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Lawrence Osborne y el eterno dilema del hombre blanco

Lawrence Osborne y el eterno dilema del hombre blanco

El frenético ritmo del mundo editorial español, solo algo atenuado tras la pandemia, produce una cantidad ingente de novedades que, como todo el mundo sabe —empezando por los propios editores—, hace que muchos autores no consigan el reconocimiento o los lectores que merecerían. De los que lo consiguen sin merecerlo no es ni el momento ni el lugar para hablar. Uno de los más destacados miembros de este primer grupo es Lawrence Osborne (Londres, 1958), que está de feliz actualidad editorial por la publicación de Solo para soñar (Navona, traducción de Ainize Salaberri), el que bien podría ser el último caso de Philip Marlowe y en el que el detective que lo definió todo para el género se nos presenta con 72 años, retirado y melancólico, pero con su fuerza genuina. Marlowe sale de su jubilación dorada en Baja California para investigar un caso que Osborne usa como excusa para repasar la idiosincrasia del personaje creado por Raymond Chandler, su mirada sobre la vida y la muerte.

En cualquier caso, la historia nos sirve de excusa para hablar del autor inglés y también de sus otros libros, editados y publicados con esmero por Gatopardo. No hablaremos aquí de los que no están en el mercado en español, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de recomendar a cualquiera The Wet and the Dry: A Drinker’s Journey, uno de los mejores libros sobre alcohol y borrachos, ese subgénero tan inglés.

"Es curioso, porque Osborne viaja para buscar, pero también en un proceso de huida de las paradojas del hombre occidental, en las que, sin embargo, no deja de caer"

No es mala idea empezar por la no ficción para entender los entresijos y las motivaciones de las novelas de Osborne. Educado en Cambridge y Harvard, donde estudió lenguas modernas, Osborne era un nómada impenitente hasta que encontró su parada final en Bangkok. Y así se titula el libro que escribió en 2009 y que Gatopardo publicó en 2018, con traducción de Magdalena Palmer —quien se convertirá en su traductora habitual—. El autor inglés, que llegó a la urbe tailandesa para recibir un tratamiento médico en el centro neurálgico del turismo médico mundial y se quedó para siempre, nos ofrece una visión deslumbrante —por sincera— de una ciudad que es una versión distinta y muy apetecible de todo lo que signifique modernidad. Bangkok es un ecosistema caótico de goce, miseria, tradición, excesos, espiritualidad y sexo, todo mezclado con la mejor cocina callejera del planeta, y así se ve y se vive en el libro. Pero su mayor logro como escritor de viajes, por poco que le guste al propio Osborne esta clasificación, es El turista desnudo (2017). Es curioso leer un libro escrito originalmente en 2006, en los albores de la era dorada del turismo global y de masas, justo ahora que el negocio se escala y se redefine a marchas forzadas para salvarse de la debacle en tiempos pandémicos. Y, sin embargo, la reflexión no ha perdido nada de fuerza. Más bien al contrario. Es la mirada de un viajero experto, de un escritor excelente y de un turista desengañado que a esas alturas ya había visitado 1.304 habitaciones de hotel en 204 países. El itinerario que elige en busca del último viaje auténtico con destino a la selva de Papúa —quizás la última zona casi no explorada de la Tierra— lo lleva por la opulenta y arrogante Dubai, la contaminada y surrealista Calcuta, su amada Bangkok, la Andaman de los jarawas, el Bali más turístico, un spa paradisíaco y finalmente a la selva inexplorada. Permítanme que les cite un párrafo escrito al final de su frustrante periplo por Andaman:

Profundas grietas, señales de una crisis inminente, habían aparecido en mi interior. Bebía mucho y el calor me trastornaba. Encendí la televisión y vi las cadenas de Calcuta mientas anochecía y los barcos pesqueros iluminaban la bahía. Me temblaba la mano, era incapaz de hilvanar nos ideas seguidas y no sentía el menor deseo de nada. ¿Una purificación? (…) Me tomé dos Ambien, pero el mar no me dejó dormir. El mar nunca me deja dormir. Puta naturaleza, pensé.

Es curioso, porque Osborne viaja para buscar, pero también en un proceso de huida de las paradojas del hombre occidental, en las que, sin embargo, no deja de caer. Su llegada a Papúa es una inmersión en una irrealidad de la que no logra desprenderse y con la que empapa al lector. Pasa en pocas horas del cualquier parte turístico, todo igual en todo el mundo, a un punto de la selva donde no llega el GPS, no hay carreteras, no hay luz, nada. “Nosotros, turistas congénitos, nos preguntábamos por qué no habían viajado por todas partes; ellos se preguntaban por qué lo habíamos hecho”, se cuestiona en un momento de contacto directo con una de esas tribus que todavía disparan con flecha y miran al hombre blanco con una mezcla de admiración, incredulidad y desprecio.

"Se habla mucho de su cercanía con Graham Greene, pero no sé si se ha subrayado lo suficiente lo cerca que está del trato que al alma humana da Patricia Highsmith. Hay algo negro, irremediablemente negro en las novelas de Osborne que les confiere otra dimensión"

Y tras este periplo llegamos a las novelas, en las que la mirada del nómada, del occidental que se pasea por el mundo, sigue presente, pero matizada a través de la distancia que pueden proporcionar la ficción y también de algo de cinismo. Por eso era necesario conocer antes al Osborne de la no ficción. Los perdonados (2012) tuvo la mala suerte de salir en España en marzo, antes de que el mundo cerrara sus puertas para protegerse de la pandemia. Pero si tienen que elegir una, vaya a su librería a por esta novela. Nada es sencillo en las historias de Osborne, y al mismo tiempo todo fluye. Los conflictos morales, el choque de culturas, los prejuicios, no son exclusivos del hombre blanco desde el que el lector ve el mundo. En este caso, el planteamiento es simple solo en apariencia: un matrimonio británico en crisis se dirige a un fiestón en Marruecos organizado por una pareja de gays multimillonarios occidentales que son amigos suyos. El tipo de fiestas que sale, en su versión edulcorada sin montañas de cocaína y scorts, en el suplemento de estilo del Financial Times. Por el camino atropellan a un lugareño y muere. A partir de ahí, el lector disfruta de una novela que se guía por la fuerza de todos sus personajes, por sus motivaciones diversas. Todos cambian su modo de ver las cosas al tiempo que siguen siendo los mismos en su ser más profundo, en sus errores más groseros, en sus deseos más inconfesables. Y están todos tratados con tantos matices y tanta inteligencia como en Cazadores en la noche (2015 y en España en 2019), una novela ambientada entre Tailandia y Camboya que parte de un supuesto completamente distinto —un joven británico que está allí de vacaciones y se va quedando más y más, buscando que le pasen cosas, dejando que le ocurran—, pero alcanza el mismo resultado: complejidad, preguntas, inteligencia, alta literatura. Se habla mucho de su cercanía con Graham Greene, pero no sé si se ha subrayado lo suficiente lo cerca que está del trato que al alma humana da Patricia Highsmith. Hay algo negro, irremediablemente negro en las novelas de Osborne que les confiere otra dimensión. Es un autor de culto. Visítenlo.

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