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Leopoldo Pomés: «Lo más importante en la vida, para mí, ha sido mirar»

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Leopoldo Pomés: «Lo más importante en la vida, para mí, ha sido mirar»

El fotógrafo y publicista Leopoldo Pomés, Premio Nacional de Fotografía, que acaba de publicar sus memorias en el libro No era pecado, ha confesado que «lo más importante en la vida, para mí, ha sido mirar».

En una presentación multitudinaria en Il Giardinetto, uno de los «templos» de la Gauche Divine que tan bien retrató, Pomés ha confesado este martes que, «con el paso de los años, me gusta más mirar», al tiempo que se detiene a observar cómo la luz ilumina la mitad de la nariz de una periodista o todo el rostro del compañero que tiene a su lado.»Seguramente, la fotografía ha sido la mejor salida profesional que podía tener», ha confesado el autor, que tenía todos los recuerdos «muy vivos» y que, con ayuda de la periodista Lidia Penelo, ha podido «coserlos» y «darles un aire irónico». Para ilustrar la importancia que concede a la mirada, Pomés recuerda las palabras de Wolfgang Goethe cuando dijo que «mejor pensar que saber, y aún mejor mirar» y, de hecho, el fotógrafo no para de mirar, «casi —ha revelado— sin proponérmelo».

El título No era pecado (Tusquets en castellano y Edicions 62 en catalán) hace alusión a su sentimiento «hedonista»: «Cuando iba a los Maristas todo era pecado y, de hecho, el confesor me dijo que no podía ir a comulgar, que tenía que hacer mucha penitencia, pero cuando leí la definición del diccionario de «hedonismo» me sentí salvado». Para Pomés se abrió el cielo al descubrir que «hedonismo es una doctrina, sí, una doctrina, que asegura que el placer es el único o el principal bien de la vida. Me sentí totalmente salvado».

El fotógrafo ha desgranado algunos de los recuerdos recogidos en el libro, como cuando hizo descubrir a Gabriel García Márquez en su casa a Armando Manzanero. Con otro protagonista del boom latinoamericano, Julio Cortázar, protagonizó otra sesión fotográfica memorable: «Era un personaje especial, por decir algo; tenía algo de niño grande. Me impresionaba su figura, sus manos, y lo quería sentar delante de una mesa blanca y que estuviera apoyado con las manos. Cargué una máquina y dejé otra preparada, aunque al cabo de siete u ocho disparos ya tenía la foto, pero él cogió la otra máquina y empezó a hacerme fotos a mí como un loco».

Como publicista fue, a decir de Vázquez Montalbán, «el culpable de erotizar a todo el país», por culpa del anuncio de Terry con la modelo sobre un caballo blanco en la playa. Un episodio «desagradable» fue el encuentro con Pablo Picasso por culpa del pintor Modest Cuixart, quien «en el último momento, se sacó una máquina del bolsillo y empezó a asaetear de fotos a Picasso». Como realizador de anuncios de Freixenet, tampoco tiene buenos recuerdos del rodaje con Gwyneth Paltrow —»nunca había tenido tantos problemas en un rodaje», ha asegurado— y, en cambio, todo fue muy fluido con Pierce Brosnan.

Pomés, que profesionalmente siempre se ha movido en el filo de la navaja, considera que «el momento más acojonante» de su vida fue cuando tenían que soltar una paloma en la ceremonia de apertura de los Mundiales de Fútbol de España de 1982: «En los ensayos previos, la paloma siempre se iba al suelo y no salía volando, pero el día de la inauguración salió todo perfecto, y a Pelé, que estaba en el palco, se le saltaron las lágrimas de la emoción».

No oculta su emoción por formar parte de la letra de una canción de su admirado Joan Manuel Serrat, «Conillet de vellut».

Preguntado por cuál considera su mejor foto, responde pensativo que resulta difícil, pero finalmente se decanta por el retrato que hizo a Nuria Closas, hija del político y conseller de la Generalitat Rafael Closas: «Noté una emoción especial, y más cuando la revelé». En este punto, asegura que «ningún otro artista siente lo mismo que el fotógrafo cuando trabaja en el laboratorio y en la cubeta ve aparecer la imagen revelada desde la nada». Pomés no tiene nada en contra de la fotografía digital, pero «sin duda, se ha perdido el revelado y su magia». Una magia que ya comenzó de muy joven, cuando con solo 11 años retrató a sus padres y ya improvisó cierto estilismo al colocar algunos sarmientos de la viña que dominaba en la escena.

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