que le costó meses de encierro en Cherche-Midi, uno de los principales argumentos de los que nunca le perdonaron, puestos a no perdonar nada, ni siquiera su bigote alfonsino, o sus divertidos delirios aristocráticos, sino a la de otros muchos que tienen que ver con su intimidad. A uno, por ejemplo, le hubiera gustado profundizar en el origen de su atrofiada empatía social, que le llevó a reconocer que lo emocionaba más una flor en primavera que una revolución, o en los episodios de su lucha interna entre el soñador de glorias literarias y el mercantil artesano periodístico, en sus mistificaciones relacionadas con el dinero, en los confusos recovecos de sus pulsiones eróticas, o, por qué no, en el desgarro de su sensibilidad romántica, que él procuraba esconder tras un halo de dandismo, como de hombre de vuelta de todo, al que poco o nada importaba ni inmutaba.

Dicho lo cual, nadie podrá discutir que Marino ha conseguido lo que ya pocos podrán conseguir, y es resucitar en páginas amenas, con prosa desnuda, pero que de cuando en cuando descubre la mano del buen estilista, a uno de esos escritores considerados menores, que, sin embargo, nunca ha dejado de sonar, incluso de ser publicado, a pesar añadiría de los intentos, a veces gratuitos, de defenestrarlo como la encarnación de mal, cuando lo cierto es que muchos de sus errores y debilidades no fueron más que los errores y debilidades de cualquiera de nosotros.

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Autor: Marino Gómez Santos. Título: César González-Ruano en blanco y negro. Editorial: Renacimiento. Venta: Todostuslibros y Amazon 

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